Savage

Jess GR · Capítulo 83 de 118

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Brooke

—Hola, Levi —dice.

—Poli, ¿qué haces aquí? ¿Le ha pasado algo a Milo? —Niega con la cabeza—. Entonces, ¿es Brooke? —⁠Vuelve a negar.

—No, ellos están bien. He venido a verte porque necesito hablar contigo.

—¿Hablar conmigo? —cuestiono frunciendo el ceño.

—Sí, tenemos que hablar de Jax —responde en tono calmado.

—No tengo nada que decir —murmuro.

—Pues yo sí. Escucha con atención. Esto te va a interesar.

 

Brooke

 

Bostezo sin poder evitarlo y veo como Eric, mi asistente personal, sonríe de medio lado.

—¿No has dormido bien? —pregunta dejando una taza de café sobre mi mesa.

—Como siempre —respondo, dándole las gracias con un gesto de mi mano.

—¿Milo sigue volviéndote loca con esa música rara?

—A todas horas —respondo—. De verdad que no sé cómo le puede gustar ese tipo de música. Para mí solo es ruido.

—Ya sabes cómo son los chavales. Está en la edad de salir y divertirse. No se tienen dieciséis todos los días.

—Lo sé, y la verdad es que admito que podría ser peor. A parte de la musiquita rara, es un chaval muy responsable.

—Espera a que empiece a salir con chicas — ⁠dice alzando ambas cejas de manera divertida.

—No, si chicas no le faltan. Se pasa el día pegado al teléfono hablando con un montón de chiquillas.

Mi asistente empieza a reír y la puerta de mi despacho se abre.

—Buenas días —saluda mi padre al entrar.

—Tardes, papá. Ya pasan de las tres —señalo.

—Hola, señor Daniels —contesta Eric—. Brooke, si no necesitas nada más, yo ya me voy.

—No, adelante. Hasta el lunes.

Eric se despide con la mano y se marcha de mi oficina dejándome a solas con mi padre.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto empezando a recoger mis cosas⁠—. Yo también me marcho.

—He hablado con Syler. Hay problemas en Los Ángeles. Te vas hoy mismo para allá.

Cierro mi ordenador portátil y resoplo. Mi padre aún no ha aprendido que no voy a estar disponible siempre que él lo disponga. Acepté trabajar para él cuando el club reabrió hace casi cinco años. Yo necesitaba un empleo que no me mantuviese fuera de casa todas las noches, y Zane se ha encargado de dirigirlo perfectamente sin mí. Yo solo paso por allí un par de veces a la semana para firmar documentos y vuelvo a casa. Eso me deja mucho más tiempo libre para disfrutar de mi familia.

—Papá, no voy a viajar este fin de semana — ⁠afirmo cruzándome de brazos.

—Brooke, sé que es algo inesperado, pero…

—No hay peros. Yo no tengo ningún problema en ir a dónde sea, siempre que me avises con antelación. Tengo una vida, papá. No puedo dejar a los chicos sin más.

—Helen puede cuidar de ellos, y si no que se vengan a pasar el fin de semana a casa. Tu madre estará encantada de tener a sus nietos.

Hago una mueca por su comentario. Ambos sabemos que eso no es verdad. La relación entre papá y yo ha mejorado mucho. Con mi madre… Eso es harina de otro costal. Ella nunca me ha entendido. A veces pienso que ni siquiera me soporta, y desde que empecé a pasar más tiempo con mi padre ha sido aún más desagradable conmigo.

—No creo que sea buena idea. Además, le he prometido a Milo que este fin de semana lo pasaría en casa con ellos. Lo siento. Vas a tener que mandar a otro en mi lugar.

—Hija, tú eres quien va a dirigir esta empresa cuando yo decida jubilarme. No quiero que otro se encargue de estos asuntos.

—Ya, pero resulta que, aparte del trabajo, yo también tengo una familia —⁠digo encogiéndome de hombros—. Lo siento. No puede ser esta vez.

Le escucho resoplar y asiente.

—Está bien. Entonces venid a casa a comer el domingo. Tu madre…

—Papá, deja ya de intentar vender a tu mujer como la madre y abuela del año, por favor. —⁠Una de sus cejas se eleva y puedo ver como contiene la sonrisa.

