La librera y el hereje
Capítulo XIII
¡Eh, que nones, que nones!
¡Son necios aquellos que desean morir!
Bien está bailar y cantar
cuando suena el toque de difuntos.
Canción del siglo XVI, recogida en un
manuscrito de la catedral de Oxford
— aese Frith me ha pedido que me case con él —dijo Kate, esforzándose por M
mantener la compostura—, cosa que naturalmente es imposible.
Estaban en la alcoba de lady Walsh. Como la señora de la casa había tenido el tacto de no regresar al jardín y se había levantado el viento, Kate había instado a su paciente a retirarse a descansar a su pequeña habitación del desván.
—Habéis estado muy enfermo —había dicho ella, intentando apelar a la sensatez, que de pronto parecía haberse esfumado por completo—. Estáis nervioso. No es un momento adecuado en vuestra vida para andar proponiendo matrimonio a mujeres a las que apenas conocéis.
—A una. A una mujer —había dicho él, levantando un dedo—. Una mujer muy hermosa, muy deseable. Mi ángel.
Ella simplemente cabeceó apenada y, con manos trémulas, recogió los restos de su festín intacto. Pese a las protestas de él, ella le entregó la cesta del picnic y le ordenó que disfrutara de la comida en el calor de su alcoba.
Luego huyó en busca de lady Walsh, que pareció encantada con la noticia.
—¡Lo sabía! —exclamó, dando palmadas—. ¡Le dije a lord Walsh que hacíais una pareja excelente! Excelente. Pero ¿por qué es imposible? Ah, claro. —Pareció desanimarse—. Ya estás comprometida.
—No, no. No es eso. Es que…
—Pues entonces, querida, cualquier otro obstáculo puede superarse, eso sin duda. Conozco a un sacerdote en Reading que os casará sin publicar las amonestaciones… cuando sepa las circunstancias.
—Pero… pero lady Walsh, ¡John Frith es un fugitivo! Se marchará con la próxima luna llena. ¡Dentro de una semana! Yo tendría que abandonar mi casa, abandonar Inglaterra. Y él ni siquiera me conoce, en realidad no. No sabe nada de mí, de mi vida. No sabe que no tengo dote. No sabe qué va a hacer ni lo que en realidad siente. Probablemente actúa así sobre todo por gratitud. Cree que le he salvado la vida. Me llamó su «ángel de la gracia».
—¿Y eso es malo? —Lady Walsh se echó a reír y, ahuecando las dos manos en torno al rostro de Kate, la atrajo hacia sí—. ¿Y tú qué, querida? ¿Tú qué sientes?
—Esa es la cuestión. No lo sé. Siento un gran afecto por él. Un gran afecto, lo admito. Es tierno y encantador y muy inteligente. ¿Sabéis que lee en griego, latín, alemán y hebreo? Será difícil encontrar a otro como él. Pero solo lo conozco desde hace tres semanas. ¡Tres semanas!
—Una mujer nunca llega a conocer a un hombre de verdad hasta que se ha casado con él y le da hijos. Tú eres afortunada. La mayoría de las muchachas no pueden elegir. Mis hijas se casaron con hombres escogidos por su padre. La Fortuna, o Dios… no siempre sabemos distinguirlos… ha elegido por ti. ¿Qué le has contestado a maese Frith?
—Le he dicho que necesita reflexionar sobre el hecho de que ha estado muy enfermo, de que comprensiblemente se siente inseguro y temeroso, y que no le tomaré la palabra por una propuesta tan precipitada.
—Muy sensato por tu parte. ¿Y él qué ha dicho?
—Me ha dicho que no se marchará a menos que yo lo acompañe.
Lady Walsh se echó a reír.
—Pues ahí tienes, querida, su vida está en tus manos.
A la mañana siguiente, como cada mañana, Kate apartó el desayuno de su paciente de la bandeja que Tildy le había llevado. Para ocultarlo de las miradas curiosas, metió en un amplio costurero los huevos pasados por agua —los tres—, dos lonchas de tocino entreverado y dos rebanadas de pan con un tarro de mantequilla azucarada de la vaquería de Little Sodbury. Kate no había comido nada de eso, limitándose a fingir que mordisqueaba el pan mientras Tildy la observaba con expresión cauta. Después de lo que se le antojó una eternidad, la criada terminó de limpiar y se marchó. Al mirar la comida, Kate sintió un nudo en la garganta. Su estómago, al igual que su corazón, parecía haber perdido la función que le correspondía.
No había pegado ojo en toda la noche.
En su cabeza revivía una y otra vez las palabras de Frith y su beso. Pero era un disparate, se dijo. Desde luego. La locura de un joven. Un disparate impetuoso. Seguramente él ya se había arrepentido. ¿Cómo no iba a arrepentirse? En fin, ella les ahorraría a él y a sí misma el bochorno de tener que retractarse de una proposición apresurada. Se limitaría a dejar el costurero a Gilbert e informaría a lady Walsh de que se marchaba a casa. Ese mismo día.
