La librera y el hereje
Prólogo
LONDRES,
ABRIL DE 1524
William Tyndale se dio unas palmadas en el bolsillo delantero de la almilla por enésima vez desde que se marchó de la feria de St. Bart. Seguía ahí. Claro que sí. Ni siquiera el ladronzuelo más insignificante en medio de aquella muchedumbre se arriesgaría al cepo por robar un libro cuyo valor no pasaba de los tres chelines. Imprimirlo no debía de haber costado más de diez peniques, pero para él no tenía precio.
Avanzaba por el centro de la calle para evitar los albañales lodosos, indiferente a las burlas y silbidos de los borrachos y las mujeres pintarrajeadas que se manoseaban mutuamente en los portales oscuros de Cock’s Lane. Mantenía la cabeza gacha para eludir el contacto visual directo, a la vez que se preguntaba cuántos de ellos sabrían leer, no el libro que él llevaba en el bolsillo, claro está, sino uno en inglés, en su propia lengua. Si pudiese proporcionar ejemplares baratos suficientes del Nuevo Testamento en inglés para esparcir por la calle salpicada de basura, ¿habría entre aquellas almas condenadas al infierno al menos una alfabetizada que cogiera uno y lo leyera? ¡Al menos un alma!
Pero eso no ocurriría hoy, ni nunca si el obispo de Londres, que le había negado el patrocinio, se salía con la suya. William apretó el paso anhelando el momento en que, ya a solas en sus aposentos, compararía la edición griega de Erasmo con la Vulgata, la única traducción autorizada por Roma.
Una tenue llovizna caía del cielo plomizo cuando pasó ante Smithfield. El aire húmedo llegaba impregnado del hedor a carne descuartizada y sangre fresca procedente del matadero de Londres. Allí la niebla era siempre más espesa. Cerrada. Asfixiante. ¿Acaso era una fantasía de una imaginación desbocada pensar que ese mismo aire transportaba los espectros de los lolardos muertos hacía tiempo, mártires quemados en ese mismo campo por los predecesores de Wolsey sin haber cometido más delito que poner en duda el dogma férreo de la doctrina de la Iglesia?
Las comadres y los niños sostenían que el fantasma de sir John Oldcastle, noble y lolardo que distribuyó biblias inglesas de contrabando, rondaba por ese lugar desde hacía cien años. Pero William sabía que sir John no había muerto allí. Lo habían ahorcado y quemado a menos de una milla al oeste, donde colgaban a todos los traidores. Y, sin embargo, los miasmas arremolinados de ese lugar lo inquietaban sobremanera, por los recuerdos que evocaban… y por la persecución que presagiaban. Había oído decir que Wolfsee —ese era el apodo con el que William
había bautizado al cardenal Wolsey: Wolfsee, «Sede del Lobo»[1]— no quemaba a hombres, pero a él le temblaba el alma solo de pensarlo. Como un niño asustado aferrándose a su juguete preferido, volvió a darse una palmada en el bolsillo delantero. La promesa de placer intelectual le infundía valor mientras se alejaba apresuradamente de aquel aborrecible lugar.
El clamor de las campanas lo persiguió por Cheapside hacia el Steelyard, el núcleo comercial de la Liga Hanseática, a orillas del Támesis, donde debía reunirse con su benefactor. Se tapó los oídos: eran las campanas de St. Mary-le-Bow, las campanas más sonoras en una ciudad de campanas atronadoras, y él tenía la desgracia de vivir cerca de ellas.
¡Condenados repiques de vanidad!
El mismo tolón tolón que interrumpía sus sermones en St. Dunstan —¡tolón!— y espantaba a los aguzanieves que se posaban plácidamente en los alféizares de sus aposentos —¡tolón!— ahuyentaba asimismo sus pensamientos cuando trabajaba con afán en su traducción. Echó a trotar, como si acelerando el paso pudiera reducir el clamor de las campanas.
Cuando dobló por Cousin Lane, reconoció la fornida silueta de Humphrey Monmouth, resplandeciente como siempre con el jubón guarnecido de piel y el calzón de seda que lo obligaba a llevar su esposa Bessie, paseándose impacientemente ante las enormes puertas labradas del salón de los mercaderes hanseáticos. William ignoraba por qué su mecenas deseaba que se reuniera con un puñado de acaudalados comerciantes alemanes. Para él, su parloteo sobre la lana y las ganancias era una jerga incomprensible, pero era muy consciente de que le debía a Humphrey Monmouth el techo que cubría su cabeza y hasta el último bocado de carne guisada y el último trago de cerveza mala que se echaba al coleto.
