Savage

Jess GR · Capítulo 47 de 118

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Savage

Levi

—Siento celos de cualquiera que pueda apartarte de mí, aunque sea solo un instante. Menos de Milo, a él se lo permito.

Aunque lo dice con gesto serio, sé que está bromeando. Levi es celoso y a veces un poco posesivo, aunque no llega a ese extremo.

—No me has contestado, ¿tienes hambre?

—Estoy famélico —susurra amasando mi trasero con ambas manos.

—Me refiero a comida de verdad —replico empujándolo por el pecho.

—Yo puedo comerte de verdad —sugiere alzando ambas cejas. En ese momento Zeus decide que está cansado de ser ignorado y se interpone entre los dos sacando la lengua y ladrando—. ¡Calla, chucho! Qué aguafiestas. —⁠Aprovecho el momento para levantarme de la cama y Levi se me queda mirando con el ceño fruncido—. ¿Dónde crees que vas?

—A comer. Apuesto a que Helen ya tendrá listo el almuerzo.

—Ese no era el trato —dice haciendo pucheros como un niño pequeño.

—No había ningún trato, Savage. —Rueda los ojos al escuchar como lo llamo por su apodo. Me visto con un pantalón de algodón y una camiseta y me peino el cabello con los dedos⁠—. ¿Vienes, o te quedas?

—Voy —murmura hastiado.

Me acerco para darle un beso rápido y me dirijo a la puerta. Antes de salir de la habitación puedo escuchar como Levi le recrimina al perro que nos haya interrumpido y amenaza con no volver a pasear con él si vuelve a hacerlo.

 

Levi

 

He tenido una idea. Tal vez sea algo arriesgada, pero necesito hacer algo. Solo tengo una semana para conseguir el dinero y no puedo quedarme de brazos cruzados. Miro de reojo a Brooke mientras terminamos de comer. No quiero mentirle, aunque tampoco puedo decirle la verdad. Ella no lo entendería.

—¿Te importa que coja tu coche? —pregunto.

Brooke levanta la mirada del plato y me mira con curiosidad.

—¿Mi coche? ¿Vas a salir?

—Eh… Sí. Quiero pasar por la tienda para coger algunas telas y probar esas pinturas que me regalaste. —⁠Una sonrisa sincera ilumina su cara y yo me siento un cabronazo por mentirle de esta forma—. ¿Me lo prestas? Te prometo que te lo devolveré de una pieza.

—Yo te llevo —sugiere.

Mierda. Eso trastoca mis planes.

—No es necesario. Descansa un rato más por la tarde. Yo dormí algo más por la mañana cuando llevaste a Milo al colegio, aprovecha para hacerlo tú ahora.

—Levi, no tienes permiso de conducción. Si te pillan…

—No lo harán, tranquila. Como mucho en una hora estaré de vuelta. — Me acerco a ella y beso suavemente sus labios—. Compraré un tarro de helado y prometo dejar que te lo comas tú solita. Es más, me ofrezco como plato —⁠susurro divertido. Recibo un golpe en el brazo y una sonrisa a modo de respuesta.

Me levanto y vacío los restos de comida de mi plato antes de coger mi chaqueta y las llaves del coche. Tras darle un último beso, salgo de casa y exhalo con fuerza. No me gusta esto. Odio tener que mentir a la persona que más ha confiado en mí, pero no tengo otra opción. No quiero que Brooke piense que intento aprovecharme de ella. Si le cuento lo que está pasando, puede llegar a pensar que solo pretendo pedirle dinero, y eso no es cierto. Necesito arreglar esto por mi cuenta para poder cerrar mi pasado de una vez por todas.

Me meto en el coche y disfruto de un viaje rápido en el Audi hasta llegar al barrio en el que crecí. No he vuelto aquí desde que salí del hospital. Ahora parece una eternidad. Me he acostumbrado a mi nueva vida y estar de nuevo en este lugar me resulta deprimente. No quiero volver a ser el hombre que malvivía en estas calles, y, sobre todo, no puedo permitir que mi hermano sufra de nuevo las consecuencias de mis malas decisiones.

Aparco el vehículo en una zona bastante concurrida. La policía suele rondar esta calle así que es poco probable que le suceda algo al coche, aunque sigue siendo un riesgo muy grande dejar esta belleza en un sitio como este. Tampoco voy a tardar, o puede que al volver solo encuentre la carrocería sostenida por unos pocos ladrillos.

Camino con la cabeza gacha intentando no ser reconocido si me encuentro con alguien de mi antigua vida. Aunque, sinceramente, dudo que alguien pueda relacionarme con mi antiguo yo, el que vestía con ropa gastada y siempre llevaba puesta la capucha de la sudadera. Ahora visto vaqueros nuevos y una camiseta de manga corta recién estrenada. Mis tenis son de marca, de un color blanco brillante. Sí, definitivamente he cambiado mucho en poco tiempo y todo se lo debo a Brooke. Tengo que solucionar este problema para poder agradecerle todo lo que ha hecho por mí como ella se merece.

