Pelham 123
Anita Lemoyne
La muchacha le dirigía una de sus miradas incitantes, con la boca entreabierta — conocía los trucos del oficio—, y él empezó a sentirse de nuevo animado; pero en aquel preciso instante subió Ryder al vagón por la puerta delantera. «Lo siento, chica; es hora de largarse.»
Anita Lemoyne
Anita Lemoyne advirtió, de algún modo, que aquel tipo había empezado a desinteresarse de ella. Bueno, había perdido al chulo. ¿Qué iba a hacer? ¿Saltarse la tapa de los sesos? Ahora que, al parecer, podía esperarse que todos salvaran el pellejo, había cosas más importantes en que pensar: por ejemplo, qué actitud adoptar ante el tipo de la Televisión, suponiendo que no colgase el aparato en cuanto ella lo llamase por teléfono. Lo único que sabía de cierto era que él no admitiría ninguna excusa razonable que justificara el haberlo dejado plantado. Conociéndolo como lo conocía, podía imaginarse la conversación.
—Sí; creo que te viste metida en el lío del Metro. Pero esto no desvirtúa el aspecto principal de la cuestión, o sea, que tú lo deseabas.
—¡Claro! Esta mañana, al despertar, me dije: «Anita, sal a ver si te pegan cuatro tiros.»
—Así fue. Aunque no conscientemente. ¿Has oído hablar de personas predispuestas a los accidentes? Pues bien, hay personas predispuestas al peligro, que buscan el desastre sin darse cuenta...
—Todo eso son pamplinas.
—Escucha; este modo de hablar es aceptable en la cama, pero no en otro sitio.
—Perdona, encanto. Pero todo eso de la predisposición... Tal vez estoy predispuesta a la predisposición, si entiendes lo que quiero decir.
—No quieras hacerte la graciosa.
—Todo lo que hice fue tomar un asqueroso Metro, cariño.
—Perfecto. Dime: ¿cuándo fue la última vez que viajaste en Metro?
—Hoy quise ahorrar un poco. ¿Es esto un delito?
—Con todo el dinero que has ganado, y siendo proverbial la prodigalidad de las rameras, ¿esperas que me lo crea?
—Está bien, está bien. Tú ganas. Tomé el Metro porque sabía que iban a secuestrarlo. Y no sólo eso, sino que sabía la línea precisa, la hora exacta... y todo, por esa predisposición a la que te has referido, ¿no?
—Una ramera ignorante no debería combatir las fundadas presunciones psiquiátricas. Numerosos factores rigieron tus acciones antes de que salieses de casa esta mañana: cinco minutos más que de costumbre en el baño; tener que volver para buscar un pañuelo...