Pelham 123

John Godey · Capítulo 15 de 120

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Pelham 123

Capítulo IV

 

Caz Dolowicz

Gordo, edematoso, con una panza que tensaba los botones de su chaqueta, Caz Dolowicz, con deliberada rapidez, se abría paso entre la multitud que entraba en la estación terminal de Grand Central y salía de la misma. A través de sus fruncidos labios emitía una serie de pequeños eructos, casi uno por cada paso que daba, aliviando de este modo la dolorosa acumulación de gases que le oprimían el corazón. Como de costumbre, había comido demasiado, y, como de costumbre, se había dicho que viviría para lamentar su voraz apetito, lo cual quería decir que un día moriría por su causa. La muerte, como fenómeno, no le espantaba en demasía, salvo por el hecho de que le impediría cobrar su jubilación. Lo cual no era grano de anís.

Pocos metros después del quiosco de Nedick —cuyos efluvios de salchichas de Frankfurt asadas, tan tentadoras hacía una hora, le daban ahora asco—, cruzó una puerta, al parecer insignificante, con su letrero de «A LA OFICINA DEL INSPECTOR», y recorrió apresuradamente la rampa, llena de cubos de 3 metros de altura, que contenían los desperdicios de las concesiones de Grand Central. A su debido tiempo, vendría el tren de la basura y recogería aquellos desperdicios; pero, entretanto, apestaban e incitaban a las ratas. Dolowicz se asombró, como siempre, de que la puerta sin cerrar no despertase la curiosidad de los transeúntes, salvo de algún borracho ocasional que la cruzaba dando traspiés, en busca del retrete o sabe Dios qué otra cosa. Mejor era así; no les habría gustado que los ciudadanos se metiesen en la Torre para hacer preguntas tontas.

Al entrar en el túnel se preguntó cuántas personas —incluidos los empleados— sabían que por allí pasaba antiguamente el tren; aunque los raíles habían sido levantados, todavía se conservaba el piso original. Mientras avanzaba, con paso firme y regular, Dolowicz percibía de vez en cuando el brillo de unos ojos. No eran de rata, sino de alguno de los numerosos gatos que vivían en el túnel, sin ver jamás la luz del día y alimentándose con los roedores que infestaban a millares aquel sitio. «Las ratas son lo bastante grandes para arrastrarlo a usted y llevárselo a otra parte», le habían dicho solemnemente el día en que empezó a trabajar en la Torre. Pero, aunque nunca las había visto, pensó que no serían tan grandes como las que moraban en la sección de calefacción de PennCentral. Según una famosa historia, un hombre que, huyendo de la Policía y desorientado por el laberinto de pasadizos, se había metido en el sistema de calefacción, se perdió en él y, al final, fue devorado por las ratas hasta el tuétano.

Justo delante de él, un tren volaba a su encuentro. Sonrió y siguió avanzando. Era el directo, que marchaba hacia el Norte y que, al cabo de un momento, se desvió a un lado. El primer día que pasó por allí —hacía ya de esto doce años—, nadie se había preocupado de avisarle sobre aquel tren, y, cuando le vio avanzar zumbando contra él, se tumbó en la cuneta, aterrorizado. Ahora, una de sus sencillas diversiones era acompañar a los novatos en el túnel y observar lo que hacían al ver llegar el tren a toda velocidad.

La semana anterior había acompañado a ciertos jefazos del Metro de Tokio y había tenido ocasión de comprobar la presunta impasibilidad de los orientales; éstos, al ver llegar, zumbando, el tren del Norte, se habían asustado, corrido y chillado como todo el mundo. Pero se recobraron en seguida del susto y, medio minuto más tarde, empezaron a quejarse de la peste. «Bueno —les había dicho él—, esto es un túnel subterráneo, no un jardín botánico.» También criticaron la propia Torre: demasiado gris, demasiado destartalada, demasiado triste. Dolowicz pensó que estaban majaretas. Era una simple habitación larga y estrecha, sin adornos, con unas cuantas mesas, unos cuantos teléfonos y un retrete. Pero, según dicen, la belleza está en los ojos del que mira, y lo que embellecía la Torre era el Tablero Modelo: colgado en una de las paredes, registraba con luces de colores los trayectos y movimientos de cada tren que pasaba por el sector, y se hallaba superpuesto a un plano en el que se veían las líneas y las estaciones.

Subió la escalera y penetró en la sala de la Torre, centro de control que tenía a su cargo durante ocho horas diarias. La sala de la Torre. En realidad, su nombre técnico era Salón de Enlace; pero nadie lo llamaba así. Era la sala de la Torre o, simplemente, la Torre, nombre tomado de las antiguas torres levantadas junto a las vías del ferrocarril en los puntos clave, de la misma manera que las torres del Metro estaban bajo tierra en los puntos clave del sistema.

Dolowicz echó un vistazo a su alrededor. Todos los empleados de la Torre estaban ocupados en sus mesas resplandecientes de luces, observando las indicaciones del Tablero Modelo, mientras hablaban con los jefes de estación, los inspectores y los empleados de las Torres de otros puntos clave próximos. Su mirada se fijó en Jenkins. Una mujer. Una mujer, empleada de la Torre. Y negra, por añadidura. Aunque había pasado un mes, no podía acostumbrarse a esta idea. Bueno; debía tratar de habituarse a ella, pues, según se decía, eran muchas las mujeres que hacían el cursillo de empleadas de Torre. ¿Qué vendría después? ¿Conductoras de tren? En realidad, no tenía quejas de Mrs. Jenkins. Era una mujer tranquila, limpia, de pocas palabras, competente. Sin embargo...

En el lado izquierdo de la habitación, Marino le hacía señas para que se acercase. Dolowicz miró el Tablero Modelo, se aproximó a la silla de Marino y se quedó plantado detrás de éste. En el tablero podía verse un tren local entre las estaciones de la Calle Veintiocho y de la Calle Veintitrés.