Savage

Jess GR · Capítulo 36 de 118

Páginas del PDF

Savage

Levi

Antes de que pueda asentir, sus labios ya se han pegado a los míos. Enredo mis manos en su nuca y tiro de él para poder besarlo con más ímpetu, sin embargo Levi se aparta y me detiene, dejándome confusa.

—¿Qué pasa? —pregunto frunciendo el ceño.

—Me encantaría seguir con esto, pero uno de los dos tiene que recoger a Milo.

¡Mierda! Milo. ¿Cómo he podido olvidarme de él?

—¿Qué hora es?

—Tarde, pero si me doy prisa llegaré a tiempo a recogerlo. Le prometí que esta tarde pintaríamos juntos la pared de su habitación.

—Me doy una ducha rápida y voy yo a buscarlo. Llegaré antes en coche que tú en taxi o Uber.

—También puedes prestarme tu coche —sugiere. Coloca sus manos en mi cintura y hunde su cara en mi cuello, aspira fuerte y gime⁠—. Me encanta tu olor, es dulce y amargo a la vez, como el chocolate negro.

Sonrío abrazando su cuello y acariciando su cabeza rapada.

—¿Va en serio lo que dijiste anoche? Eso de que te gusto y que quieres…

—¿Pasar el resto de mi vida besando el suelo por dónde pisas? —⁠inquiere alzando una ceja con gesto divertido.

—¿Nunca puedes hablar en serio?

—Claro. —Me besa una vez más y se aparta de mí—. Anoche hablaba muy en serio cuando dije que estoy loco por ti. —⁠Sale del baño y escucho que habla desde la habitación—. Dúchate, yo voy a buscar a Milo, me llevo tu coche.

Sin poder evitarlo mis comisuras se alzan y entro en la ducha exultante de felicidad. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí así, creo que nunca. Está claro que Levi ha sabido traer alegría a mi vida, aunque también temor. Me aterra perderlo y dejar de sentirme de este modo. Sé que podría romperme el corazón con una sola acción o palabra. Ese es el gran problema del amor, que puede traer toda la felicidad del mundo o destruirte por completo.

 

Levi Jamás me he sentido tan bien como ahora mismo. En una sola habitación tengo todo lo que necesito para ser feliz. Estoy pintando y es maravilloso poder hacerlo, especialmente mientras Milo y Brooke me observan sentados sobre la cama. Juegan a intentar adivinar qué es lo que estoy dibujando con espray de colores.

—Es una tortuga —conjetura Brooke.

—¿Una tortuga? ¿Por qué dibujaría una puta tortuga en la pared? —⁠inquiere mi hermano.

—Chaval, controla tu vocabulario —lo reprende.

—Vale, reformulo la pregunta. ¿Por qué dibujaría una dichosa tortuga en la pared de mi habitación?

—No lo sé, es tu hermano. Pero es una tortuga, estoy segura.

Sonrío y sacudo la cabeza sin dejar de trabajar. Echaba de menos esto, el olor a pintura fresca, el sonido de gas que expulsa el espray… Ni siquiera recordaba lo mucho que adoro hacerlo hasta que empecé hace un rato.

—¿Una tortuga azul? No puede ser —señala Milo⁠—. Levi, dile a Brooke que no es una tortuga.

—No es una tortuga —digo en voz alta sin mirarlos.

—Ves, te lo dije. Creo que ya sé lo que es.

—Muy bien, listillo, ¿qué es?

Siguen debatiendo mientras yo voy coloreando el dibujo poco a poco. Desconecto durante un rato y solo escucho mis propios pensamientos. Rememoro la última vez que pinté, fue justo antes de que Brooke me atropellara y mi vida cambiara drásticamente. Cuando desperté en el hospital creí que todo había acabado para mí, aunque me equivocaba, solo fue el principio de algo maravilloso. Por una vez en mi vida soy feliz. Eso es lo que Brooke me está haciendo. Sé que somos muy distintos y que probablemente nos queda un largo camino por recorrer, sin embargo quiero intentarlo. De alguna manera me he enamorado de esta extraña e inquietante mujer y necesito mantenerla a mi lado.

