Savage

Jess GR · Capítulo 1 de 118

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Savage

Savage

Jess GR

 

 

ePub r1.0

Titivillus 02-10-2021

Título original: Savage

Jess GR, 2021

 

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

SAVAGE

Jess GR

Por todo lo bueno que aún está por llegar

Capítulo 1

 

Levi

 

Deslizo mi mano por el aire, haciendo medio circulo, y observo como la pared de cemento absorbe rápidamente la pintura. Agito el bote de espray y el sonido que produce me resulta tan familiar que es verdaderamente reconfortante. El olor a pintura fresca, las manchas en mis manos… Todo eso forma parte de mí y de mi forma de ser. Cuando pinto, cuando dejo mi huella en las paredes y muros de la ciudad, es de los pocos momentos en los que soy verdaderamente feliz.

No pienso en nada. Mi mente queda completamente en blanco y solo dejo que sean mis manos las que se muevan. A cada trazo y pasada de pintura rememoro cada momento malo que he vivido, pero no duelen. Nada puede lastimarme cuando pinto. Me siento libre y en paz.

Retrocedo un par de pasos para ver mi obra con otra perspectiva. No está nada mal. Podría darle un par de retoques más, pero no tengo tiempo y la pintura se está acabando.

—Milo, nos vamos —anuncio echando un vistazo a mi viejo y desgastado reloj de muñeca.

Mi hermano se acerca a mí de inmediato y me tiende mi sudadera. Tiro los espráis de pintura vacíos a un contenedor que encuentro a la salida del callejón y caminamos a paso rápido recorriendo las calles de Miami.

Esta ciudad es conocida por sus playas, por el lujo, la riqueza de sus habitantes y también por su bulliciosa vida nocturna, pero nadie habla del otro lado de la ciudad, ese en el que la delincuencia, la pobreza y las bandas callejeras son las que predominan. Esa es mi ciudad, la que yo siempre he conocido y en la que tengo que sobrevivir.

Camino con mi mano sobre el hombro de mi hermano pequeño. Solo tiene diez años, aunque no los aparenta. Cada vez que lo miro, me doy cuenta de lo rápido que está creciendo. Se supone que a su edad debería estar en el colegio estudiando y divirtiéndose con críos de su edad, pero esa no es la vida que le ha tocado vivir, y tampoco a mí.

Hago una mueca al pisar una piedra. La suela de mis zapatillas está completamente desgastada, a juego con mi ropa. Al menos está limpia, aunque hay manchas que no soy capaz de quitarle cuando la lavo en la fuente. La de Milo está algo mejor, aunque no demasiado.

Una nueva piedra me lastima la planta del pie. Chasqueo la lengua. Espero que las ganancias de esta semana sean suficientes para poder comprarme otras zapatillas. El otro día vi unas en una tienda de ropa de segunda mano que no estaban del todo mal, y el precio era lo suficientemente bajo como para poder comprarlas. Eso si Jax me paga bien esta semana. Espero que sí.

—¿Vamos a ir a comer una hamburguesa después? — ⁠pregunta Milo sin dejar de caminar.

Sonrío levemente y asiento. Ese es el único lujo que podemos permitirnos, un par de hamburguesas para comer una vez por semana. El resto de los días me las arreglo como puedo. A veces no tengo suficiente para los dos, así que busco en la basura algo para mí y robo algo o trapicheo con lo que puedo para comprarle a Milo un poco de pan y lo más barato que encuentre para poder rellenarlo.

Seguimos caminando evitando la avenida principal. No es la primera vez que la policía se detiene para cachearme y buscarme las cosquillas. Es inevitable. Ven a un tío negro y con pinta de delincuente y da igual si es legal o no, para ellos ya es un sospechoso. Bueno, conmigo no se equivocan del todo, sin embargo soy demasiado listo como para dejarme pillar. Nunca me han detenido, ni siquiera han podido acusarme de algún delito.

—Quédate aquí —ordeno deteniéndome a la entrada de un callejón. Me giro y le coloco a Milo el gorro de la sudadera sobre la cabeza. A pesar del buen clima que caracteriza la ciudad, estamos en invierno y las temperaturas bajan un par de grados al anochecer⁠—. No te muevas. Yo volveré en un par de minutos.

Mi hermano asiente y me giro para entrar en el oscuro callejón. Yo también me coloco el gorro de la sudadera, aunque mis motivos son distintos. Intento pasar desapercibido. Cuanta menos gente me reconozca, mejor. Solo necesito caminar cuatro o cinco metros para verlo. Jax me espera en un rincón fumándose un porro. A primera vista solo parece un blanquito larguirucho que no aguanta ni media hostia, pero las apariencias engañan. Jax es uno de los tipos que controlan toda la droga que entra y sale de este lado de la ciudad. Un tío peligroso con el que no se puede jugar sin terminar en el fondo del océano con un par de piedras en los tobillos.

—Llegas tarde —comenta enderezándose en cuanto me ve.

Me acerco a él y vuelvo a mirar a mi alrededor para comprobar que estamos solos.

