La librera y el hereje
Capítulo XLIII
Mas Atenea, de ojos brillantes, mandóles un viento propicio cuyo soplo sutil susurraba en las olas rojas como el vino.
HOMERO, Odisea, canto II
El primer día de mayo, cuando todo Londres estaba de celebración y en cada cementerio y en cada plaza la gente festejaba bailando en torno a los mayos, el capitán Tom Lasser no participó en las ruidosas diversiones. En lugar de eso se vistió con sus mejores galas y se encaminó hacia la oscuridad de su taberna preferida para desplumar a algún incauto. Se hallaba en Southwark, cerca del foso donde se enfrentaban perros y osos y del reñidero de gallos, de modo que cuando los apostadores se cansaban de vitorear y jalear en esos juegos sangrientos podían retirarse a la taberna Gallo de pelea para aplacar su sed y buscar un juego más noble. Con la sangre caliente por la violencia y la muerte gratuita, siempre eran temerarios en las apuestas.
Tom entrecerró los ojos al entrar en el salón iluminado solo por la luz que provenía de una única ventana, y cuando su vista se adaptó a la penumbra, analizó las posibles ganancias. No quería ir a otro sitio. También le traía suerte la taberna Cabeza de jabalí, pero andaba escaso de tiempo. La muchedumbre alborotaría cada vez más, llegando incluso a los disturbios, a medida que avanzara el día, y había prometido acompañar a Charlotte a su casa al salir de la modista. En una mesa de caballetes bajo la ventana, un par de cortesanos jugaban a los dados, pero eso no era lo suyo. La única manera de ganar a los dados era con la ayuda de la dama Fortuna, o haciendo trampa. Tom nunca hacía trampa, y rara vez apostaba al azar. Un hombre capaz de interpretar las expresiones de los rostros no necesitaba hacer nada de eso en un juego en el que existía la posibilidad del farol.
Al pie de la chimenea apagada, había tres hombres encorvados ante un mazo de cartas. Dos parecían mercaderes y el tercero era un clérigo con aires de dandi a quien reconoció con cierta sorpresa. La perspectiva de jugar con Henry Phillips —una vez más— no era del todo grata. Tom le había vaciado la bolsa al advenedizo la última vez que jugaron a los naipes, y luego se enteró de que el dinero que había perdido el joven era de su padre. El alguacil mayor había confiado estúpidamente sus ahorros a su hijo educado en Oxford para que los «invirtiera». Una decisión poco afortunada. Más tarde Tom se enteró de que su padre lo había repudiado, y se sintió un poco culpable por ello. Pero si Phillips no lo hubiera perdido todo con él, habría sido con otro. Era una fruta madura para el tahúr: casualmente era Tom quien se hallaba bajo el árbol. Al fin y al cabo había sido para una muy buena causa. El dinero del alguacil se había destinado a comprar nuevos aparejos para el barco de Tom.
Al oír el chasquido del pasador al quedar encajado en el cajetín, Henry Phillips miró hacia la puerta y fijó la mirada en Tom. Sus ojos brillaron como el acero antes de exhibir una cordial sonrisa y saludarlo con un gesto.
—Capitán, venid a acompañarnos. Con cuatro se juega mejor.
Tom detestaba desplumar al mismo pájaro dos veces, pero Phillips era un incauto propicio y, para colmo, ansioso. Y no quería hacer esperar a Charlotte, así que se acercó parsimoniosamente y preguntó.
—¿Jugamos al primero?
Phillips le indicó que se sentara.
—Si la memoria no me engaña, capitán, ese es vuestro juego preferido.
—¿Según las reglas italianas o las inglesas? —preguntó Tom, ocupando la cuarta silla.
—Las inglesas —contestó uno de los mercaderes—. No declaramos las manos. La apuesta es de dos coronas. El resto es de cuatro.
—Tened, capitán, haced los honores. Para demostraros que no os guardo rencor —dijo Phillips a la vez que entregaba la baraja a Tom para que cortara. El mercader a la izquierda de Tom sacó la carta más baja y repartió.
—Me sorprende veros, maese Phillips —dijo Tom, mirando su mano con expresión ceñuda intencionadamente. Era una mano aceptable: una figura de cada palo con un valor de cuarenta puntos. Pero en realidad el valor de la mano daba igual. Perdería las dos primeras adrede para interesar a los mercaderes en la partida—. Había oído que vivíais en el continente —comentó a continuación mientras se descartaba de los cuatro naipes con gran alarde y cogía otros cuatro.
