La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 40 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XXXIX

 

Yo, Frith, así pienso, y lo que pienso, lo he dicho, lo he escrito, lo he profesado y afirmado, y en mis libros aparece publicado.

Declaración de John Frith, firmada de su puño y letra en su juicio

del 20 de junio de 1533

 

John Frith parpadeó cuando lo sacaron al sol. La intensa luz le hirió los ojos, pero prefirió no cerrarlos, no quiso perderse aquellos azules y verdes tan vivos. Un arbusto de aulaga pequeño y raído se afanaba por florecer en el patio de la torre de Beauchamp. Era de una belleza exquisita. No pudo resistir la tentación de tocarlo.

—¿Queréis que le pongamos grilletes?

Los dos hombres con armas al cinto que habían ido a buscarlo cruzaron una mirada.

—Creo que no —dijo uno con marcado acento galés.

—Parece un hombre sensato —añadió el otro, que no vestía librea, sino la indumentaria de un gentilhombre.

El ayudante del alguacil se encogió de hombros e indicó al guardia de la puerta que abriera la verja que daba a la escalera del río, donde un barquero aguardaba para transportarlos a la otra orilla del Támesis. Cuando abandonaron el bote, John miró alrededor en busca del carromato de la prisión que, según preveía, estaría allí esperándolos.

—Iremos a pie a partir de aquí —informó el custodio galés—, pero no os preocupéis. Tenemos tiempo de sobra. Podemos descansar siempre que queráis.

—Agradezco la oportunidad de caminar —dijo John—. Mis piernas necesitan ejercicio.

Avanzó en silencio entre sus acompañantes, y como era el más joven de los tres —pese a la falta de ejercicio, a menos que se considerara como tal pasearse por la celda—, le era fácil mantener el paso. Sus guardias no le prestaron ninguna atención durante la mayor parte del camino, dedicándose a hablar de los asuntos administrativos de Croydon. Pero lo trataban con una cortesía poco común. El galés, quien, como supo John, estaba al servicio del arzobispo Cranmer, incluso llevaba un trozo de pan y queso en el morral, que compartió con John. El gentilhombre rehusó el ofrecimiento; John, en cambio, hacía tiempo que no probaba el pan recién hecho y lo devoró agradecido.

Cuando llevaban caminando unas cuantas millas —quizá cinco, calculó John, porque las sombras ya se habían alargado—, se acercaron a una encrucijada solitaria. El camino hacia la izquierda era poco más que un sendero escabroso. El galés lo señaló con la cabeza. En la tenue claridad de última hora de la tarde, el bosque se veía oscuro y amenazador. Eso debe de ser el bosque de Brixton, pensó John, tal como Cromwell había dicho. ¿Esperaban que él se echara a correr hacia allí?

El gentilhombre le dirigió la palabra abiertamente por primera vez.

—Aquí es donde nos separamos, maese Frith. Que Dios os acompañe. Si podéis eludir a los lobos, es posible que lo consigáis.

—Los lobos más feroces están en Londres —dijo John—. Uno ocupa la sede episcopal y el otro se esconde en su madriguera de Chelsea. En comparación con ellos, este bosque parece acogedor.

El galés, que había sido un acompañante más que cordial, tenía ahora una expresión seria.

—Bien dicho. Os concederemos un par de horas antes de ir a Croydon. Les diremos que salisteis corriendo hacia el oeste, que probablemente estaréis en Wandsworth ya bien entrada la noche. —A continuación sonrió—. Os hemos perseguido, pero sois un hombre de pies ligeros.

John sintió que se le humedecían los ojos. Cuánta caridad. Cuánta generosidad. Con una acción así, ellos mismos se ponían en peligro.

—¿Qué dirá el tribunal eclesiástico cuando os presentéis con las manos vacías?

—El arzobispo saldrá en nuestra defensa. Nos ofrecimos voluntarios para esta misión. —El galés abrió el morral donde antes llevaba el pan y el queso y sacó un pequeño Nuevo Testamento de Tyndale—. Dadle las gracias a vuestro amigo si lo conseguís.

John bajó la mirada hacia el pequeño libro del tamaño de un bolsillo. Un sentimiento de honda satisfacción se apoderó de él.

—Os doy las gracias, señores —dijo—. Dios sabe lo agradecido que os estoy, y que Dios os bendiga por vuestro valor y firmeza. —Se interrumpió y respiró hondo, deleitándose con el olor a musgo y tierra del aire después del hedor a humedad de la Torre—. Pero no me voy.

—¿Cómo que no os vais? ¿Estáis loco?

