La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 8 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo VII

 

Fueron hombres probos y honrados quienes me informaron de que en Bristol circulaban esos pestilentes libros, algunos de ellos abandonados en las calles y dejados por la noche ante las puertas de las casas, y de que allí donde no se atrevían a poner a la venta su veneno, envenenaban a los hombres de balde por caridad.

SIR TOMÁS MORO, sobre el contrabando de Biblias

 

John Frith yacía en la oscuridad, luchando contra la fatiga que amenazaba con sumirlo en un plácido sueño, atento al sonido de una llave en la cerradura. Recitaba a Homero para sus adentros como había hecho antes en el almacén de pescado para mantener la cabeza activa y alerta, procurando no pensar en Clerke y Sumner, que habían muerto entre sus brazos pidiendo agua en aquel sótano fétido, procurando no pensar en su desesperación en sus últimos momentos de vida. Dios lo había rescatado del almacén de pescado y eso solo podía significar una cosa: le quedaba trabajo por hacer.

Se había obligado a permanecer despierto desde que se fue la vieja monja, intentando fraguar un plan. En vista de que no se le ocurría ninguno —había repasado en su cabeza todas las maneras en que Ulises había eludido los peligros, y ninguna parecía acomodarse a su situación— al final había decidido sencillamente ceñirse la manta de lana bajo las axilas y huir descalzo al aire fresco y dulce de la noche. Ya se preocuparía por la ropa una vez fuera. Por supuesto, si rondaba por allí cerca el sereno, como sucedería casi con toda probabilidad, no tardarían en detenerlo por demente, y en ese caso aduciría que había sido víctima de un robo, pero entonces acabaría en la sala de un magistrado prestando testimonio, y eso era lo último que necesitaba. No hago más que dar vueltas y vueltas a lo mismo, pensó, deseando dormir.

Desde hacía horas oía solo los ronquidos y gemidos de sus compañeros de sala, mezclados con los crujidos de una cama de madera cuando un alma atormentada se agitaba. En el momento en que supo que era incapaz de seguir despierto, las campanadas de las doce de la noche lo despabilaron. Poco después, tal como había dicho la vieja monja, oyó el tintineo de unas llaves en la puerta y se le aceleró el corazón.

Para cuando sonó la última campanada, el casiller había encendido dos teas de junco en los extremos de la sala y recogía el primer orinal; el golpeteo de su cubo reverberó en la sala. Bajo la parpadeante luz, el hombre era una sombra inclinada que se deslizaba entre las camas.

El casiller se acercó al camastro de John y se agachó para coger el orinal a los pies.

—Gracias —susurró Frith.

El hombre, un viejo menudo y encorvado, se irguió y lo miró con una mezcla de alarma y curiosidad.

—¿Habláis conmigo?

—Sí, solo quería daros las gracias. Es un servicio muy valioso el que realizáis.

—Perdonad que os haya despertado —gruñó el viejo.

—Me gusta estar despierto. Así sé que estoy vivo.

El hombre se puso en pie, sosteniendo el orinal entre sus brazos, indiferente en apariencia a su inmundo contenido. Obsequió a Frith una sonrisa desdentada.

—Nunca me lo he planteado así —dijo, y dio un paso hacia el camastro de Frith.

—No os acerquéis demasiado. He pasado la enfermedad de los sudores —susurró Frith.

—Eso a mí no me preocupa. Yo ya lo he visto todo. Nunca he pillado nada. Un hombre tiene que orinar y tiene que comer. Yo me llevo vuestra orina y eso me da de comer.

Frith sonrió.

—Nunca me lo había planteado así.

Frith lo observó mientras cogía el orinal de su vecino más cercano. Esta vez no fue a la puerta exterior, sino a la ventana central; la abrió y vertió el contenido. Regresó y se agachó para dejar el orinal en su sitio.

—Dejaré la ventana abierta, para que os llegue la brisa nocturna —dijo.

