La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 38 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XXXVII

 

Ana Bolena, marqués de Pembroke, fue proclamada reina en Greenwich y ofreció ese día en la Capilla de los reyes como reina de Inglaterra.

Los hechos sucedidos el 12 de abril de 1533, tal como se recogen en

Las crónicas de Inglaterra durante el reinado de los Tudor

 

John contemplaba desde un mirador construido en el jardín de la Torre el paso de la barcaza de la reina por el Támesis. Agradecía más el sol en la cara que la oportunidad de presenciar el desfile fluvial. Dado que el rey, en un acto de caridad, había ordenado que se permitiera a ciertos prisioneros ver la llegada de la nueva reina, una celebración de un nuevo inicio, Thomas Cromwell había enviado una lista con los nombres de los prisioneros que debían presenciar el espectáculo. Como sus compañeros, John había recibido un banderín verde para agitarlo al paso de la barcaza de la reina, y se le había indicado que la vitoreara clamorosamente.

Al observar el sol brillar con su luz trémula en el Támesis, se preguntó si un hombre sobreviviría a un salto así, y cuántos de los demás que se hallaban tan cerca de la balaustrada compartían ese pensamiento. Pero para John no era más que una curiosidad intelectual. El capitán Lasser le había hablado de un plan de huida, pero John tenía la creciente certeza de que ahora que había sido acusado de herejía, no intentar defender sus creencias sería una mancha en su honor y perjudicaría a la causa, y además sería un salto propio de un necio. Los arqueros de la muralla estaban armados. Recibiría un flechazo en la espalda antes de llegar a la superficie del agua.

—Ese es el barco de la reina —dijo el chambelán, que se hallaba a su lado, señalando la barcaza de mayor tamaño.

Llevaba el escudo de armas real y la seguían embarcaciones de menor envergadura —a lo largo del río hasta donde alcanzaba la vista—, pertenecientes a cofradías de la ciudad de Londres. Constituían un espectáculo imponente, festoneadas con banderines de seda verdes y blancos, los colores de los Tudor, bordados con hilo de plata que resplandecía con la luz reflejada en el agua. Llegaba música de muchas de las barcazas cuando pasaban por debajo del mirador, intercalándose periódicas salvas de cañón.

—¿Y qué hay de la antigua reina? —preguntó en un susurro uno de los prisioneros.

—No hay antigua reina. Debéis de referiros a la «princesa viuda» —comentó el chambelán en tono de mofa. Se oyeron risas alrededor.

—Debe de estar bien ser rey —musitó uno de los guardias a otro—. Yo también tengo una mujer vieja que me gustaría sustituir por una jovencita encantadora.

La barcaza que iba al frente viró y cambió de sentido, acercándose a la Torre.

—¡Ahora! Ahí viene —exclamó el guardia—. ¡Gritad! ¡Agitad los banderines!

Un coro de aullidos y vítores estalló alrededor. Dejándose llevar por el momento, John gritó: «Dios salve a la reina» y agitó el banderín con mayor vigor del que habría empleado por el puro placer de mover los brazos. No era que sintiese resentimiento por el triunfo de la nueva reina. Al fin y al cabo era un reformista e incluso le había mandado saludos por mediación de maese Cromwell, diciendo que esperaba que llegara el día en que todos los hombres como él se movieran con libertad por Inglaterra. Cromwell había dado a entender que el rey conocía la reputación de John como erudito y que si maese Frith escribía en favor de ese matrimonio, quizá John se viera agasajado en lugar de encarcelado. Pero hasta el momento John no se había sentido capaz de hacerlo. Un hombre, aunque fuera rey, no debía quebrantar tan fácilmente un juramento hecho ante Dios. En eso, y solo en eso, John coincidía con Tomás Moro, de quien se decía que deploraba ese matrimonio pese a que con ello ponía en peligro su propia carrera. Por razones muy distintas, pensó John. Probablemente no era el incumplimiento de un juramento lo que Moro despreciaba, sino más bien el hecho de repudiar a una reina católica en favor de una protestante.

