Savage

Jess GR · Capítulo 19 de 118

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Levi

—¿Puedo beber? —pregunta con una sonrisa cínica—. Creo que vas a tener que pedirle permiso a mi carcelera —⁠le responde.

Respiro hondo para no mandarlo a la mierda por sus malditos comentarios maliciosos y me levanto. Justo cuando estoy a punto de llamar a Zane y Milo para que me ayuden a poner la mesa, veo a Harvey entrar en el jardín seguido de Candy.

—Hola, familia —saluda la rubia con su habitual sonrisa coqueta y provocativa.

—Hola —susurra mi ex acercándose a mí para besar mi mejilla. No me pasa desapercibido que ni siquiera le dirige una mirada a Levi. Todo lo contrario a Candy, que nada más llegar se deshace en sonrisas y coqueteos con él⁠—. ¿Llegamos a tiempo?

—Sí, claro —contesto—. ¿Cómo es que has venido con Candy?

—No vine con ella. Nos acabamos de encontrar en la puerta —⁠responde encogiéndose de hombros.

Asiento y todos nos reunimos alrededor de una gran mesa de piedra. Mientras Zane y yo ponemos la mesa, Harvey ayuda a Donovan a servir la comida y Candy y Trish se encargan de traer las bebidas.

 

Levi

 

Me encantaría poder decir que me estoy aburriendo como una ostra, pero la realidad no es esa. Admito que no me siento del todo cómodo rodeado de estos pijos, solo que Zane no ha dejado de meterme en su conversación en todo momento. En su mayoría, me tratan bastante bien, y eso es… extraño. No tenía ni idea de que Brooke había organizado una especie de reunión con la gente del club, aunque por lo que he podido comprobar, todos son buenos amigos.

Trish y Donovan no me caen mal del todo, aunque estirados parecen buena gente, y he notado que intentan hacerme sentir a gusto. Candy… bueno, ella no ha parado de coquetear conmigo desde que llegó. Se sentó a mi lado y durante toda la comida no dejó de enviarme insinuaciones poco disimuladas. Sin embargo, nadie, aparte de mí, parece extrañado por su actitud, como si ese comportamiento fuese completamente normal en ella.

—¿Qué tal tu primera noche en el Eternity, Levi? —⁠Alzo una ceja ante el tono burlón del poli, Harvey, creo que así se llama.

—Genial —contesto con una falsa sonrisa—. No te vi por allí, poli.

—Estaba de servicio. Ya sabes, las personas normales trabajamos, tenemos responsabilidades y todo eso.

—Harvey —murmura Brooke en tono de advertencia.

—¿Qué? Solo estoy intentando ser amable —dice él sin dejar de sonreír de manera chulesca.

—Ya es suficiente —insiste apretando los labios.

No puedo evitar sonreír al ver la forma en la que lo mira, sin ningún tipo de emoción o brillo en sus ojos. No he necesitado más que un par de horas para darme cuenta de que hay o hubo algo entre ellos. El poli sigue colado por ella, sin embargo no es algo reciproco. O eso creo.

En cuanto terminamos de comer, Zane me invita a jugar con ellos un partido de futbol americano. Estoy a punto de negarme, pero Milo insiste y acabo cediendo al verlo tan ilusionado.

Una hora después, estoy sin camiseta sudando a mares mientras corro y me revuelco sobre la hierba. El poli me ha hecho un par de placajes bastante agresivos, así que se los devuelvo con saña haciéndolo caer y retorcerse de dolor en el suelo. Cuando el partido termina, sonrío de oreja a oreja abrazando a mi hermano. Hemos ganado y he conseguido humillar al poli.

—Brooke, ¿me puedo bañar? —le pregunta Milo.

Ella me mira a mí como si esperara mi consentimiento y ese gesto me agrada. Está claro que mi hermano la respeta y obedece, sin embargo ella cuenta con mi criterio en lo que se refiere a Milo a pesar de que legalmente es su tutora legal y no necesita mi permiso para nada. Asiento sin poder evitar sonreír.

—Solo un chapuzón, chaval —contesta.

—¡Genial! ¡Zeus, vamos! —Niño y perro salen corriendo hacia el embarcadero y se tiran al lago sin perder ni un solo segundo.

Me dejo caer de espaldas sobre el césped y respiro profundamente. Brooke está justo a mi lado, pero no me giro para mirarla. Aún no sé qué decirle. Creo que esta mañana crucé una línea bastante importante, aunque ella no parece enfadada.

—Gracias —susurro tras resoplar.

—¿Perdón? —Una de mis comisuras se alza. Ya me estoy acostumbrando a escucharla decir esa palabra.

—He dicho gracias —susurro mirándola. Compruebo que nadie pueda oír nuestra conversación antes de seguir hablando⁠—. No te había agradecido todo lo que has hecho por mí.