La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 34 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XXXIII

 

Y el Saturnio promovió entre ellos funesto tumulto y dejó caer desde el éter sanguinoso rocío porque habría de precipitar al orco a muchas y valerosas almas.

Versos de la Ilíada citados por John Frith en la cárcel de Reading

(Canto I, 1-4)

 

John Frith reconoció el olor. Ya había estado allí. El hedor del sudor y la orina rancios procedía de él. Pero eso no era nada en comparación con el sótano del pescado, pensó con pesar. Al menos el cepo estaba al aire libre. Los maleantes arrestados con él habían sido puestos en libertad tras pagar una multa de diez peniques, que sin duda fue a parar al bolsillo del juez de paz. Pero John no tenía los diez peniques para abonar la multa, en caso de habérsele ofrecido la opción.

Pasó su primera noche en Reading desplomado en el cepo, reflexionando entre intermitentes estados de somnolencia cómo hacer frente a esta circunstancia. Cuando la niebla matutina se espesó de tal manera que se le filtró en la piel y le tapó los orificios nasales, tembló hasta que le castañetearon los dientes. Pero a media mañana el sol había disipado la niebla y sentía el calor que le azotaba la cabeza y la nuca.

Mantuvo los ojos cerrados la mayor parte del tiempo, prefiriendo las visiones que evocaba su mente a mirarse los pies y el espacio marrón de tierra apisonada, lo único que había en su campo visual. Algunos trucos aprendidos en el sótano del pescado le fueron útiles en ese momento. Creó y catalogó en su cabeza imágenes agradables de su mujer: Kate la fuerte, despidiéndose valerosamente desde el puerto, parpadeando para que él no le viera las lágrimas cuando le dijo adiós con un beso; Kate la resuelta, entornando los ojos por encima de la aguja mientras cosía para el bebé, jurando en susurros mientras extraía un punto mal dado; Kate la iracunda, brillando sus ojos de desprecio cuando hablaba de los cazadores de herejes; Kate la dulce, afilándole las plumas, corrigiéndole los textos, masajeándole el cuello… Imaginaba el contacto de sus manos en los músculos doloridos de sus hombros. Evocó el aroma de su pelo, la suavidad de su piel, el sabor de sus labios, hasta que la constancia de la imagen de ella se convirtió en su única realidad.

Por la tarde los músculos se le agarrotaron tanto que los trucos mentales ya no surtían efecto. No podía ahogar sus gemidos, y el estómago le ardía de hambre. Temía los azotes impuestos conforme a la nueva ley de Moro contra el vagabundeo, pero estaba impaciente por acabar con aquello. El dolor que sentiría se impondría al dolor en las piernas. No sería un alivio al dolor, pero sí un sufrimiento distinto que él podría soportar durante un rato; y si sobrevivía a los azotes, quedaría en libertad. Quizá Moro no fuera ya canciller, pero la ley era la ley, y lo que había visto de las fuerzas del orden locales no lo inducía a pensar que estuviesen muy predispuestas a la clemencia.

Su cepo se hallaba en la plaza pública, y pensó en dar su verdadero nombre a gritos a un par de viandantes, rogándoles que fueran a la abadía y contaran allí las difíciles circunstancias en que se encontraba. No obstante, a juzgar por los malos tratos físicos y verbales a que lo sometieron, dudó de la eficacia de ese plan. Lo disuadió asimismo la posibilidad de que su nombre fuera a parar a oídos hostiles. Al fin y al cabo, era un fugitivo conocido. Un hombre fuerte sobreviviría a una tanda de azotes; a la hoguera, con toda seguridad no.

Al tercer día, había recurrido de nuevo a su antiguo hábito del sótano del pescado, recitar a Homero para mantener la mente ocupada, verso tras verso en el griego original. De vez en cuando unas palabras en griego escapaban de su mente hasta su garganta reseca. Como cerraba los ojos cada vez que pasaba un viandante para no incitarlo a insultarlo, no vio a las mujeres que llevaban agua del pozo.

—Pobre hombre, ha enloquecido. Murmura incoherencias.

—Dale de beber; debe de estar muerto de sed.

Tras percibir la compasión en sus voces, John abrió los ojos. Solo les veía los pies, calzados con zuecos polvorientos y gastados, y un cubo de agua que una de ellas dejó en el suelo. Miró el agua fresca y clara y pensó en Tántalo.

—No podemos darle agua, Charlotte. Está prohibido.

Él gimió.

—«Un vaso de agua en mi nombre», lo dicen las Escrituras. Es como dárselo a Jesucristo. ¿No daríamos de beber a nuestro Señor?