Entro en uno de los callejones de la zona norte y miro a mi alrededor para comprobar que nadie me ha seguido. Sé exactamente a dónde me dirijo y qué es lo que voy a ver nada más girar la esquina. Esta zona es conocida por ser frecuentada por prostitutas y chaperos. Paso de largo a algunas de las chicas que me llaman al verme pasar. Probablemente crean que por mis pintas soy un posible cliente, pero nada más alejado de la realidad, a quien yo busco es al hombre que las protege, y también se queda con parte de sus ganancias.

Lo encuentro al final del callejón, hablando con un hombre de mediana edad. Ambos asienten y el hombre le tiende un par de billetes antes de señalar a una de las chicas. Es un cliente.

En cuanto se marcha, Jonas me mira sorprendido y frunce el ceño.

—¿Savage? ¿Eres tú, muchacho? —pregunta.

Asiento y me acerco a él con las manos en los bolsillos.

—Hola, Jonas. ¿Cómo te va? —Intento mantener la calma, pero no es fácil estando aquí.

Jonas es un buen hombre, solo que para él los negocios siempre son lo más importante. Es un proxeneta, no obstante, también se encarga de cuidar a las chicas y chicos que están a su cargo. Saben que él las protegerá pase lo que pase.

—Por lo visto no tan bien como a ti. Supongo que los rumores son ciertos. —Mira sobre mi hombro achinando los ojos y me hace una seña con la cabeza para que lo siga. Entramos en un pequeño bajo al que Jonas suele llamar oficina. Solo hay una pequeña mesa de madera y un par de sillas. Él toma asiento en una y me señala la otra—. ¿Qué haces aquí? Jax te anda buscando. Dice que le robaste mercancía y después desapareciste, y por lo que veo no mentía. —⁠Me mira de arriba abajo y yo niego con la cabeza.

—No es lo que parece. Jax me hizo un encargo, tenía que guardarle una mochila con mercancía, pero tuve un accidente y terminé en el hospital. Desperté dos meses después y cuando fui al lugar donde había escondido la mochila, ya no estaba. Ahora estoy trabajando en Miami Beach, por eso me ves así, yo no le he robado nada.

Tras unos cuantos segundos en los que Jonas me observa fijamente rascándose el mentón a través de su frondosa barba grisácea, suspira y asiente con la cabeza.

—Te creo. Sé que eres un buen hombre y no pondrías a tu hermano en la mira de alguien como Jax. Ese cabrón es perro viejo. Va a ponerte las cosas difíciles.

—Ya lo está haciendo —murmuro rascándome la nuca⁠—. Necesito un favor.

—Si puedo ayudarte, lo haré con gusto. ¿Qué quieres?

—Jax me está presionando. Ya he recibido una visita suya con tres de sus matones. Quiere que le devuelva el dinero de la mercancía. Tengo una semana para reunir cincuenta de los grandes o vendrá a por mí y a por los que me importan.

—Hijo de puta —dice en perfecto español. Aunque su acento es totalmente americano, Jonas es latino, y cuando se cabrea, acostumbra a maldecir en su idioma natal—. Te advertí que no trabajaras para él. Con ese desgraciado nunca nadie sale bien parado. —⁠Resopla y me mira directamente a los ojos—. Me gustaría poder ayudarte, Savage, pero no estoy en mi mejor momento. La poli me está apretando las tuercas muy a menudo y eso me hace perder clientes. Ahora mismo solo estoy aceptando encargos especiales y tengo un puñado de chicas y chicos en las calles. Es complicado.

Suspiro y asiento. Imaginé que no funcionaría, pero tenía que intentarlo.

—Está bien. Te lo agradezco de todos modos —⁠digo tendiéndole mi mano. Jonas la aprieta con la suya y me sonríe.

—Aunque las cosas estuviesen mejor, tampoco podría prestarte cincuenta de los grandes, lo sabes, ¿verdad?

—No te estaba pidiendo tanto. Espero poder reunir cuatro o cinco mil para ganar algo de tiempo. Después ya veré que hago.

Me giro y estoy a punto de marcharme, pero su voz me detiene.

—Puedo ofrecerte trabajo. —Me giro y frunzo el ceño ⁠—. Mañana por la noche. Son solo un par de horas muy bien pagadas.

—No me interesa —contesto de inmediato.

—Como prefieras. —Se acerca a mí y me tiende una tarjeta. La miro y me cruzo de brazos. No voy a aceptarla—. No seas cabezota, muchacho. Es un encargo especial. Mucha pasta. Podrías sacar un par de miles en solo unas horas. —⁠Chasquea la lengua y coge mi mano para darme la tarjeta—. Guárdala, si decides venir tendré un lugar para ti, y si no pues espero que consigas la pasta por otro lado. Es esta noche, a las dos.

—No cuentes conmigo —digo apretando la tarjeta entre mis dedos.

—Lo que tú decidas está bien. —Golpea suavemente mi hombro y sonríe⁠—. De todos modos, me alegro de verte, muchacho. Saluda al pequeño Milo de mi parte.

Asiento y salgo casi corriendo del lugar. Siento un enorme alivio al llegar al coche y comprobar que sigue entero. No tardo en perderme por la carretera. Mi plan no ha funcionado y ahora estoy de nuevo en el punto de partida. Miro hacia la tarjeta que me ha dado Jonas y resoplo. No voy a hacerlo. Encontraré otra forma de ganar ese dinero.