Savage

Jess GR · Capítulo 23 de 118

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Brooke

—¡Levi, mira esto! —Milo arrastra los pies por el suelo y mueve las manos de arriba abajo⁠—. Acabo de inventar un nuevo paso de baile.

Sacudo la cabeza para librarme de los malos recuerdos y me acerco a ellos sonriendo levemente. Brooke se ha detenido nada más verme y agacha la cabeza colocando los platos sobre la barra de la cocina.

—Serás el próximo Michael Jackson —bromeo revolviéndole el pelo corto a mi hermano.

Veo como su sonrisa se expande y una explosión de cariño y ternura explota en el interior de mi pecho. Ha valido la pena. Todo lo que he pasado en mi vida cobra sentido al verle feliz. Mis sacrificios no han sido en vano, y eso es lo único que me importa.

 

Brooke

 

No sé cómo he conseguido evitar su mirada durante la cena. Sinceramente, creo que él también intentaba evitarme. Todo el tiempo estuvo ausente y callado. No me intentó provocar ni soltó ninguno de sus comentarios maliciosos.

Tras la cena, simplemente se marchó a su habitación tras despedirse de Milo y ni siquiera me dirigió una mirada.

Suspiro apagando la luz de la cocina y echo un vistazo hacia el cuarto de Milo para comprobar que duerme plácidamente sobre su cama. Hecho eso, voy directamente hacia mi habitación haciendo callar a esa parte de mí que me tienta a pegar la oreja en la puerta de la habitación de Levi para saber si sigue o no despierto. Me pongo mi camisón azul celeste de seda y me meto en la cama, pero soy incapaz de dormir.

Siento como si la sangre me ardiese en las venas y los nervios echasen chispas, y no puedo quitarme de las fosas nasales ese olor mentolado del aliento de Levi. Menta, ese es su olor. Siempre tiene algún caramelo o chicle en la boca de ese sabor.

Resoplo pateando las mantas y clavo la mirada en el techo. Estoy tan excitada que no tiene nada de gracioso. Qué distinta habría sido mi noche si en vez de quedarme en la puerta del baño hubiese entrado como Levi sugirió. Los dos podríamos haber entrado en la ducha, bajo el agua caliente él habría besado mi cuello mientras sus manos fuertes recorrerían todo mi cuerpo hasta llegar a mi entrepierna, entonces uno de sus dedos se colaría dentro de mis bragas y…

Yo misma me acaricio el estómago con la mano mientras la otra sube levemente el camisón y me acaricio sobre mis bragas hasta que las siento completamente empapadas. Entonces voy más allá y me toco mientras intento contener los gemidos. Solo pienso en él, en la forma en la que me mira, en cómo me cabrea y me hace sentir viva con la misma intensidad. Cuando finalmente llego al orgasmo, muerdo mi mano para no gritar y mi cuerpo se desploma en el colchón saciado y agotado, aunque no durante demasiado tiempo. Estoy segura de que mañana, en cuanto vuelva a ver a Levi, volveré a desearlo, y una vez más tendré que reprimir todos mis instintos para no saltar sobre él.

Ni siquiera recuerdo haberme quedado dormida cuando despierto sobresaltada y con la boca seca. No tengo ni idea de lo que he soñado, pero me atrevo a decir que no fue nada bueno a juzgar por la piel de gallina y el latido desbocado de mi corazón.

Me levanto de la cama y salgo de la habitación dispuesta a buscar un vaso de agua a la cocina, solo que casi cambio de idea al ver a Levi sentado sobre la encimera vestido únicamente con un pantalón de algodón que yo misma dejé en su habitación ayer.

—Hola —susurro intentando no hacer contacto visual con su mirada.

No puedo evitar sonrojarme al pensar lo que hice hace solo un par de horas mientras pensaba en él.

—¿No puedes dormir, niña de papá? —pregunta en tono burlón.

—He tenido una pesadilla —contesto sin siquiera molestarme por ese apelativo que ha decidido usar conmigo.

—¿Qué puede ser tan malo? Tranquila, sigues siendo una princesa y viviendo en tu palacio. Tus pesadillas no tienen razón de ser.

Tras coger la jarra de agua del frigorífico, me giro hacia él frunciendo el ceño. Me cabrea que piense que solo él tiene problemas. Como si vivir en una buena casa y tener un trabajo decente fuese algo de lo que avergonzarse.

—No me conoces, Levi. No tienes ni idea de cuáles son mis pesadillas ni porqué las tengo.

Una sonrisa tira de sus comisuras y alza las manos a modo de disculpa.

—No te cabrees, mujer.

—No lo hago. —Dejo la jarra sobre la encimera a su lado y me estiro para coger un vaso del estante superior.

—Sí que lo haces. Se te nota en el tono de voz, y en tu mirada también. Cada vez que te enfadas tus ojos centellean como si encendieras la piedra de un mechero en ellos.

—Entonces deja de provocarme —murmuro para mí, pero lo suficientemente alto para que él pueda escucharlo.

—Eso nunca —replica sonriendo.

