La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 32 de 45

Páginas del PDF

La librera y el hereje

Capítulo XXXI

 

Todos los agravios que los hombres temporales (seglares) padecían deberían ser puestos por escrito y entregados al rey.

Parlamento, enero de 1532, en relación con las quejas contra el

clero, que dieron lugar a la legislación que limitó el poder del clero

y llevó a la dimisión de Moro

 

En marzo, Kate tenía la certeza de que estaba encinta. La primera mañana que vomitó, lo atribuyó al venado de la noche anterior; le había parecido detectar un intenso olor bajo las sabrosas especias que a veces usaba la cocinera para rescatar aquello que era relativamente rescatable. John había abandonado su cama caliente al amanecer para bajar al scriptorium, como llamaban en broma a la zona poco espaciosa del salón que la señora Poyntz intentaba ocultar tras un biombo. Kate forcejeaba con los cordones del corpiño cuando, sin previo aviso, sucumbió a las náuseas. Antes de poder sacar el orinal de debajo de la cama, vomitó el venado causante de su malestar en el suelo cubierto de esteras. Se tumbó otra vez en la cama hasta que se le pasaron las náuseas; luego limpió el suelo y bajó para ver si John la necesitaba.

Durante los días siguientes solo pudo ingerir galletas saladas rancias y sidra aguada. Al principio John había hecho una pequeña broma acerca de su repentina afición por las obleas de la comunión, pero luego empezó a preocuparse. Kate lo tranquilizó aduciendo que, debido a la vida conyugal, estaba engordando, y pensaba que si comía menos quizá no perdería la figura. Tras lo cual él le rodeó la cintura con el brazo y le dijo que la querría aunque engordara tanto como la esposa del panadero.

Para cuando el tiempo del deshielo trajo las primeras gotas de nieve fundida, Kate ya no lo achacaba al venado. Al principio no se atrevió a acariciar esperanzas, ni compartió la buena nueva con nadie, ni siquiera con las mujeres del grupo de estudio; pero más de una vez John había interrumpido sus ensoñaciones y había comentado que la notaba ausente. «Solo estaba pensando en lo afortunada que soy de tener un marido con tanto talento» o «Sueño con la primavera que llega». Eso parecía satisfacer a John, que después volvía a enfrascarse en sus textos.

Llevaba días trabajando en su polémica, siempre que no corregía textos de Tyndale o traducía pasajes. En ella sostenía que la doctrina del purgatorio era un constructo reciente de la Iglesia, sin fundamento en las Sagradas Escrituras, y que el pan y el vino de la eucaristía eran solo símbolos del cuerpo de Cristo. Kate entendía el razonamiento contra el purgatorio; era el andamiaje en el que se basaba la venta de indulgencias, el medio por el cual la gente corriente se veía explotada y esclavizada por la jerarquía eclesiástica corrupta. Ahora bien, no comprendía la insistencia de su marido en dedicar tanto tiempo al simbolismo de la eucaristía. Ni siquiera los hombres de la Biblia, u «hombres nuevos», como algunos los llamaban, se ponían de acuerdo en la doctrina de la transubstanciación. ¿Qué importaba si el participante pensaba que el vino se convertía realmente en sangre, siempre y cuando creyera que estaba recibiendo en su cuerpo el espíritu de Cristo en un acto de obediencia? Pero John estaba plenamente entregado a desarrollar la argumentación más completa posible contra la presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo en el pan y el vino de la eucaristía. Ya tenía bastante material para llenar dos volúmenes, y seguía escribiendo.

El ambiente masculino de la pensión de los mercaderes no era el hogar adecuado para un recién nacido, decidió Kate un día mientras los traductores conversaban afablemente. El niño necesitaba un hogar como era debido. ¿Cómo podía decírselo a John? A diferencia de ella, a él le encantaba el entorno de la Casa Inglesa. Pero, claro está, él se había formado en Cambridge y Oxford. La convivencia íntima de las residencias le gustaba. De hecho, Kate temía que la noticia de la llegada del niño pudiera no ser del todo bien recibida por su teólogo convertido en marido a punto de convertirse en padre. Con el paso de los meses se lo veía más aliviado que molesto por no tener hijos, dejándolo a la voluntad de Dios cada vez que ella sacaba el tema. Bueno, ahora que ese hijo era un hecho consumado, y un hecho en cuya consumación él había participado activamente, ella solo tenía que recordarle que también eso era voluntad de Dios.

