Savage
Capítulo 3
Brooke
Me sudan las manos. Intento detener el movimiento de mi pierna, pero soy incapaz. Creo que nunca había estado tan nerviosa en toda mi vida.
—Relájate, Brooke —susurra Trish colocando su mano sobre mi muslo.
Menos mal que está aquí. Trish es la mejor amiga del mundo y me ha apoyado en esta locura más que nadie.
—¿Van a tardar mucho? —Me levanto resoplando y doy una vuelta por la minúscula sala de espera. Me detengo y señalo la puerta de madera que hay un lado de la sala—. Donovan ya ha entrado ahí hace un buen rato. ¿De qué hablan tanto?
—Pues no sé, chica. Cosas de asistentes sociales, supongo. Hace mucho que dejé de intentar entender el trabajo de mi marido.
La puerta se abre y Donovan sale seguido de Kate, la asistente que lleva el caso de Milo.
—Todo está listo —anuncia. Me tiende una carpeta con documentos y yo la abro de inmediato—. Solo necesito tu firma y podremos ir a recoger al niño.
Respiro hondo y asiento.
—Brooke, aún estás a tiempo de dar marcha atrás — susurra Donovan—. Nadie te va a juzgar si cambias de idea.
Alzo la barbilla y niego con la cabeza tomando una nueva respiración profunda.
—Déjame un bolígrafo —solicito.
Mi amigo sonríe levemente y me tiende un boli plateado. Tras firmar los documentos, se los devuelvo a Kate.
—Vale, a partir de ya mismo, eres la tutora legal de Milo Scott. Si tienes algún problema, puedes contactar conmigo y estaré encantada de ayudarte.
Asiento, ya que soy incapaz de decir ni una sola palabra. Es real. Un niño de diez años está a mi cargo de manera legal, y sinceramente… Estoy acojonada.
Donovan, Trish y yo seguimos en coche a Kate hasta un barrio apartado. Mi amiga no deja de meterse conmigo llamándome mami a pesar de que sabe que eso no es así. Solo tengo la custodia temporal de Milo. Cuando su hermano se recupere, o si entra en prisión… Joder, eso puede ser mucho tiempo. Años, posiblemente. ¿Dónde demonios me estoy metiendo? Mi instinto maternal es completamente nulo.
—Brooke, ¿estás bien? —pregunta Donovan mirando por el espejo retrovisor mientras conduce.
Asiento. Sigo sin poder hablar. ¿Y si no soy capaz de cuidarlo bien? Puede pasarle algo al crío mientras está bajo mi cuidado. ¿Podré mantenerlo a salvo?
—Cielo, estás pálida —susurra Trish girándose en el asiento delantero para mirarme—. ¿Te encuentras bien?
Vuelvo a asentir. Parezco uno de esos muñequitos que se ponen en la bandeja trasera de los coches, siempre moviendo la cabeza de arriba abajo.
—Ya hemos llegado —susurra Donovan.
En cuanto el coche se detiene, suelto todo el aire que ni sabía que estaba reteniendo. Tengo que echarle valor. No puedo darle la espalda ahora. Se lo prometí, y yo tengo la culpa de que ese pobre crío esté en esta situación.
Tras respirar hondo nuevamente, salgo del vehículo y voy al encuentro de Kate. Ella me señala una casa no muy grande, el jardín delantero está bastante descuidado y la pintura de la fachada ha desaparecido en varios lugares. Me recuerda a la casa de acogida en donde pasé algún tiempo durante mi infancia. No fue demasiado, pero el recuerdo de ese lugar quedará grabado en mi memoria por siempre.
Los cuatro juntos recorremos el camino empedrado hacia la puerta. Me peino el cabello corto hacia atrás con los dedos, como si tuviese que dar buena impresión a alguien, pero en realidad solo lo hago por puros nervios. No sé dónde poner las manos.
La puerta se abre y un hombre de mediana edad nos mira frunciendo el ceño.
—Señor Willcox, soy Kate Cameron, la asistente social —señala.
—¿Asistente? —pregunta el hombre rascándose la entrepierna de manera poco disimulada. Veo como Trish hace una mueca de asco. Sinceramente, no esperaba más. Sé cómo funcionan estos hogares de acogida y el tipo de gente que se presta voluntaria para cuidar a estos niños—. ¿Teníamos visita hoy?
