Savage
Capítulo 10
Levi
Me despierto desconcertado al notar la calidez de las sábanas contra mi torso desnudo y un olor muy poco familiar, a limpio y fresco. Bostezo y me doy cuenta de que he dormido mejor de lo que creo recordar en mi vida. Supongo que la razón de eso es que estoy sobre una cama mullida y no en un colchón pulgoso o el frio suelo de un almacén abandonado.
Me levanto estirando los músculos y noto un pequeño entumecimiento. Aún no estoy completamente recuperado del coma, pasé demasiado tiempo en esa cama de hospital. Abro las cortinas y compruebo que el sol ya ha salido, y por la intensidad con la que brilla, juraría que de eso ya hace algunas horas.
—Hay que ponerse en forma —susurro para mí dejándome caer boca abajo en el suelo para hacer unas cuantas flexiones. En cuanto termino, sigo con una serie de abdominales y después decido darme una ducha caliente.
Con una toalla alrededor de mi cintura, miro mi imagen en el espejo de baño, me gustaría afeitarme. En el hospital lo hacía todas las mañanas, pero aquí no tengo cuchillas. En realidad, ni siquiera sé que voy a ponerme. Mi única ropa la dejé anoche en el cesto que hay en el cuarto de lavadoras que está junto a la cocina.
Me encojo de hombros y decido salir de la habitación solo con la toalla. Tampoco es que pueda hacer otra cosa. No me va a quedar otro remedio que preguntarle a la niña de papá si hay algo con lo que pueda vestirme hasta que vaya mañana a comprar algo de ropa con el adelanto que ella me dio.
Camino por el pasillo siguiendo el olor de café recién hecho y beicon frito pensando en si Milo necesitará algo también. Siempre que venía a verme al hospital traía ropa distinta, así que lo dudo mucho, pero no está de más preguntar.
Me detengo en seco antes de entrar en la cocina. Mi hermano está sentado frente a la barra del desayuno mientras Brooke remueve algo en una sartén de espaldas a él. Lleva puesto un pantalón de licra ajustado que envuelve su redondo y apetecible culo como una segunda piel. Joder, está buena de cojones, eso tengo que admitirlo. Aunque no es para nada mi estilo. Siempre me he sentido atraído por mujeres altas y de curvas interminables y ella es todo lo contrario, bajita, menuda, delgada y con pechos pequeños, pero atractiva, eso sí, tiene una cara preciosa y esos ojos verdes deberían ser ilegales.
—Brooke —la llama Milo mientras golpea suavemente la encimera de granito con sus dedos. Ella no contesta, pero se gira levemente para mirarlo —, ¿por qué la toalla con las que nos secamos al salir de la ducha la lavamos? Se supone que cuando la usamos ya estamos limpios. ¿No deberíamos secarla sin más? —Ella frunce el ceño, supongo que intentando buscar en su cabeza una respuesta coherente que darle.
Sonrío de oreja a oreja y niego con la cabeza. Una parte de mí se alegra de verla tan descolocada. Temía que mi hermano pequeño hubiese cambiado tanto que ni siquiera pudiera reconocerlo, pero eso… esas preguntas son muy propias de él. Todo le produce curiosidad y se hace a sí mismo las preguntas más sórdidas y surrealistas que puedan existir. Con los años he aprendido a decir simplemente «no lo sé» o «no tiene explicación», pero Brooke no lo conoce como yo y sigue devanándose los sesos para dar con la respuesta indicada a la pregunta de mi hermano.
Sonrío de nuevo y decido entrar en la cocina apiadándome de ella.
—Buenos días —susurro.
De inmediato dos pares de ojos se dirigen hacia mí, los de mi hermano, brillantes de felicidad y los de ella… Bueno, no sabría decir exactamente qué es lo que veo en su mirada, ya que no permanece en mi rostro demasiado tiempo. Los desliza lentamente por mi cuerpo y veo como traga saliva con dificultad.
Vaya, vaya. Parece que a la niña de papá le gusta lo que ve. Sin saber muy bien por qué, decido chasquear los dedos para llamar su atención. Enseguida se endereza, se gira de nuevo hacia los fogones y sacude la cabeza como si intentara centrarse en otra cosa que no sea mi casi desnudez.