En mayo estaba ya tan convencida que empezó a coser torpemente ropa de bebé, y confió el secreto a la señora Poyntz, rogándole que comprara tejidos adecuados. Cuando la señora Poyntz regresó del mercado, llamó a Kate a su habitación y dejó el suave hilo para los pañales en la cama.

—No he podido resistirme —dijo la señora Poyntz, y fue casi como si leyera el pensamiento a Kate—. No, esto no lo pagarás tú. Es un obsequio.

Kate, incrédula, acarició la seda y el encaje de un gorrito. Ya estaba de tres meses, dos semanas más que cuando perdió al otro niño. Iba a ocurrir; iban a tener un hijo. Las lágrimas asomaron a sus ojos y se derramaron, resbalando por sus mejillas. Sorbiéndose la nariz, se las enjugó.

—Tienes que decírselo, ya lo sabes —aconsejó la señora Poyntz, cogiéndole la mano.

—Lo sé —contestó Kate entre hipidos—. Solo esperaba hasta…

—Hasta estar segura de que no lo perderías. Pero de eso en realidad nunca puedes estar segura, querida, no hasta que tienes al niño en brazos y él te tira del pezón como un pequeño salvaje hambriento.

—Se lo diré —afirmó Kate—. Cuando encuentre el momento oportuno, se lo diré.

 

Esa era la gota que colmaba el vaso, pensó sir Tomás mientras avanzaba a zancadas desde el Parlamento hasta las escaleras de Westminster para llamar a su barquero. La sesión había concluido y él había perdido. Cromwell y el rey se habían salido con la suya. El Parlamento había asignado a Enrique el poder único en Inglaterra, despojando a los obispos de todo, incluso de la potestad de arrestar a los herejes. También eso recaía ahora en el rey. Si el canciller Moro deseaba arrestar a alguien por herejía, debía acudir a Cromwell y no al obispo Stokesley. ¡Ja! Eso era una pérdida de tiempo.

Debía constituirse una comisión formada por laicos y clérigos a partes iguales, que dictaminaría sobre todos los asuntos eclesiásticos, incluidos los casos de herejía. Con las simpatías luteranas de Cromwell y la presión de la Bolena sobre el rey para que fuera tolerante, difícilmente podría mantener los recientes avances. La campaña de Tomás Moro para la protección de la única Iglesia verdadera había sufrido un grave revés.

Al hablar en favor de los obispos, demasiado cobardes para defender su propia causa, y contra Enrique, lo había puesto todo en peligro. Ya había perdido el favor del rey por el gran asunto de su divorcio. Ahora, con esa fallida campaña parlamentaria en pro de que los obispos conservaran su poder y sus privilegios, había incurrido en la cólera del rey. Pues que así fuera. Tomás Moro había sido fiel a lo que más le importaba en el mundo. En su honor no aparecería la mancha del cobarde. Al diablo las consecuencias.

Tuvo que llamar dos veces al barquero.

—¡Richard! —La segunda vez con aspereza, golpeándolo al mismo tiempo en el hombro con un mandamiento enrollado.

El barquero, que dormía en un banco al lado de la escalera, se levantó de un brinco.

—Os ruego que me perdonéis, milord. No os esperaba tan pronto.

—Mis asuntos aquí han concluido —dijo sir Tomás con sequedad—. Llévame a casa.

Si el barquero percibió cierta irrevocabilidad en su tono, no lo comentó.

Mientras el barquero remaba en silencio en dirección a Chelsea a través de las aguas moteadas por el sol del Támesis, sir Tomás no reparó en el perfume de las flores de los manzanos en el aire ni en la caricia de la brisa cálida en la piel. En su corazón seguía siendo invierno. Planeó su siguiente paso en su propio gran asunto, y se alegró de que su padre no viviera para verlo.

—Lamento que las cosas hayan llegado a este punto, Tomás —dijo el rey dos días más tarde cuando el clero accedió a la Asamblea. Dada su cobardía, no tenían más alternativa, pensó Tomás. Pusilánimes del primero al último, salvo el obispo Fisher, el único que se había resistido a la marea junto con Tomás. Incluso Stokesley permaneció curiosamente en silencio.

