Savage

Jess GR · Capítulo 11 de 118

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Savage

Capítulo 7

 

 

Brooke

 

Reviso una vez más que todo esté preparado para la llegada de Levi. Milo anda revoloteando a mi alrededor demasiado excitado y ansioso como para estarse quieto. Menos mal que es sábado, porque estoy segura de que no aguantaría en el colegio sabiendo que hoy su hermano saldrá del hospital y se instalará en casa. Yo también estoy nerviosa, desde hace dos semanas no he vuelto a verlo. Todos los días he llevado a Milo al hospital, pero ni siquiera me he asomado a la habitación. Creo que es mejor así. Está claro que yo no le agrado y tampoco quiero imponerle mi presencia.

Me he planteado varias veces si estaré haciendo lo correcto. En parte le doy la razón a Harvey, no conozco a ese hombre de nada y voy a meterlo en mi vida, en mi casa, en mi trabajo… Es una locura, y más teniendo en cuenta sus antecedentes, pero tampoco puedo mirar hacia otro lado. Si lo hubiesen hecho conmigo, ahora podría ser yo la que estuviese en esa cama de hospital con un pie dentro de la cárcel. Puede que mis padres adoptivos no sean las mejores personas del mundo, ni las más cariñosas, pero me salvaron de un destino que amenazaba ser mucho peor. Me sacaron de ese horrible lugar y siempre les estaré agradecida por ello.

—¿Algo más, Brooke? —me pregunta Helen mientras termina de anotar la lista de la compra en un trozo de papel.

—No, creo que eso es todo —contesto.

Milo aparece corriendo en la cocina y Helen sonríe de oreja a oreja. Se ha encariñado mucho con él. Hace unos meses ella solo venía a recoger un poco la casa y a hacer la compra una vez a la semana, pero ahora también se encarga de cuidar de Milo mientras yo trabajo, que es casi todas las noches. Es un ángel, de esas mujeres que irradian paz y cariño. Sus dos hijos se han mudado a Nueva York y pasa mucho tiempo sola. Cuando le ofrecí aumentar su horario laboral para que me ayudase con Milo, no dudó en aceptar, y ahora me doy cuenta de que no podría haber acertado más. Milo la adora y ella, de alguna manera, es capaz de transmitirle esa calidez de madre, o abuela más bien, que todo niño necesita y de la que yo carezco.

—¿Nos vamos ya? —pregunta Milo. Hace un rato que tiene la chaqueta puesta. Listo para salir hacia el hospital.

—Sí, nos vamos —respondo rodando los ojos de manera teatral.

Recojo mi chaqueta, las llaves del coche y mi bolso antes de despedirme de Helen con un gesto de mi mano. Al girarme, compruebo que Milo ya está junto a la puerta, esperándome.

Al pasar frente al espejo del recibidor, echo un vistazo a mi imagen. No está nada mal. Tal vez voy un poco demasiado arreglada. He decidido ponerme un vestido azul sin escote, con falda en tubo que llega justo debajo de mis rodillas, unos stilettos negros de tacón alto cubren mis pies y llevo el pelo rubio asalvajado, como suele decir Trish. Sinceramente, a mí me gusta el resultado final, y si alguien no piensa del mismo modo, pues que le den. Hace mucho tiempo que dejé de intentar agradar a todo el mundo. Soy como soy, y ya no finjo nada más que eso, solo para ser aceptada.

—Que estás muy guapa, Brooke, pero vámonos ya —⁠dice Milo con impaciencia desde fuera de la casa.

—Eres un ansias, niño —replico. Salgo y cierro la puerta a mi espalda. Las luces de mi Audi A7 plateado se encienden a la vez en cuanto presiono el botón en el mando a distancia, y Milo no tarda en instalarse en el asiento trasero—. El cinturón —⁠ordeno antes de arrancar.

Escucho un resoplido por su parte, pero no le doy importancia. Ya me he acostumbrado a sus gestos de disgusto. Es un niño muy expresivo, si hay algo que no le gusta, se le nota.

No tardamos ni media hora en llegar al hospital y en cuanto termino de aparcar, el torbellino moreno que viaja en la parte trasera de mi coche sale rápidamente, incluso antes de que pueda llegar a apagar el motor.

Cabeceo saliendo del vehículo y sonrío al ver su cara de impaciencia mientras espera junto a la puerta del hospital. Está muy ilusionado por tener a su hermano en casa con nosotros, y esa es una de las razones por las que no he desistido en mi idea de ayudar a Levi. Milo se merece una vida mejor que la que ha llevado hasta ahora. Sé que el vínculo que lo une a su hermano es muy fuerte y no voy a ser yo quien se interponga entre ellos dos, aunque tampoco voy a permitir que Levi se cargue los avances que hemos hecho en estos dos meses y medio. Espero de verdad que pueda adaptarse a esta nueva vida.

—¡Vamos, Brooke! —grita Milo perdiendo la paciencia.

—Que sí, que sí, ya vamos —murmuro caminando hacia él.

Entramos en el hospital y Milo se dirige de inmediato a la habitación de Levi. No sé si ya está listo para marcharse o tendremos que esperar a que el médico se lo permita. Se supone que ya está completamente recuperado, eso es lo que me han informado los doctores que se han encargado de su rehabilitación, incluso ha empezado a ejercitarse por su cuenta para recuperar la masa muscular que perdió durante el tiempo que estuvo inactivo.

Me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado Levi en cuanto entro en su habitación. No hay ni rastro del hombre débil y cansado que conocí hace un par de semanas. El Levi que está sentado a los pies de la cama irradia un aura de salud y fortaleza como he visto en muy pocas personas. Tampoco lleva puesto el pijama del hospital, en su lugar, se ha vestido con un pantalón vaquero y una sudadera que compré hace un par de días y me he encargado de que Milo le entregara en su visita de ayer.

Veo como sonríe de algo que Milo le dice y su mirada se ilumina, pero su alegría dura poco, el tiempo suficiente para que repare en mi mirada y se esfume de golpe.

—Hola —saluda enderezándose al mismo tiempo que cierra los puños a ambos lados de su cuerpo.

—Hola, Levi —digo tras carraspear. Me fijo en cómo sus ojos se deslizan por cada parte de mi cuerpo, desde la cabeza hasta mis pies y de nuevo hacia arriba. Hace una mueca y desvía la mirada⁠—. ¿Cómo te encuentras?

—Vivo —contesta sin tan siquiera mirarme. Se gira y recoge unos papeles que hay sobre la cama—. Tienes que firmar esto para que me dejen salir de este lugar —⁠dice, tendiéndome los documentos.

—¿Yo? —inquiero frunciendo el ceño.

—Sí, tú. Eres mi carcelera, ¿no? Pues eso. Tienes que firmarlos para que sepan que has venido a recogerme.

Decido ignorar su comentario, y tras rebuscar en mi bolso un par de segundos, me hago con un bolígrafo y estampo mi firma en los documentos.

—Listo, ya podemos irnos. ¿Necesitas ayuda?

La mirada que recibo por su parte casi me hace encogerme, es tan intensa y amenazante que me dan ganas de salir huyendo, pero no lo hago.

—No, no necesito tu ayuda —afirma apretando los dientes.

Tomo una gran bocanada de aire y alzo la barbilla demostrándole que no le tengo miedo. Eso es lo que tengo que hacer. No puedo dejar que piense que puede intimidarme o estaré muy jodida.