—No, es algo excepcional. ¿Podemos pasar?
El hombre hace una mueca con los labios y tira de la nariz, haciendo un ruido asqueroso, antes de apartarse para dejarnos entrar.
La casa está hecha un puto asco. Hay ropa y restos comida tirada por todos lados y huele a podrido.
—No esperaba visitas —dice el guarro encogiéndose de hombros.
—Ya lo veo —farfulla Kate arrugando la nariz—. Vengo para llevarme a Milo. ¿Está en casa?
—¿Milo? —El tipo parece confundido—. Oh, sí, el negrito. —Esboza una sonrisa de dientes negros y podridos y puedo ver como Trish desvía la mirada. Ella siempre ha sido muy remilgada para este tipo de cosas. Se le revuelve el estómago con facilidad, aunque en este caso no es para menos. Este tipo es nauseabundo—. Creo que está en el salón. —Señala una estancia y pasamos tras Kate.
Al llegar al salón, encontramos a un puñado de críos de entre ocho y quince años jugando a las cartas. Busco a Milo entre ellos y no lo encuentro. Entonces me doy cuenta de que hay un pequeño bulto a un lado, sentado en un sillón, con la cabeza gacha y sujetándose las rodillas contra el pecho. Es él.
Me acerco lentamente y coloco mi mano sobre su hombro. Es extraño en mí. No soy una persona cariñosa, pero con él me nace serlo. Aún no entiendo muy bien los motivos.
—Milo —susurro.
Su cabeza se alza y clava sus ojos en los míos. Al percibir la enorme tristeza que hay en su mirada, todas mis dudas y miedos se esfuman. Sé que estoy haciendo lo correcto. No puedo dejarlo aquí con este cerdo.
—¿Brooke? —murmura mirándome con los ojos abiertos de par en par. Su expresión refleja sorpresa, pero también alegría—. ¿Qué haces aquí? —inquiere.
—He venido a cumplir mi promesa —respondo sonriendo —. Recoge tus cosas. Te vienes conmigo a casa.
El niño se me queda mirando fijamente como si no entendiese lo que acabo de decir.
—¿A casa? —pregunta tras carraspear—. ¿A tu casa?
—Exacto. Te vienes conmigo. Ve a buscar tus cosas.
Una sonrisa se dibuja en su rostro y se levanta de un salto del sillón.
—Esperen… ¿Se lo llevan? —pregunta el cerdo.
—Así es, señor Willcox —le contesta Donovan.
—Pero, van a pagarme el cheque de este mes, ¿no? Le he dado de comer al crío durante varios días, y hasta le compré ropa.
Miro hacia Milo y compruebo que la ropa que lleva puesta está gastada y rota, además le queda bastante grande.
—Señor Willcox, mejor manténgase en silencio antes de que le pida explicaciones sobre el desastre que hay en esta casa —amenaza Kate—. Se supone que el Estado le paga para tener a estos chicos en un lugar limpio y ordenado.
El cerdo resopla a disgusto, aunque no replica.
—Da igual. Vámonos ya —susurro sujetando a Milo por los hombros—. ¿Tienes algo que coger? —El chico niega con la cabeza—. Pues nos vamos.
∞∞∞
El viaje en coche desde la oficina de Kate no ha sido del todo desagradable a pesar del silencio permanente por parte de Milo. Encogido en el asiento trasero, no me ha dirigido ni una sola palabra desde que salimos de la casa de acogida.
—Es aquí —anuncio deteniendo el coche en la entrada de mi casa.
Solo en ese momento, veo como alza la mirada y mira fijamente a través de la ventanilla.
—¿Es tu casa? —pregunta en un susurro.
—Sí, y a partir de hoy, también es la tuya. Vamos, te enseñaré tu habitación.
—¡¿Mi habitación?! —exclama abriendo los ojos como platos—. ¿Voy a tener una habitación para mí solo?
Sonrío y asiento con la cabeza.
—Para ti solito. Es más, podrás decorarla a tu gusto. ¿Te parece bien?
—Sí, pero… Cuando mi hermano se recupere… Bueno, cuando despierte, ¿me podré ir con él?
Suspiro y me giro hacia atrás para poder mirarlo a la cara.
