Savage

Jess GR · Capítulo 12 de 118

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Levi

—Genial —sonrío levemente, descolocándolo por completo y me giro hacia la salida⁠—. Nos vamos entonces.

 

Levi

 

El movimiento de su trasero es hipnótico. No puedo apartar mi mirada de ese redondo y prieto culo que se balancea de un lado a otro a cada paso que da. Escucho como mi hermano habla sin parar, pero soy incapaz de entender nada de lo que dice. ¿Por qué ha tenido que venir justo ella a buscarme? Creí que mandaría a alguien a por mí. No la he visto en dos semanas, desde el día en que firmé ese jodido acuerdo para librarme de la cárcel, y con él también acepté que esta preciosa, aunque odiosa mujer se convierta en mi carcelera. No esperaba verla tan pronto, y mucho menos que viniese vestida de esa forma. Ese vestido… ¡Santo Cristo! Marca cada una de sus deliciosas curvas y hace que su piel blanquecina destaque en contraste al color azul de la prenda. Eso por no hablar de los tacones, que creo que son los responsables de que su trasero se vea tan apetecible, y por eso me encuentro babeando como un jodido mandril cuando ve a una hembra dispuesta a aparearse.

Salimos del hospital, y al llegar al aparcamiento veo como las luces de un precioso Audi color plateado se iluminan un par de veces. ¿Ese es su coche? Creí que conduciría un Escarabajo rosa o algo así, quizás un Mini. Las niñas de papá, como Brooke Daniels, son mucho de Minis. Pero me sorprende ver como abre la puerta del Audi y se mete en el asiento del conductor sin decir una sola palabra.

Dirijo mi mirada hacia Milo y compruebo que sigue sonriendo de oreja a oreja. Me alegra verlo tan contento, y más al saber que yo soy el responsable de esa felicidad. He prometido intentarlo y pienso cumplir mi palabra. Me portaré bien y haré todo lo que me pidan, pero si las cosas no salen bien, no voy a dudar ni un segundo en coger a mi hermano y largarme lejos, donde nadie pueda encontrarnos.

—¿Estás bien? —pregunta antes de abrir la puerta trasera del vehículo.

—Sí, estoy genial —respondo colocando mi mano sobre su cabeza para revolver su pelo corto.

Tomo asiento en la parte delantera y evito mirar hacia la mujer que se sienta al volante. En realidad, lo que no quiero es comprobar a qué altura le queda el bajo del vestido al estar sentada. No se me olvida la reacción que me provocó su cercanía el otro día. Lo he pensado muchas veces y creo que fue culpa del coma. Desperté tras dos meses aletargado y vi a una mujer guapa frente a mí. Supongo que es normal sentir deseo sexual en esas circunstancias, sin embargo eso no significa que me sienta atraído por la niña de papá. Es mi enemiga, la persona que me dejó tirado en una cama y aprovechó para robarme la tutela de mi hermano. Aún no sé cuáles son sus intenciones, pero voy a averiguarlo muy pronto.

—Pasaremos por el club antes de ir a casa —⁠murmura encendiendo el motor.

El Audi ronronea suavemente. Nunca antes había estado en un coche tan lujoso. Mis experiencias con vehículos no han sido demasiado buenas. Todos los que he conducido eran robados, y en los que iba de pasajero… Bueno, prefiero no recordar las veces que me llevaron en un coche y menos lo que pasó después.

Inspiro por la nariz y fijo la vista en la carretera, pero Brooke no acelera. Al mirarla, compruebo que está mirando hacia atrás por el espejo retrovisor. Frunce el ceño y Milo resopla antes de abrocharse el cinturón.

—Ya está —murmura mi hermano en tono hastiado.

—Buen chico —dice ella incorporándose al tráfico finalmente.

El silencio se apodera del interior del vehículo durante la siguiente media hora. Recorremos el centro de la ciudad en dirección a Miami Beach. No sé por qué me extraña ver como estaciona en una de las zonas más ricas y lujosas de la ciudad.

Milo es el primero en salir del coche y después lo hace Brooke. Tras respirar hondo, yo los sigo y veo como se acercan a una gran puerta negra con la palabra «Eternity» escrita en letras grandes y de color verde. Brooke saca una llave de su bolso y la abre, le cede el paso a mi hermano y los dos se pierden en el interior del edificio.

«Bien, allá vamos», pienso dándome fuerzas a mí mismo para no mandar todo esto a la mierda y salir corriendo. No quiero estar en este edificio pijo de este barrio pijo ni con esta niña pija. No me siento cómodo aquí y no creo que logre estarlo jamás, pero le hice una promesa a Milo. Intentarlo, eso es lo que voy a hacer.