—¿Qué haces vestido solo con eso? —pregunta mi hermano señalando la toalla que, por suerte, no deja a la vista la semierección que me ha provocado contemplar el culazo de la rubia.
—No tengo ropa —contesto encogiéndome de hombros.
Brooke se gira de nuevo hacia nosotros y tras servir unos huevos revueltos en tres platos que hay sobre la barra, vuelve a mirarme.
—Tu ropa está sobre la secadora —informa sin mirarme —. No creo que esté tan bien como la deja Helen, pero he hecho lo que he podido.
Espera… ¿Ha lavado mi ropa? ¿Por qué? Tal vez porque no quiere que restriegue mi culo desnudo por toda su casa. Esa es una buena razón.
—Gracias —susurro.
Enseguida levanta la mirada y clava sus ojos verdes en los míos. Parece sorprendida.
—¿Qué has dicho? —inquiere.
—He dicho gracias, por lo de la ropa y eso —contesto rascándome la nuca con una mano.
Una de sus comisuras se alza y por alguna razón extraña, esa acción provoca una reacción inesperada en mi cuerpo. No me asustaría tanto si fuese mi polla la que se sacudiera en respuesta, eso es algo normal en los tíos. Una mujer guapa nos sonríe y nos ponemos cachondos perdidos, así de básicos somos, pero en este caso lo que se ha alzado, o más bien, movido, es algo en mi interior, como un pequeño pellizco en la parte superior de mi estómago.
—No hay de qué —murmura ampliando su sonrisa.
Me obligo a desviar la mirada y frunzo el ceño por el inesperado acontecimiento. ¿Qué demonios me está pasando? Me siento en uno de los taburetes junto a Milo y tiro de uno de los platos hacia mí. Estoy hambriento, y si ha servido tres platos, supongo que uno será mío.
—Brooke, se quema el beicon —dice mi hermano.
Levanto la mirada del plato y compruebo que la rubia me está mirando fijamente mientras a su espalda la sartén empieza a humear cada vez más.
—El beicon —advierto señalando hacia los fogones.
—¿Qué? —Sigue mirándome como si no entendiera lo que digo.
—¡Brooke, se quema! ¡Fuego! —grita Milo.
Ella pega un brinco y enseguida se gira para apagar el fuego.
—¡Oh, vamos! ¡No puede ser! —exclama lanzando la sartén en el fregadero. Cuando se gira de nuevo, está haciendo una mueca con los labios —. Bien, hoy solo desayunamos huevos. Lo he intentado, pero la cocina no es lo mío. Al menos decidme que los huevos son comestibles. —Nos mira a uno y a otro expectante. Yo me encojo de hombros llevando el tenedor a mi boca. La verdad es que están un poco pasados y creo que se le ha olvidado echarles sal, pero no voy a ser yo quien se lo diga—. ¿Milo? —inquiere mirando hacia mi hermano.
—Están deliciosos —contesta mirándola con adoración.
—Tampoco te pases de adulador —dice ella alzando una ceja en su dirección—. Le pediré a Helen que mañana nos haga beicon crujiente. A ella todo le sale bien.
Veo como rodea la barra de desayuno y se sienta al otro lado de mi hermano empezando a comer.
En los siguientes veinte minutos, escucho como ella y Milo charlan animados mientras dan buena cuenta de sus respectivos desayunos. Yo permanezco en silencio, comiendo sin parar y dando pequeños sorbos a la taza de café que Brooke ha dejado junto a mi plato antes de sentarse. En cuanto termino, me levanto y dejo mi plato vacío en el interior del fregadero.
—Voy a vestirme —informo saliendo de la cocina.
No espero respuesta por parte de ninguno de ellos, paso por el cuarto de la colada y tras hacerme con mi única muda de ropa, vuelvo a mi habitación. Hoy no abre el club y eso nos da el día libre, pero sinceramente no sé qué hacer con él. Tengo que ir a comprar algo de ropa, sin embargo, dudo de que haya alguna tienda abierta en domingo. La otra opción es hacer algo de lo que no tengo ningunas ganas, pero de la cual no me va a quedar más remedio. Tarde o temprano tendré que hacerlo, y este es tan buen momento como otro.