Estaban citando las Escrituras. ¡Eran lectoras de la Biblia!

—Por favor —intentó decir, pero tenía la garganta seca y le salió un graznido.

Unas manos nudosas se hundieron apresuradamente en el cubo y, formando un cuenco, le acercaron agua a la boca. Él la lamió como un perro, hasta que sintió la aspereza de las palmas en la lengua. La mujer le acercó más agua con las manos ahuecadas, y él bebió hasta que, atragantándose y tosiendo, pudo pronunciar las palabras:

—Por favor, id a buscar al… —No, no podía solicitar la presencia del sacerdote —… maestro de escuela. Decidle que… soy un estudioso… acusado erróneamente.

—Está loco —dijo la otra mujer— o maldito. Vayámonos antes de que alguien nos vea proporcionar alivio a un vagabundo.

—Castigar a alguien por dar de beber a un sediento es una abominación, eso es. —A continuación, a la vez que sentía una palmada en el hombro, la voz que pertenecía a Charlotte añadió—: Rezaremos por ti, por eso no pueden castigarnos.

—El maestro de la escuela —susurró él.

Observó alejarse los pies, y luego cerró los ojos e intentó evocar sus visiones.

 

—Se llama John Frith —dijo Leonard Cox, el maestro, al juez de paz—. Os lo aseguro, ese hombre es un estudioso de Cambridge. Las incoherencias que le oyeron balbucir vuestros espías eran fragmentos de la Ilíada en griego original. Habéis estado a punto de matarlo. Soltadlo.

—¿Y por qué se negó a dar su nombre?

—No lo sé. Seguro que tiene sus razones. Pero yo estoy aquí para dar fe de su identidad. No es un vagabundo. Su padre es un hacendado de Kent. Estudió en Cambridge y Oxford y es un hombre de gran prestigio y saber, ¡y vos lo tenéis inmovilizado en el cepo como a un vulgar criminal!

Por elemental prudencia, se abstuvo de añadir que, conforme a la ley, ni siquiera a un vagabundo corriente debía dejárselo morir de sed y hambre. Mejor no irritar al juez.

Pero el juez debió de leerle el pensamiento. Se rascó la cabeza y contestó a la defensiva:

—Hemos actuado con arreglo a la ley. ¿Cómo sabéis que es quien dice ser? Por eso no le hemos dado de comer. Un hombre con hambre suficiente es menos testarudo.

Cox procuró controlar su genio.

—Lo he reconocido, por eso sé quién es. Charlotte Bascomb ha dicho que preguntaba por mí. He acudido con cierto escepticismo, pero cuando ha empezado a hablar, he recordado su voz. Me ha llamado por mi nombre… estudiamos juntos en Cambridge… y cuando le he limpiado la inmundicia del rostro, inmundicia puesta allí por quienes lo han maltratado, porque vos equivocadamente lo mandasteis al cepo, lo he reconocido de inmediato.

El juez de paz pareció reflexionar antes de responder, y finalmente llamó con un gesto al alguacil.

—Lo dejaremos marchar, pues, dando por buena vuestra palabra, pero si habláis de esto, no dejéis de decir que se negó a dar su nombre y que no llevaba papeles. Hemos actuado conforme a la ley.

—Sí, sí, lo entiendo. No se os echará en cara. Ahora enviad de inmediato al alguacil antes de que el pobre hombre expire de hambre.

 

Después de una buena comida y un baño, John, con la ayuda de Leonard Cox, pudo llegar a la abadía, donde el prior lo saludó efusivamente, manifestando su indignación al enterarse del trato que había recibido en Reading. El prior había pasado un tiempo en el cepo durante su año en prisión, dijo, y sabía los efectos que eso tenía en un hombre. Reiteró su apoyo al movimiento, pero admitió que, a partir del momento en que el rey lo puso en libertad con la advertencia de que fuera más ortodoxo en sus enseñanzas, se anduvo con más cuidado.

Sí, todavía supervisaba el movimiento clandestino, todavía realizaban lecturas de la Biblia, pero ahora eran más cautos a la hora de confiar en alguien. Gustosamente sacó una bolsa con peso suficiente para mantener a John en su ronda de visitas a los mercaderes y las «feligresías» en la sombra, como se hacían llamar. Pero también le dirigió una advertencia.

—No os dejéis engañar por el hecho de que Moro haya dimitido —dijo—. Cuentan que está más decidido que nunca a quemar hasta el último vestigio de la Reforma.

—¿Cómo puede ser tan intolerante un hombre docto? —preguntó John.