—Así es. Acabo de volver a Londres para cobrar mi parte en un nuevo negocio.
Y estáis impaciente por perderla, pensó Tom.
—Enhorabuena —dijo, lanzando una ojeada a las pilas de monedas que Phillips tenía ante sí—. Por lo que se ve, habéis encontrado un mecenas acaudalado.
—Un mecenas muy influyente —respondió Phillips, llevándose el bote que acababa de ganar con un simple primero que solo valía unos veinte puntos. Los mercaderes debían de ser novatos para que Phillips ganara con una mano tan baja.
—El obispo de Londres me ha contratado para representar a la Iglesia en ciertos asuntos en el continente —explicó Phillips con fanfarronería—. También he establecido valiosos contactos en Flandes.
—Bravo por vos —dijo Tom, preguntándose qué misión podía haber encargado el obispo de Londres a semejante farsante. Pero eran cuestiones de la Iglesia, claro está. Y Phillips poseía encanto suficiente para congraciarse casi en cualquier parte. Podía ser un espía perfecto. Tenía una de esas caras de niño en las que cualquier hombre o cualquier mujer depositaría gustosamente su confianza… si no se fijaba en aquellos ojos de mirada embustera.
Volvieron a centrarse en la partida, en apostar, pasar y retirarse. En la cuarta mano todos se retiraron, quedando el dinero en el bote. En la quinta, cuando Tom cogió sus cartas, vio que eran muy bajas. Por desgracia, las cartas se le habían resistido desde la primera mano, pero la tarde avanzaba. Charlotte estaría esperándolo. Había llegado el momento. No se descartó de ninguna y se obligó a mostrar una expresión complacida.
Todos vieron la apuesta en otras dos rondas, y el mercader sentado al lado de Phillips aumentó en dos coronas. A Phillips se le empañó la mirada, pero vio la apuesta, se descartó de una y siguió en la partida. Tom calculó la pila de dinero depositada en el centro de la mesa. Debía de ascender más o menos a lo que necesitaba para saldar las deudas generadas por el barco.
—Veo el resto —dijo Tom, poniendo cuatro coronas en el centro con un aplomado aleteo de sus puños de encaje. Los dos mercaderes se retiraron. Henry Phillips tamborileó con los dedos sobre las cartas nerviosamente y al cabo de un silencio interminable y un ligero parpadeo del ojo izquierdo, una señal de angustia que Tom reconoció, tiró las cartas a la mesa boca abajo con un gruñido de disgusto. Henry Phillips no era más que un cobarde, y siempre era posible marcarse un farol con un cobarde.
Tom afectó una mirada de sorpresa y, encogiéndose de hombros, se embolsó el bote.
—En fin, caballeros, parece que esta vez la dama Fortuna me ha sonreído a mí.
Henry Phillips recogió sus cartas y las volvió boca arriba. Un supremo: un seis, un siete y un as de corazones con una puntuación de cincuenta y cinco.
—Mostrad vuestra mano, caballero, si sois tan amable —dijo Phillips con una sonrisa tensa.
—Si insistís —respondió Tom, y soltó una carcajada—. Pero no creo que os guste lo que vais a ver.
Volvió sus cartas: una jota de picas y un dos de picas, más un corazón y un trébol sin valor alguno. La mano alcanzaba una puntuación de solo veintidós puntos, la más baja sobre la mesa.
Phillips se puso en pie y, tambaleante, retrocedió, volcando su silla ruidosamente. El tabernero dejó una jarra de cerveza en la mesa contigua y advirtió a voz en cuello:
—No toleraré alborotos.
Los jugadores de dados interrumpieron su partida y miraron en dirección a ellos. Tom siguió en su asiento, distribuyendo ordenadamente el dinero en pilas para contarlo.
Phillips, con un rápido movimiento, barrió las cartas de la mesa y descargó un puñetazo en su superficie.
—Por la sangre de Cristo, os declaro un embustero y un hijo de mala madre — acusó.
Tom tenía a Phillips por un exaltado, pero un exaltado cobarde. Aun así, estaba ya pensando en la daga oculta en su bota cuando el mercader sujetó la mano de Phillips.
—Os ha ganado limpiamente. Dejadlo estar.
