Savage

Jess GR · Capítulo 98 de 118

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Brooke

—Bueno, no todos los hombres somos tan lanzados como tú. Yo… —⁠Suspira y abre y cierra los puños—. No quiero perder su amistad. Trish es muy importante para mí.

—¿Prefieres quererla en silencio antes de hacer algo que pueda acercarte aún más a ella?

—¿Qué…? ¡No! No es eso. Imagina que lo hago, le digo lo que siento y resulta que me rechaza porque sigue amando a su marido muerto o simplemente porque no es capaz de verme como algo más que un amigo, ¿qué pasaría entonces con nosotros? No quiero que nos sintamos incómodos el uno con el otro.

—Bueno, puede pasar eso o que ella esté esperando a que tú des el paso para abalanzarse sobre ti y darte el meneo de tu vida.

Zane pone los ojos en blanco y niega con la cabeza.

—No todo es sexo, Levi —señala.

—Lo sé, pero ahora mismo no me pidas mucho más. He estado seis putos años rodeado de hombres. Si no echo un polvo pronto, se me van a gangrenar las pelotas. Además, ni que tú fueras un santo. ¿Me vas a decir que no has pensado nunca cómo sería hacerlo con Trish?

—Joder si lo he pensado. Lo he soñado, imaginado, fantaseado y hasta alucinado millones de veces.

—Entonces haz algo, Zane. No sigas viviendo de fantasías. Si la quieres ve a por ella. Él no ya es tuyo.

—Y si me rechaza…

—Pues insistes, y si sigue rechazándote, vuelves a insistir. Date por vencido solo cuando estés completamente seguro de que no hay nada que puedas hacer para cambiarlo.

—¿Eso es lo que tú vas a hacer con Brooke? —⁠inquiere sonriendo de medio lado.

—Ni lo dudes. Ahora mismo le estoy dando una pequeña tregua, pero eso no durará demasiado. Si existe alguna posibilidad de recuperarla, lo lograré, aunque sea lo último que haga.

 

Brooke

 

He pasado la mañana en mi oficina sepultada bajo cientos de documentos. Lo prefiero así. No me apetece pensar en todos los problemas que han aparecido de pronto en mi vida.

La puerta se abre y, al alzar la mirada, compruebo que es mi padre. Resoplo y dejo caer el bolígrafo sobre la mesa mientras él cierra la puerta.

—¿Qué quieres, papá? —pregunto de mal humor.

—Hola, cariño. Ayer estuve hablando con tu madre y…

—No es mi madre —interrumpo—. Es más, ahora me queda muy claro que para ella yo solo fui un estorbo. No tuvo más remedio que soportar a la hija bastarda de su marido en su propia casa.

—No es así. Ella… Sabes que es una persona algo peculiar. Tu abuela intentó que ella se adaptara. Pero…

—Esa es otra. Ayer dijiste que la abuela fue la culpable de que tú abandonaras a mi madre. Eso no tiene ningún sentido. La abuela me quería. Incluso me dejó parte de su herencia para que yo pudiera vivir mi vida sin tener que depender de ti.

—Sí, tienes razón, la abuela te adoraba. Ella supo ver la persona maravillosa que eres. Al principio no le gustó lo que hice, que yo te adoptara y te llevara a casa conmigo. Sin embargo, un par de días conviviendo contigo fueron suficientes para hacerle cambiar de idea. En sus últimos días de vida ella estaba arrepentida de haber intervenido en mi relación con Erika. Yo solo… —⁠Resopla y se peina hacia atrás—. Me gustaría que entendieras mi posición.

—¿Qué posición, papá? ¿Quieres que justifique que le dieras más importancia a las apariencias y al qué dirán, que hacer que tu propia hija se sintiera a gusto a tu lado? No puedo porque no tiene sentido. Yo soy madre, y sé que daría lo que fuera por ver a mis hijos felices, a cualquiera de los tres. ¿Sabes qué es lo peor? —⁠Me levanto y coloco las palmas de las manos sobre el escritorio. Estoy temblando de rabia. Las palabras se acumulan en mi boca. Necesito soltarlo todo—. La mentira. Si no hubiese pasado todo esto, jamás me lo habrías contado. Yo viviría el resto de mi vida agradecida porque me sacaras de ese lugar de mierda donde un malnacido disfrutaba follándome cada noche en contra de mi voluntad, cuando en realidad fuiste tú, con tus acciones, el culpable de que yo acabara allí.

—Hija. Yo… Lo siento mucho —susurra con lágrimas en los ojos.