La nueva reina alzó la vista en dirección a los prisioneros del mirador. John no vio su rostro con claridad suficiente para interpretar su expresión, pero sí adivinó puro regocijo en sus movimientos cuando lanzó besos y agitó los brazos. Se preguntó qué opinión le merecería a Kate ese espectáculo. No lo sabía con certeza, pero pensó que quizá experimentaría un momento de pesar por Catalina, la reina abandonada. Kate tenía un corazón tierno, y quizá también ella se sintiera abandonada. Eso mismo le había dicho a él la primera vez que discutieron por su marcha, antes de acceder a dejarlo ir.

¿Acaso no había demostrado su amor a su mujer de mil maneras? Aun así, la había dejado atrás para servir a una causa de la que, si le preguntaban, diría que era más importante que un solo hombre, que una sola mujer, más importante incluso que su amor por Kate. ¿Qué era eso, sino abandono? El capitán Lasser le había contado lo del niño. John recordó cómo había sido la otra vez y lamentó no haber estado allí para consolarla. Dio gracias a Dios por contar con Tom Lasser. Era un buen amigo.

Una nube cubrió el sol, tiñendo de gris el agua centelleante. La brisa de abril de pronto pareció más cortante. El séquito se había perdido de vista.

—Se acabó el espectáculo. Es hora de volver adentro —anunció el guardia.

John se puso en fila con los demás para volver a su inhóspita celda. Incluso Petite había salido ya de la Torre, y si bien se alegraba por la puesta en libertad de su camarada, no tenía a nadie a quien susurrar en la negrura de la noche. A nadie en absoluto.

 

Ana Bolena, furiosa, se volvió hacia el rey, consciente al mismo tiempo de lo mucho que él detestaba sus pataletas, pero parecía incapaz de controlar su mal genio desde que estaba encinta. Era casi como si un demonio hubiese penetrado en ella junto con la semilla de Enrique. Lanzó el bastón con incrustaciones de oro al otro extremo de la cámara privada tal como le habría gustado arrojar a quien se lo había regalado. El bastón había sido un obsequio de Tomás Moro al rey en Año Nuevo, cuando aún era canciller.

—¡Tomás Moro, ese beato hipócrita, no se ha dignado a venir a la cena de mi coronación! ¿Y vos os quedáis de brazos cruzados permitiendo que vuestra reina sea insultada?

Su recorrido por el Támesis la había llenado de júbilo, viendo a la gente congregada en las dos orillas en todos los pueblos, aclamándola desde muelles y malecones, todas las miradas puestas en ella, incluso desde la muralla de la prisión de la Torre, y ella, de pie en la proa de la barcaza, saludaba con las manos, reía, a la vez que la luz del sol destellaba en las joyas de su cuello y las perlas cosidas en dibujos perfectos a lo largo de sus mangas.

Pero después la cena no había ido bien. Ella había estado intranquila, percibiendo la tensión en la sala, mientras los cortesanos cruzaban miradas furtivas, saludándola con reverencias, a veces con una expresión burlona en los ojos, al tiempo que Enrique observaba como un halcón, con los ojos y los oídos atentos a cualquier desaire. Charles Brandon ya había sido enviado a su casa en un arrebato de ira por un supuesto desaire. Mientras el arzobispo Cranmer hablaba a los nobles y obispos allí reunidos en términos elogiosos del amor de la nueva reina por el rey y su amor por Inglaterra, Ana había pasado revista desde su lugar en el estrado. Miró la mesa reservada al Consejo Real. Tomás Moro brillaba por su ausencia.

Enrique también manifestaba todavía la tirantez experimentada durante la cena. Se advertía en la tensión de sus facciones, en la sequedad de su tono cuando le contestó.

—Tomás Moro importa poco. —Cogió el bastón y lo examinó pensativamente, rascando las incrustaciones de oro hasta que se desprendió un trozo. Lo dejó descuidadamente a un lado—. Ya no es canciller.