—Soy un hombre honrado. ¿Por qué no habría de quedarme y defender aquello en lo que creo, aquello que he escrito? Si hay justicia…

—¡Justicia! No puede esperarse justicia del tribunal al que vais a enfrentaros. — En su frustración, el galés levantó la voz—. Tendréis las mismas opciones que una bola de nieve en el infierno.

Un leve ruido en el suelo captó la atención de John. Los dos hombres se llevaron las manos a las empuñaduras de sus espadas. Una ardilla espantada trepó rápidamente a un árbol.

—Habéis estado fuera un tiempo, y quizá no sepáis lo que ha estado ocurriendo aquí —comentó el gentilhombre con voz serena, la voz de la razón—. Aquí en Inglaterra os atan a un poste y os prenden fuego por decir las cosas que vos decís.

—Estoy preparado para eso. Me pondré en manos de Dios.

En ese momento John se paró a pensar si no serían aquellos dos hombres las manos que Dios usaba, si no los habría enviado con ese fin. Pero si se permitía creer eso, ¿cómo llegaría a saber con certeza si no era una tentación del diablo?

El galés se dejó caer en un tocón cercano, cabeceando aún con un gesto de incredulidad.

—Sentémonos aquí un momento, y os lo pensáis.

—No pienso en otra cosa desde hace una semana, creedme. Nada deseo tanto como vivir. Tengo esposa… —No. No podía pensar en Kate, o le flaquearía el valor.

Sus custodios no hicieron el menor ademán de reanudar el viaje.

—Si no deseáis acompañarme, buenos señores, encontraré yo mismo el camino al palacio de Croydon, donde me entregaré al arzobispo.

Solo entonces el galés se levantó y se puso en marcha. En el último tramo del viaje, caminaron en fila de a uno, John en retaguardia, unos pasos por detrás.

 

Kate pasó la primera noche en Londres en su pequeña cama encima de la imprenta. He cerrado un círculo, se dijo, pensando en cómo había cambiado su vida en los últimos cinco años, y sin embargo en realidad no había cambiado nada. Permanecía en vela como antes, agitándose y dando vueltas, llena de temor por un hombre llamado John.

El capitán había entrado por la misma ventana tapiada que John había abierto con una palanca y había quitado el cerrojo a la puerta para franquearle el paso a ella. Kate entró en la pequeña librería de Paternoster Row y fue como si nunca se hubiera marchado de allí, salvo por la gruesa capa de polvo que lo cubría todo. El ya conocido peso del miedo y la soledad cayó sobre ella como si durante todo ese tiempo hubiese estado suspendido allí, en el aire, aguardando su regreso. Había cogido la escoba y empezado a quitar las telarañas del rincón, advirtiendo las pisadas en el polvo debajo de la ventana allí donde las huellas de mayor tamaño del capitán habían desdibujado las de John.

—Por favor, permitidme —dijo el capitán, y alargó el brazo hacia la escoba—. Vos sentaos. Ya me ocuparé yo.

—¿Cuándo lo veré? —preguntó ella.

—Mañana —contestó él—. Os llevaré junto a él mañana. Esta noche ya es demasiado tarde. Estará de servicio el ayudante del alguacil. He descubierto que el hombre razonable es el alguacil Kingston. Sobre todo si uno le muestra una corona de oro en atención a lo razonable que es.

—Nunca podré pagaros… nada de lo que habéis hecho. Habéis sido muy bueno con nosotros.

—Ya se me ocurrirá la manera de resarcirme —contestó él. Pero la sonrisa que se obligó a esbozar fue una mala imitación de la sonrisa burlona que solía exhibir.

Después de limpiar las telarañas, se marchó a buscar comida. Kate abrió su pequeño baúl y colgó la ropa en el armario. Cuando Tom regresó con Endor cargada de ofrendas de su pequeño horno, ella intentó comer para complacerlo —él parecía concederle mucha importancia a eso y era lo mínimo que ella podía hacer—, pero la comida no le sabía a nada, y le costaba tragar por el miedo que atenazaba su garganta. Estaba agotada. El menor movimiento le representaba un gran esfuerzo. No había pegado ojo desde que supo que el juicio de John era inminente.

Cinco años. Y allí estaba otra vez, sola en su estrecha cama en lo alto de la escalera. Cerró los ojos y permaneció despierta, escuchando los sonidos nocturnos que entraban por la ventana abierta del desván. Él está muy cerca, pensó. ¿Por qué no siento su presencia? Y se preguntó si yacía despierto pensando en ella. Pero tampoco ahora lloró. Ni concilió el sueño.