Desde que aquel día en el club en el que confesó que me quería y se disculpó por no haber sido un buen padre conmigo, yo he hecho lo que prometí que haría, ser yo misma. Se acabaron las sonrisas fingidas y agachar la mirada por no llevarle la contraria. Ahora digo lo que pienso cuando lo pienso, con él y con todo el mundo.

—¿Puedo ir yo a comer con vosotros? —pregunta.

—Por supuesto. Las puertas de mi casa siempre están abiertas — ⁠señalo acercándome a él. Beso su mejilla y él me sonríe abiertamente—. Tengo que irme o llegaré tarde. Adiós.

—Hasta el domingo —contesta justo antes de que yo salga de la oficina.

Conduzco directamente hacia casa, y nada más entrar, frunzo el ceño extrañada. Todo está demasiado tranquilo. No hay gritos ni peleas. Algo no anda bien.

—¿Hola? ¿Chicos? ¿Hay alguien? —Mi preocupación va en aumento al no recibir respuesta.

Entro en la cocina y veo todo limpio y ordenado. Hay un plato con carne y puré en el horno. Helen siempre lo guarda ahí para mí. Decido adentrarme en la casa para comprobar dónde se ha metido todo el mundo. Recorro el pasillo, más largo de lo que era hace unos años.

Tras dar a luz, la casa se nos quedó muy pequeña y tuve que hacer obras. Mandé añadir un par de habitaciones más en un anexo al otro lado de la casa. Una de ellas la ocupa Helen algunas noches y la otra es la nueva guarida de Milo. Entro en su antigua habitación, que ahora pertenece a Kiara, y compruebo que está vacía.

Esto cada vez me huele peor. ¿Dónde demonios están? Escucho risas en el jardín y salgo corriendo hacia allí. No necesito salir para darme cuenta de que mi preocupación no era infundada. Desde el ventanal del salón puedo ver a Kiara y a su hermana gemela Leisha corriendo alrededor del pobre Zeus. Los tres están cubiertos de barro por la tormenta de hace unos días. Sí, estas son mis hijas en estado puro. No sé cómo he sobrevivido sin medicarme durante estos cinco años.

Salgo al jardín y solo necesito una mirada severa para que ambas se queden petrificadas.

—¡Mamá! —grita Leisha corriendo hacia mí.

—¿Mamá? ¿Qué se supone que estáis haciendo? —⁠inquiero en tono de regaño.

La pequeña se detiene en seco y mira a su hermana buscando ayuda.

—Estamos dándole a Zeus un baño de barro —⁠contesta Kiara con desparpajo.

Me llevo la mano a la frente y respiro hondo. No sé cuál es peor de las dos. Bajo la apariencia de dos niñas buenas se esconden un par de monstruillos que terminan agotando mi paciencia a diario. Kiara con sus contestaciones ingeniosas y Leisha con la mala leche que tiene desde que era un bebé. El pobre perro me mira cabizbajo y se tumba sobre la hierba mojada.

—¿Qué os he dicho ya cien veces? No podéis cansar a Zeus. Es muy mayor y necesita tranquilidad.

El perro al escuchar su nombre se levanta y viene hacia mí caminando lentamente. El pobre tiene que aguantar a estas bestias a diario a su edad. Ya nos ha dado varios sustos los últimos meses. Es algo inevitable, pero no puedo ni imaginar lo que vamos a sufrir todos el día que nos deje.

—Mamá, no lo estamos cansando. La tía Trish paga mucho dinero para que le den masajes con barro, dice que le relaja mucho —⁠replica Kiara cruzándose de brazos—. Nosotras lo hacemos gratis.

—¿Y qué se supone que estáis haciendo aquí fuera descalzas? —⁠Kiara no tarda en abrir la boca para protestar, pero la callo con solo una mirada.

—¿Es una pregunta retorcida?

—Retórica —la corrige su hermana.

—Eso. ¿Es una pregunta retórica, mamá?

—Sabes qué… Da igual. ¿Dónde está Helen?

—Ha tenido que irse —contesta Leisha—. Le pidió a Milo que nos cuidara.

—¿Y dónde está Milo?