Resoplo y, tras beber un buen trago de agua helada, clavo mis ojos en los suyos.

—Disfrutas molestándome, ¿verdad?

Su sonrisa se expande y asiente.

—Sí, la verdad es que me resulta tremendamente placentero. Hace un rato me hice una paja pensando en ti y en esos ojos tuyos brillantes y rabiosos.

Su tono es relajado y divertido, aunque me planteo de verdad que no esté bromeando. Al fin y al cabo, yo también me he tocado pensando en él. ¿Es posible que estuviésemos haciéndolo al mismo tiempo? Sacudo la cabeza para sacarme la imagen de Levi acariciándose su miembro al otro lado del pasillo mientras yo… ¡Mierda, tengo que parar esto! Carraspeo y desvío la mirada.

—¿Siempre tienes que decir ese tipo de groserías? Empiezo a estar cansada de tu actitud, ¿sabes?

—Eres una aburrida. Le quitas la gracia a todo. —⁠Suspira y se baja de la encimera de un salto—. ¿Vas a contarme de qué iba tu pesadilla?

—No la recuerdo —contesto encogiéndome de hombros⁠—. Sinceramente, lo prefiero así.

—Vale, no quieres decírmelo. Creí que querías que fuésemos amigos.

—Me conformo con que nuestra relación sea meramente cordial —⁠replico.

Escucho como suelta una carcajada y no puedo evitar que una sonrisa se me escape. Cuando su risa cesa, siento su presencia a mi espalda, muy cerca, demasiado.

—Lo que dije esta tarde, en el jardín, iba en serio —⁠susurra cerca de mi oído—. Te doy las gracias por lo que estás haciendo por mí y por mi hermano, aunque sigo sin entender tus motivos. Al principio creí que eras una chalada que se había encariñado con un crío y lo querías para ti, pero ahora puedo ver que tu cariño hacia Milo es sincero y solo quieres lo mejor para él. Eso me deja aún más confuso. No sé quién eres, Brooke Daniels, ni por qué has decidido meter en tu casa a un niño de la calle. Y como si no fuera poco, a su hermano mayor, un delincuente que no deja de provocarte y ofenderte en todo momento.

Suspiro y me giro hacia él, aunque tengo el suficiente sentido común como para alejarme de su cercanía al menos un par de metros.

—Yo te atropellé. Fue un accidente, pero de todos modos me sentí culpable. Me quedé con Milo en el hospital hasta que el médico nos dijo que estabas en coma. Después vino una asistente social dispuesta a llevárselo a una casa de acogida y… —Suspiro de nuevo y niego con la cabeza—. Yo he estado ahí, en varias de esas casas. —Puedo leer la sorpresa en su mirada, mas no dice nada—. Todo esto que ves, mi palacio como tú lo llamas, todo ha sido regalado. Hasta los catorce años pasé de una familia de acogida a otra. Sé cómo funcionan esos lugares, lo he vivido en mi propia piel. Si tienes un poco de suerte, solamente te ignoran y cobran los cheques a final de mes sin dar más problemas. Yo viví con algunas familias así. Otras no son tan buenas, te pegan y… —Cierro los ojos intentando apartar los malos recuerdos de mi mente—. Créeme, no podía dejar a ese pobre crío en ese lugar, por eso hice todo lo que estaba en mis manos para traerlo aquí a casa, conmigo. Después despertaste tú y… —⁠Abro los brazos y me encojo de hombros—. Tú mismo lo has dicho, me he encariñado y solo quiero lo mejor para él. Es tu hermano, Levi, tu familia, y no pretendo robarte su cariño. Te aseguro que yo estaré encantada de devolverte su tutela en cuanto un juez te vea capacitado para asumirla.

Veo como traga saliva con fuerza y vuelve a asentir.

—¿Y ahora qué? Somos más parecidos de lo que yo creía. ¿Eso ya nos hace amigos?

—Como ya he dicho antes, no quiero ser tu amiga. Me basta y me sobra con poder tolerar tu presencia —⁠comento sonriendo levemente.

—Amén a eso. —Sonríe también y se rasca la nuca ⁠—. ¿Vas a contarme lo de tu pesadilla ya? Estoy descalzo y se me están enfriando las pelotas.

Niego con la cabeza dándolo por imposible y voy de nuevo hacia la nevera, abro el congelador y saco una tarrina de helado de su interior.

—Te cambio el relato de una pesadilla que ni siquiera recuerdo por un par de cucharadas de mi helado. —⁠Sostengo la tarrina en alto esperando su respuesta hasta que lo veo poner los ojos en blanco y estirar la mano hacia mí.

—Media tarrina o no hay trato.

—Hecho, coge dos cucharas.

—¿De qué es?

Giro el bote hacia mí para leer la etiqueta y sonrío de nuevo.

—Menta y chocolate —contesto.

Su mirada se clava en la mía y soy incapaz de retirarla.

—¿Esos sabores juntos pegan? —susurra.

—Son una explosión en la boca. Completamente distintos, pero se complementan a la perfección —⁠respondo en su mismo tono.