—Lo sé. Cuesta creer que sea el mismo hombre que escribió Utopía, que en otro tiempo defendió causas humanistas y el nuevo saber. Incluso coincidió con Erasmo en que la Reforma era necesaria.

Estaban en la capilla de la abadía, donde el prior cumplía con su turno de limpieza, igual que cualquier otro monje. Ese día le tocaba aplicar aceite de linaza a la madera tallada de la celosía del coro y abrillantar el oro y la plata de los objetos del altar: el recargado cáliz con piedras engastadas, la patena y el copón.

—¿Nunca os preguntáis —dijo John, señalando los vitrales de las ventanas góticas, y el resplandeciente oro del altar, en el que se reflejaban los rayos del sol en forma de destellos multicolor— qué diría Jesús de todo esto?

El prior sonrió.

—Ya sé lo que pensáis, que deberíamos vender el patrimonio de la Iglesia y repartir el dinero entre los pobres, pero os recuerdo, querido amigo, las palabras de nuestro Señor cuando Judas Iscariote puso reparos a una forma de culto dilapidadora y excesiva: «Los pobres los tendréis siempre con vosotros».

—No es necesario que me recordéis lo que dicen las Escrituras, pero eso aparecía en el contexto de la unción de Jesús para la crucifixión. Nosotros celebramos a un Cristo vivo en el espíritu y en la realidad emulando Su manera de actuar, no la de la mujer que lo ungió para enterrarlo con un perfume caro, o la de los sacerdotes del templo.

El prior asintió en lo que podría interpretarse como un gesto de conformidad.

—Vedlo también de la siguiente manera: mientras estén aquí estos objetos del altar, yo puedo proseguir con nuestra misión. Me sirven como encubrimiento. Y tienen otros usos más prácticos. ¿Recordáis esa bolsa que os he dado? No será la primera vez que un candelabro de oro se convierte en Escrituras impresas. Ese lo hemos sustituido por uno de cobre dorado. Ilumina la hostia igual de bien que el de oro, y si viniera el arzobispo… —Se encogió de hombros—. Pero los demás no tardarán en desaparecer. El rey Enrique no podrá resistir la tentación de quedarse con tal tesoro. Resulta irónico, ¿no? Lo que se utilizó para celebrar al Príncipe de la Paz financiará la guerra contra Francia.

John levantó el candelabro falso y lo sopesó en su mano.

—Bueno, pues no será el caso de este. Gracias. William Tyndale os lo agradece también.

El prior se llevó la mano bajo la sotana, sacó un papel y lo desplegó sobre el altar.

—He aquí un mapa en que aparecen marcados con una «F» los lugares donde encontraréis las feligresías que os darán apoyo y se alegrarán de oíros hablar. Quemadlo cuando lo hayáis memorizado. Este otro documento os presenta como mensajero del priorato por si volvéis a tener problemas por la ley contra el vagabundeo. Podéis descansar aquí mientras lo necesitéis. —Entregó a John los documentos—. Tengo entendido que habéis tomado esposa.

—Así es. Con la intervención de un sacerdote de esta misma abadía.

—¿Ha resultado ser una feliz elección?

—Una elección muy feliz. Esperamos un hijo. Una bendición de Navidad.

El prior esbozó una lánguida sonrisa.

—Siendo así, amigo mío, andaos con especial cuidado. No querréis que vuestro hijo quede huérfano antes de nacer. Últimamente Moro y Stokesley son muy expeditivos a la hora de mandar a alguien a la hoguera.

Al cabo de dos días John se sentía con fuerzas para iniciar su recorrido. Se marchó de la abadía a pie, por evitar el gasto de un caballo. La primera «feligresía» estaba a menos de cinco millas en dirección a Londres. La última se hallaba cerca de Southend, en Essex. Desde allí podía embarcar para volver a casa y junto a Kate. Estaría de regreso en Amberes antes del día de Todos los Santos, Dios mediante.

 

Tomás Moro apartó la vista del mapa que examinaba con los ojos entornados, el mapa de las «feligresías» rebeldes que el obispo Stokesley acababa de entregarle en su gabinete de Chelsea.

—Sabía que estaban propagándose, pero ignoraba que hubiera tantas —comentó Tomás con aversión.

—Esas son solo la mitad, probablemente. Los libros de Tyndale han causado mucho daño a la Iglesia en estos últimos siete años. Cuthbert tendría que haber tratado a ese hombre con mano dura y no dejarlo marchar. Mi predecesor era demasiado propenso a combatir a los enemigos con la palabra.

Tomás desplazó el pisapapeles en su escritorio para inmovilizar un ángulo del mapa. Ese pisapapeles, una mosca suspendida dentro de una enorme gota de ámbar, era un regalo del obispo Tunstall, que le entregó cuando Tomás acabó su primera polémica contra Tyndale.