Y el olor que trae consigo, pensó Frith, pero supuso que el casiller ya no percibía el olor.

—Aquí hace tanto calor que podría asarse un pollo, y estáis tapado con esa manta como si fuera enero. ¿Tenéis fiebre? Podría despertar a una de las monjas.

—Se han llevado mi ropa.

—Ya. —Asintió con un gesto de comprensión—. Aquí un hombre no tiene muchas posibilidades de mantener en la intimidad sus partes pudendas. Seguramente quemé vuestra ropa. Si uno tiene una enfermedad contagiosa, le queman la ropa. Algunos casilleres se la dan a los traperos. Pero yo no. Quizá no todo el mundo sea tan resistente como yo. Me remordería la conciencia como un azote si una persona inocente se contagiara de la peste por embolsarme yo un cuarto de penique. —Bajó la voz aún más, como si la mención de la muerte pudiera angustiar a algunos de los pacientes que acaso oyeran su conversación—. Si alguien… ya me entiende… y no le han quemado la ropa, quizá yo pueda… Ahora que lo pienso, hay un cadáver al final de la sala, esperando que se lo lleven. Tenía la ropa bien apilada a los pies de la cama. Si queréis, puedo traérosla. Ese hombre parecía mucho más grande que vos, pero siempre será mejor que la manta.

Frith no podía dar crédito a su buena suerte.

—No tengo dinero con que pagaros —dijo—, pero…

—No es necesario. Ya habrá otros.

—Sois un hombre misericordioso —agradeció cuando el casiller volvió y le entregó la ropa.

—Qué va. —El casiller se echó a reír—. No soy más que un desdichado como vos. Disfrutadla con salud.

Pero pocos minutos después, antes de que el casiller fuera a la otra sala para completar sus tareas, Frith vio la sombra del viejo deslizarse hacia el extremo de la sala y oyó el inconfundible chasquido de la cerradura. Se le cayó el alma a los pies. La monja se había equivocado. Finalmente el casiller había cerrado la puerta.

¡Serás necio! ¡Es porque sabe que estás despierto! ¡Podrías haber tenido la boca cerrada! Se levantó con cuidado, pisando el suelo para poner a prueba sus piernas flojas, y se puso la camisa y el pantalón. El viejo casiller tenía razón. Le quedaba todo un poco grande, pero se enrolló el pantalón por la cintura y se ciñó la camisa de campesino con el cinturón de cuerda. Al menos tenía ropa, por si volvía a presentarse la ocasión. Quizá la noche del día siguiente. Fingiría dormir como un muerto… si es que al día siguiente estaba aún allí, pensó compungido.

Una brisa malsana entró por la ventana trayendo consigo el olor a orina y heces. Frith arrugó la nariz en un gesto de repugnancia. ¿Qué tenía que hacer un hombre para respirar aire puro en este mundo? ¡Idiota! Se dio una palmada en la frente. La ventana.

Pocos minutos después, tras mucho retorcerse y contorsionarse, John Frith — había adelgazado bastante en los últimos tres meses, pero la ventana era estrecha— se descolgó con cuidado hasta notar el contacto del suelo bajo sus pies descalzos. Tal fue su alivio al verse fuera del hospital y libre que apenas reparó en la inmundicia que corría entre los dedos de sus pies.

Con la ropa de un muerto y las piernas tan inestables como las de un potro recién nacido, se encaminó hacia el Steelyard. Recordó lo que Garrett le había contado sobre cómo entraban los libros en Inglaterra. Quizá podía pagar con su trabajo el pasaje para abandonar el país… y un par de zapatos. Los Hermanos de la Liga de Mercaderes Hanseáticos lo ayudarían a llegar al continente, donde se reuniría con su amigo y mentor William Tyndale. Tal vez por eso Dios lo había salvado del sótano.

Además, sabía qué destino le esperaba si se quedaba en Inglaterra.