—Vale, esto ya está —anuncio retrocediendo un par de pasos para ver el resultado final.

—¿Charmander? —Milo se acerca a mí y mira la pared recién pintada con una sonrisa de oreja a oreja.

Sé que le encanta todo lo que tenga que ver con Pokemon, así que he decidido dibujar uno de sus personajes preferidos.

—¿Mola o no mola? —inquiero alzando una ceja en su dirección.

—Mola —contesta acercando su puño.

Lo choco con el mío y me giro para poder ver a Brooke.

—Niña de papá, ¿mola? —No sé por qué me siento nervioso. Mis grafitis son importantes para mí y quiero que le gusten. Sigo observándola mientras ella mira minuciosamente todo el dibujo. Me acerco y me coloco justo a su espalda, aprovechando que Milo no me ve pego mi pecho a ella y me agacho para susurrar en su oído—. ¿Mola? —⁠repito.

—Es increíble —susurra sin mirarme.

—Supongo que eso en un sí —murmuro.

Me mira y sonríe asintiendo.

—Tienes mucho talento, Levi. ¿Has pensado en dedicarte a esto de manera profesional?

—Sí, claro. Hablaré con el Ayuntamiento. Podrían pagarme por pintarrajear los muros y edificios de la ciudad —⁠bromeo.

—No. Lo digo en serio. Es precioso y lo has hecho muy rápido. Tienes un don para el arte, Levi. Yo no soy capaz de hacer ni una línea recta.

—Tienes otros muchos talentos —susurro pegando mi entrepierna a su trasero.

—Vale, tenía razón —dice Milo girándose. Me aparto rápidamente y me alejo de Brooke para que mi hermano no sospeche nada. Supongo que tarde o temprano se enterará de que estamos juntos, o… La verdad es que no sé ni qué somos o a dónde vamos a llegar. Eso es algo que Brooke y yo tendremos que hablar pronto. Si algo tengo claro es que anoche fue una de las mejores noches de mi vida y quiero repetir, si es posible, todos los días—. Es una tortuga. Lo que me despistó fue el color —⁠se queja.

—Bueno, en realidad no es una tortuga, es un Pokemon —⁠afirmo. Milo sonríe de manera chulesca y Brooke me mira frunciendo el ceño—. Oye, no te enfades conmigo, solo digo la verdad.

—Lo que tú digas —murmura encogiéndose de hombros. Mira su reloj y suspira—. Tenemos que prepararnos para el trabajo. —⁠Se acerca a mi hermano y lo abraza por los hombros—. Y tú, chaval, a cenar y a la cama. Mañana tienes clase temprano.

Cenamos algo rápido con Milo en la cocina y lo dejamos al cuidado de la buena de Helen antes de cambiarnos y salir de la casa. Nada más llegar al coche, le quito las llaves de la mano y me dirijo a la puerta del conductor.

—Hoy conduzco yo. Me ha encantado hacer rugir a este pequeño por la ciudad —⁠señalo, acariciando la carrocería del Audi.

—Los hombres y sus juguetes —murmura poniendo los ojos en blanco, pero puedo ver como contiene una sonrisa⁠—. Por cierto, ¿tienes licencia para conducir?

—No, pero lo hago muy bien —contesto. Antes de que pueda quejarse, me posiciono tras el volante y arranco el motor. Espero unos segundos y al ver que no me sigue, abro la ventanilla del lado del acompañante y me agacho para poder mirarla—. ¿Vas a tardar? Llegaré tarde al trabajo y mi jefa tiene malas pulgas —⁠bromeo.

Brooke se agacha para mirarme y frunce el ceño.

—Levi, sal del coche. Yo conduzco.

—Negativo. Hoy me toca a mí —insisto.

—No puedes conducir sin licencia. Si te para la policía…

—Estamos cerca, niña de papá. Además, la policía está demasiado ocupada como para controlar un coche de lujo como este. ¿Cuántas veces te han parado a ti al conducirlo?

