Pelham 123
El subinspector jefe Daniels
El subinspector jefe Daniels marchaba al frente de un grupo de treinta hombres por el túnel, en dirección al Woodlawn Uno Cuatro Uno, detenido en la vía de los trenes directos, a unos ciento cincuenta metros de la estación de la Calle Veintiocho. Su fuerza se componía de veinte especialistas de la Brigada de Operaciones Especiales y diez agentes de Tráfico, con su casco azul.
El conductor los vio llegar y asomó la cabeza por la ventanilla de la cabina.
—Abra la puerta —dijo el subinspector jefe—. Vamos a subir.
—No sé —dijo el conductor, un hombre de piel tostada, bigotes caídos y pequeñas patillas—. Tengo orden de no dejar subir a nadie.
—Tiene orden, ¿eh? —dijo el subinspector jefe—. ¿Qué se imagina que somos? ¿El Ejército Rojo soviético?
—Supongo que son policías —dijo el conductor, saliendo de la cabina y abriendo la puerta con su llave—. Supongo que tienen autorización.
—Supone bien —dijo el subinspector jefe—. Écheme una mano.
Subió al vagón, gruñendo. La mitad de los treinta pasajeros que se hallaban en el coche avanzó en dirección a él, que levantó una mano.
—Atrás, amigos. Tendrán que trasladarse a los otros vagones. —Hizo una seña a cuatro agentes de Tráfico que habían subido ya—. Encárguense de ellos.
Una voz indignada se destacó del rumor de protesta general.
—¿Sabe usted cuánto tiempo llevo en este maldito tren? ¡Horas! ¡Voy a reclamar cien mil dólares de daños y perjuicios a la ciudad! ¡Y ganaré el pleito!
Los hombres de Tráfico, acostumbrados a manejar multitudes, iniciaron la carga. Los pasajeros retrocedieron a regañadientes. El subinspector jefe pasó por delante de los policías que subían al tren y agarró de un brazo al conductor.
—Vamos a perseguir un tren —le dijo—. Quiero que apague todas las luces y que desenganche este vagón del resto del convoy.
—¡Hombre! No puedo hacer eso.
El subinspector jefe aumentó la presión sobre el brazo del otro.
—Todas las luces apagadas, incluidos los faros delanteros, las luces de posición, ¡todo! Este coche tiene que estar a oscuras por dentro y por fuera, y, además, ha de separarlo del resto del tren.
Probablemente, el conductor estaba dispuesto a seguir discutiendo, pero la creciente presión sobre su brazo hizo que lo pensara mejor. Empujado por el subinspector jefe, entró en la cabina y cogió las llaves y la empuñadura del freno.
El subinspector jefe escogió a un hombre para que acompañase al conductor. Ambos corrieron a la parte posterior del vagón, donde los últimos pasajeros eran empujados a través de la puerta por los agentes de Tráfico, como reses en la entrada de un corral. Daniels destacó a otros cascos azules para que ayudasen a mantener el orden, y luego dijo a los restantes miembros de su fuerza que ocupasen los asientos. Armados con rifles, fusiles y lanzagases lacrimógenos, los hombres anduvieron torpemente de un lado a otro y, por fin, se sentaron. El subinspector jefe entró en la cabina.