 

La lluvia azotaba la barca de remos mientras remontaba el Támesis en dirección a Reading. Kate agradeció la protección de la gruesa capa que John había dejado colgada de la percha junto a la puerta.

Había estado allí desde la noche que lo detuvieron. Durante todas esas semanas, Kate se había resistido a descolgarla, prefiriendo dejarla allí hasta que él volviera a reclamarla. Bueno, al menos serviría para esconder su silueta, pensó cuando, tras cogerla y sacudirla, la sostuvo en alto para examinarla mejor. Ella era de la misma estatura que John… tal vez si ponía un poco de relleno en las hombreras…

Había dado resultado.

A la tenue luz del amanecer, el mercader Swinford no había puesto en duda su identidad. En respuesta al saludo «me alegro de ver que sois otra vez un hombre libre, Gough», Kate había susurrado con voz ronca: «Pero no un hombre sano», y se señaló la garganta.

Un comienzo propicio y una buena señal, pensó, señal de que debía seguir adelante con el plan. De hecho, ya era tarde para dar marcha atrás. Había pasado la noche en vela atormentándose por su absurdo proyecto, hasta que al final decidió abandonarlo y dormirse. Pero en algún lugar un gallo había anunciado el amanecer y la había despertado de nuevo, así que con la primera luz del alba, disfrazada de su hermano John, había partido hacia los muelles, pensando que debía regresar, pensando que probablemente el mercader ya se habría ido y los muelles estarían desiertos, pensando que él la descubriría de inmediato.

Pero el mercader se había limitado a saludarla con la cabeza y se había subido a la pequeña barca amarrada al muelle, indicándole que lo siguiera.

—Debemos darnos prisa. Con este tiempo iremos más despacio y tenemos que avanzar contracorriente.

A continuación, se inclinó para desatar la amarra del muelle y Kate experimentó su primer momento de pánico al preguntarse si ella sería capaz de imitar los movimientos aplomados de aquel hombre.

Él mantuvo la barca estable.

—Un hombre recién salido de la celda húmeda de una cárcel se expone a contraer unas fiebres con esta llovizna. Esta vez será mejor que os coloquéis detrás de mí. Mi espalda os protegerá de la peor parte. En Reading al menos podremos dejar el río y quizá dormir unas horas. En el mismo lugar de siempre. Tenemos que recoger un carromato y caballos. Y creo que también a un pasajero.

Kate, limitándose a asentir, se agarró al poste del muelle con una mano mientras, con cuidado, apoyaba un pie en la barca. La extraña libertad de movimiento que le proporcionaba el pantalón debajo de la gruesa capa la llevó a calcular mal la distancia y la barca se meció bajo sus pies. Se sentó pesadamente en la tabla central.

Swinford apartó la barca del muelle con un remo, y Kate comprendió con desánimo que él esperaría que ella empuñara el otro remo. Gracias a Dios, había remado a menudo con John cuando eran más jóvenes, antes de que él se casara, así que al menos sabía hacerlo. Tenía que remar desde el otro lado, recordó, así que se apresuró a desplazarse a la derecha y cogió el remo. Al hundir la pala en el agua, notó el tirón de la corriente y acomodó su ritmo al de él. Por suerte, pensó, no era un hombre joven, y se interrumpía para descansar sus propios brazos en los tramos donde el río se ensanchaba y la corriente era menos potente. Pero esos respiros eran breves. Pronto la corriente empezaba a arrastrar la barca río abajo y él volvía a coger el remo.

A media mañana llovía ya a cántaros.

A mediodía le dolían los brazos. La lluvia se reducía ahora a una bruma que se adhería a la piel y al aliento. La capa de lana abrigaba demasiado para semejante esfuerzo, pero no se atrevió a quitársela. La lana la ayudaba a repeler el agua, a diferencia de la camisa de hilo. Sin la capa, la camisa y el pantalón enseguida se empaparían y se adherirían al cuerpo. La bruma se espesó, convirtiéndose en niebla, y se acercaron a la orilla para evitar las embarcaciones mayores que navegaban por el canal principal. Kate respiraba con dificultad.