—¡Claro que importa! Aún es consejero real y probablemente el hombre más respetado de Inglaterra. Podéis estar seguro: su ausencia se habrá dejado notar y será la comidilla de todos. Dará renovadas fuerzas a los partidarios de Catalina.

—Cuando maese Moro reflexione, se impondrá su sentido común. Alegó enfermedad. Pero estará en Westminster para vuestra coronación con el resto de la corte.

Ana sintió que su mal genio se disparaba junto con el tono de su voz al ver que él quitaba importancia a sus temores tan a la ligera.

—¿Sentido común? ¿Cuándo ha demostrado sentido común? ¿Demostró sentido común cuando se opuso a la reforma del clero en el Parlamento? —Se paseaba de aquí para allá con los puños apretados—. ¿Demostró sentido común cuando se negó a firmar la petición al papa?

—¿Quieres que te lo traigan encadenado para que te salude, milady? ¿Al hombre «más respetado de Inglaterra»? ¿Cómo creéis que verían eso los que son leales a Catalina?

Ana percibió la frialdad en su voz y, dejando de pasearse, abrió los puños. Cerró los ojos y respiró hondo en un esfuerzo por recobrar el control. Cuando le contestó, su voz era una octava más baja.

—Tenéis razón, claro está, como siempre. Lo que pasa es que nuestra boda fue tan secreta que me gustaría una exhibición pública, para que todos vuestros súbditos vean lo feliz que es su rey y sepan que Inglaterra pronto tendrá un príncipe. —Alargó el brazo y le tiró de la mano para que le tocara el vientre—. Si me tratan con menos respeto del que merece una reina, quizá tampoco muestren respeto a… nuestro hijo.

Enrique relajó el rostro en una sonrisa casi juvenil.

—Celebraremos una ceremonia tan magnífica que nadie se dará cuenta de si Tomás Moro está o no ausente. Los cegará el esplendor de su reina.

—Contadme cómo será —continuó ella, de pronto tan ávida como una niña, disipándose la ira ante la perspectiva de tener a todo Londres a sus pies.

—Una vez que Cranmer te haya puesto la corona en la cabeza y haya pronunciado las oraciones pertinentes, desfilarás por las calles de Londres en una litera abierta con colgaduras de seda blanca. De pie bajo un dosel de seda enguirnaldado de flores y campanillas de plata, saludarás a las multitudes que flanquearán las calles para ver a su hermosa reina. Yo iré delante en mi corcel más noble para protegerte y anunciar tu llegada.

—¿Ah, sí, ah, sí? —dijo Ana—. Seguid, seguid.

Él se acercó y le besó el cuello, musitando:

—Cuadros vivos… en cada parada… dirigiéndote alabanzas… coros de niños… trompetas…

Y yo con mi vestido blanco, mi cabello oscuro suelto bajo una diadema con piedras preciosas incrustadas, saludaré a mis súbditos, que tanto me adoran. Yo, la hija de un simple caballero, por fin reina de Inglaterra.

Era una visión magnífica que la dejó sin aliento.

—Vamos a la cama, mi señor —dijo, cogiéndolo de la mano.

 

En Chelsea, aquel día de primavera había refrescado, y ahora el aire era tan frío como el humor de lady Alice, pensó sir Tomás mientras contemplaba el río por la ventana de su gabinete. Su mujer estaba disgustada por no haber ido a Westminster.

—Aún eres consejero del rey. Nos habrían asignado un asiento de honor desde el que ver la coronación.

—No habrías querido ir sin un vestido nuevo, y sabes que ya no podemos permitirnos tales excesos.

—No estamos tan empobrecidos como pretendes. Yo aún disfruto de unas rentas, y tú tienes tus haciendas de Oxfordshire y Kent. Aunque, para tu tranquilidad, me habría conformado con ponerme un vestido viejo.