—Ninguna, pero…

—Pues eso. Entra en el coche —ordeno. Chasquea la lengua y niega con la cabeza⁠—. Brooke, no me obligues a meterte a la fuerza en el coche. Entra. Ahora.

Tras resoplar en alto, abre la puerta y se acomoda en el asiento a desgana.

—Como nos pillen, tú irás a la cárcel, pero antes te pateo las pelotas —⁠refunfuña. Suelto una carcajada al escucharla y ella me fulmina con la mirada—. ¿Qué tiene tanta gracia?

—Tú —susurro acercando mi boca a la suya—. Me encanta cuando te pones en plan niña mala. Sé que no lo haces a menudo y sinceramente, creo que es muy muy sexi. —Le doy un beso rápido en los labios y me aparto rápidamente—. ¿Lista? —⁠inquiero.

—¿De verdad sabes conducir? —Asiento y pongo el vehículo en marcha⁠—. ¿Dónde has aprendido a hacerlo?

—Si te lo digo, promete no denunciarme a la policía. — ⁠La miro de reojo y veo como pone los ojos en blanco. Sé que no lo hará, solo que, como siempre, disfruto pinchándola—. Hace unos años hice un par de trabajitos para gente que se dedicaba a la apropiación y desguace de coches.

—Vamos, que robabas coches —deduce.

—Exacto. Tuve que dejarlo cuando la poli empezó a darnos caña. Es una pena porque ganaba una buena pasta, pero eso se terminó. No podía arriesgarme a que me pillaran y me quitaran a Milo.

—Con que no solo te dedicaste a la venta de drogas… — ⁠farfulla entre dientes.

—No te voy a mentir, Brooke. He hecho cosas… — ⁠Niego con la cabeza y aprieto el volante con fuerza al recordar todo lo que he tenido que hacer para sobrevivir en las calles—. No estoy orgulloso, pero volvería a hacerlo. Milo y yo salimos adelante gracias a ello.

Veo como se muerde el interior de la mejilla en silencio mientras yo sigo conduciendo. Abre la boca un par de veces, pero no emite ningún sonido. Quiere decir algo, solo que no se atreve. Lo sé. Estoy aprendiendo a descifrar sus gestos a la perfección. Finalmente, suspira y gira la cabeza hacia mí.

—¿Qué pasó? ¿Por qué terminasteis en la calle? La asistenta social me contó que vuestra madre había fallecido hace siete años.

Vale, era eso. Quiere saber más sobre mí. Eso puedo dárselo, al menos en cierta medida.

—Eso es cierto. Lo que dudo que te haya explicado es que cuando ella murió yo tenía diecinueve años. Era menor de edad, pero ya había aprendido a buscarme la vida. —Suspiro y vuelvo a mirarla de reojo—. Mi madre no era mala persona, Brooke. Simplemente se rodeaba siempre de hombres que no le aportaban nada bueno. Era adicta. —⁠Sus ojos se abren de golpe y yo me concentro en la carretera—. Sé que estaba enferma, pero, aun así, la odié durante mucho tiempo. Su vicio nos arruinó la vida a mi hermano y a mí. No solo teníamos que aguantarla a ella, también traía a sus amantes a casa. Estuve a punto de marcharme muchas veces, pero solo era un crío, y después nació Milo. Yo tenía dieciséis años entonces, estaba harto de esa vida de mierda, de tener que cuidar de mí mismo y de mi madre. A menudo los hombres que metía en nuestras vidas acababan pagando su mala leche conmigo. Me golpeaban a mí cuando ella estaba demasiado colocada como para sentir nada.

—Lo siento mucho, Levi —susurra colocando su mano sobre la mía en la palanca de cambios.

Sonrío levemente y niego con la cabeza.