—No lo sé, cielo. Eso no es algo que dependa de mí. Cuando tu hermano despierte, las autoridades decidirán qué pasará. Mientras tanto tú vas a vivir conmigo, y quiero que te sientas cómodo, pero también hay algunas reglas que debes seguir.
Su ceño se frunce y cruza los brazos sobre su pecho.
—¿Qué reglas? —inquiere alzando una ceja.
—¿Qué te parece si entramos y te las explico mientras tomamos un chocolate? —sugiero.
Tras un asentimiento por su parte, salimos del coche y vamos hacia la casa. No es demasiado grande, de dos plantas y estilo moderno, con tres habitaciones en la planta superior, la mía con baño y vestidor y otras dos que no utilizo, la cocina queda a mano derecha nada más entrar y la sala de estar a la izquierda. Lo que me enamoró de este lugar es el jardín trasero con vistas al lago Surprise y embarcadero propio, donde tengo amarrado un pequeño barco de recreo que uso de vez en cuando.
—¿Eres rica? —pregunta Milo sorprendido en cuanto entramos en casa.
Sonrío y niego con la cabeza.
—No exactamente. Vivo con ciertas comodidades, pero no soy millonaria. Al menos no tanto como el resto de mis vecinos.
—Pues a mí me pareces rica —murmura mirando alucinado hacia todos lados.
Veo como su cambia cara al ver a Zeus correr hacia él. Se asusta y corre a esconderse a mi espalda. Suelto una carcajada y tras ordenarle al perro que se siente, me giro para mirarlo.
—Milo, este es Zeus. No te va a hacer daño. —Señalo al gran danés color azul, que nos mira a ambos con la lengua fuera esperando su dosis de mimos —. Es muy bueno. Puedes acariciarlo si quieres.
—Es grande —dice con cara de susto.
—Lo sé, pero te prometo que es inofensivo. Solo quiere mimos. Es más, si te haces amigo suyo, te protegerá siempre.
Poco a poco, veo como va acercándose al animal. Me mira de reojo y yo lo animo a acariciarlo. En cuanto su mano se posa en la cabeza de Zeus, sonríe mostrándome sus dientes.
—Es bueno —afirma.
—Ya te lo he dicho. Zeus es incapaz de hacerle daño ni a una mosca. Ven, te enseñaré el resto de la casa y después nos tomaremos ese chocolate.
Media hora después, Milo ya ha elegido su habitación y estamos sentados en la cocina con una taza de chocolate caliente en las manos. Como ya esperaba, Zeus no se aparta del niño.
—¿Por qué me ayudas? —pregunta Milo tras unos segundos de silencio.
—Porque me gusta cumplir mis promesas. Además, yo sé lo que es vivir en una casa de acogida. ¿El señor Willcox te trató bien?
—Sí, él y su mujer no estaban mal —contesta encogiéndose de hombros—. Tampoco es que me hablaran mucho. Me dijeron que no diese problemas y que todo estaría bien. ¿Tú vas a decirme lo mismo?
—No. Bueno… Sí, pero no. —Suspiro y me peino el pelo hacia atrás con los dedos—. Obviamente no quiero que te metas en líos, sino que también deseo que estés cómodo aquí. ¿Recuerdas que te hablé de seguir unas normas? —Asiente—. Bien, para empezar, vas a tener que ir al colegio.
—¿Al colegio? Yo nunca he ido.
—¿Sabes leer y escribir? —Asiente—. ¿Quién te ha enseñado?
—Levi. Me da clases a veces. Dice que si no aprendo seré un idiota toda la vida. —Su mirada se ilumina al hablar de su hermano. Lo adora.
—Pues tu hermano tiene razón. Tienes que ir al colegio. Además, es uno de los requisitos para que puedas quedarte aquí conmigo. Cuando Kate venga a verte ya debes estar inscrito. Mañana iremos a comprarte ropa nueva y todo lo que necesites. Milo, esto también es nuevo para mí, así que te pido que me tengas paciencia. Yo siempre he vivido sola, pero creo que podremos acostumbrarnos el uno al otro.
—Prometo tener paciencia contigo si tú la tienes conmigo —dice sonriendo de medio lado.
—Ese parece un buen trato —contesto extendiendo mi mano.
Milo la sujeta y ambos sonreímos. Tal vez esto no sea tan difícil como parecía.