—En su habitación. Está haciendo los deberes con una amiga. —Kiara se acerca a mí y pone ambas manos frente a su boca como si estuviese contando un secreto—. Yo creo que es su novia —⁠susurra.

—Vale, vosotras dos adentro. No toquéis nada dentro de casa. Quitaos las ropas en el baño y meteos en la ducha, yo iré enseguida.

—¿Y si no queremos? —pregunta Leisha alzando la barbilla. Como siempre, no pierde la oportunidad de desafiarme.

Aunque físicamente son idénticas, ambas con pelo castaño rizado, piel canela y ojos grises, tienen personalidades opuestas. Kiara es contestona, habladora y siempre está haciendo alguna travesura. Sin embargo, cuando quiere, es una niña muy cariñosa. Leisha suele ser el cerebro tras las malas acciones de su hermana, ella planifica las travesuras y sus consecuencias. También es más callada y comedida, y le cuesta abrirse a los demás. No se lleva bien con los desconocidos y cuando se enfada es incontrolable. Sus berrinches son épicos y varias veces he tenido que sujetarla para que no golpee a su hermana. Otra de sus características es que adora desafiar a la autoridad. No le gusta que le den órdenes, y eso me ha llevado a más de una visita a su colegio a pedido del director.

—Leisha, mírame a la cara y dime si te parece que a mí me importe en absoluto lo que vosotras queráis o no —⁠siseo dirigiéndole una mirada severa.

Tras unos segundos en los que sigue mirándome impasible y con su pose chulesca, resopla y se encoge de hombros.

—Vamos —susurra Kiara cogiendo su mano y tirando de ella ⁠—. No hagas cabrear más a mamá.

Ambas se meten en casa y respiro hondo antes de enfrentarme al segundo problema del día. Acabo de llegar a casa y ya tengo ganas de salir corriendo. Esta es mi vida desde que esas dos fieras nacieron.

Vuelvo a entrar y me encargo de encerrar a Zeus en el baño de mi habitación antes de ir a buscar a Milo a su cuarto. Hago una mueca al ver cómo está quedando el suelo. Entre las pisadas del perro y las de las niñas, se ha convertido en un barrizal.

Estoy a punto de llamar a la puerta cuando recuerdo lo que han dicho antes las niñas. Milo está estudiando con una amiga. Si es así, ¿por qué está cerrada la puerta? Pongo los ojos en blanco y la abro sin previo aviso. Como ya esperaba, no están estudiando. A no ser que ahora se considere estudiar a darse el lote sobre la cama.

—¡Brooke! —exclama Milo levantándose de un salto. Me mira frunciendo el ceño mientras yo observo como su «amiga» se recompone la ropa. Reconozco a la chica. Creo que se llama Ashley. Es rubia y muy mona⁠—. ¿Qué haces? ¿No sabes llamar a la puerta?

—¿Y tú no sabes que en esta casa existe algo llamado respeto? He sido yo, pero ¿y si una de las niñas abriese esa puerta y te viera en esa situación?

—No estábamos haciendo nada malo —masculla mirando de reojo a su amiga.

Miro hacia el suelo, justo a los pies de la cama y pongo los ojos en blanco al ver un sujetador blanco tirado. Me agacho, lo recojo y se lo tiendo a la muchacha. Ella lo coge a toda prisa y veo como su piel clara empieza a enrojecer de manera progresiva.

—¿Qué decías? —inquiero alzando una ceja.

—Eh… Milo, yo ya me voy —susurra la chica recogiendo su mochila con manos temblorosas. Se la cuelga del hombro y casi va corriendo hacia la puerta.

—Adiós, Ashley —murmuro. Espero haber acertado con el nombre.

—Adiós, señora Daniels —contesta la chica con un hilo de voz antes de salir corriendo de la habitación.

En cuanto nos quedamos a solas, Milo chasquea la lengua y se deja caer en el borde del colchón.

—Vale, échame la bronca si quieres —dice en tono hastiado.

—No, si lo de tu amiguita es lo de menos. ¿Dónde está Helen?

—Eh… Tuvo que irse. ¿Por qué?

—Y se supone que tú tendrías que estar cuidando de tus hermanas en vez de meterle mano a esa chiquilla. ¿Cierto?

—Brooke, no le estaba metiendo mano. Solo nos hemos besado —⁠aclara —. Y a las pequeñas demonios las dejé viendo una peli en el salón.