—Eso no me sirve de nada, padre. Todos a mi alrededor me mienten. Estoy cansada de tanto engaño y falsedad. No sé si es que creéis que soy una imbécil redomada o es que de verdad lo soy y no me había dado cuenta hasta ahora. —⁠Respiro hondo para tranquilizarme—. Me voy a casa con mis hijos. Al menos ellos nunca me han mentido. Aunque supongo que solo es cuestión de tiempo. Se está celebrando el puto concurso de quién es capaz de joder más a Brooke Daniels.

Sin decir nada más, recojo mis cosas y salgo de mi oficina a toda prisa y cargada con una maleta de odio y resentimiento que se me hace demasiado pesada. Estoy intentando aguantar. Juro que lo intento. No obstante, tarde o temprano ese muro de contención tras el que retengo todos mis sentimientos va a acabar hecho pedazos. Y entonces ya no podré detenerme.

Al llegar al aparcamiento recuerdo que el coche se lo llevó Levi esta mañana y no puedo evitar soltar un grito de frustración. Parece como si últimamente el universo conspirara en mi contra.

—¡¿Algo más?! —exclamo mirando hacia el cielo. Justo en ese momento mi teléfono empieza a sonar en el interior de mi bolso—. Tú y tu puta bocaza, Brooke —murmuro para mí. Al ver el nombre de Trish en la pantalla, respiro hondo y descuelgo—. Dime que no me llamas para decirme que has fingido ser mi amiga durante todos estos años y ahora, por alguna extraña razón, has decidido confesármelo —⁠digo nada más descolgar.

—Eh… No —contesta titubeante—. Brooke, ¿te encuentras bien?

—Si por bien te refieres a que tengo ganas de ver arder toda la jodida ciudad, sí, estoy de puta madre.

—Vale, ya veo. ¿Desde cuán do dices tantos tacos? Eso es que estás realmente mal, ¿no? —⁠Suelto un gruñido y escucho como trastea en algo al otro lado de la línea—. ¿Dónde estás? Voy para allá enseguida.

—Pues será lo único bueno que me pase hoy. Estoy en el aparcamiento de Daniels & Burke. Justo ahora iba a llamar un taxi para volver a casa.

—No lo hagas. Estaré ahí en diez minutos. Espera… ¿Estás fuera? ¿Eso no es peligroso?

Miro a mi alrededor dándome cuenta que tal vez tenga razón. Se supone que no debería estar aquí. Me estoy exponiendo demasiado.

—Te espero en la cafetería de enfrente.

—¿Ves por ahí a alguno de tus guardaespaldas?

Vuelvo a echar un vistazo a la calle, incluso estiro el cuello para ver mejor.

—Si están aquí, saben ser discretos. Yo no veo a nadie.

—Ya estoy en el coche. Enseguida nos vemos. Haz el favor de salir de las calles. Ya he tenido suficientes problemas en un día.

—¿Tú tienes problemas? Bienvenida a mi mundo, amiga. Espera… ¿Qué problemas?

—Te lo cuento en un rato. Voy a colgar. Adiós.

—Espera. Trish. No cuel… —Escucho el pitido que anuncia que me he quedado hablando sola y resoplo de nuevo⁠—. Genial. Al menos no soy la única que está teniendo un día de mierda.

Mientras camino hacia la cafetería, reflexiono sobre la apreciación de Trish. Es cierto que no acostumbro a decir tantos tacos. Será que ya estoy cansada de portarme como una niña buena y que todo el mundo me tome por tonta.

Tal como prometió, diez minutos después mi amiga entra en la cafetería meneando su melena rojo fuego y ganándose más de una mirada lujuriosa por parte de los clientes del local. No es de extrañar. Trish es una mujer preciosa, y es una pena que esté tan sola con lo joven que es.

—¿Un café? —pregunto alzando la mano para llamar al camarero.

—Mejor un gin tonic —contesta haciendo una mueca.

—¿Tan grave es? —Chasquea la lengua, y cuando el camarero se acerca acaba pidiéndole un café largo. Una vez instaladas en la pequeña mesa, una frente a la otra con nuestros respectivos cafés en las manos, vuelvo a la carga⁠—. ¿Qué está pasando?

—Tú primero

—Ah, no, de eso nada. Mi vida está hecha una mierda. Necesito saber que alguien cercano también tiene ganas de tirarse de un puente para sentirme mejor, así que suéltalo todo.

—Gracias, amiga —masculla en tono burlón—. Vale, ahí te va. Justo antes de llamarte, estuve hablando con Zane. Apareció en mi casa de improviso y… —Le hago un gesto con la mano para que siga hablando—. Y… Joder, me besó. Ya está, ya lo he dicho. —⁠Su confesión me hace soltar una carcajada—. ¿De qué te ríes? Se supone que tienes que apiadarte de mí, no burlarte, imbécil.