Pero lo peor de todo era que necesitaba hacer aguas.

Desvió la mirada cuando Swinford se puso en pie y, buscándose a tientas la bragueta, se acercó al borde de la barca. Kate seguía ruborizada cuando él volvió a ocupar su asiento.

—Os noto un poco sofocado —comentó él—. No os conviene excederos en vuestro estado de debilidad. Puedo arreglármelas yo solo por un rato.

—Os agradecería el descanso —contestó ella con voz ronca.

Pero el respiro le proporcionó poco alivio. La ocasional ola levantada por la estela de embarcaciones mayores aumentaba su malestar. La orilla terrosa y los juncos podridos despedían un olor a turba repulsivo, pero no se mareó. Solo se sentía mojada y desdichada, e incluso un poco hambrienta. ¿Por qué no se le había ocurrido coger una galleta? Lo único que llevaba encima era la pequeña bolsa de dinero que le había dado sir Humphrey, con la intención de utilizar una pequeña cantidad para pagar parte del género recibido.

Empezó a llover de nuevo, a mares. Se formaron charcos en el fondo de la barca.

—Más vale que nos detengamos y busquemos un lugar donde refugiarnos o al menos algo con que achicar —gritó Swinford.

Asintiendo, Kate cogió el remo y lo manejó vigorosamente, ajena al dolor en la parte superior del brazo. En cuanto llegaron a la orilla, encontró un sitio discreto donde orinar. Por primera vez ese día, se alegró de la lluvia.

 

Para cuando llegaron a Reading, las campanas de la iglesia tocaban a completas, y Kate estaba tan cansada que ni siquiera se preguntó adónde iban mientras seguía a su acompañante por una calle tortuosa hasta un callejón donde se alzaba una hilera de casas con armadura de madera. Swinford se detuvo ante la tercera casa y llamó a la puerta suavemente con los nudillos. Una mujer tocada con un gorro de dormir orlado de encaje y un mantón sobre el camisón abrió la puerta. Sostenía una vela pero cubría la llama con la mano para que la luz no se proyectara hacia la calle.

—Ya casi no os esperábamos —dijo en voz baja—. El otro ya está aquí. He puesto un par de colchones de paja junto a la chimenea en la cocina para vosotros dos. —Mientras hablaba, los conducía a la cocina, donde aún impregnaba el aire un olor a cebada y carne de ternera hervida. Al percibirlo, a Kate le gruñó el estómago. La mujer encendió las teas de junco prendidas del muro con la vela que llevaba. Las sombras oscilaron en las paredes—. Hay un poco de pan en la mesa y sopa todavía caliente en la olla. Os ayudará a entrar en calor. Buenas noches, pues.

Pero Kate estaba demasiado agotada para comer. Arrancó una corteza de pan para acallar los ruidos de su estómago. Cuando se acostó en el colchón, se preguntó si sería prudente quitarse el sombrero empapado, pero decidió que quedaría aún más raro dormir con él puesto. Se había recogido el pelo en una apretada trenza y lo llevaba cubierto con un pañuelo. Se notaba el cuero cabelludo tenso y le picaba. Al menos en la penumbra de la cocina podía quitarse la capa. Agradeció la gentileza de la mujer por dejarles un cobertor limpio y por la buena conservación de la casa; la manta olía a lejía y lavanda. Se tapó hasta la barbilla.

—Deberíais probar esta sopa. Está buenísima —dijo Swinford.

—Estoy demasiado molido para comer —contestó Kate, sorprendida al descubrir que ya no tenía que simular la ronquera porque se había quedado afónica de verdad.

Se durmió oyendo sorber la sopa a Swinford y soñó con el agua de un río negro y una oveja que balaba lastimeramente en la orilla. En la cabeza llevaba el sombrero de tres picos de John empapado.