Pero cuando llamó con delicadeza a la puerta, no fue Gilbert quien abrió.
—Os verá alguien —lo reprendió.
—Me da igual —contestó el paciente—. Mejor dicho, no me da igual, pero me preocupaba tanto haberte asustado que he olvidado la prudencia.
—Haceos a un lado, por favor, y cerrad la puerta. —Su brusco tono de voz reflejó agitación y nerviosismo.
Cuando él aceptó el costurero, Kate posó la mirada en el camastro vacío de Gilbert junto a la puerta.
—Gilbert no está. Le he pedido que se marchara.
—Puede que lo lamentéis. Veo que habéis preparado el tablero de ajedrez.
Frith desplegó una sonrisa traviesa.
—He pensado que podíamos jugárnoslo. Si yo gano, tú te casas conmigo. Si ganas tú, yo me caso contigo. Así los dos ganamos.
¿Es así como admite su disparate? ¿Un torpe intento de aliviar el bochorno presentándolo como una broma?
—Es posible que finalmente sí necesitéis la compañía de Gilbert —dijo ella—. He venido a deciros que hoy me marcho a casa.
Kate escrutó el semblante de Frith atentamente en busca de una expresión de alivio, pero él dejó el costurero en el suelo y se mesó el cabello. De pronto la miraba con total seriedad, ya sin sonreír.
—Ya veo. Es lo que me temía. Sí te asusté. No tenía que haber sido tan… brusco. Pero es que nos queda tan poco tiempo… y cuando supe que no estabas casada… — Se interrumpió, abriendo mucho los ojos como si de pronto cayera en la cuenta—. Pero hay otro, claro. ¿Cómo no iba a haberlo?
Al oír la decepción en su voz, a Kate se le cortó la respiración y por un momento deseó echarle los brazos al cuello y decirle que sí, que se casaría con él, que lo seguiría al fin del mundo, pero eso habría sido una estupidez. Kate no era estúpida. Si al menos dispusieran de más tiempo. Si al menos…
—No. No lo hay… Es solo que… es imposible. Sencillamente.
—Si no hay nadie más, ¿por qué es imposible?
Kate cerró los ojos, para no verle la cara, buscando en su cabeza las palabras adecuadas.
—Te lo prometo… seré un buen marido. No te pegaré… —Se echó a reír pero su risa se apagó enseguida—. Sí, de acuerdo, ha sido un chiste malo. —A continuación, casi en un susurro, añadió—: Puede que incluso aprendas a amarme.
Ella abrió los ojos para fijarlos en los de él, sorprendida al descubrir tal franqueza en su mirada. ¿Cómo podría no amarte una mujer que tenga corazón?, pensó.
—Veo que ahora sentís afecto por mí, maese Frith, pero temo que sea un afecto nacido de… las circunstancias. Es posible que con el tiempo os arrepintáis de vuestra decisión, considerándola precipitada y poco reflexiva. Eso yo no lo resistiría.
Él la atrajo hacia sí. Kate oyó el ruido del tablero de ajedrez al caer al suelo como si estuviese lejos, no justo al lado de ellos. Pero cuando él la besó, ella solo oyó el rumor de la sangre en sus propios oídos. Sin saber de dónde, sacó fuerzas para apartarlo. Cuando él la soltó, ella tomó aire intencionadamente y esperó a que se le acompasaran los latidos del corazón. Enrojecido, él se agachó para coger el tablero y lo colocó en la mesa; luego recogió las piezas desperdigadas y las dejó en el tablero de cualquier manera.
—No tengo dote —dijo ella.
—¡Dote! ¿Crees que me preocupa una dote? ¿Qué tengo yo que ofrecerte a ti? — Cogió sus manos entre las suyas, ejerciendo una suave presión para que no las retirara —. Solo te pido que te lo pienses, Kate. Dices que he tomado una decisión precipitada. Eres tú quien corre el peligro de tomar una decisión precipitada. No desperdicies la ocasión de que seamos felices sin meditarlo debidamente. Al menos quédate hasta que llegue el barco. Haz eso por el hombre a quien has salvado la vida.
—Yo no os he salvado la vida.
—Me has inducido a querer vivir. Eso es lo mismo.
Kate no podía pensar racionalmente, no con él tan cerca, no con él mirándola así. Retiró las manos e, inclinándose, recogió dos piezas de ajedrez perdidas. Puso el rey en su correspondiente casilla, pero él le cogió el peón, sopesándolo mientras hablaba.
—Somos algo más que peones, Kate. Tenemos libertad para tomar decisiones. Los reyes y los obispos no determinarán eternamente el destino de los hombres libres.
—Huis de la ira de un obispo, ¿no es así? ¿Y no os pisan los talones los soldados del rey? ¿Cómo no vais a ser un peón en un juego peligroso?