—No subestiméis la palabra, su ilustrísima —dijo Tomás, irritado. Sentía la necesidad de recordar al obispo lo caras que le habían costado a él sus palabras ante el Parlamento.

El obispo tenía una afilada mandíbula, que a Tomás le recordaba la hoja de una daga, y poseía una voluntad igual de punzante. Pese a su reciente silencio ante el Parlamento, Stokesley era un aliado formidable, más fuerte que el que Tomás había encontrado en el obispo Tunstall. Pero echaba de menos la camaradería de esa otra alianza anterior.

—Cuthbert tenía buenas intenciones —dijo Tomás—. Su problema era que carecía del temperamento necesario para perseverar. Pensaba que era posible contener a un enemigo con palabras y razonamientos. —Señaló la montaña de manuscritos que inmovilizaban otro ángulo del mapa—. Pero tenéis razón, su ilustrísima, si bastara con las palabras, la vil pluma de Tyndale ya habría sido detenida. Yo he contestado a cada una de las argumentaciones heréticas, y aun así, los libros y las Biblias inglesas con las glosas profanas de esos hombres penetran todavía en Inglaterra, trayendo consigo el hedor de un pozo negro de Amberes.

Stokesley descargó un puñetazo en el mapa.

—¡Debemos detenerlos ya! O no habrá en Inglaterra robles suficientes con los que levantar las hogueras donde quemarlos a todos. Y será más difícil ahora que ya no contamos con la cooperación del Parlamento.

Tomás no pudo reprimir una última pulla.

—Bien sabe Dios que lo intenté. Perdí la cancillería por ello.

Mientras vos callabais, pensó. Las palabras no expresadas quedaron flotando entre ellos.

—Nadie podría haber hecho más —se apresuró a contestar el obispo—. Estuvisteis muy elocuente. Pero podéis dar por seguro que los herejes conocen esta nueva circunstancia. Su arrogancia ahora es mayor que nunca. Uno de ellos ha vuelto a escondidas, en una maniobra audaz e insolente.

Tomás aguzó el oído ante esta información.

—¿Es alguien que conocemos? ¿De quién se trata?

El obispo sonrió, visiblemente complacido de comunicar este nuevo dato obtenido por sus espías.

—Dicen que es uno de los amigos más íntimos de William Tyndale, aunque no reconocí su nombre. Fue arrestado por vagabundeo en Reading. —Señaló el mapa extendido sobre el escritorio, donde la abadía de Reading aparecía marcada con una X mayor que las otras—. Pero, por desgracia, el juez de paz local lo dejó ir cuando el maestro lo identificó como antiguo alumno de Cambridge.

A Tomás se le aceleró el pulso.

—¿Se llamaba John Frith?

—Eso creo. ¿Lo conocéis?

Y también vos deberíais conocerlo, mi ignorante amigo, pensó Moro. Esa era otra diferencia entre Stokesley y su predecesor. Tunstall era un erudito y defensor del nuevo saber en estudios clásicos. Esa era una de las razones por las que Tyndale había acudido a él en primer lugar para plantearle la posibilidad de una traducción al inglés de la Biblia. Este nuevo obispo de Londres se presentaba, y con razón, como hombre de acción, no de palabras.

—Es uno de los jóvenes estudiosos convertidos a la herejía que sobrevivieron al sótano del pescado de Oxford —informó Tomás.

—Ah, ya me sonaba a mí ese nombre.

—Como es lógico. Es un prolífico autor de textos contra la doctrina del purgatorio. —Tomás advirtió con satisfacción la mancha de bochorno en el rostro de Stokesley. Se puso en pie y empezó a pasearse por el gabinete. Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza—. Esta vez debemos atraparlo. No solo impediremos que las mentiras profanas que su pluma arroja como veneno inoculen los colmillos de una víbora, sino que además nos llevará derechos a Tyndale. Podríamos quemarlos a los dos, espalda contra espalda. Con tal hoguera la grasa quemada perfumaría las calles del paraíso en un sacrificio de espléndida generosidad.

Stokesley levantó el pisapapeles y lo contempló. Las alas de la mosca estaban extendidas como si hubiese pretendido posarse solo temporalmente sobre la savia y succionar su dulzura antes de ser atrapada para toda la eternidad. Lo dejó en la mesa.

—Lo que necesitamos es una trampa —dijo.

—Las trampas ya están puestas, su ilustrísima. —Moro tocó con el dedo la X del mapa—. Aquí y aquí y aquí. Solo tenemos que ponerles un cebo. Antes o después, John Frith caerá en una de ellas.

