Savage

Jess GR · Capítulo 54 de 118

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Savage

Capítulo 29

 

 

Levi

 

Zane y yo caminamos por el aparcamiento a la par. Justo acabamos de cerrar el club y estamos agotados. Esta noche hemos notado la ausencia de Candy. No sé dónde demonios se ha metido esa chica, solo espero que vuelva pronto.

—¿Te llevo? —pregunta mi colega señalando su coche.

Le enseño las llaves que cuelgan de mi dedo y niego.

—Tengo el coche de Brooke. Ella estaba cansada y se ha ido en taxi, pero gracias igual.

—De nada. —Veo como mira a Trish de reojo. Ella también está entrando en su coche. Esta noche no ha venido Donovan a buscarla.

—Se te cae la baba, tío —me burlo.

Zane me mira y frunce el ceño.

—Deja de jugar con eso. Trish está casada.

—Y te gusta. Eso no es nada malo. Mientras tengas claro que tu polla no se va acercar jamás a su coño, todo irá bien.

—Joder, qué bestia eres. Eso lo tengo muy claro, ¿vale? Desde hace años. Aunque ella merezca algo mejor que a ese gilipollas. —⁠La última frase la murmura para sí mismo.

Miro el reloj de mi muñeca y hago una mueca. Ya es muy tarde y aún quiero pasar a darle el dinero a Jax y hablar con él. Necesito librarme de la pasta y saber que mi traición va a servir de algo. Si no lo hace, estaré perdido.

—Oye, tengo que irme —comento.

—Sí, yo también. Hasta mañana, Levi. Ten cuidado y que no te pille la policía conduciendo.

Me despido con la mano y casi corro para llegar al coche cuanto antes. Salgo del aparcamiento quemando rueda y no tardo en llegar a mi antiguo barrio. Dejo el coche a las afueras. Si de día este barrio es peligroso, de noche es una puta locura y no me arriesgo a llegar a casa sin el Audi de Brooke. Ya he hecho suficiente al robarle de manera descarada. Camino el resto del trayecto sintiendo el peso del dinero en mi bolsillo. Tengo que conseguir una renegociación de la deuda. Ese es mi objetivo. Me dirijo directamente hacia la calle en la que Jax suele operar y me cruzo con varios conocidos, la gran mayoría trabaja para él. No me paro a saludar. Estoy aquí por negocios. Solo quiero terminar y marcharme a casa con mi chica. Después ya tendré tiempo para sentirme culpable por mis cagadas.

Encuentro a Jax en un viejo almacén abandonado. Antes de que pueda llegar a él, ya me ha visto. Se sorprende, pero enseguida dibuja una sonrisa burlona en su rostro y viene hacia mí.

—Savage, amigo. No esperaba verte por aquí. ¿Milo te dio mi recado? Qué espabilado está ese chaval, ¿verdad?

Aprieto la mandíbula con fuerza y saco el dinero del bolsillo.

—Toma. —Le tiendo el dinero y espero.

Jax lo cuenta y frunce el ceño.

—¿Qué demonios es esto? Aquí hay cinco mil y me debes cincuenta. ¿Es alguna broma?

—Un adelanto, para que veas que tengo toda la intención de pagarte, pero necesito más tiempo. No puedo reunirlo todo en una semana.

—Has venido a renegociar —murmura rascándose la barba canosa. No sé cuántos tendrá Jax. Jamás me lo he planteado. No es joven, aunque está en forma. Supongo que rondará los sesenta años—. Muy bien, me quedo esto como prueba de tu buena voluntad —⁠dice mientras guarda el dinero en el bolsillo interior de su cazadora—. Ahora hablemos del resto del pago.

—Seis meses. Dame ese tiempo y conseguiré pagarte como sea.

—¿Seis meses? —Asiento y él suelta una carcajada—. ¿Crees que soy una puta ONG, Savage? —inquiere perdiendo la sonrisa—. Esto es lo que vamos a hacer. Me caes bien, de verdad que sí. Así que, a pesar de tus fallos pasados, voy a darte la oportunidad de poder redimirte. He estado investigando y me han dicho que esa discoteca en la que trabajas atrae a mucha gente ricachona. —⁠Mierda. No me gusta el giro que está dando esta conversación—. Hagamos algo… Vende para mí en ese local y así podrás pagar tu deuda. Se acabaron las amenazas. Tu hermano y la rubia estarán seguros, y cuando termines de pagarme desapareceré de tu vida para siempre.

—No —contesto—. No puedo hacer eso. Te pagaré de otra forma.

—No te estoy preguntando, Savage. —Se acerca a mí y coloca su mano en la parte posterior de mi cuello, justo bajo la nuca. Me obligo a refrenar todos mis instintos que gritan que le lance un puñetazo a la cara a este usurero de mierda—. Vas a hacerlo. Mañana enviaré a Arnold por el club. Supongo que allí podrás mover bastante mercancía. Cuando la termines, solo avísame. —⁠Estira la mano y uno de sus gorilas le da un teléfono móvil, lo tiende hacia mí y espera a que lo coja—. Mi número está grabado. Es un regalo. Puedes quedártelo.