Pelham 123
Prescott
La decisión de Gracie Mansion pasó de la alcaldía al comisario de distrito; del comisario de distrito al subinspector jefe Daniels, en la cabina del Pelham Uno Dos Ocho, detenido en la estación de la Calle Veintiocho, y del subinspector jefe, a Prescott, en el Centro de Control. Prescott llamó al Pelham Uno Dos Tres.
—Accedemos a pagar el rescate —dijo—. Repito: pagaremos el rescate. Responda.
—Enterado. Voy a darle más instrucciones. Deberán cumplirse al pie de la letra. Responda.
—De acuerdo —dijo Prescott.
—Primero. Entregarán el dinero en billetes de cincuenta y de cien, en la proporción siguiente: quinientos mil dólares en billetes de cien, y otros quinientos mil en billetes de cincuenta. Repita.
Prescott repitió el mensaje lentamente y con claridad, en beneficio del subinspector jefe, que tenía intervenida la llamada y debía oír este extremo de la conversación.
—Esto equivale a cinco mil billetes de cien dólares y diez mil billetes de cincuenta. En total, quince mil billetes. Segundo: Deben colocarlos en fajos de doscientos billetes cada uno, sujetos con una cinta de goma gruesa a lo largo, y otra a lo ancho. Repita.
—Cinco mil de cien y diez mil de cincuenta, en fajos de doscientos billetes, sujetos a lo largo y a lo ancho con cintas de goma.
—Tercero: Todos los billetes deben ser usados, sin continuidad en los números de serie. Repita.
—Billetes usados —dijo Prescott— y con números de serie que no sean seguidos.
—Esto es todo. Cuando tengan el dinero, póngase al habla conmigo y recibirá ulteriores instrucciones. Prescott llamó al Pelham Uno Dos Ocho.
—He captado sus respuestas —dijo el subinspector jefe— y transmitido el mensaje a la alcaldía.
Pero Prescott lo repitió, por si el jefe de los secuestradores lo estaba oyendo.
Probablemente, a éste no le importaría que la Policía estuviese escuchando, pero no valía la pena arriesgarse a contrariarlo, si no era así.
El subinspector jefe le dijo:
—Hable con ellos y trate de conseguir más tiempo.
Prescott llamó al Pelham Uno Dos Tres y dijo:
—He cursado sus instrucciones; pero necesitamos más tiempo.
—Son las dos y cuarenta y nueve. Tienen veintiticuatro minutos.
—Sea razonable —dijo Prescott—. Hay que contar el dinero, empaquetarlo y traerlo... Es prácticamente imposible.
—No.
Aquella voz pausada e inflexible le causó a Prescott una impresión de impotencia. Al otro lado de la estación, Correll chillaba desaforadamente, luchando, al parecer, con los problemas de la circulación. «Es tan ruin como los secuestradores —pensó Prescott—; le preocupa lo suyo, y que se fastidien los pasajeros.» Procuró calmarse y volvió a la radio.
—Escuche —dijo—, denos quince minutos más. ¿Por qué matar a unos inocentes, si no es necesario?
—Nadie es inocente.
—«¡Dios mío —pensó Prescott—, ese hombre es un lunático!»
—Sólo quince minutos —dijo—. ¿Vale la pena asesinar a toda esa gente por quince minutos?
—¿A toda esa gente? —La voz pareció sorprendida—. A menos que ustedes nos obliguen a ello, no tenemos intención de matarlos a todos.
—Claro que no —dijo Prescott, y pensó: «Es el primer sentimiento humano o casi humano que ha expresado esa voz»—. Denos, pues, el tiempo que le pido.
—Porque si los matásemos a todos —dijo tranquilamente la voz—, no nos quedaría nada para ejercer presión. En cambio, si matamos a uno o dos, e incluso a cinco, todavía nos quedarán bastantes para presionarles. Perderán un pasajero por cada minuto que pase de la hora límite. Es mi última palabra.
Prescott se tambaleó al borde de un acceso de furor, impotente, ansioso de hacer lo necesario para hallar una solución, pero sabiendo que tropezaría siempre con una voluntad implacable. Por consiguiente, pugnó por serenar su voz y cambió de tema:
—¿Podemos recoger al jefe de servicio?
—¿A quién?
—Al hombre sobre el que dispararon. Quisiéramos enviar una camilla para recogerlo.
—No. No podemos permitirlo.
—Tal vez esté vivo. Tal vez esté sufriendo.
—Está muerto.
—No puede estar seguro de ello.
—Está muerto. Pero, si insiste, le meteremos unas cuantas balas más en el cuerpo y dejará de sufrir, si es que aún sufre.
Prescott cruzó los brazos sobre la mesa y bajó lentamente la cabeza. Cuando volvió a levantarla, sus ojos estaban llenos de lágrimas, y ni él mismo habría podido decir si eran de ira o de piedad o de una terrible combinación de ambas cosas. Hizo una bola con su pañuelo y la apretó fuertemente sobre cada uno de sus ojos; después llamó al subinspector jefe y le dijo, en tono contenido:
—No hay prórroga de tiempo. Se ha negado en redondo. Matará a un pasajero por cada minuto de retraso. Y habla en serio.