—Pues no duraron demasiado allí. Cuando llegué a casa me las encontré en el jardín dándole un baño de barro a Zeus.

—¿Un qué…?

—Baño de barro. Según Kiara, Trish paga mucho dinero porque le den un masaje con barro y ellas se lo estaban haciendo a Zeus gratis.

Milo empieza a reír a carcajadas, y aunque intento evitarlo, yo también sonrío.

—Solo ellas hacen una travesura y aún tienen las narices de hacerse las victimas —⁠dice entre risas.

—Ya, bueno. Ahora las tengo en la ducha de la habitación de Leisha y a Zeus encerrado en mi baño. ¿Te encargas tú del perro?

—¿Está muy sucio? —inquiere haciendo una mueca de asco.

—No tanto como las enanas. Porque son mis hijas, si no me costaría reconocerlas bajo tanta mugre.

—Son la leche —dice sacudiendo la cabeza sin dejar de sonreír ⁠—. ¿Estás muy cabreada?

—No tanto como para hacerme la digna y no dejar que me ayudes —⁠contesto.

—Eso pensé —susurra acercándose a mí y besando mi frente de manera cariñosa. Lo veo a mi lado y no puedo evitar recordar cuando era solo un niño. Ahora ya es más alto que yo. Le gusta hacer deporte. Es el capitán del equipo de futbol de su instituto, y eso también lo hace verse más fuerte y corpulento—. ¿Cuándo has crecido tanto, cielo? —⁠pregunto revolviendo su pelo rizado.

—Hace ya un tiempo —responde encogiéndose de hombros.

—Pues detente ya. No estoy preparada para dejarte ir aún. Esta chica…

—Tranquila, mamá —susurra abrazándome por los hombros. Empezó a llamarme de ese modo cuando nacieron las gemelas y, a decir verdad, es algo que me encanta. No lo hace siempre. Solo cuando le apetece o quiere algo de mí⁠—. Ashley me gusta. Sin embargo, no tengo pensado hacerte abuela en un futuro cercano.

—Me alivia escuchar eso. Ya tengo suficiente con tus hermanas —⁠replico poniendo los ojos en blanco.

Tras deshacerme del fango que cubren a mis hijas por completo, las visto con ropa limpia y nos trasladamos al salón, donde Milo se encuentra terminando de secar el pelaje de Zeus.

Mientras yo me ducho y me cambio de ropa, él se encarga de vigilarlas, y cuando vuelvo al salón, encuentro a los tres instalados en el sofá. Los tres miran la televisión ensimismados, Milo en el medio rodeando con un brazo a cada una de las niñas.

Me detengo en la entrada y sonrío observándoles. Puede que a veces tenga ganas de huir sola a una isla desierta donde nadie pueda encontrarme. No obstante, la mayor parte del tiempo doy gracias al destino por haberme dado una familia tan hermosa. Ellos lo son todo para mí.

No voy a negar que fuera muy difícil al principio. Estaba tan dolida cuando pasó lo de Levi… Dios, ni siquiera me permito pensar en él a menudo. Cada vez que lo recuerdo, algo dentro de mi pecho se contrae. Fue duro admitir que todo lo que vivimos juntos fue solo una mentira, que me usó a su antojo y después se deshizo de mí con una facilidad pasmosa. No obstante, tengo mucho que agradecerle. Sin él no habría tenido a mis pequeñas ni a Milo. Seguiría viviendo en mi mundo de apariencias, encerrada en un capullo donde nada ni nadie puede hacerme daño ni hacerme feliz. Viviendo sin vivir.

Suspiro y me acerco a mis chicos.

—¿Hay sitio para una más? —pregunto.

Leisha se levanta enseguida y deja que yo me siente en el sofá al lado de Milo antes de acomodarse sobre mis piernas. Hundo la nariz en su pelo y aspiro. Huele a él. No sé si son imaginaciones mías, Trish asegura que es así, pero desde que eran unos bebés puedo oler a menta fresca en la piel de mis hijas.

—Dora la exploradora —susurra Milo sin apartar la mirada de la pantalla.

Sonrío y apoyo mi cabeza en su hombro acomodando a mi hija entre mis brazos.