Pero él veía en sus ojos que Alice no se habría conformado con eso, y ella también lo sabía.

—¿Y nuestras hijas? ¿Se habrían conformado ellas? —preguntó Tomás.

Alice dejó escapar un profundo suspiro.

—No es por habernos privado del espectáculo… no es eso lo que me preocupa. De buena gana me quedaré aquí mientras se honra a la querida del rey. —Tendió la mano y le tocó la manga—. Pero el rey no pasará por alto este desaire de un hombre como tú.

—¿Un hombre como yo? —Tomás se rio—. Enrique apenas lo notará. Ya no cuento para él.

Pero Tomás dudaba de que fuera así. Su viejo amigo Cuthbert Tunstall lo había dudado también, instándolo a ir, enviándole incluso veinte libras obtenidas en una colecta entre sus amigos del obispado con que comprarse una capa nueva para la ocasión. Él se había quedado el dinero —había subido el precio de las plumas y la tinta—, pero intentó explicar a sus cobardes amigos que ya había llegado demasiado lejos por una cuestión de principios para rebajarse a mendigar el favor del rey.

—¿Qué nos has hecho, Tomás Moro? —preguntó en voz baja lady Alice.

—Solo he hecho lo que me dictaba la conciencia, Alice. No debe esperarse menos de un hombre.

—¿No te lo replantearás, pues?

—No me lo replantearé.

—No eres el único que sufre por tu conciencia. —Y se marchó dando un portazo.

Tomás todavía permaneció de pie ante la ventana, mientras pensaba cuál sería el siguiente paso del rey y cómo debía contraatacar, asombrado de cómo el «Defensor de la Fe» y él habían acabado en lados opuestos del tablero de ajedrez por causa de una mujer, cuando vio acercarse a la casa a un jinete. Reconoció al pequeño sastre de inmediato. Animado, se dirigió hacia la puerta para recibirlo.

—¿Maese Holt? Pasad. Pasad. Buenas noticias, espero. ¿Habéis traído las pruebas?

El sastre de Chemlsford desplegó una amplia sonrisa.

—En efecto, sir Tomás. Esta vez no son meras anotaciones, sino un sermón, poniendo en duda claramente la santa misa en cada sílaba, tal como pedisteis.

—Buen hombre. Buen hombre —dijo Tomás al coger el papel enrollado. Lo examinó con satisfacción. Por su cara se extendió una sonrisa, y sintió el tirón de los músculos en desuso—. Esto debería bastar. —Rodeó los hombros de William Holt con el brazo en un momento de rara camaradería—. Se os recompensará en el cielo, pero no tendréis que esperar tanto —dijo mientras revolvía en su escritorio y sacaba las veinte libras que le había enviado Cuthbert Tunstall para comprarse una capa nueva.

William Holt miró el dinero y negó con la cabeza.

—No, milord. No aceptaré pago alguno. La verdad es que ha sido más difícil de lo que yo pensaba. Siento aprecio por ese hombre. No me ha parecido que fuera la mala persona que yo preveía. ¿Sabéis que tiene esposa?

—Eso había oído. ¿Sabéis dónde está?

—No. Nunca lo ha dicho.

El sastre no miraba a Tomás, sino por la ventana. Tomás sabía cuándo le mentían, pero de momento lo dejaría pasar.

—¿Cuándo juzgarán a Frith? —preguntó Holt.

—No antes de unas semanas. Primero presentaré esta prueba al obispo Stokesley, que se la enseñará al rey. Entonces ni siquiera el arzobispo podrá impedir el juicio… ni la inevitable condena. Lo habéis hecho muy bien.

—Es una lástima —se lamentó el sastre, moviendo la cabeza—. No me gustará verlo en la hoguera.

—Animaos, hombre. Pensad en su alma. Ante el fuego, es posible que se retracte. Tiene esa opción.

—No lo creo. No parece de esos.

