Pelham 123

John Godey · Capítulo 53 de 120

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Pelham 123

El comisario del distrito

—Si creyese que puede servir de algo...

—Servirá.

—¿A los rehenes?

—No —dijo Lasalle—. A usted.

 

El comisario del distrito

Vista desde el puesto de mando del comisario del distrito, en el aparcamiento próximo a la entrada sudoeste de la estación de la Calle Veintiocho, la multitud parecía un gigantesco y desordenado organismo celular cuyo protoplasma estaba bastante agitado, pero no de un modo suicida. A pesar de sus movimientos, seguía siendo una entidad masiva. El comisario del distrito miraba sin cesar su reloj; a veces, abiertamente; otras, con disimulo. Los minutos saltaban de un modo anárquico, como células cancerosas ingobernables.

—Las tres, las tres —dijo el comisario del distrito—. Diez minutos, y todavía no han empezado.

—Si matan a alguien —dijo el jefe de la Policía de Tráfico—, soy partidario de entrar allí con todas nuestras fuerzas y barrerlos del mapa.

—Yo soy partidario de hacer lo que me mandan —dijo el jefe del distrito—, tanto si me gusta como si no. Sí matan a uno, quedarán todavía dieciséis. Si empezamos a disparar, lo más probable es que mueran todos. ¿Tomaría usted una decisión como ésta?

—Hasta ahora —dijo el jefe de la PT—, nadie me ha pedido que tome ninguna decisión.

El capitán de Policía que se había identificado ante el reportero como capitán Midnight se cuadró delante del comisario del distrito y saludó. Tenía la cara roja cómo un tomate.

—Señor —preguntó, irritado—, ¿qué estamos haciendo aquí?

El comisario del distrito respondió:

—Esperando. ¿Se le ocurre algo mejor?

—No me gusta sentirme tan impotente, señor. Además, es terrible, para la moral de los hombres, ver que esos bandidos se salen con la suya...

—¡Oh! Márchese, capitán —dijo el comisario del distrito, con voz cansada.

El rubor aumentó en el rostro del capitán, llegando hasta sus ojos. Dirigió una mirada asesina al comisario y, después, dio media vuelta y se alejó del puesto de mando.

—No le censuro —dijo el comisario—. Puede no ser muy listo, pero es un hombre. Sin embargo, ahora no necesitamos hombres, sino negociadores.

—Señor... —Un sargento, sentado en la parte posterior del coche del comisario del distrito, con los pies apoyados en el pavimento, alargó el teléfono de mano—. El jefe de Policía, señor.