—Aquí tienes. —Meto la mano en mi bragueta y saco un fajo de billetes enrollados⁠—. Está todo ahí. Puedes contarlo si quieres.

—No es necesario —dice sonriendo—. Me fio de ti. Ya llevamos años trabajando juntos. —«¿Juntos?», pienso. No trabajamos juntos. Yo soy su jodido recadero. Saca un par de billetes del rollo y me los tiende—. Esta es tu parte. —⁠Hago una mueca. Solo son cuarenta dólares—. Ya sé que es poco, esta semana no puedo darte más.

Guardo el dinero sin rechistar. Ahora mismo me encantaría partirle la cara a este maldito usurero, pero lo necesito. Mis únicos ingresos provienen de él. Tiendo mi mano y él me pasa una bolsa que no tardo en guardar en mi calzoncillo.

—¿Lo mismo de siempre? —pregunto.

—Sí, seis gramos de coca y veinte pastillas. Ya sabes lo que tienes que hacer. Nos vemos aquí la próxima semana.

—Puedo con más —digo mirándole directamente a los ojos. Jax sonríe de medio lado.

—¿Necesitas pasta? —Asiento—. Vale, tengo un trabajito más, aunque no sé si te interesa.

—¿De qué se trata? —inquiero frunciendo el ceño.

Se descuelga la mochila del hombro y tras darle una última calada a su porro lo tira al suelo.

—En esta mochila hay mucha mercancía. Si puedes, guardármela durante un par de semanas, te ganas un par de cientos de dólares.

—Exactamente, ¿de qué estamos hablando? —pregunto sin llegar a tocar la mochila.

La vida en las calles me ha enseñado a no aceptar un trato si no estoy completamente seguro de que voy a poder cumplirlo.

—Medio kilo —susurra—. La poli me está pisando los talones. Solo tienes que esconderlos en un lugar seguro y traerlos cuando te lo pida. ¿Te ves capaz? Ya sabes que, si te pillan, yo no te conozco. Te comes tú el marrón.

Resoplo y me paso la mano por mi mandíbula cubierta de barba. Esa pasta me vendría genial para comprarle algo de ropa a Milo, e incluso para mí también. Además, serían varias semanas de comida sin tener que robar o buscar en la basura.

—La mitad de la pasta por adelantado —exijo, estrechando la mirada.

—¿Crees que puedes hacer exigencias? —sisea.

Alzo la barbilla y aprieto los puños a ambos lados de mi cuerpo. Una cosa es que lo necesite y otra completamente distinta es que permita que me pisotee. Si muestro miedo, es mi final. Nadie me respetará y terminaré siendo el esparrin de todo el jodido barrio. Eso fue algo que aprendí a las malas. Los que me conocen saben que por las buenas soy de fiar y muy leal, pero por las malas… Bueno, digamos que mis malas son realmente muy malas.

Jax frunce el ceño y duda, pero termina asintiendo.

—Tú ganas, Savage. —Me da un par de billetes de cincuenta dólares y me tiende la mochila⁠—. Cien pavos ahora y los otros cien cuando me devuelvas la mercancía. Nos vemos aquí la próxima semana.

Asiento rápidamente y tras echar un vistazo a mi alrededor, salgo del callejón. Recojo a Milo justo donde lo dejé y caminamos durante más de media hora hasta llegar a una zona completamente aislada. Mi hermano se queda vigilando mientras yo accedo a un almacén abandonado y escondo la mochila en un lugar que ya he usado anteriormente. La dejaré aquí tres o cuatro días y después cambiaré de zona. No quiero dejarla demasiado tiempo por si alguien llega a encontrarla.

Salgo del almacén algo más tranquilo al no llevar encima la mochila. Aún tengo la mercancía que tengo que distribuir esta semana conmigo, esa pienso guardarla en otro lado.

—¿Hamburguesa? —me pregunta Milo girándose hacia mí.

Su sonrisa provoca que una de mis comisuras se alce y asiento.

—Hamburguesa, refresco y después un helado. ¿Qué te parece?

Sus ojos se iluminan y sonríe de oreja a oreja.

—Ya se me hace la boca agua —comenta. Accedemos a la avenida principal y a lo lejos ya podemos ver la hamburguesería a la que siempre acudimos. Milo sonríe de nuevo, de esa forma tan infantil que me recuerda que a pesar de su madurez y de la vida que le ha tocado vivir, es apenas un niño—. El último en llegar es tonto —⁠dice justo antes de salir corriendo.

Mi sonrisa se esfuma de inmediato al ver como cruza la carretera. Miro hacia mi izquierda y veo un coche que se acerca a mucha velocidad. Va directamente hacia él.

—¡Milo! —grito echando a correr con el corazón a mil por hora. Mis piernas se mueven más rápido de lo que jamás imaginé posible y llego a su lado justo a tiempo para tirar de su sudadera hacia atrás y evitar que el coche lo arrolle⁠—. ¡¿Te has vuelto loco?! ¡¿Cómo se te ocurre cruzar sin mirar?!