La presión del Evangelio griego de Erasmo embutido en la exigua abertura del bolsillo de su almilla lo incitaba poderosamente a pasar de largo. Qué suerte haberlo encontrado en la feria. El Evangelio griego, al igual que la traducción latina de Erasmo, no estaba prohibido porque solo una pequeña élite entre los eclesiásticos y los estudiosos, hombres entregados al nuevo saber, leía en latín y griego clásico, pero ninguno de los dos textos circulaba ampliamente. Ansiaba sumergirse en el libro, pero Monmouth lo había visto y le hacía apremiantes señas para que se acercara.
Cuando William entró por la verja en arco del gran salón de piedra junto a su benefactor, le bastó con una ojeada para saber que estaba entre hombres ricos. La luz penetraba a raudales desde un extremo del salón por las grandes ventanas vidriadas, pero en una exhibición de derroche las antorchas estaban encendidas en sus tederos, y su resplandor se reflejaba en los hilos de plata de la indumentaria y en las piedras preciosas de las sortijas y las cadenas de oro que lucían los mercaderes sentados en los bancos de madera dispuestos en el contorno de la sala. Hierbas recién cogidas, colocadas entre las esteras en el suelo, sazonaban el olor que despedían aquellos hombres poderosos durante sus negociaciones. Uno de los mercaderes miró en dirección a ellos y, con marcado acento alemán, vociferó:
—¡Monmouth! Traed aquí a maese Tyndale.
Sorprendido de que conocieran su nombre, William recordó de pronto que iba destocado y se alisó el pelo hacia atrás con las manos, lo que, como de sobra sabía, no hacía más que acentuar su frente amplia y nudosa. Monmouth, de un suave empujón, lo obligó a avanzar hacia la mesa centrada bajo el escudo de armas de los mercaderes.
Un hombre robusto de barba roja y dorada, con el aplomo de un gran señor vikingo, se inclinó sobre la mesa y lo agarró de la mano. Dirigiéndose a él y, a juzgar por el volumen de su voz, a toda la concurrencia, dijo:
—Monmouth nos ha hablado de vos, Tyndale, y estamos todos deseosos de oír lo que tenéis que decir.
William recorrió la sala con la vista. Todas las miradas se posaron en él. Cuando la conversación se apagó hasta quedar reducida a un tenue murmullo, trató de recordar cuándo se había recortado la barba por última vez o cambiado de camisa. Cesó el clamor de las campanas de St. Mary-le-Bow y el silencio se hizo más profundo. Un púlpito sobresalía de una pared: había oído decir que los mercaderes celebraban allí oficios devotos. ¿Pretendían que pronunciara un sermón? Monmouth era feligrés de St. Dunstan, pero en ningún momento había dicho que William debiera pronunciar un sermón ante los mercaderes. Se había limitado a decir: «Acompañadme a la reunión hanseática».
William lanzó una mirada de incertidumbre a Monmouth, que sonreía como si le complaciese ver enmudecido de pronto a su verboso protegido, y tragó saliva.
—Me temo… es decir… no me siento preparado…
Monmouth soltó una carcajada.
—No os he traído aquí para que prediquéis ante mis hermanos, sino para que conozcáis a unas almas afines. Estamos comprometidos con la misma causa que vos. Somos una liga de mercaderes, cierto es, pero también se nos conoce como la Cofradía de los Hermanos Cristianos y, junto con ciertos Comerciantes Aventureros de otras tierras, nos proponemos empapelar Inglaterra de ejemplares impresos a buen precio de una Biblia inglesa. Con vuestra ayuda, podemos ganarnos a Inglaterra para la causa reformista de Martín Lutero… —Se interrumpió y blandió la mano en un amplio gesto para abarcar a sus compañeros a la vez que guiñaba un ojo—. Y de paso obtendremos ganancias.
Cuando se apagaron los vítores y aplausos de los mercaderes, Monmouth prosiguió:
—Tenemos un plan, y si os sentáis y relajáis… Señor de la mesa, servid una copa a maese Tyndale; se lo ve tan seco como para beberse un tonel… os explicaremos vuestra función.