—Esa es mi decisión, Kate. Mi decisión es no jugar conforme a las reglas del obispo. Un hombre con espíritu libre jamás será un peón en el juego de otro hombre, sean cuales sean las consecuencias de su decisión. Mi lugar está junto a William Tyndale y tu lugar estará a mi lado, si tú así lo decides. Pero en cualquier caso la decisión será tuya.
Dejó el peón sin rostro en el tablero frente al rey con su intrincada talla. Unas palabras valientes, pensó ella. Todo el mundo sabía dónde residía el poder en una configuración así; todo el mundo, por lo visto, excepto John Frith. O era un necio, o era el hombre más valeroso e inteligente que ella había conocido jamás. Pero también su hermano había hablado así, e incluso su padre. Ahora ella lloraba por ambos. Uno había perdido la vida y el otro ese mismo espíritu libre del que también se había jactado.
—Sois un hombre excepcional, John Frith. Me habéis concedido el mayor honor de mi vida. La mujer que se case con vos será afortunada. Pero no estoy segura… de que yo tenga el valor necesario para ser esa mujer. —Y no puedo pensar racionalmente si me miráis así, se dijo—. Necesito la debida distancia para reflexionar sobre lo que habéis dicho. ¿Queréis que vaya a buscar a Gilbert?
Él negó con la cabeza.
—Si me veo privado de tu compañía, prefiero estar solo.
—Muy bien —contestó ella mientras abría la puerta lo justo para echar un vistazo al pasillo.
—¿No te irás sin despedirte, pues?
Kate sintió que le acariciaba la nuca con los dedos, alisándole un mechón de pelo que había escapado del gorro de hilo. Notó frío su contacto en la piel caliente.
—No me marcharé sin desearos suerte. Lo prometo.
—El canto de la sirena volverá dentro de cinco días según el calendario lunar — anunció lady Walsh más tarde ese mismo día mientras Kate la ayudaba a marcar las fechas en los barriles del sótano—. Debes darle una respuesta. Si lo retrasas mucho más, el tiempo tomará la decisión por ti.
—Lo sé. Lo sé. —De pronto, el sótano le pareció claustrofóbico y el aire húmedo, cargado del olor acre de las manzanas en fermentación; le produjo una sensación de mareo y ahogo—. Pero incluso si… ¿Y qué será de la tienda…? ¿Y de mi hermano? No puedo marcharme del país sin decirle a mi hermano adónde voy. No puedo abandonar la imprenta que nos dejó nuestro padre.
—Lord Walsh puede enviar a un agente para que se ocupe de la propiedad. ¿Dónde está tu hermano? Podemos mandar a un mensajero, pero quizá consideres que necesitas su permiso.
—Está en Gloucestershire, en la granja Clapham. No muy lejos de Gillingham Manor.
—Vaya, eso está en el condado de al lado, a un día de viaje de aquí si sales temprano. Aunque es posible que quieras pasar allí la noche, claro. Imagino que tenemos tiempo para eso. Ve a ver a tu hermano mañana, querida. Te quedarás más tranquila. Sé que no sería fácil exiliarse dejando asuntos pendientes. Enviaré a alguien que te acompañe.
A Kate no se le había ocurrido pensar que estaba tan cerca. ¿Qué diría John si le hablaba de Frith? ¿Le aconsejaría que se fuera? ¿O se quedaría callado con aquella mirada perdida que tenía desde que salió de la cárcel? Al menos podría verlos a él, a Mary y a Pipkin antes de irse. ¿Irse? Es absurdo, Kate. Lady Walsh ha dicho «exilio».
—Si es posible visitar a mi hermano, y no es mucha molestia, os estaría muy agradecida. Incluso si… incluso si…
—No es ninguna molestia. ¿Sabes montar a caballo?
—Me temo que no. Siempre hemos vivido en Londres. He tenido pocas oportunidades…
—No importa. Enviaré un carruaje con un cochero. Tardarás un poco más, pero será más cómodo para ti. Ahora mismo voy a pedirle a lord Walsh que lo organice.
Y sin dar tiempo a Kate de protestar, lady Walsh salió como una exhalación del sótano y subió por la escalera, dejándola allí a solas entre los toneles de roble. Marcó el último barril con tiza y luego se marchó también ella, habiéndose decidido al parecer su siguiente paso.
«Eh, que nones, que nones…», cantaba Mary Gough mientras sacaba agua del pozo. Era la primera vez que le apetecía cantar desde su llegada a la casa de sus padres. Pero era una hermosa tarde, fresca y tonificante; sentía en la cara el calor del sol, que había asomado brevemente, y Pipkin brincaba en torno a sus faldas, haciéndola reír con su monótona aportación a la melodía: «nones… nones… nones».