 

Kate despertó temprano. Entumecida por dormir en el suelo y con el brazo dolorido de remar el día anterior, se puso la capa y el sombrero y salió a orinar bajo la luz del amanecer. Ya no llovía, pero las gotas de agua seguían adheridas a la hierba y a las rosas de floración tardía en el pequeño jardín. En cuanto hubo hecho sus necesidades detrás de un cobertizo al fondo del jardín, dio un paseo por la calle.

Conque esto es Reading. Había oído a John hablar de Reading. No se parece en nada a Londres, pensó, mirando alrededor con avidez. Lamentaba no haber podido ver mejor la orilla el día anterior por culpa de la niebla, ya que nunca había remontado el río más allá del magnífico palacio nuevo del cardenal Wolsey en Hampton Court. Allí no había magníficos palacios. Aquello era solo una pequeña aldea dormida, le pareció, aunque le constaba que había una abadía cerca con un abad que simpatizaba con la causa luterana. Si lo ocurrido la noche anterior era señal de algo, también los aldeanos simpatizaban, y acogían en sus casas a los contrabandistas de Biblias, arriesgando con ello sus propias vidas y propiedades. Se preguntaba a qué distancia de allí estaría la abadía cuando vio volutas de humo en algunas de las chimeneas. El aroma de las fogatas de las cocinas se mezcló con la fragancia a tierra húmeda, y confió en que la hospitalidad de la casa incluyera el desayuno. Esa idea y la intensidad de la luz le indicaron que era hora de regresar. Swinford estaría impaciente por ponerse en marcha.

Cuando volvió a entrar en la cocina, la recibió un agradable olor a carne frita en salmuera. Esta vez no esperó a que se lo ofrecieran, sino que cogió un trozo del tocino apilado en el centro de la larga mesa de madera de pino y una rebanada del pan de la noche anterior. También había en la mesa una jarra de leche y tazones. Se sirvió un tazón y lo bebió apresuradamente, y a continuación cortó en dos un trozo de pan, puso la carne entre medias y se lo metió en el bolsillo de la capa. A saber cuándo volvería a comer.

Mientras se limpiaba la boca con la manga de la capa, Swinford regresó. Lo acompañaba un hombre poco más o menos de la edad de Kate. Parecía vestido con ropa de viaje, pero le quedaba demasiado holgada, como si, al igual que Kate, se la hubiera cogido prestada a un hermano mayor.

—Tenemos que ponernos en marcha, si estáis preparado —dijo Swinford, mirando a Kate—. El carromato está enganchado y los caballos esperan.

—Estoy listo —intentó decir Kate, pero descubrió que la voz ni siquiera le salía. Las palabras surgieron en forma de áspero susurro. Al menos no tendría que fingir.

—Os presento a John Frith. Vendrá con nosotros a Bristol. Es uno de los estudiantes que encerraron en los sótanos de Oxford por comprar libros a Garrett. Acaba de salir del hospital. —Sonrió y luego añadió—: En circunstancias un tanto precipitadas, por lo que he oído.

—Encantado de conoceros, Gough. Veo que tenemos mucho en común —saludó el desconocido—. Me parece digno de elogio el hecho de que hayáis vuelto a la lucha. Voy al continente, donde espero ayudar a Tyndale. Yo también soy traductor. Estoy impaciente por contarle con qué valor vos y los demás como vos dais apoyo a su labor.

Se cree que soy John. Y elogia mi valentía, pensó Kate, advirtiendo que Frith, pese a su juventud y aparente vigor, estaba anormalmente pálido. La mano le tembló ligeramente cuando se la tendió. Ella intentó estrechársela con firmeza, como se la habría estrechado su hermano John en otro tiempo.

—Veo que nos haremos buenos amigos —dijo él, y sonrió.

Era la sonrisa más encantadora que Kate había visto en su vida. La bañó en su calidez.