Tomás encontró al rey en el jardín de York Place, jugando con los perros bajo una lluvia de pétalos de color rosa. Sin mediar palabra, le entregó la bolsa de piel de borrego blanca que contenía el sello y la cadena del cargo de canciller. A juzgar por la respiración agitada de Enrique, su majestad estaba acalorado por el ejercicio, pero habló con voz fría.

—Había pensado, al nombrar a un canciller laico, que evitaría estas circunstancias adversas —continuó, dejándose caer pesadamente en un banco bajo un dosel de flores. Indicó a Tomás que se sentara a su lado.

—Es mi salud, vuestra majestad, que, como sabéis, no ha sido buena desde que murió mi padre. En tales circunstancias no puedo servir a vuestra majestad como vuestra majestad merece.

Enrique se echó a reír, pero Tomás conocía esa risa. La oyó cuando se negó a firmar la petición del rey al papa. Era una risa sin alegría.

—Palabras bonitas. Eres un hombre complicado, Tomás —dijo Enrique, aceptando la bolsa y arrojándola al banco entre ellos como si fuera algo insignificante y no el símbolo del segundo hombre más poderoso del reino. Uno de los grandes mastines se acercó a Enrique y él le rascó detrás de las grandes orejas. El perro permaneció inmóvil, en posición de firme.

Tomás no dijo nada. Cuando uno no podía presentar un argumento convincente en su defensa, callar era la opción menos objetable.

—Cometí un error al nombrarte canciller, maese Moro. Estaba en extremo cansado de tropezarme con el clero; siempre los tenía en la cabeza, a los pies y a mi lado, mirara hacia donde mirara. Pensé que con tu nombramiento me libraría de esa incesante intrusión en las cuestiones de Estado. —Suspiró, con tan gran exhalación que al perro le tembló la pata trasera—. Pero ahora veo que hay dentro de ti más de clérigo que en cualquier arzobispo de los que he conocido.

Dejó de rascar las orejas al perro. El mastín se sentó obedientemente a los pies de su amo, tan quieto que podría haber estado labrado en piedra. El otro, una perra del color de la cerveza suave, se hallaba a pocos pasos, observando, con las orejas erguidas como si esperara una señal.

Ni siquiera los perros desafían su disciplina, pensó Tomás. Tú tienes menos sentido común que ellos.

—Es mi salud, majestad, solo mi salud, lo que me impulsa a entregar el sello. Solo deseo retirarme en paz —dijo en voz baja.

—Y yo deseo abdicar del trono y trasladarme a Francia para ser el limpiabotas de Francisco I —respondió Enrique también en voz baja, cada palabra colmada de sarcasmo y amenaza.

De pronto el rey se puso en pie y, silbando a los perros para que lo siguieran, regresó a York Place, dejando a Tomás solo en el banco del jardín con la bolsa de borrego blanca que contenía el símbolo del poder allí abandonada.

 

—Es verdad que estás engordando como la mujer del panadero. —John se echó a reír a la vez que daba unas palmadas a su mujer en el vientre un poco prominente bajo la ligera tela de hilo de la enagua veraniega—. Pero me alegro de que hayan pasado las náuseas. Veo que vuelves a comer.

Después de que le comunicara la noticia, él había bajado a la cocina para sisar un trozo de manzana seca y queso y pan, «y suero de leche si hay, por favor». Él había vuelto con todo, incluido el suero de leche, y ahora lo tenían extendido entre ellos en la cama a modo de picnic de medianoche. Él la observaba mientras ella engullía.

—¿Qué miras, John Frith? ¿Acaso nunca has visto comer a una mujer?

—Así no —respondió él, y se echó a reír a la vez que alargaba el brazo y le limpiaba el bigote de leche del labio superior, para luego lamerse el dedo.

Ella se inclinó sobre la comida extendida entre los dos y lo besó.

—Te quiero, marido mío —dijo.

—Eso lo dices ahora —repuso él. Mordisqueó un trozo de manzana seca y le ofreció a ella la otra mitad—. Pero cuando llegue el bebé, solo tendrás ojos para él… o ella.

—Pues no será así, pero si lo fuera, tú apenas te darías cuenta. Tienes tu trabajo y tu amistad con William y el capellán Rogers y el grupo de mercaderes que promueven vuestra causa.