 

Cuando a la mañana siguiente Tom Lasser llamó a la puerta de la librería, una parte de él deseaba no haber conocido nunca a Kate Frith, deseaba poder subir a bordo de su barco y alejarse sin más, y quizá pudiera hacerlo un día no muy lejano. Dejar todo eso atrás. Pero ese no era el día.

Endor le abrió la puerta. Kate lo miró con ojos suplicantes, rogándole alguna buena noticia cuando él no tenía ninguna que darle.

—No podéis verlo hoy —anunció.

Ella se quedó inmóvil junto a la ventana, erguida y rígida. Despeinada, el pelo le caía en una maraña por la espalda y ante la cara; unas marcadas ojeras oscurecían sus párpados.

—¿Por qué no?

¿Cuánto tiempo habría estado ella observando junto a la ventana, esperándolo?

—Porque lo han trasladado. Me temo que vamos a tener que cambiar de plan.

—¿Adónde ha ido? ¿Se lo han llevado para juzgarlo?

Oyendo aquella voz entrecortada, Tom deseó echar a correr. No tenía sentido prolongar la agonía. Debía decírselo.

—Por favor…

—Ya lo han procesado, Kate. Él… firmó una confesión de sus creencias.

—No… Dios mío, te lo ruego. ¿Cómo lo sabéis?

—He ido a la Torre, y me han dicho que lo trasladaron al palacio de Croydon, así que he ido allí de inmediato. El juicio ya había terminado. Ya se lo habían llevado.

Ella se apoyó en él para no caerse. Él la rodeó con el brazo, percibiendo el temblor de sus hombros, y la guio hacia el banco de madera situado junto al escaparate de la tienda. El temblor cesó y dio paso a una rigidez extrema.

—Pero ¿no había un plan de fuga? —Su voz era apenas un susurro—. Dijisteis…

—Se negó, Kate. —Tom no podía mirarla a la cara—. John decidió finalmente seguir el camino del martirio, el pobre iluso. Es imposible ayudar a un hombre que no se deja ayudar.

Según le había explicado a Tom el obispo Gardiner, después de la declaración de Frith, el arzobispo Cranmer no había tenido más opción que dejar al prisionero en manos del juez ordinario correspondiente, y como lo habían arrestado en Southend, en las afueras de Londres, el obispo Stokesley era su juez ordinario. Pero Tom tenía que decirle algo tranquilizador, darle una mínima esperanza a la que aferrarse, pese a que apenas quedaba ninguna.

—Aún no se ha perdido todo. Sigue vivo. Averiguaré adónde lo han llevado. Le darán un par de semanas. Preferirían tener su firma en una declaración de arrepentimiento. —Aunque dudaba que eso fuera verdad. Aquellos hombres estaban obsesionados con la hoguera—. ¿Estaréis bien aquí?

Ella asintió, enmudecida. Desde su marcha de Amberes, se había adueñado de ella esa calma antinatural, profunda, que en cierto modo era peor que el llanto. Era como si su voluntad fuese una presa tras la cual se acumulaba la presión. Qué daños estaban produciéndose detrás de esa pared, él no podía más que imaginarlo. Había visto enloquecer a personas por mucho menos. Pero no sabía cómo ayudarla salvo devolviéndole a su marido.

—Puede que tarde un día o dos. Endor se quedará con vos. Os traerá lo que necesitéis, pero quedaos aquí. —Como ella no respondió, él repitió—: Quedaos aquí. Es importante. No conviene que caigáis en manos de los enemigos de John. Eso no os ayudaría a ninguno de los dos. ¿Me habéis oído?

—Os he oído —contestó ella con voz apagada.

No se lo había prometido, pero él tampoco podía encerrarla. Probablemente estaría a salvo. Al fin y al cabo, Moro y Stokesley tenían ya lo que querían.

 

Cuando John despertó, pensó por un momento que volvía a estar en el sótano del pescado. Pero la cárcel de Newgate era peor que el sótano del pescado. Allí tenía compañía y libertad de movimiento y esperanza. Aquí estaba solo y aherrojado a la pared por el cuello. Y no tenía esperanza. ¿Cómo podía vivir un hombre sin esperanza? «Tu esperanza está en Jesucristo. Ruega a tu Padre en nombre de él y él aliviará tu dolor o lo acortará.» Eso decía Tyndale en su última carta. Y eso intentó hacer John, aunque no podía arrodillarse, ni inclinar siquiera la cabeza, inmovilizado como estaba junto a la pared. ¿Podía Dios oír las plegarias de un hombre dirigidas desde ese lugar infernal que originaba tantas plegarias, de tantas almas, todas clamando a Dios? Sus plegarias no pronunciadas, un revuelo de desesperación, se mezclaban con su dolor y se arremolinaban en su cabeza.