Las últimas semanas habían sido difíciles. Se había sentido herida en su orgullo por tener que volver en la indigencia al hogar de su infancia, llevando consigo a un marido y un niño pequeño, dependiendo de la caridad de sus padres hasta para el mismo pan que comían. Regresar a la casa de su madre, hacer las cosas a la manera de su madre, tragarse sin rechistar los consejos no solicitados de su madre siempre que Pipkin se contrariaba, tener que salir continuamente en defensa de John por una circunstancia que sus padres, buenos católicos, no podían entender en modo alguno: todo ello la había despojado de toda alegría.
Más de una vez había oído hablar entre dientes a su padre mientras masticaba una ramita roída de sauce. «Un hombre ha de ser tonto para perderlo todo así. ¿Y por qué? Solo para que unos cuantos ridículos advenedizos puedan leer la Biblia por su cuenta. Y no podrían entenderla aunque la leyesen, muy posiblemente. ¿No es para eso que se paga a los sacerdotes?» Con cara de exasperación, su madre miraba en dirección a Mary mientras esta amasaba o cosía o daba el pecho a Pipkin, quien, según su madre, debería estar ya destetado, y quizá así fuera, pero Mary sentía un gran consuelo al estrecharlo contra su seno. Dios bien sabía el poco consuelo que recibía de John de un tiempo a esa parte. Era poco el afecto que fluía entre ellos en el reducido espacio de aquella casa de cuatro habitaciones.
De hecho, John había mostrado poco interés por lo que lo rodeaba. La mayoría de los días no hacía más que quedarse mirando el fuego, como si estuviera solo en la sala, respondiendo con monosílabos cuando su padre intentaba entablar conversación con él, hasta que el viejo desistió. Pero esa tarde la pauta cambió. John se levantó del taburete junto al fuego y anunció que era necesario reabastecerse de leña antes de que el invierno se recrudeciera. Sus padres habían cruzado una mirada como para decir «por fin».
—Voy —había pedido Pipkin levantando los brazos.
—No, Pipkin —había respondido Mary, esperando que el niño no se echara a llorar—. Papá tiene que trabajar. Ven conmigo. Puedes ayudarme a sacar agua del pozo.
Así pues, John se marchó solo, llevándose un hacha y un saco vacío al hombro, y si bien no cantaba, como mínimo se advertía en su andar el aplomo de otros tiempos, un sentido de la finalidad que últimamente había perdido. Ahora Mary y Pipkin iban por su vigésima canción y su décimo cubo de agua —de aquí para allá—, acelerando el paso él con sus pequeñas piernas para no quedarse rezagado y ella con la espalda dolorida de agacharse para que el niño pudiera «ayudarla» a llevar el agua, y luego levantándolo con un brazo para que pudiera verla caer en la cisterna del agua de lluvia junto a la puerta de la cocina.
Cada vez, Pipkin chillaba y batía palmas y gritaba «flop». Cada vez que volvían al pozo, el niño tiraba de la cuerda con sus manos regordetas mientras ella subía el cubo con la polea chirriante. Mary estaba agotándose, y aún tenía que ayudar con la cena. Pero también estaba agotando a Pipkin. Quizá el niño se echara una siesta y ella disfrutara entonces de un poco de tranquilidad. Su madre contemplaría afectuosamente al nieto dormido y haría algún comentario sobre su aspecto de querubín —solo lo llamaba así cuando dormía y John volvería a casa, con un gran brazado de leña. La apilaría junto a la chimenea con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Su madre quedaría complacida. Su padre quedaría complacido. Y su marido se habría cansado lo suficiente realizando un trabajo honrado para poder dormir toda la noche de un tirón. Todos se sentarían a la mesa sin que ella, por una vez, sintiera un nudo en el estómago.
Suspiró ante esta escena de dicha doméstica imaginada que acababa de construir en su cabeza, consciente de que era solo eso y nada más.
—Creo que ya hay suficiente para la colada. Mejor será que dejemos un poco de agua a los gnomos que viven en el fondo del pozo.
Pipkin la miró con los ojos desorbitados.
—Ya te hablaré de ellos después de la cena si me prometes portarte bien y no tocar la rueca de la abuela. —Hizo hincapié en la palabra «no». Últimamente la rueca era un punto especialmente delicado.
Después del flop del último cubo vaciado en la cisterna, Mary dejó al niño en el suelo y, arqueando la espalda para relajarla, levantó la cara para sentir la brisa del atardecer, fría, ahora que el sol estaba tan bajo. Se quitó el chal, envolvió al niño con él y lo acercó a sus piernas, disfrutando del calor de aquel cuerpo pequeño y duro que se revolvía contra ella. Unos cirros, arracimados en el cielo más allá de los montes, resplandecían ya con la inminencia de la puesta de sol. Le habría gustado quedarse allí para verlos adquirir una coloración rosada y malva y dorada, pero tenía tareas pendientes.