En el posterior silencio, Tom se puso en pie, recogió su dinero con parsimonia e inclinó la cabeza.
—Os agradezco la partida, caballeros. Y me quedaría para permitiros recuperar parte de vuestro dinero, cosa que muy probablemente haríais, pero, por desgracia, parece que nuestro joven amigo está demasiado colérico para continuar. Quizá lo prudente sea dejarlo aquí. —A continuación, con un saludo burlón al enardecido Henry Phillips, añadió—: Os deseo mejor suerte la próxima vez, maese Phillips.
—No habrá una próxima vez, condenado canalla.
Mientras Tom volvía apresuradamente a Cheapside para reunirse con la adorable viuda de Lübeck, soltaba sonoras risotadas. Tenía casi la total certeza de que la flecha encendida que había quemado su barco era un encargo del obispo Stokesley, o de Tomás Moro. Ahora, de una manera muy indirecta, el dinero del obispo serviría para cubrir el último pago de las reparaciones de su barco. Había en ello una grata justicia y le hubiese gustado que ellos lo supieran.
El 9 de mayo, día de san Gregorio —Kate siempre se acordaba porque en esa fecha la imprenta Gough imprimía en otro tiempo sus hermosos poemas del siglo IV sobre la Santísima Trinidad—, el capitán se presentó a primera hora ante la puerta de la librería. Su barco estaba listo para la inspección, y serían ellas quienes debían declararlo apto para navegar. A Kate se le cayó el alma a los pies, pero consiguió sonreír y puso a Madeline su gorro más bonito.
El sol estaba en su punto más alto y cabrilleaba en el agua cuando el coche alquilado llegó, en medio del chacoloteo del caballo sobre los adoquines, al muelle de Woolwich. El aire olía a la verde primavera y al mar, y al aroma a almendras del barco de mazapán que Madeline sostenía en sus dedos pegajosos.
—La malcriáis —había dicho Kate cuando él se lo regaló.
—Es una ocasión especial —adujo él—. El mazapán la ayudará a recordarla.
Kate casi nunca lo había visto tan entusiasmado. Está impaciente por volver a la mar —se dijo—. No pensará en nosotras ni por un instante.
En el puerto había unos cuantos barcos, algunos todavía enguirnaldados con los banderines del primero de mayo, y en uno o dos incluso se oía música de flauta; pero solo había una carabela del mismo tonelaje y con un aparejo de cruz en el palo mayor, pero ahora se veía distinta.
—Ahí lo tenéis —anunció el capitán con orgullo.
—¿Dónde? —preguntó Kate—. No lo veo…
—Ahí. —Tom señaló la carabela y se echó a reír—. El mismo barco. Un nombre nuevo.
Kate se protegió los ojos del sol para intentar distinguir el elegante rótulo en el flanco del buque. El resplandor se lo impidió.
—Os encantaba ese nombre. El mar era la única sirena a la que no os podíais resistir.
—Quizá he encontrado otro —dijo él, guiñando el ojo a Madeline mientras la ayudaba a bajar del coche. Luego ayudó a Endor y por último a Kate. El contacto de su mano era tranquilizador. Ella se sentía a salvo en su presencia. Eres una tonta, Kate. Es un hombre peligroso; raro será si no acaba sus días ahorcado. ¿Por qué habrías de sentirte a salvo con él? Retiró la mano en cuanto pisó los adoquines, pero un estremecimiento le recorrió la espalda cuando él apoyó la mano en su cintura para guiarla hacia la pasarela. Una vez que Endor y ella la hubieron cruzado y estuvieron sanas y salvas en la cubierta, que olía a brea y madera recién cortada, Tom cogió en brazos a la risueña Madeline y se reunió con ellas.
Radiante de orgullo, les enseñó los cambios.
—Un espacio más amplio y seguro para Endor, con un horno nuevo.
A Endor se le iluminó el rostro, pero Kate no compartió su entusiasmo, ya que definitivamente quedaba claro que el capitán tenía previsto que Endor zarpara con él. Y con semejante incentivo, ¿cómo iba ella a resistirse? En ese pequeño camarote incluso había un ojo de buey; pero más importante aún era el hecho de que Endor besaba el suelo que Tom Lasser pisaba. Ella no le negaría nada.
—Permitidme que os enseñe la nueva cámara del capitán.