—También es tu causa —rectificó él—. Y sí me daría cuenta.

—Tenía miedo de que no quisieras al bebé —dijo ella, abandonando su gula, de pronto ávida de palabras tranquilizadoras—. Por eso he esperado tanto para decírtelo. —Lo observó con atención, por si su mirada vacilaba o bajaba los párpados. Sabría si le mentía para no herir sus sentimientos.

La mirada de John permaneció inmutable.

—Yo solo quiero lo que tú quieras —afirmó él—. Y procuraré con toda mi alma ser un buen padre.

Era una respuesta aceptable, pero por alguna razón, a diferencia de las vituallas del picnic nocturno, la dejó vagamente insatisfecha.

 

Kate estaba de cinco meses cuando él le anunció que se iba a Inglaterra. Era una calurosa mañana, ya avanzada, de mediados de julio. John había adoptado la costumbre de pasear con ella a la sombra del jardín todos los días, al principio con tanto cuidado y tanta solicitud que la agobiaba, hasta que ella le aseguró que esta vez sería distinto.

Los rosales estaban en flor y había un banco de tierra bajo un plátano.

—Quedémonos aquí un momento antes de entrar —propuso él—. Tyndale ha salido a una de sus visitas benéficas, y el purgatorio puede esperar.

Extendió el pañuelo para que ella no se manchara la falda y la cogió de la mano mientras permanecían sentados en el banco cubierto de hierba.

—Esta mañana he sentido las patadas del bebé —dijo ella—. Era muy extraño, un poco como el aleteo de una mariposa. Mi corazón ha aleteado con él.

—¿Cómo sabes que no eran solo los humores biliares de tantas comidas raras como devoras últimamente? Decías que no te gustaban los arenques en escabeche, y anoche te comiste tu ración y la mitad de la mía.

—Tu mitad era para el niño. Por lo visto, a él… o ella… le gustan los arenques en escabeche. No se lo echarás en cara, ¿verdad?

Él se rio.

—No puedo echarte nada en cara. Podías haberlo cogido todo, ya lo sabes.

—¡Mira! ¡Otra vez! ¿Lo notas? —Le puso la mano allí donde percibía el aleteo. Este paró de pronto.

—No le caigo bien.

—Claro que le caes bien. Eres su padre.

—A mí mi padre no me caía bien. Lo consideraba un ogro.

—Pero tú no eres un ogro.

—Tampoco lo era mi padre.

—A las hijas siempre les caen bien sus padres.

—¿Y cómo sabes que será una niña?

—No lo sé —contestó ella—. ¿Te preocupa mucho?

—Solo si te preocupa a ti.

Esa respuesta también le pareció insatisfactoria a Kate; daba la impresión de que el interés de él en el niño fuese secundario.

—¿Quieres algo para beber? ¿Un poco de arenque escabechado?

Ella sonrió.

—No, hemos venido preparados. —Metiéndose la mano en el bolsillo de su falda, sacó una manzana—. Son un poco ácidas, pero refrescan. —Se la ofreció.

—Claro que sí, Eva, aceptaré un bocado de tu manzana —dijo él, e hizo una mueca al morder la manzana agria.

Ella soltó una carcajada.

—La de Eva debía de ser más dulce —comentó—, pero al menos la mía no trae ninguna maldición. Parece que a nuestro niño le gusta lo ácido. La semana pasada era lo dulce. Chupé la miel del panal con la misma desesperación que san Juan Bautista.

El sol del mediodía exprimía las rosas para que desprendieran su fragancia. Kate inhaló. «Huele esto, pequeño», dijo hablando calladamente a la criatura en su vientre. Aquel era un momento de alegría perfecta, pensó; ojalá pudiera conservarlo para siempre. John guardaba un silencio anormal cuando ella se inclinó y lo besó suavemente en la mejilla.

—Kate, tengo que decirte una cosa. Y no quiero que te lleves un disgusto. No sería bueno para el bebé.

El momento perfecto había volado tan deprisa como llegó. La manzana le supo amarga en la boca. Las rosas se marchitaron bajo el calor.

—Han quemado a otro —dijo ella—. No. No me lo cuentes. No quiero que nuestro hijo oiga esas cosas.