—Tenía planes, ¿sabes? Quería largarme, especialmente cuando Jeremy entró en nuestras vidas. Él fue su último novio, si es que se le puede llamar así. Era un cabronazo que nos usaba a ella y a mí como saco de boxeo. Pero entonces nació Milo y… Joder, no pude dejarlo solo con ellos. Intenté protegerlo. Tal vez creas que no hice un buen trabajo, pero te juro que lo intenté con todas mis fuerzas.

—Levi, si hay algo de lo que nadie puede acusarte es de no querer y cuidar de tu hermano —⁠dice mirándome fijamente.

Llegamos al parking del Eternity y aparco el vehículo en la gran explanada. Apago el motor y me giro hacia ella.

—Cuando mi madre murió por una sobredosis, Jeremy nos echó a la calle. No le importó que Milo, su propio hijo de tan solo tres años, tuviese que vivir a la intemperie. Ni siquiera me dejó recoger algo de ropa. No teníamos demasiada, pero hubiese sido más sencillo.

—Por Dios, ese hombre es un monstruo —dice apretando mi mano con más fuerza.

—Lo es. Y si de algo estoy orgulloso es de no haber permitido que Milo creciera y se convirtiera en alguien como su padre. He hecho muchas cosas malas, ilegales e inmorales, la mayoría de ellas prefiero ni recordarlas, pero como ya he dicho, no me arrepiento en lo más mínimo.

—Siento que hayas tenido que vivir todo eso, Levi —⁠susurra—. ¿Por qué no pediste ayuda? Erais menores. El Estado…

—Nos habrían separado. Tal vez fui egoísta, pero conocí a chavales en la calle que habían pasado por casas de acogida y las experiencias que me contaron no eran demasiado alentadoras. —⁠Veo como asiente y agacha la mirada—. Tú lo sabes, ¿verdad? Me dijiste que estuviste en una de esas casas.

—Sí, tras la muerte de mi madre biológica entré en el sistema de acogida y adopción del Estado —⁠contesta sin mirarme.

—Y la experiencia no fue muy grata, supongo.

Alza la mirada y por primera vez veo algo en sus ojos que no me gusta nada. Hay dolor y angustia, como si estuviese recordando algo realmente horrible.

—No, no lo fue —dice tras carraspear—. La diferencia entre tú y yo, es que en mi caso ganó la cobardía. Era muy joven cuando me quedé sola. Tenía ocho años. Jamás conocí a mi padre y cuando mi madre murió… no supe qué hacer. —⁠Niega con la cabeza y vuelve a agachar la mirada.

Sujeto su barbilla con la mano y la alzo para poder mirarla a los ojos.

—¿Quieres contarme qué pasó?

—No, no quiero —susurra.

—¿En serio? Yo me abro en canal y te cuento toda mi vida y tú no quieres hablar conmigo. Debería sentirme ofendido —digo en broma. Al ver el dolor en su mirada, mi sonrisa se esfuma de inmediato—. ¿Tan malo fue? —⁠inquiero.

Suspira y asiente con la cabeza. Entonces, algo en ella cambia. Yergue la espalda y en sus ojos aparece de nuevo esa serenidad y frialdad que tanto la caracteriza. Se pone la máscara de niña buena que usa con todo el mundo.

—Lo he superado, ¿vale? Tuve la suerte de ser adoptada por los Daniels. No son los padres más atentos y cariñosos del mundo, pero con ellos nunca me faltó nada. Lo primero que hicieron fue llevarme a un psicólogo que me ayudó a superar la horrible infancia que viví. Funcionó, ahora soy alguien distinto, más fuerte y sin miedos estúpidos e irracionales. Ya nada puede dañarme.

La miro fijamente y empiezo a entender su forma de actuar. Ahora puedo comprenderla mejor. No tenía nada y los Daniels le dieron una nueva vida, una vida fácil de vivir, así que cambió y se adaptó a ella obligándose a sí misma a reprimir su carácter. Se convirtió en una mujer dócil y sumisa. La mejor hija que nadie pueda tener. Esa fue su forma de protegerse, de luchar. Ella usa su máscara y yo los puños. Al fin y al cabo, no somos tan distintos.