Kate se acercó a la puerta bajo la cubierta de popa, advirtiendo que ese camarote también era más grande. Abrió con una ligera sensación de desaliento en la boca del estómago, acordándose de John, del pequeño e íntimo nido que habían encontrado allí, de que habían dormido muy juntos en la estrecha litera, como dos cucharas acopladas. Parecía que fue ayer y, sin embargo, había pasado tanto tiempo que bien podía haber sido un sueño.
La estancia era más agradable y espaciosa: la misma mesa y sobre ella, junto con el sextante y el astrolabio, un despliegue de cartas de navegación, el mismo mapa azul en la pared —del color de los ojos de Madeline—, el mismo barril de agua acoplado al mamparo, todo igual salvo por la cama, que era más amplia. La otra cama, que no era más que un banco, seguía allí, y se había añadido un tocador. Un peine y un cepillo con empuñadura de plata resplandecían sobre el chal con flecos que cubría la superficie del tocador. Kate notó que se sonrojaba. Claro. La hermosa viuda. ¿Habría elegido ella el chal? ¿Era de ella el peine con empuñadura de plata?
De la cubierta llegó el sonido de unas voces, el roce de las cuerdas y el chirrido de las poleas.
—Endor, ¿puedes llevarte a Magpie a cubierta? —Guiñó el ojo a Madeline. Era el nombre afectuoso por el que él la llamaba—. A lo mejor quiere ver a los marineros aparejar el palo mayor.
Endor asintió y cogió la mano de Madeline, indiferente al parecer al mazapán pegajoso. Las dos se marcharon alegremente.
El capitán se volvió hacia Kate, que de pronto se sintió avergonzada de quedarse sola con él en ese espacio tan íntimo. Hizo ademán de salir detrás de Madeline y Endor. Él tendió la mano y le tocó ligeramente el brazo.
—Bien, ¿qué os parece?
—Lo veo mucho mejor. Sin duda, es más espacioso y está muy bien arreglado.
—Me alegro de que deis el visto bueno. Charlotte se ha ocupado de todo.
—Ya lo suponía —dijo Kate—. Vuestra viuda tiene un gusto excelente.
Tom enarcó una ceja y le dirigió aquella sonrisa mínima y sesgada que ella había visto por primera vez a través de la ventana de la prisión de Fleet.
—¿Mi viuda? Bueno… sí, supongo que sí lo tiene. Pero no es eso lo que la convierte en una mujer tan extraordinaria.
Kate, cada vez más ruborizada, masculló:
—Estoy segura de que es extraordinaria en muchos sentidos.
—¿Qué os parece el nuevo nombre? —preguntó él, de pronto más serio.
—En realidad no lo he visto por el sol…
Tom señaló una pequeña placa encima de la puerta. El fénix.
—Ah —dijo ella—. Renacido de las cenizas. Lo nuevo salido de lo viejo. John lo habría aprobado. Siempre le gustaban las alusiones clásicas.
—Pensaba en él cuando elegí el nombre. Por eso están cargando Biblias en la bodega. Siempre habrá Biblias en la bodega. Aunque yo no soy un mártir, eso al menos sí puedo hacerlo. Pero además pensaba en otra cosa. Pensaba también en nosotros.
—¿Nosotros?
—Vos y yo y Endor y Madeline. —Se interrumpió como si aguardara su respuesta. Como ella no dio ninguna, él prosiguió—: Nosotros cuatro. Podríamos formar una familia, salida de las cenizas de nuestras cuatro vidas quemadas.
Ya no tenía la ceja enarcada ni lucía la sonrisa. ¿De qué estaba hablando? ¿Acaso se burlaba de ella? Pero Kate no advirtió burla alguna en su mirada. Él le cogió las manos y, llevándoselas a los labios, le besó primero una y luego la otra en un gesto tan galante que a ella se le cortó la respiración.
—Pero… vuestra viuda… de Lübeck. Creía…
Sus labios volvieron a esbozar aquella medio sonrisa que ella nunca sabía cómo interpretar.
—«Mi viuda», como la llamáis extrañamente, vive encima de una pequeña librería de Paternoster Row. Charlotte eligió el chal, el peine, el cepillo, el peltre bruñido del armario… para vos, Kate. A petición mía. Solo somos, como ya os dije, viejos amigos.