John llegaría de un momento a otro. Seguramente había ido a la alameda al otro lado del prado. Dirigió la mirada hacia el camino por si aparecía, pero solo vio un coche tirado por cuatro caballos. Allí, tan lejos del camino principal, el tráfico era escaso, así que le sorprendió ver el distinguido carruaje, con una divisa que no reconoció, y se sorprendió aún más cuando de pronto el cochero vestido con una elegante librea se detuvo delante de la granja. Las gallinas que se hallaban junto a la entrada dejaron de picotear y, cacareando en señal de protesta, huyeron revoloteando en medio de una nube de plumas y polvo. Mary agarró a su hijo del brazo mientras, con la otra mano, se protegía los ojos del sol enorme para ver mejor a los visitantes. Tal vez pudiera escabullirse por la puerta de la cocina y llegar al dormitorio que compartía su pequeña familia antes de que la vieran. Dio unos pasos en esa dirección, manteniendo aún a Pipkin bien cogido de la mano.
En ese momento oyó que alguien la llamaba por su nombre. Se volvió. Aún deslumbrada por el sol, Mary vio la curiosidad en la mirada inteligente de su cuñada cuando esta bajó del coche con toda la gracia de una dama nacida en una casa señorial.
De repente las ruidosas gallinas, el sendero embarrado que llevaba a la entrada de la casa, los bueyes en el campo arado y las ovejas apiñadas en el corral junto al ruinoso establo se mostraron en toda su miseria. Qué sórdido debía de parecer aquello a quien lo viese por primera vez. Pero esa era Kate, se recordó. No había por qué avergonzarse. Al fin y al cabo, los padres de Mary gozaban de una posición acomodada en comparación con los campesinos. Pero Kate siempre había vivido en la ciudad. Uno se acostumbraba a su propia clase de pobreza y tendía a no verla.
Debía salir corriendo a saludarla, pensó, debía dar la bienvenida a la hermana de John en su llegada a la granja Clapham, pero se quedó clavada al suelo, lamentando no haberse cambiado el delantal y no haber puesto un calzón limpio a Pipkin. Pero Pipkin decidió por ella. Soltándose, salió disparado y se abalanzó hacia Kate. Una risa entrañable y familiar resonó cuando Kate cogió a su sobrino en brazos.
—¡Pipkin, temía que te hubieras olvidado de mí!
Cuando Mary vio la amplia sonrisa de Kate y oyó su voz, una sensación de calor se propagó por su alma. Sin embargo, al correr hacia su cuñada para saludarla, advirtió que no llevaba equipaje.
Y eso fue un alivio. Aquella casa no soportaría más tensión en su fino tejido de paz doméstica.
—¿Dónde está John? —preguntó Kate después de entrar en la casa, después de conocer a los padres de Mary, después de beber el vaso de suero de leche frío que le ofreció la madre de Mary a modo de refrigerio, cuando estaban ya a solas en el pequeño dormitorio. Mary se hallaba sentada con Pipkin en la mecedora que su padre había hecho, y Kate, en el borde de la cama.
—No debería tardar —contestó Mary—. Ha ido a cortar leña. Seguramente se lo ha tomado con calma. A él esto se le hace muy cuesta arriba, estar aquí encerrado todo el día con mis padres, y más ahora que ha llegado el frío.
—Pero las cosas van bien, ¿no? Tienes buen aspecto. A Pipkin se lo ve contento. —Pero Kate había reparado en ciertos detalles, como lo reducida que era la vivienda y su apariencia gris y triste. Incluso las ovejas que pastaban en el pequeño cercado parecían más solitarias que apacibles. Era difícil imaginar allí a su hermano. Pero Kate procuró ocultar la inquietud en su voz cuando preguntó—: ¿John está mejor?
Mary desvió la mirada, dirigiéndola hacia la ventana, donde la luz crepuscular teñía el cielo de un intenso color violeta, y contestó:
—Estamos bien. Esto a Pipkin le encanta. Le gustan las ovejas. Las llama «beebee». —Dio una palmada al niño sentado en su regazo quien, tras el saludo inicial, ahora se mostraba tímido ante Kate, como si su presencia allí lo desconcertara. Se acurrucó y hundió la cabeza en el pecho de su madre, negándose a mirar a Kate, hasta que por fin se durmió—. Y John está… —Se interrumpió al oír la voz de John en la habitación contigua y a su madre, que los llamaba a cenar—. Bueno, ahora lo verás con tus propios ojos. —Tendió la mano y tocó la manga de Kate con actitud suplicante—. Por favor, Kate, no menciones nada sobre… ya sabes… mis padres no lo entienden, y John justo ahora empieza a…
—Maaary. —El tono de su madre era insistente.
Alzando la mirada con cara de frustración, Mary dejó al niño dormido en la cama. Kate sintió que se le encogía el corazón un poco al darse cuenta de lo mucho que lo había echado de menos. Y si se marchaba con John Frith, quizá nunca más lo viera. Quizá nunca vería a ninguno de ellos. Rozó con los labios la frente del niño y siguió a Mary al amplio espacio que hacía las veces de lugar de reunión y comedor.