William se hundió en el cojín de terciopelo de una silla de respaldo alto y fingió tomar un sorbo de su bebida mientras escuchaba con creciente incredulidad. Los mercaderes le dijeron que llevaban un tiempo dedicándose a la importación de los textos de Martín Lutero y ahora tenían un plan para soslayar la prohibición de imprimir y publicar biblias inglesas impuesta por el cardenal Wolsey. Según su propuesta, Tyndale solo tenía que encargarse de su traducción y ocuparse de la posterior impresión en el continente. Y de la importación y distribución ya se encargarían ellos: manifiestos falsos entre cargamentos legítimos, pliegos sueltos de las Escrituras metidos en piezas de tela, un barril con el rótulo HARINA lleno de biblias… eso no era asunto de William.
William miró a Monmouth, cuya sonrisa había desaparecido, y observó que la seriedad de su actitud, al igual que su fornido físico, chocaba con su atuendo a la moda. Cuando habló, lo hizo con voz firme.
—Esta labor no está exenta de riesgos, William. La mano de Wolsey llega mucho más allá de los límites de esta pequeña isla. Y él no es el único. También el consejero del rey, Tomás Moro, está empeñado en perpetuar el control del papa al precio que sea. Si unís vuestra suerte a la nuestra en esta aventura, quizá os granjeéis las iras de poderosos enemigos. —Apoyó la mano en el hombro de William—. No os precipitéis en dar una respuesta.
William se limitó a asentir, intentando aparentar una pose pensativa. Si había oído bien, allí tenía una colección de mecenas ofreciéndole lo que el obispo de Londres le había negado: la oportunidad de traducir el Nuevo Testamento al inglés. Era el encargo que más profundamente deseaba su corazón. En cuanto a enemigos poderosos, ya habían puesto a prueba su temple cuando fue preceptor de los hijos de lord Walsh en Little Sodbury. Allí no se había arredrado ante las amenazas de los prelados.
Los hombres prorrumpieron en palabras de ratificación y ánimo, y al cabo de un momento el estallido se redujo a un cortés murmullo, dándole tiempo para reflexionar. Monmouth se alejó y, sin levantar la voz, entabló conversación con los otros mercaderes.
¿Qué había que reflexionar? William a duras penas conseguía reprimir su entusiasmo. ¡Mal rayo partiera al obispo de Londres! La imagen de Cuthbert Tunstall encontrando casualmente una traducción del Nuevo Testamento a cargo de Tyndale asomó a la cabeza de William. Se imaginó al obispo topándose con su traducción en una librería de Paternoster Row, cogiéndola con cuidado como si manipulase un objeto emponzoñado, abriéndola con sus dedos enjoyados y viendo el nombre de Tyndale en tinta. ¡Qué no daría él por presenciar ese momento! Finalmente, el obispo de Londres sabría que el erudito a quien había despreciado había alcanzado su meta sin él. «La arrogancia precede a la caída», se recordó a sí mismo. Bastaba con que Dios hubiese proporcionado los medios. Dios y Humphrey Monmouth.
Al cabo de tres días William Tyndale partió con destino a Alemania. En el bolsillo llevaba veinte libras, proporcionadas por los mercaderes hanseáticos del Steelyard de Londres, junto con el Nuevo Testamento en griego de Erasmo. Lo utilizaría, además de la Biblia alemana de Lutero, para realizar su propia traducción inglesa, no con la intención de promover la causa humanista, no como ejercicio en lenguas clásicas para el «nuevo saber» de la élite intelectual representada por Erasmo y sir Tomás Moro, sino con la intención de hacer por los ingleses lo que Lutero había hecho por sus compatriotas. Se había concedido un año: seis meses para aprender alemán y seis meses para su traducción al inglés. En la tierra que no había quemado a Lutero muy probablemente gozaría de libertad para imprimir.
Al embarcar en Bristol, se dio unas palmadas en el bolsillo de la almilla de cuero para palpar el abultado contorno del Nuevo Testamento en griego. Cuando regresara, llevaría otro en lugar de ese, y estaría escrito en inglés.
William había olvidado por completo los fantasmas de Smithfield y sus advertencias.