Tras vestirme, salgo de mi habitación y encuentro a Brooke en la cocina recogiéndolo todo. Puedo escuchar las risas de Milo en el jardín y los ladridos del perro. Supongo que estarán jugando fuera aprovechando el soleado día que hace.
—¿Vas a salir? —pregunta la rubia mirándome de reojo.
—Sí, ¿algún problema? —inquiero alzando una ceja.
—¿Dónde vas?
Frunzo el ceño y me cruzo de brazos de manera defensiva.
—¿Estoy retenido aquí, niña de papá? ¿Tengo que darte explicaciones de cada paso que doy? No recuerdo que eso constara en el acuerdo que firmé.
Sus ojos verdes se entrecierran y niega con la cabeza.
—Era solo curiosidad, Levi. No eres un prisionero. Puedes hacer lo que te plazca mientras no te metas en líos. Solo creí que… —Suspira y vuelve a sacudir la cabeza negando—. Pensé que tal vez podríamos cambiar nuestra relación. No empezamos con buen pie, pero si ambos ponemos de nuestra parte, podríamos incluso llegar a ser…
—A ser, ¿qué? —pregunto caminando hacia ella. Veo que recula como si intentara alejarse de mí. ¿Me tiene miedo? No. No creo que sea eso. Anoche me dejó muy claro que no me teme. Entonces, ¿por qué huye?—. ¿Qué crees que podríamos llegar a ser? —inquiero acercándome cada vez más. Brooke sigue huyendo hasta que su espalda choca levemente contra el frigorífico. Solo entonces, alza la mirada y aprieta los labios con fuerza—. ¿Amigos? — Mis manos se posan a cada lado de su cabeza y acerco mi cara a la suya. No sé por qué estoy haciendo esto, pero lo cierto es que estoy disfrutando al notar su incomodidad a mi cercanía. Ahora que sé que no me tiene miedo, me siento tentado cada vez más a provocarla hasta que me deje ver de nuevo a esa pequeña fiera que sé que esconde en su interior—. Contéstame, niña de papá —apremio.
—Levi, ¿qué estás haciendo? —Sus manos van a parar a mi pecho para apartarme de un empujón, pero en cuanto se posan sobre mi camiseta siento como el calor de su piel me quema allí donde me está tocando. Ella también parece sentirlo ya que aparta sus manos rápidamente y agacha la mirada—. Aléjate —sisea sin levantar la mirada del suelo.
—Vamos, no te hagas la remilgada conmigo. —Inclino mi cabeza y pego mi nariz a su cuello aspirando con fuerza. Huele bien, dulce, creo que a chocolate. Trago saliva con fuerza conteniéndome para no hacer ninguna locura como lamer la fuente de ese delicioso aroma y me retiro lentamente, pero sin romper la jaula que he creado con mis brazos a su alrededor—. He visto cómo me mirabas antes —susurro buscando su mirada—. Ayer me jodiste lo que prometía ser una gran follada, así que creo que me debes al menos un favor.
—Yo no te debo una mierda —contesta alzando la cabeza como un resorte y clavando su mirada en la mía. Ahí está de nuevo, esa chispa en su mirada, y una vez más mi polla se alza complacida ante semejante estimulo—. Aparta, Levi. No volveré a repetirlo. Esto está completamente fuera de lugar.
—¿Tú crees? —Sonrío de medio lado y acerco de nuevo mi cara a la suya, tan cerca que, si me moviera solo un par de centímetros más, mis labios harían contacto con los suyos—. ¿Sabes lo que pienso yo? Creo que estás deseando que me meta entre tus piernas.
—Te equivocas —rebate sosteniéndome la mirada.
—¿Qué hacéis? —escucho la voz de mi hermano a mi espalda y me aparto rápidamente.
Me giro para que no pueda ver el bulto que se ha formado en mi entrepierna y sacudo la cabeza. ¿Qué mierda estoy haciendo?