—Lo siento. —Aprieto los labios para contener la risa y Trish me asesina con la mirada⁠—. Vale, ya paro. Es que no sé por qué te sorprende tanto. Zane lleva enamorado de ti desde hace años, antes incluso de que te casaras con Donovan. Lo raro es que no se haya lanzado antes.

—Yo… No sé. Somos amigos. Además, yo soy una mujer casada.

Mi sonrisa se esfuma de inmediato. Me acerco y sujeto su mano por encima de la mesa.

—Trish, eres viuda. Donovan murió hace ya seis años. Entiendo que siga doliendo, pero él no querría que sigas guardándole luto el resto de tu vida. Zane es un buen tío, y aunque no lo admitas en voz alta, ambas sabemos que te gusta.

—Ese es el problema —sisea—. No se trata de guardarle luto a mi marido. Es que es Zane, el mismo por el que Donovan y yo discutimos tantas veces. Él siempre decía que yo sentía algo por Zane y…

—¿Y es verdad? ¿Lo sentías?

Los ojos de mi amiga se empañan y niega con la cabeza.

—Amaba a Donovan. Puede que nuestro matrimonio no fuese perfecto, pero había amor. No sé qué sentía por Zane. Siempre ha estado ahí, cuidándome, tratándome con cariño y dulzura… Cada vez que Donovan y yo discutíamos, él me ofrecía un hombro donde llorar, comprensión, consuelo… Es difícil no sentir algo por una persona así.

—Lo entiendo —susurro apretando su mano.

—¿Lo haces? Porque yo no. Me siento… Dios, soy una mala persona. Mi marido estará retorciéndose en su tumba. Él está muerto y yo aquí hablando de mis sentimientos por Zane. Al final él tenía razón.

—Trish, no digas eso. No tienes por qué sentirte culpable.

—Sí, porque sé que, si fuese al revés, él jamás haría algo así. Donovan… Él me amaba más que a nada en el mundo y yo lo descuidaba. Siempre antepuse mi trabajo a mi matrimonio y no se lo merecía. —⁠Cuando termina de hablar las lágrimas ya corren por sus mejillas como una cascada.

Tras dejar que se desahogue un rato, le tiendo una servilleta de papel. Tris se seca el rostro y respira hondo.

—¿Mejor? —pregunto.

—Sí, cuéntame tus problemas. Ahora soy yo la que necesita sentirse mejor.

Paso más de media hora narrando el caos en el que se ha convertido mi vida tras el regreso de Levi. Mi amiga insiste en decir que lo que de verdad me ocurre es que sigo enamorada de él, y no es cierto. Eso es lo que me repito a mí misma hasta el cansancio. No puedo dejar de hacerlo o estaré perdida. Al final acabo por pedirle que me acerque a casa para dejar de hablar de ello.

Al entrar en mi casa, ya me siento algo mejor, aunque esa sensación no dura demasiado ya que aún no he cerrado la puerta cuando Levi aparece a mi espalda sobresaltándome.

—Hola, niña de papá. —Doy un pequeño salto y me llevo la mano al centro del pecho.

—¿Es necesario matarme de un infarto? —pregunto de mala leche.

—Ya veo que sigues cabreada —murmura haciendo una mueca ⁠—. Helen te ha dejado comida en el horno.

—No tengo hambre —contesto.

—Brooke, ayer no comiste ni cenaste, y hoy solo has tomado un café. Si sigues así vas a enfermar.

Resoplo y me cruzo de brazos.

—Levi, no necesito que me digas lo que debo o no hacer. Recuerda que aquí solo eres un invitado. Sigue tocándome las narices y vuelves a dormir en tu querida playa.

Aprieta la mandíbula y puedo notar el esfuerzo que hace para contenerse y no soltarme una de sus respuestas mordaces.

—Sí que estás de malas. Yo mejor voy a desaparecer un rato. Si quieres comer, adelante. Si lo que prefieres es enfermar y que sea yo quien cuide de nuestras hijas en tu ausencia, entonces haz lo que quieras.

—Muy gracioso. ¿Dónde está Helen?

—Se ha ido ya —responde siguiéndome hasta la cocina. Me agacho para abrir el horno y saco un plato con verduras asadas del interior bajo su mirada arrogante. Decido ignorarla y tras hacerme con un tenedor, me siento en uno de los taburetes y empiezo a comer con lentitud—. Creí que no tenías hambre —⁠comenta con recochineo.

Una vez más ignoro su pulla y sigo comiendo.

—¿Por qué se ha ido Helen? Lo habitual es que espere a que yo llegue del trabajo.