Kate recordó la expresión burlona en el rostro de la mujer y dudó que Charlotte describiera así la relación. Era la expresión de una mujer evaluando a una rival.
—Os pido que os caséis conmigo, Kate Frith. Os pido que me acompañéis en una maravillosa búsqueda por los mares. Tenéis el mismo afán de aventura que yo. Lo sé. Creo que os amé desde la primera vez que os vi negociar con vuestros peniques ante la cárcel de Fleet por la vida de vuestro hermano. Dios mío, erais un espectáculo digno de verse. Cuando os rescaté a los dos en Bristol… parece que ha pasado toda una vida… os observaba inclinada sobre la barandilla del barco, como la rubia Helena, con el rostro en alto ante la espuma, el cabello ondeando al viento… cómo envidiaba a John. Cuánto me costó disimular esa envidia.
Kate se dejó caer en la cama más pequeña, la cama en la que en otro tiempo ella había yacido con su marido mientras el capitán estaba sobre ellos en cubierta. ¿Qué pensaría John si oyera aquello? Le había escrito desde la cárcel sobre la amistad surgida entre el capitán Lasser y él. ¿Acaso lo había adivinado? ¿O se sentiría traicionado al oír ahora su confesión?
Tal era su emoción que notaba la piel caliente. Debía admitir que se había sentido fascinada, incluso atraída, por el apuesto y audaz capitán que se burlaba del mundo y sus más venerables instituciones. Pero sabía que, bajo ese caparazón de sarcasmo, Tom era un buen hombre. E incluso si ella se convencía de que aquello no sería traicionar la memoria de John, no podría soportar perder a otro buen hombre a manos de la justicia del rey. Eso no podía explicárselo a él.
—Hacéis una elección insensata, capitán. Yo no tengo dote —dijo ella más fríamente de lo que pretendía—. Incluso el techo que me cubre pertenece a mi hermano.
Si Tom percibió su frialdad, su semblante no lo delató.
—Tanto mejor. Así no tendremos que preocuparnos por venderlo. Bastará con tapiar la tienda y dejarla tal como la encontramos hasta que vuestro hermano la reclame. —Se sentó junto a ella, cogiéndole aún las manos. El encaje de sus puños hacía cosquillas a Kate en las muñecas—. El fénix nos llevará lejos de aquí, lejos de reyes y clérigos ávidos de poder con su feroz religiosidad. A un lugar donde los hombres deciden por sí solos lo que leer y escribir y pensar… incluso lo que creer.
Ella dejó escapar una risa amarga.
—Ese lugar no existe en el mundo —declaró—, salvo en los sueños de los hombres.
Él negó con la cabeza, apretándole aún más las manos.
—Pero podría existir. Hay tierras más allá del mar del Oeste…
Conque al final resulta que el escéptico capitán Tom Lasser es un soñador. ¿Quién lo habría dicho?, pensó Kate, y soltó una carcajada.
—¡El mar del Oeste! Me mareo cruzando el canal.
—Las provisiones de Endor ya se han cargado. Incluida una cantidad considerable de jengibre.
Era una fantasía contemplar tal posibilidad, un juego tonto, pero ella lo jugaría un rato más.
—Hay ratas en la bodega. —Se estremeció—. Creo que no soportaría las ratas durante las muchas semanas que pasaríamos en la mar.
—Si es verdad lo que dice Magpie, Chorreras es un excelente ratonero.
Tal era su seguridad en sí mismo que a Kate su sonrisa se le antojó malévola — malévola e irresistible—, dejando a la vista los dientes blancos en contraste con aquellos labios curvos. ¿Qué sentiría al notar el roce de esos labios en la piel?
De pronto ya no era un juego. La hora de la fantasía había acabado. No podía mirarlo, sino que mantenía la vista fija en el entarimado de roble blanco del suelo bien restregado y liso, como su corazón. El capitán zarparía con la siguiente marea. Para el día de san Miguel el rostro de ella se habría desdibujado en su memoria como el de John empezaba a desdibujarse en la de ella.
—Llevo viuda menos de un año —dijo—. No puedo faltar al recuerdo de mi marido llevando a otro a mi cama tan pronto. Es lo último que puedo hacer por él.
Tom acercó la mano a su barbilla y le levantó la cara con delicadeza. Sus miradas se cruzaron y ella no vio burla ni desprecio en sus ojos oscuros.
