Savage
Levi
Froto mi cabeza rapada con una toalla, mientras mantengo otra bien sujeta a mis caderas. Suspiro mirando hacia mi imagen en el espejo. ¿Qué demonios hago yo aquí? Si hace unos meses alguien me hubiese preguntado cómo me vería en un futuro cercano, este escenario jamás se me habría pasado por la cabeza. Yo crecí en las calles y siempre creí que algún día moriría en ellas. Ahora ya no estoy tan seguro. Temo acostumbrarme demasiado a todas estas comodidades y que se conviertan en una necesidad para mí. Estoy seguro de que cualquier otro en mi lugar estaría disfrutando de todos estos lujos, una cama mullida en la que dormir, agua caliente para bañarse, e incluso tres comidas diarias sin el menor esfuerzo, sin tener que trapichear y jugarse el cuello o hacer algo peor, algo como…
Una sombra en la puerta llama mi atención sacándome de mis pensamientos. Me giro rápidamente y descubro a la rubia, Brooke, mirándome fijamente. Bueno, lo que está haciendo podría considerarse algo más que mirar. Más bien me devora con los ojos.
Carraspeo para llamar su atención y veo como da un brinco y el color de su rostro pasa de su blanquecino habitual a un rojo escarlata.
—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunto alzando una ceja en su dirección.
—Yo… Eh… Sí… —Una de mis comisuras se alza de manera burlona al comprobar lo avergonzada e incómoda que se encuentra. Veo como carraspea y se endereza intentando aparentar una calma que no siente y eso me hace sonreír incluso más—. Solo venía a decirte que la cena ya está lista. Hemos… Eh… Hay sándwiches de pavo. Milo está terminando de prepararlos.
—¿Y era necesario venir a decírmelo al baño? ¿No podías esperar?
—Yo… Te llamé y no respondiste. No sé por qué… Lo siento, no quise incomodarte.
—No me incomodas Brooke —susurro caminando lentamente hacia ella. Veo como retrocede, y aunque soy consciente de que tengo que parar esto y comportarme, soy incapaz de hacerlo. Siento la necesidad de seguir provocándola. Me acerco a su lado y me agacho hasta que mi boca está casi pegada a su oreja para poder susurrar—. La próxima vez no te quedes en la puerta, niña de papá. No me importa que me mires, pero si te unes a mí en la ducha lo pasaremos mucho mejor. —Noto como su respiración cambia al instante y, a regañadientes, decido seguir andando para alejarme de ella y de ese perfume dulzón que emana su cuerpo y la vuelve tan apetecible—. Voy ahora mismo. Solo deja que busque algo que ponerme.
—Sí, claro. —Carraspea y huye casi corriendo hacia la puerta —. Por cierto, he pensado que mañana podría acompañarte a algún centro comercial a comprar algo de ropa. Si te parece bien, claro.
—Me parece genial. Yo no tengo ni idea de a dónde ir ni qué comprar.
—Genial, entonces… —Señala hacia su espalda con el dedo pulgar—. Te esperamos en la cocina.
Asiento y me quedo mirando cómo se gira y se va a toda prisa. Solo cuando me quedo solo de nuevo dejo salir el aire que estaba conteniendo. Voy a tener que esforzarme más si quiero seguir aquí, y eso es lo que necesito, por Milo y para que Jax no me encuentre, pero lo veo muy difícil ya que esta mujer me atrae de una manera que jamás creí posible que nadie lo hiciera. Solo con pensar en ella siento como si me inyectaran combustible para cohetes en la entrepierna.
Tras serenarme durante un par de minutos, me visto, salgo de mi habitación y voy directamente a la cocina. No me sorprende escuchar a mi hermano reír a carcajadas incluso antes de poder verlo. En el poco tiempo que he pasado en esta casa he podido darme cuenta de que es algo habitual en él. Es feliz, mucho más de lo que ha sido jamás, ni conmigo en la calle, ni antes de eso, cuando aún vivíamos en casa con mamá y Jeremy.
Me detengo a observarlos un rato. Una canción de Imagine Dragons suena por un pequeño altavoz Bluetooth mientras ellos dos ríen y bailan de un lado a otro de la cocina.
Me extraña verlos así, felices. En mi casa jamás hubo risas ni música, ni siquiera el olor o el calor de un hogar. Todo eran gritos, golpes, amenazas y frío, un frío interior que recuerdo con demasiada claridad. Mamá hizo lo que pudo, al menos antes de que Milo naciera.
Hubo una época en la que llegué a pensar que tal vez habría una oportunidad para nosotros. Mamá se encontró medianamente bien durante un par de meses, solía hacer tortitas para desayunar. Solo en esos días yo me sentí como un niño normal y no un apestado. Recuerdo irme a la escuela con una sonrisa en el rostro y con la esperanza de que finalmente las cosas cambiaran, pero eso jamás ocurrió. Ella siguió metiéndose mierda y trayendo a casa a sus amantes y chulos, que no solo la golpeaban a ella, también me trataban como su esclavo personal. Entonces apareció Jeremy en nuestras vidas y todo fue a peor.