Pelham 123

John Godey · Capítulo 83 de 120

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Pelham 123

La ciudad: escena callejera

—Bueno —dijo—, ¿ha comprendido lo que quiero que haga?

—Seguir a aquel tren. ¿No es eso?

El subinspector jefe, creyendo percibir un tono burlón en la voz del otro, lo miró airadamente.

—Arranque —digo con voz ruda—. No vaya demasiado aprisa y no se acerque mucho.

El conductor empujó la palanca, y el vagón se puso en marcha con una sacudida.

—Aumente un poco la velocidad —dijo el subinspector jefe—. Pero no demasiado. No quiero que nos vean ni nos oigan.

El conductor aceleró un poco la marcha.

—Ver es una cosa: oír, otra. Todavía no se ha inventado el Metro silencioso.

Cruzaron la estación de la Calle Veintiocho, ocupada sólo por un puñado de agentes de Policía. Cuando se hicieron visibles las luces del andén de la Calle Veintitrés, el subinspector jefe dijo:

—Modere la marcha. Despacio. Aguce la vista para ver sus luces. Despacio. Y no meta demasiado ruido.

—Esto es un vagón del Metro, capitán. Es imposible no hacer ruido.

El subinspector jefe, que miraba a través de la ventanilla, sintió que se le humedecían los ojos a causa del esfuerzo de acomodación.

—Hay una señal roja en la vía local —dijo el conductor—. Esto significa que ha pasado no hace mucho.

—Despacio —dijo el subinspector jefe—. Muy despacio. Poco a poco. Y sin ruido.

—Pide usted mucho a un viejo cochecito del Metro, capitán —dijo el conductor.

 

La ciudad: escena callejera

La antena de la multitud —órgano sintonizado a una permanente longitud de onda de recelo— presumió que la partida del automóvil del jefe de Policía era señal de levantar el campo. Confirmaron este juicio la subsiguiente dispersión de los coches y el personal de la Policía. Unos cuantos individuos marcharon hacia el Sur, con la esperanza de incorporarse a la acción; pero los otros los miraron desdeñosamente; la montaña podía venir a Mahoma, pero no lo perseguía.

En cosa de unos minutos, la multitud dejó de existir como entidad efectiva. Primero arrastrando los pies y luego empujando, se liberó de sus trabas y empezó a andar a paso vivo, porque el tiempo era valioso y no había que malgastarlo en una inútil espera. Permanecieron allí unos cuantos centenares de personas, ociosas o románticas, aferradas aún a la esperanza de que se produjese un tiroteo ante sus ojos. Filósofos y teóricos pronunciaban conferencias ante pequeños grupos. Algunos individuos aireaban sus opiniones.

—¿Y qué me dicen del alcalde? ¿Qué falta hacía aquí?

—Tendrían que haber entrado a sangre y fuego. Si se mima a los bandidos, se aprovechan. Son buenos psicólogos.

—En el fondo son unos ladronzuelos. Si yo hubiese estado en su lugar, habría pedido diez millones. Y me los habrían dado.

—¿Negros? ¡De ninguna manera! Los negros sólo son buenos para pedir diez dólares y cosas por el estilo. Ésos son blancos, y se ha de reconocer que no se andan con chiquitas.

—¿El jefe de Policía? Ni siquiera tiene aspecto de guindilla. ¿Y cómo se puede respetar a una persona que ni siquiera parece policía?

—¡Y el alcalde! ¿Creen ustedes que un tipo rico puede preocuparse por los pobres? ¡Las líneas paralelas no se encuentran nunca!

—Dígame una cosa, sólo una cosa, en que los secuestradores se diferencien de los grandes hombres de negocios. Yo sólo sé una: los grandes negocios están protegidos por la ley. Y, como de costumbre, al hombre humilde le dan de garrotazos.

—¿Saben ustedes cómo van a largarse? Tengo una teoría. ¡Cargarán el vagón en un avión y se irán a Cuba!

—¿Qué te ocurre, Mac?