John apilaba la leña junto a la chimenea. Kate pronunció su nombre.
Él se irguió y la miró. Seguía sosteniendo un leño con la mano izquierda. Con la derecha se echó atrás el cabello rubio —más largo y ralo de lo que ella recordaba—, un gesto que solía hacer cuando se sentía confuso. Ella tuvo que contener las lágrimas al ver sus marcadas patas de gallo y las arrugas de preocupación en su frente, cruzándose con la cicatriz sobre la sien derecha. ¿Cómo podía envejecer un hombre tanto en tan poco tiempo? Kate desplegó los labios en una sonrisa. No quería que él advirtiese su compasión.
—¿Kate? —saludó él con tono de asombro, como si, al igual que Pipkin, considerara fuera de lugar su presencia en ese entorno. Por un momento Kate se sintió de nuevo junto a la prisión de Fleet. Al recordarlo, la asaltó un vértigo de desesperación. Al lado de aquello, la granja era el paraíso.
—Hola, John.
—¡Kate! —El leño cayó con un golpe sordo en la chimenea cuando él salvó la distancia entre los dos de un solo paso. La abrazó con una fuerza que sorprendió y complació a Kate—. Nos tenías preocupados, allí sola en Londres. ¿Estás bien? —Y a continuación, manteniéndola a un brazo de distancia, añadió sin aguardar respuesta —: Desde luego se te ve bien. Me han dicho que teníamos visita. He visto el coche y he pensado que sería algún señorón cuyo caballo había perdido la herradura o algo así. ¿Cómo has…?
—Me lo ha prestado una amiga. Solo para esta visita.
—¿Una amiga de la nobleza? Y yo que estaba tan preocupado pensando en cómo se las arreglaría mi hermanita.
El ligero tono burlón de su voz recordó a Kate al hermano que ella conocía antes de torcerse las cosas.
—Cenemos antes de que se enfríe la comida —ordenó la madre de Mary, sirviendo en los platos cucharones de algo que olía a salvia y cebolla—. Padre, ve a buscar la silla de nuestro dormitorio para la invitada.
El anciano, servicialmente, dejó la ramita de sauce que masticaba.
—¿Dónde está Pip? —preguntó John.
—Duerme, y tú reza para que siga así y nos deje cenar en paz —dijo Mary en un susurro a la vez que tomaba asiento.
—Aquí tenéis, señorita.
El padre de Mary se colocó detrás de la silla que había acercado y esperó a que ella se sentara como si fuera la reina y no la hermana del hombre a quien parecía apenas tolerar. Era asombroso el poder que tenía la divisa de un noble, pensó Kate.
—Muchas gracias, pero no quiero abusar de vuestra hospitalidad. Seguramente el cochero estará impaciente…
—Hay comida de sobra también para el cochero —la interrumpió la madre de Mary y llenó un plato de aquel guiso humeante y añadió una gran rebanada de pan crujiente a un lado. Se lo entregó a John para que se lo llevara al cochero—. Y ahora sentémonos todos y comamos.
Kate tomó asiento. Era difícil resistirse a la madre de Mary, y Kate debía admitir que el estofado de conejo y verduras tenía un olor delicioso.
John no tardó en volver.
—No te preocupes por el cochero, Kate. Le he llevado una manta para los hombros y le he dicho dónde podía dar de comer y beber a los caballos. Ya está servido durante un rato.
—¡Durante un rato! —La madre de Mary enarcó las cejas en un gesto de indignación—. No pensaréis volver esta noche, ¿verdad? Con tantos bandoleros como rondan por ahí. También se han visto lobos por los alrededores. Podéis compartir la cama con Mary, y John puede prepararse un camastro junto a la chimenea.
—Sí, por favor, Kate. Sería una crueldad por tu parte marcharte y no darnos oportunidad de charlar —dijo Mary—. Mi madre tiene razón. El cochero puede acomodarse en la buhardilla del establo con el mozo de cuadra. Seguro que lo prefiere a correr riesgos en los caminos de noche. Y vuestra amiga posiblemente prefiere que su coche y sus caballos tampoco se expongan a ningún peligro.
—Esto está delicioso, señora Clapham —comentó Kate para cambiar de tema.
John dejó el cuchillo y la miró con severidad.
—El cochero debería volver sin ti. Londres no es lugar para una mujer sola, y menos una mujer cuyo hermano fue arrestado por sus tendencias luteranas…
—Queremos que nos hables de tu amiga. ¿Verdad, John? —interrumpió Mary.
Kate lo entendió. Mary no solo deseaba eludir las conversaciones sobre asuntos religiosos. Mary no la quería allí permanentemente, a pesar de que ya desde muy al principio, cuando John la llevó por primera vez a la pequeña librería de Paternoster Row, se habían llevado bien.