Lo habían llevado allí después del juicio. Stokesley se había mofado de su herejía, tentándolo con el rescate si se retractaba. Tomás Moro también había estado presente, riéndose, regodeándose de su resistencia. «Tengo entendido que habéis tomado esposa, maese Frith, como todos los herejes que han desertado de la Iglesia. ¿Es hermosa? ¿Estará en Smithfield para veros arder por herejía, o la habéis dejado en Amberes? ¿O quizá en Holanda? ¿Está con Tyndale, tal vez? Decidnos dónde está el hereje Tyndale y podréis volver con ella.»

Pero con sus burlas no habían hecho más que afianzar su determinación. Y lo extraño era que obtenían un perverso placer en aquello, como si en realidad no quisieran que se retractase. John veía la excitación en sus rostros, y casi los compadecía por esa diabólica obsesión. Sus almas peligraban más que la suya. Tal vez su cuerpo ardiera, pero las almas de ellos se consumían en el fuego del odio.

Los juegos mentales con los que había liberado su espíritu del sótano del pescado y de la Torre ya no surtían efecto. Era incapaz de recitar su poesía griega; el dolor había ganado la batalla a la mente, pero rezó para que Dios le diera fuerzas y protegiera a la esposa que había dejado atrás. Imploró también alguna señal que confirmara que a Dios le complacía su decisión.

Pero ninguna voz habló desde el cielo. Las puertas de la prisión de Newgate no se abrieron de par en par.

Al cabo de un rato se durmió profundamente, sin soñar. Lo tomó como señal, porque cuando despertó sintió mayor paz de espíritu. Kate y Tyndale, e incluso sus libros, le parecían muy lejanos, casi como si formaran parte de la vida de otro hombre. John Frith ya no tenía esposa, ni amigos, ni futuro. Se había resignado y su alma estaba preparada para la muerte. Lo único que le quedaba por sufrir era el desprendimiento final de este mundo, un momento doloroso, desgarrador, lancinante. Rogó que terminara pronto.

 

«Levántate, Kate. Todo depende de ti. Debes encontrarlo antes de que sea demasiado tarde.» Kate pugnó por salir de su sopor. «Levántate y ve en busca de John.» Pero no tenía fuerzas. John debía de estar a punto de volver de Frankfurt. Él sabría qué hacer. Las estanterías estaban casi vacías. ¡Pero claro que estaban vacías! John había quemado todos los libros. John no estaba en Frankfurt, y tenía que encontrarlo. ¿Qué diría a Mary? Pero Mary no estaba allí. Mary estaba en Gloucestershire con sus padres y con John. Todo era muy confuso y a ella la vencía el cansancio. Si al menos pudiera dormir. Pediría a la señora Poyntz su bebedizo para dormir. Solo una vez más. ¿Qué mal podía hacerle? El bebé dormía bajo las piedras.

Endor retiró los restos del desayuno. Kate no recordaba haber comido, pero solo quedaba medio bollo dulce en su plato. Se tapó la cara con las manos e intentó pensar. ¿Por dónde debía empezar? La mente no le respondía. La prisión de Fleet. Empezaría por Fleet. Allí lo había encontrado la última vez.

«No es John Gough, tonta. Tú no eres Kate Gough. Eres Kate Frith. Es John Frith a quien se han llevado. Es John Frith a quien van a torturar. Es John Frith a quien van a matar. Tu marido. El capitán lo encontrará. Duerme, Kate. El capitán lo encontrará.»

Endor puso ante ella una taza humeante; gruñó y, con un gesto, le indicó que bebiera. Como no lo hizo, Endor le acercó la taza a los labios y Kate tomó un sorbo del brebaje. Le produjo una extraña sensación de calma. Tomó otro sorbo. Para cuando vació la taza, también su mente se había vaciado. Se desplomó sobre la mesa y se quedó dormida.

Cuando despertó, el sol ya no entraba a raudales por la ventana orientada al este. Se levantó y se lavó la cara con agua fría. Necesitaba pensar con claridad. Solo había un hombre en toda Inglaterra con poder suficiente para salvar a su marido, y no era el capitán Tom Lasser.

—Me voy, Endor, salgo —dijo a la vez que garabateaba una nota en un papel.

Endor movió la cabeza en un angustiado gesto de negación y suplicó a Kate con la mirada.

—Tengo que ir. Si el capitán regresa, dale esto. Aquí dice que he ido a buscar a John.