—Seguramente estáis en lo cierto —admitió Tomás, afectando más compasión de la que sentía—. Cuando un dogma fanático se adueña de un hombre, es como si su razón se tomara un descanso. Pero no os preocupéis. Habéis hecho un gran servicio a la Iglesia. Aceptad las veinte libras. Os las habéis ganado.

Cuando William Holt se guardó el dinero en el bolsillo de mala gana y se marchó, Tomás leyó el sermón de Frith negando la presencia real del cuerpo de Cristo en la eucaristía. Con cada palabra, el entusiasmo de Tomás fue en aumento a la vez que desarrollaba en su cabeza el alegato de acusación. Aquello serviría. Ni siquiera el rey sería capaz de digerir semejante herejía.

 

—No puedo hacer nada por él. Ese hombre es un hereje. Niega la misa. Tendrá que ir a juicio —dijo Enrique dos semanas más tarde cuando dio la noticia a Ana. Se preparó para el arranque de ira que vendría a continuación.

—Una verdadera lástima —se limitó a decir ella.

Desde la coronación parecía otra. Será el embarazo, se dijo él. Su estado de ánimo es como el mercurio, aunque siempre ha tenido el genio vivo. Últimamente venía preguntándose si poseía el temperamento propio de una reina. Tal vez Catalina fuera estéril, pero el pueblo la quería, y mostraba siempre un comportamiento regio. A veces Ana actuaba más como una pescadera que como una reina. Pero últimamente, desde la gran rabieta posterior a la coronación, estaba… alterada, apática. Esperaba que ese estado de ánimo extraño no afectara a la criatura.

Pese a los esfuerzos de Enrique, a los grandes gastos, a la presión que había ejercido en todos los nobles para que la trataran con deferencia y respeto, la coronación había sido decepcionante, y ella lo había responsabilizado a él. Pero él no podía obligar a la gente a quererla. El desfile por las calles de Londres había sido acogido con escaso entusiasmo y a ratos hasta con improperios. Muchos se habían negado incluso a destocarse en señal de respeto, por lo que la anciana que siempre acompañaba a Ana había dicho a voces a unos cuantos presentes en la multitud que debían de tener roña en el cuero cabelludo si tanta vergüenza les daba descubrirse. Entre la muchedumbre algunos habían devuelto a gritos los insultos, dirigiéndolos a la nueva reina. A horcajadas en su noble montura, él había fingido no oírlo, pero obligó a su caballo a hacer cabriolas y agitar los arreos dorados para arrancar los vítores del público a fin de que Ana los oyera y pensara que se los dedicaban a ella. Le pareció la mejor solución. Si no podía comprar el favor del pueblo con espectáculos y comida y bebida gratuitas, tenía la certeza de que no podría inculcárselo a golpes.

—Sé que Frith era uno de tus favoritos —dijo él—. Quizá se retracte en el último momento.

—Quizá —contestó ella.

No, desde luego no era la misma de siempre.

Con el rabillo del ojo, observó a Jane Seymour mientras extendía el camisón de su esposa. Cuando Ana le lanzó una mirada severa, él apartó la vista de Jane, pero no así el pensamiento, preguntándose qué sensación produciría el contacto con la piel clara y fresca de Jane, preguntándose si conseguiría él sonrojarla de pasión.

—Dejadnos —ordenó Ana con brusquedad, destellando el resentimiento en sus ojos oscuros. Enrique empezaba a reconocer los inicios de sus arrebatos de mal genio. Siempre asomaban primero a sus ojos.

La hermosa joven de rubios cabellos hizo una reverencia y, retrocediendo, salió de la alcoba, pero no antes de cruzar una mirada comprensiva con Enrique.

Él se marchó poco después, oyendo a sus espaldas la voz airada de Ana que le exigía que volviese. Él prefirió ir a la palestra a ejercitarse —tal vez si pasaba unas cuantas noches sola, su humor mejorara— y después emplazó al arzobispo Cranmer para preparar el juicio de John Frith.