Él la había conocido en Reading en una feria y a partir de entonces no hizo más que hablar de su dulce voz y sus amables modales. John había ido allí a vender libros y comprar material, y su puesto estaba junto al de un vendedor de canciones donde Mary y su madre se habían detenido a comprar un pliego. Desconociendo tanto el título de la canción que quería como la letra completa, Mary había cantado unos pocos versos al vendedor. Desde ese mismo momento John quedó hechizado.
—Mi hija no se casará a los quince años —había dicho su madre. Aun así, debieron de pensar que John era un partido aceptable, porque los dos veranos siguientes permitieron a su hija realizar largas visitas a su tía, que regentaba una posada en Reading.
John encontró numerosas excusas para viajar a Reading y, al final del segundo año, llevó a Mary a su casa como esposa. Kate y ella congeniaron como hermanas, aunque Kate intuyó que dos mujeres en una misma casa eran demasiadas. Se ofreció a trasladarse al pequeño almacén situado encima de la tienda.
Y si dos mujeres era una cifra que debía evitarse, con tres la convivencia sería imposible, pensó mientras la señora Clapham se acercaba para servirle. Kate negó con la cabeza para indicar que no quería repetir. Decidió ayudar a Mary en su táctica de distracción.
—El coche es de lord y lady Walsh, de Little Sodbury. Me lo han prestado para venir aquí de visita.
John enarcó las cejas.
—¿Lord Walsh de Little Sodbury? ¿El que se dedica a la importación de…?
—El mismo —interrumpió Kate lanzando una mirada a Mary. Kate notó que se le tensaban los hombros a la vez que los de Mary—. Fui a recibir el envío que tú no pudiste recoger.
—Dios mío, Kate, ¿eres consciente de…?
—No echemos a perder esta excelente cena con una discusión —atajó Kate—. Además, tengo una buena noticia, John. Al menos espero que a ti te parezca buena. Voy a casarme. La semana que viene a estas horas seré la esposa de John Frith.
¿Habían salido de verdad esas palabras de su boca?
—¡A casarte! —Mary se levantó de un salto y abrazó a su cuñada, casi volcando una jarra de leche—. ¡Kate, qué maravilla! ¿Y quién es? ¿Cuándo?
—Me temo que ha sido todo muy repentino. John… —Qué extraño le resultaba llamarlo por su nombre de pila con tal familiaridad, cuando siempre había pensado en él como maese Frith—. John parte hacia el continente dentro de una semana y me ha pedido que lo acompañe.
—Pero ¿a qué vienen tantas prisas? —A Mary se le ensombreció el rostro por un momento, y luego bajó la voz como si divulgara un secreto vergonzoso—. ¿No estarás…?
—No, Mary, no. John Frith es…
—Ya sé quién es —replicó su hermano con voz inexpresiva, empujando un trozo de carne hacia la cuchara con el cuchillo—. Era toda una promesa en Oxford. Nos hablaba de él a menudo nuestro proveedor, Thomas Garrett. ¿Lo recuerdas, Kate? ¿Aquel que detuvieron a la vez que a mí? —No pareció advertir la ceñuda expresión en el rostro de su suegro, o tal vez sí, y precisamente por eso lo dijo, ya que sin duda sabía que Kate recordaba a Thomas Garrett—. Frith es un traductor de la Biblia, como William Tyndale, y amigo de Tyndale. Seguramente va a reunirse con él. O eso o es un fugitivo.
A la señora Clapham se le cortó la respiración y, sorprendida, los miró con los ojos desorbitados.
Llegó un llanto desde el dormitorio.
—Vaya, es Pipkin —exclamó Mary con perceptible alivio—. No se callará hasta que consiga lo que quiere. Y yo soy la única que puede dárselo.
—Yo ayudaré a recoger —dijo Kate.
—Ni hablar. Nada de eso. Sois una invitada. Id a sentaros junto al fuego y hablad con vuestro hermano. A saber cuándo volveréis a verlo. —La señora Clapham dirigió un elocuente gesto a su marido—. El señor me ayudará.
El «señor» se mostró un poco sorprendido pero enseguida se recuperó y masculló:
—Exacto.
Cogió un plato sucio y lo miró con cara de perplejidad antes de volver a dejarlo en la mesa.
John se levantó y, agachando la cabeza para esquivar la viga de baja altura que en cierto modo separaba las zonas de comedor y descanso, indicó a Kate que ocupara la silla de madera de sauce alabeada más cercana a la chimenea. Él tomó asiento junto al fuego, ante un jamón ahumado colgado en el rincón del hogar, y esquivó una sarta trenzada de cebollas y manojos de hierbas secas al echar otro leño. Las llamas lo absorbieron ávidamente.
—Así que eres el guardián de la llama —comentó Kate, intentando alejar la conversación de aguas peligrosas.
—Y no mucho más —contestó él.
Kate percibía los cuchicheos de la señora Clapham y algún que otro gruñido del «señor».
John y ella hablaron de trivialidades: el tiempo que hacía cuando se marchó de Londres, lo hermosa que estaba la campiña. «Bucólica» fue la palabra que empleó; «solitaria» habría sido una palabra más exacta, pensó.