—Ya, pero ahora estoy yo aquí y puedo hacerme cargo de las niñas. Por cierto, Leisha me ha dicho algo sobre un agujero en el jardín para enterrar un cadáver. La verdad es que me ha acojonado un poco. —⁠Sonrío por dentro orgullosa de mi niña. Sin embargo, al ver la cara que ha puesto Levi, chasqueo la lengua y decido apiadarme de él.

—No te preocupes. Solo intenta asustarte. Lo hace con cualquier desconocido. Es algo así como su prueba de fuego. Si después de soltar lo del cadáver enterrado en el jardín no sales huyendo, es que realmente quieres estar aquí. Es una niña bastante desconfiada y no muy sociable.

—Ya lo he notado. Se parece a mí en eso.

—Infelizmente —murmuro.

Esta vez es él quien decide ignorar mi comentario.

—Son muy distintas. Aunque físicamente parezcan idénticas, en realidad no pueden ser más opuestas. Kiara toda dulzura, desparpajo y fragilidad, y Leisha dureza, suspicacia y hermetismo.

—Bienvenido a mi mundo —comento llevándome el tenedor a la boca⁠—. ¿Y Milo?

—En su habitación. Dijo que iba a dormir un rato. Aún le dolía la cabeza. Intenté hablar con él, pero…

—Te mandó a la mierda —deduzco.

—Sí, entre otras cosas. Creo que necesita hablar contigo. Está enfadado. Sin embargo, pesa más la culpa que la ira. Sabe que actuó mal esta mañana y se arrepiente de lo que te dijo.

—Lo sé, Levi. Le conozco perfectamente y sé que ahora mismo estará fustigándose por la forma en la que me ha tratado. No obstante, no puedo permitir que me diga ese tipo de cosas cada vez que se cabrea. Si quiere que lo perdone, que venga a hablar conmigo. No voy a ser yo quien lo busque. Ya no es un niño pequeño, conoce perfectamente la diferencia entre hacer las cosas bien y hacerlas mal.

Se me queda mirando fijo y sonríe de oreja a oreja.

—Eres una madre estupenda, niña de papá. Nunca me cansaré de decírtelo.

Chasqueo la lengua rodando los ojos de manera teatral.

—Sí, y tú eres muy obvio. No sé qué es lo que pretendes. Seguro que nada bueno, así que ni lo intentes. Deja los halagos y el buen rollito para alguien con quien sí te valga la pena usarlos.

Antes de que pueda darme cuenta, lo tengo pegado a mí acomodándose entre mis piernas abiertas y sujetando mi cintura con sus manos.

—Tú vales la pena, cariño —susurra en tono seductor. La piel se me eriza y siento un calor abrasador allí donde sus manos me están tocando. Mi respiración se acelera y trago saliva con dificultad⁠—. Sé que ahora mismo vas a rechazarme. No obstante, he aprendido a ser paciente. Tengo todo el tiempo del mundo. Te aseguro que puedo ser un grano en el culo cuando me lo propongo.

Carraspeo y sacudo la cabeza apartándolo de un empujón.

—¿De verdad crees que te va a funcionar otra vez? — ⁠Sonrío de manera cínica y me levanto—. Te he superado, Levi. Me dijiste que te olvidara y eso fue justo lo que hice. Ahora no me vengas con que quieres que el tiempo retroceda. Esas cosas no pasan.

—¿De verdad me has olvidado, Brooke? ¿Ya no me amas? —⁠pregunta clavando sus ojos en los míos—. Yo te prometí ser sincero y eso es justamente lo que voy a hacer. Sigo locamente enamorado de ti, y voy a poner todo mi empeño en demostrarte que podemos ser felices juntos.

Mi corazón se detiene durante varias milésimas de segundo. ¿Me ama? ¿Por qué me hace esto? Se supone que no tendría que ser así. ¡Ya lo he superado, joder!

—Siento mucho que sigas anclado en el pasado, porque tú y yo… Eso no va a ocurrir. Solo quiero que Jackson acabe en la cárcel y vivas tu propia vida para que yo pueda seguir con la mía.

Dejo el plato en el fregadero y me giro para salir de la cocina, solo que antes de que pueda lograrlo, su voz me detiene.

—No has dicho que no me amas —señala.

—Levi, no tengo que decirte una mierda. Creo que ya somos mayorcitos como para aceptar que lo nuestro solo fue un error.

—Yo no pienso lo mismo —masculla.

—Una vez más lo siento por ti. Por mi parte no vas a obtener más de lo que ya te estoy dando. Aprovéchalo, porque si tensas demasiado la cuerda, tal vez acabe rompiéndose.

Retomo la marcha y salgo de la cocina, pero antes de que lo haga, lo escucho susurrar.

—Eso ya lo veremos, niña de papá.