—Me tengo que ir —susurro—. Volveré pronto.
Sin echar ni siquiera un vistazo hacia atrás, cojo mi sudadera, salgo de la casa a toda prisa y echo a correr calle abajo. Cuando me detengo, mi respiración es irregular y siento una gran presión en el pecho, aunque al menos he conseguido mantener mi libido bajo control. Voy a tener que empezar a mantener las distancias con la rubia si no quiero que esto vuelva a pasar, pero, en realidad, no estoy demasiado seguro de poder conseguirlo. Algo en ella me atrae. No sé qué es ni por qué razón, solo que no puedo evitarlo. Siento la necesidad de cabrearla y excitarla a partes iguales, como una gran contradicción que al mismo tiempo tiene todo el sentido en mi cabeza. Lo sé, estoy muy jodido. Debería estar buscando la forma de recuperar la tutela de mi hermano, y en vez de en eso, solo pienso en la dichosa rubia de ojos verdes que me enciende como a una jodida antorcha.
Tras correr varios kilómetros, decido coger un autobús. Al pisar una de las calles del barrio en el que he pasado toda mi vida, no puedo evitar sentir un escalofrío. Me coloco el gorro de la sudadera para ocultar mi rostro y mantengo la cabeza gacha intentando no ser reconocido. No me conviene que nadie sepa que estoy aquí, mucho menos Jax. Si él se entera, sé que no dudará en venir a por mí para recuperar el dinero que le debo.
Tardo solo un par de minutos en llegar al viejo almacén. Una vez dentro, me detengo un segundo a mirar a mi alrededor. Es increíble, parece que fue ayer cuando estuve aquí por última vez, pero ya han pasado varios meses y mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados.
Chasqueo la lengua y sacudo la cabeza para dejar de pensar tonterías. Tengo que hacer cuanto antes lo que me ha traído aquí y salir de este lugar antes de que alguien me encuentre. Voy directamente hacia una trampilla que hay escondida en una de las viejas oficinas. Creo que este sitio antes fue una pequeña fábrica de zapatos, aunque no estoy demasiado seguro. Abro la puerta de madera de la trampilla y las bisagras chirrían haciendo eco por toda la estancia. Contengo la respiración y cierro los ojos con fuerza.
—Por favor, que esté aquí —murmuro para mí. Abro los ojos de golpe y exhalo con fuerza. Está vacío. La mochila no está aquí y eso solo puede significar una cosa. Alguien la ha encontrado y yo estoy metido en un lío incluso mayor del que podría haber imaginado. Si Jax me encuentra me matará por haber perdido su mercancía. O aún peor, puede hacerle daño a Milo para darme una lección. Eso es algo típico de él—. ¡Mierda! ¡Joder! —maldigo en voz alta dando vueltas sobre mí mismo.
Estoy muy jodido. Si tuviese pelo, seguro que estaría tirándome de él con fuerza, pero al tener la cabeza rapada, simplemente me llevo las manos a la parte posterior del cuello y lo presiono con fuerza hacia abajo, pegando el mentón al pecho y respirando con dificultad.
Tengo que salir de aquí y desaparecer. Ahora más que nunca necesito mantenerme alejado de las calles. Un pequeño destello surca mi mente al pensar en Brooke. Es una pija estirada, pero no quiero ni pensar en lo que Jax y su gente podrían hacerle si se entera de que vivo en su casa. Me debato entre marcharme lejos con Milo para mantenerla a salvo o hacer lo contrario. Tal vez, si me quedo con ella y hago las cosas bien… Jax no tendría por qué encontrarme. Me iré de este barrio y jamás volveré. Sí, esa es una buena idea. Además, por alguna extraña razón, pensar en alejarme de la rubia me resulta difícil. Sin embargo, si lo que voy a hacer es vivir con ella y mantener un perfil bajo, lo que pasó esta mañana en la cocina no puede volver a suceder. Por muchas ganas que tenga de follarla, voy a tener que comportarme y dejar a un lado mis pervertidos deseos si quiero que esto funcione.