—John se ha ido, Kate. Nosotros seguimos aquí. Hacemos lo que podemos. Hoy. Sacrificando vuestra felicidad o la mía no lo recuperaréis. Sois como yo. No tenemos madera de mártires. Si nos dan a elegir, no morimos por nuestras creencias. Vivimos con nuestras creencias. Yo, a diferencia de John, no soy un santo. Soy solo un hombre. Pero los santos no son buenos maridos.
—John era un marido maravilloso —repuso Kate, crispada.
—Y ahora ya no está, y vos estáis triste. Pero pensad, Kate, que si realmente era un buen marido, como vos decís, ahora querría que fueseis feliz, no que pasaseis el resto de vuestra vida llorándolo, sola, como una monja enclaustrada en un convento. Llegué a conocerlo bien. Él amaba la vida, y os amaba a vos. Pero vos misma lo dijisteis: sencillamente amaba más a Dios. Si sois feliz, él no os habrá abandonado. Su vida habrá tenido sentido, y la vuestra también.
De pronto Kate vio el semblante serio de John, como un regalo, como lo había visto tantas veces, muy concentrado, inclinado sobre los libros, totalmente absorto y gozoso en su tarea; era la primera vez que lo evocaba nítidamente desde hacía semanas. Miró al hombre que acababa de proponerle matrimonio, su rostro también serio, serio como ella casi nunca lo había visto. Solo una vez, de hecho, cuando maniobraba para entrar en el puerto.
¿Podía una mujer guardar en su corazón el recuerdo del amor que ella había sentido por John y no verse disminuido ese recuerdo a causa de su amor por otro?
—Una búsqueda —indicó ella en un susurro.
—¿Cómo?
—Habéis dicho que emprenderíamos una búsqueda por los mares. ¿Qué vamos a buscar?
—Pues vientos propicios, mi hermosa Kate, vientos propicios y olas rojas como el vino.
Ella identificó la alusión a Homero, del libro que había comprado a un librero de Amberes hacía tanto tiempo. Con razón John se había llevado tan bien con el capitán. En muchos sentidos eran espíritus afines.
—No haré el papel de Penélope para que vos hagáis el de Ulises —dijo ella—. Nunca más permitiré que se vayan y me dejen.
Él echó la cabeza atrás y soltó una carcajada. Le tocó la mejilla.
—Buscaremos la verdad, Kate, esa por la que John murió. Y el amor. La clase de amor que vos y John teníais. El amor es el único barco que se mantiene a flote en mares embravecidos. No puedo prometeros que no haya mares embravecidos, pero sí puedo prometeros amor.
—Capitán Lasser —se oyó decir Kate entonces, incrédula—, parece que habéis vencido mis objeciones, y no me queda ninguna más. ¿Qué tengo que perder? —dijo entre lágrimas—. ¿Salvo a otro buen hombre?
Él la estrechó entre sus brazos y la besó. Después la mantuvo a un brazo de distancia y le dirigió aquella misma sonrisa burlona que ella había visto por primera vez a través de una reja de hierro en la cárcel de Fleet.
—Creedme, Kate, tomaré todas las precauciones para asegurarme de que eso no ocurra. Por el bien de ambos.
—¿Cuándo zarpáis? —preguntó ella, aún sin hacerse a la idea.
—Zarpamos, mi hermosa Kate; zarpamos mañana. Tengo un par de rutas por el Báltico para la Liga Hanseática. Conozco en Lübeck a un predicador reformista que nos casará.
—Pero mañana. Tan pronto. No hay tiempo…
Él se acercó en un par de zancadas al baúl y lo abrió. Kate, al ver el contenido, se quedó sin respiración. Estaba lleno de ropa.
—¿Charlotte?
—Con ayuda de Endor.
—Estabais muy seguro de vos, capitán.
—Vos misma lo habéis dicho. ¿Qué tenéis que perder? —Y volvió a besarla.
Al día siguiente, cuando las velas de color encina de El fénix se hincharon y abandonaron el puerto, Kate Gough Frith, que pronto se apellidaría Lasser, zarpó a bordo, acompañada de su hija Madeline, un gato llamado Chorreras, su amiga Endor y una Biblia iluminada que había heredado. Alzó el rostro hacia el sol de la mañana, depositando su fe en Dios, su esperanza en Tom Lasser y su confianza en la infusión de jengibre de Endor.