Ella misma no soportaba oírlas. Diez hombres habían ardido en la hoguera desde que Tomás Moro era canciller. A cada relato se le encogía el corazón de miedo. A cada relato tenía sueños llenos de humo que la despertaban sobresaltada en la oscuridad de la noche.

—No, no tiene nada que ver con eso. En realidad, da la impresión de que las cosas cambian para mejor. El Parlamento ha despojado al clero inglés de su conexión con Roma y lo ha puesto bajo la jurisdicción del rey. La mejor noticia es que Tomás Moro, en protesta, ha dimitido del cargo. Por otra parte, los obispos ya no tienen poder para arrestar e interrogar en cuestiones de herejía. Ahora eso queda en manos de Enrique.

—¿Quieres decir que es rey y papa a la vez?

—Algo así.

—Pues en ese caso estará contento. Puede concederse él mismo el divorcio. Aunque me cuesta creer que los obispos se presten a eso. ¿Incluso el arzobispo de Canterbury?

—Warham anda muy mal de salud. Dicen que están preparando a Cranmer para el cargo. Pertenece a la facción de la Bolena, de orientación muy reformista.

—¡Pero esa es una noticia magnífica! ¿Por qué iba a disgustarme?

John le cogió la otra mano, y ahora le sostenía las dos.

—Como las cosas están mejorando, Tyndale y yo pensamos que quizá haya llegado el momento de hacer otro intento. Voy a regresar a Inglaterra. Un viaje rápido. Regresaré mucho antes del parto. Si consigo acceder al rey o a Thomas Cranmer, o incluso a Cromwell, estoy seguro de que podré convencerlos para que amplíen este nuevo ambiente de tolerancia y den permiso a la publicación de la Biblia en Inglaterra.

Apartando la mano de un tirón, Kate se levantó del banco bruscamente, olvidando por un momento su preciosa carga en el calor de la ira.

—¡No, no quiero ni oír hablar de ello! ¡No irás! ¿Ha muerto Tomás Moro? ¿Ha muerto ese nuevo obispo de Londres, Stokesley, que según tú era más peligroso que Tunstall?

—No —contestó él en voz baja—. Están los dos muy vivos. Pero ambos han caído en desgracia. Sus influencias se han visto seriamente mermadas.

El tono cuidosamente modulado de John la enfureció, como si explicara una idea accesible a cualquier persona corta de alcances. Arremetió contra él.

—Eres un necio, John.

Él la miró como si no pudiera creer que su mujer, por lo general tan ecuánime, se hubiera convertido en una monstruosa bruja.

—Cálmate, Kate. No es bueno para el bebé.

—Mientras Tomás Moro respire, tus amigos y tú seréis perseguidos y no recibiréis más consideración que la que un sabueso concede a su presa. En Inglaterra hay muchos que se aferran violentamente a la antigua fe. Tú y todo lo que representas es anatema para ellos. Deja que vaya William si considera que es tan necesario.

—Chist, Kate. Baja la voz. No hace falta que todo Amberes oiga nuestra discusión. Tyndale no puede ir. Es un trofeo mucho mayor que cualquiera de nosotros.

—Y tú eres prescindible, ¿no? ¿Tiene William Tyndale esposa? ¿Tiene un hijo?

De pronto el calor del jardín se volvió insoportable y se elevó de la tierra en trémulas ondas. Kate respiraba con dificultad. Sintió que le flojeaban las rodillas. John la cogió antes de que se desplomara.

Cuando Kate volvió en sí, yacía en el banco de tierra, y John, de rodillas a su lado, le humedecía la frente con un paño frío. Ella intentó incorporarse, pero la cabeza aún le daba vueltas. También estaba allí la señora Poyntz.

—El bebé… —musitó Kate—. ¿Está el bebé…?

—El bebé está bien, querida. Ha sido solo un desmayo por el calor.

La cara de John flotaba sobre ella.

—Todo irá bien, Kate. No iré si tú no quieres que vaya. Te lo prometo —susurró. Pero la expresión de desdicha en su rostro le recordó a Kate la manera en que su hermano John la había mirado al decirle que había abjurado. Sabía que, en último extremo, la decisión no le correspondía a ella, porque no soportaría ver esa expresión en su cara todos los días de su vida.