—Y cuando lo haga, ¿qué pasará? Según la nueva ley del Parlamento, queda bajo la jurisdicción del rey.

—No es necesario que me lo recordéis —replicó Tomás—. Es verdad, vos no podéis arrestarlo. Pero si bien yo he dimitido como canciller, conservo aún cierto poder legal hasta que se nombre a mi sucesor. Puedo arrestarlo en nombre del rey.

—Pero ¿cómo vamos a cogerlo, si no sabemos cuál es su aspecto? ¿Lo habéis visto alguna vez?

—Sí sabemos cuál es su aspecto. —Tomás rebuscó entre los papeles apilados en su escritorio y extrajo una única hoja. Era un dibujo artístico de un apuesto joven, de cabello oscuro y ondulado, nariz recta y pobladas cejas con pronunciado arco sobre unos ojos muy separados en los que se advertían destellos de inteligencia, tal como George Constantine se lo había descrito a Hans Holbein.

—Haremos circular este retrato entre los espías, infiltrándolos en sus viles feligresías de Oxfordshire y Berkshire y ordenándoles que sonsaquen a todos los sospechosos sus opiniones en lo referente al purgatorio y la eucaristía. Para cuando Frith sea localizado, tendremos tantas pruebas que ni siquiera el rey se opondrá al arresto.

Tomás enrollaba el mapa para devolvérselo a Stokesley cuando llamaron a la puerta. Entregó el mapa al obispo y fue a abrir.

—Sir Tomás, ha venido un hermano franciscano, un tal Richard Risby.

—Dígale que se vaya. Dígale que no lo recibiré y que no vuelva más por aquí — contestó Tomás en voz baja.

El obispo apartó la vista de los retratos en miniatura enmarcados que había estado admirando durante la interrupción.

—Este es vuestro amigo Erasmo, ¿no?

—Lo es. ¿Lo conocéis?

—Conozco su obra —respondió el obispo, orgulloso a todas luces de exhibir esa pizca de saber—. ¿Quién es el hombre del otro retrato?

—Otro amigo íntimo de Flandes, Peter Gillis. Me regaló los retratos como recuerdo de mi última visita a Amberes.

—¿Holbein?

La afectación de conocimiento de bellas artes del obispo ofendió a Tomás. Despreciaba tales pedanterías.

—No. Un artista de Amberes de cierto renombre. Se llama Quentin Massys.

—Ah. —Obviamente el obispo no había oído hablar de él y pareció perder interés de inmediato.

—Massys ya ha muerto —indicó Tomás, dispuesto a alargar la conversación para que Stokesley no recordara las palabras cruzadas durante la breve interrupción. Al entrometido obispo se le daba muy bien escuchar conversaciones ajenas—. Es muy probable que el arte de Massys aumente su valor, si su nombre no se ve empañado por los lazos heréticos de su hermana. Esta ha fundado una sociedad de lectura de la Biblia en Lovaina.

Eso sí lo distraería. Más charla sobre la herejía.

Stokesley dejó las miniaturas y miró a Tomás, bajando ligeramente los párpados.

—El hombre que ha llamado a la puerta…

—Era mi criado. La influencia de Lutero en el Sacro Imperio Romano ha sido más perniciosa de lo que…

—No, me refiero al franciscano, ese Risby. ¿No es el monje vinculado a la Doncella de Kent? ¿La que profetizó un mal augurio contra el rey en relación con el divorcio?

—Lo es.

Stokesley cogió la gota de ámbar y fingió examinarla detenidamente, esperando que Tomás se explayara en su respuesta, cosa que Tomás prefirió no hacer. Pero el obispo no era hombre que dejara atrás retazos de información cuando rastreaba.

—¿Qué pensáis de sus profecías? —preguntó.

—Pienso que es una doncella manipulada, más loca que clarividente.

—¿La habéis conocido?

Esa era la pregunta que Tomás temía. Se resistía a proporcionar a sus amigos — los amigos de hoy, tal vez los enemigos de mañana— elementos que pudieran usarse contra él si lo emplazaban ante los tribunales del rey.

—La vi una vez. En el desempeño de mis funciones de canciller.

—¿Y qué quería Risby?

—Quería que volviera a verla.

—¿Lo haréis?

—No. Esa mujer ha profetizado la muerte del rey. Eso es traición. Y la traición conlleva un castigo incluso mayor que hablar contra la política del rey en el Parlamento.

El obispo, que no tuvo respuesta para eso, recogió apresuradamente sus mapas y se marchó con la promesa de iniciar la cacería de John Frith.