—Vendí la Biblia de Wycliffe a Humphrey Monmouth —dijo cuando ya no se oían murmullos en la cocina y se había apagado el farol, después de irse a la cama discretamente sus anfitriones.
—¿Cuánto sacaste?
—Diez libras.
—¡Diez libras! Bendito sea Humphrey Monmouth. Me alegro de no haberla quemado.
—Gasté parte en comida —explicó ella—, pero iba a emplear el resto en la compra de material para mantener la tienda abierta. Supongo que ahora lo usaré como dote, si tú no tienes inconveniente, claro está.
—Tilín, tilín, eres mi chiquitín —entonó Mary con su dulce voz de soprano.
La leña se desplazó en la chimenea. Kate aguardó a que él contestara. John volvió a avivar el fuego, y se elevó una lluvia de chispas.
—¿Tengo tu permiso, pues?
—Y si dijera que no, ¿qué pasaría? Es una vida peligrosa la que has elegido, Kate, ligar tu destino a un hombre así. Pero no más, supongo, que intentar ganarte la vida tú sola con el contrabando.
—¿Y esta es, pues, la vida que tú has elegido? Después de meses de vida rural, te das por satisfecho con permanecer enterrado en este rincón perdido, todos aquí apiñados como encurtidos en un tarro. —Cuando podrías estar haciendo tantas cosas por la causa que llevó a tu padre a la muerte… pensó, pero esto se lo calló. ¿Qué derecho tenía ella a poner en duda la decisión de su hermano?
—¿Satisfecho? Si el alma de un hombre no está satisfecha, en realidad da igual dónde viva. El padre de Mary nos ha prometido un trozo de tierra. Hay una excelente alameda a un trecho de aquí por el camino. Cuando llegue la primavera, debería tener ya madera suficiente para las vigas del tejado y la estructura. Las cosas irán mejor cuando dispongamos de nuestra propia casa.
—¿Planeas dedicarte a la agricultura, pues?
Él dejó escapar una especie de risa.
—Qué va. No soy granjero. Pero en la zona hay un número considerable de campesinos analfabetos. Soy un escribano aceptable. Nos las apañaremos con eso y con lo que podamos sacar de la granja.
—Me alegro por ti, John. De verdad —dijo ella, pensando que se conformaba con muy poco.
El fuego empezaba a apagarse. No llegaba el menor sonido de la habitación de Mary. Probablemente Pipkin se había dormido, hecho un ovillo en la cuna demasiado pequeña junto a la cama o acurrucado contra el cuerpo cálido de su madre, esperando a que su padre se reuniera con ellos. La escena formó una adorable imagen en la imaginación de Kate. Quizá en realidad John no se conformaba con poco, pensó, de pronto extenuada y un poco asustada. ¿Cómo sabía ella lo que le esperaba en el continente? Apenas conocía a John Frith. Aquí al menos había una casa y un fuego caliente. Aquí había amor e intimidad. Pero no podía pensar en eso ahora. Lo único que deseaba era abandonarse al sueño.
—¿Seguro que dormirás bien aquí? —preguntó Kate.
—Estaré bien. —John señaló una manta y una almohada en el rincón—. De todos modos, duermo aquí casi todas las noches, si es que a eso puede llamarse dormir. No quiero molestar a Mary con mi agitación.
—¿Y por qué estás tan agitado? —Pero ella ya lo sabía.
—No es lo que tú crees —respondió él con repentina vehemencia—. Hice lo correcto negando todo lazo con el luteranismo. El apóstol san Pedro negó una vez a Nuestro Señor. Tres veces. Y tres veces lo perdonó Jesucristo. «Alimenta a mi rebaño, Pedro», le dijo. —Se miró las manos—. Estoy intentando averiguar cómo puedo «alimentar el rebaño».
—No pienses que te juzgo por tu decisión, John. ¿Qué derecho tengo? Cuando pienso en lo que has sacrificado por los dos que ahora duermen en esa habitación. Lo que pasa es que siempre has sido mi héroe.
—Por lo que se ve has encontrado un nuevo héroe —dijo él sombríamente—. Y ruego por que John Frith nunca tenga que hacer frente a esa misma decisión.
Kate abrió la boca para hablar pero en realidad no supo qué decir. Él se levantó.
—Iré a ver al cochero para asegurarme de que no tiene frío y está bien resguardado de la lluvia en el establo —anunció.
Al ver que su hermano no regresaba, Kate pasó de puntillas ante el fuego para entrar en la habitación contigua, se desvistió quedándose en enaguas y se acostó al lado de su cuñada. Permaneció despierta largo rato escuchando la rítmica respiración de Mary, atenta a los ruidos que indicasen el regreso de su hermano. Finalmente se adormeció intentando evocar la cálida sonrisa de John Frith para ahuyentar sus temores.