La librera y el hereje
Capítulo XXXV
Vine aquí, buena gente, acusado y condenado por hereje, siendo sir Tomás Moro mi acusador y mi juez. Y sean estos los artículos por los que muero. Primero, declaro que es lícito que todos los hombres y mujeres dispongan del libro de Dios en su lengua materna. Segundo, que el obispo de Roma es el Anticristo… Que Dios perdone a sir Tomás Moro.
Declaración de James Bainham antes de ir a la hoguera, abril de
1532
Al caer las sombras vespertinas, el frío penetró en la parte de atrás del carromato. John Frith se arrebujó en su capa de lana e intentó pensar. Muy probablemente sus captores lo llevaban ante la presencia bien del obispo Stokesley en Londres, bien de Tomás Moro en su casa, donde sin duda lo someterían a la clase de interrogatorio ilegal que Moro venía realizando desde hacía años. La mejor opción de fuga era antes de llegar a su destino.
Uno de los hombres se había adelantado a caballo —obviamente para recibir la recompensa por haber capturado a su presa— y otro conducía el tiro de caballos. Eso mejoraba sus posibilidades, pero el gigante que sonreía junto a él con la daga desenfundada tenía corpulencia suficiente para partirlo en dos. Al principio John había intentado entablar conversación, con la esperanza de despertar su compasión. Pero, por lo visto, era una cualidad que no poseía.
—¿Adónde me lleváis?
—Lo sabréis cuando lleguéis allí.
—¿Imagino que no os sería posible atarme las manos por delante, y no a la espalda? Si vais a entregarme al obispo, quizá él no quiera la mercancía dañada.
Su vigilante lo miró con recelo.
—¿Qué diferencia hay si las lleváis atadas delante o detrás?
—Se me han dormido los brazos, y me golpeo una y otra vez las muñecas contra el adral.
—Solo estamos a una hora de Londres.
El carromato traqueteaba y se sacudía al rítmico chacoloteo de los caballos y los chirridos de las ruedas de hierro. John cerró los ojos, fingiendo que dormía, mientras su pensamiento se adentraba en callejones sin salida. Si quería fugarse, debía obligarlos de algún modo a detenerse. Tal vez podía simular algún tipo de ataque para crear una distracción. Pero tendría que actuar deprisa, tendría que coger al vigilante por sorpresa. Y tendrían que hallarse en algún lugar que no fuera ese camino abierto, para encontrar donde esconderse si lograba salir vivo del carromato.
Al aproximarse a la puerta de acceso al obispado, oyó acercarse el ruido de unos cascos de caballo. Reconstruía en su cabeza el trazado de las calles y callejones en torno a la puerta de acceso al obispado cuando de pronto se interrumpió el sonido de los cascos. Las ruedas se detuvieron con un chirrido al tirar el cochero de las riendas.
¡Ahora! Esa era su oportunidad para salir de allí como una flecha si lograba coger desprevenido al vigilante. Desde su fingida postura de hombre dormido, John entreabrió los ojos para calcular el tiempo de que disponía. Abrió los ojos de par en par. ¡Soldados! Los jinetes vestían la librea real. El vigilante se acercó más a él.
—Llevamos a un prisionero ante el obispo Stokesley —explicó el cochero, y su voz llegó a la parte de atrás del carromato. John abrió la boca para hablar. La daga se le hincó en el costado, un suave recordatorio por parte del vigilante.
—¿Quién es? —Uno de los soldados escudriñó dentro del carromato.
—Frith —gritó John—. John Frith. —La daga se clavó en su costado, pero sabía que allí no lo matarían. Esa era su única oportunidad—. Soy un estudioso de Amberes, y he venido a ver a maese Cromwell. Estos hombres me retienen contra mi voluntad. Son matones y asaltantes. —John sintió que la daga se hendía aún más, dando gracias por la resistente capa y la gruesa almilla de sarga—. Llevadme ante maese Cromwell…
—Es un hereje —gruñó el vigilante—. El obispo ha ordenado su detención.
—He sido raptado ilegalmente. Según la nueva ley del Parlamento, el obispo no tiene jurisdicción para arrestar y retener. Si van a presentar cargos contra mí, debo quedar bajo la custodia del rey, no del obispo.
El soldado pareció reflexionar.
—Si dudáis, llevadme ante maese Cromwell. Si estoy en un error, podéis entregarme al obispo vosotros mismos. Si estoy en lo cierto, habréis impedido una injusticia y os habréis granjeado el favor de maese Cromwell.
Los soldados departieron brevemente, y después, para gran alivio de John, uno de ellos indicó al cochero del carromato con un gesto de cabeza que debía pasar a la parte de atrás con el prisionero. Entregó las riendas de su caballo a su compañero y ocupó el asiento del cochero. En menos de una hora John estaba bajo la custodia del alguacil Kingston en la Torre.
La primera noche de John en la Torre resultó no ser tan mala como se temía. El viejo guardia de servicio lo llevó a su celda, diciéndole que el alguacil se había retirado ya a sus aposentos privados e interrogaría al prisionero a la mañana siguiente. Al menos había allí una ventana, alta y abierta al cielo, que proporcionaría algo de luz al llegar el día. La claridad de las estrellas que penetraba ahora por ella mostró la inhóspita severidad del pequeño espacio. No había más mobiliario que un colchón de paja, que olía relativamente a limpio y era, pues, preferible al frío suelo de piedra.
Le dieron asimismo una comida aceptable, pese a que nadie le había pedido que la pagara, y menos mal, porque solo llevaba una moneda para el pasaje de vuelta a casa cosida al dobladillo de la capa. Estaba resuelto a no gastarla aunque se muriera de hambre.
Tal era su cansancio que durmió a pierna suelta y, para su sorpresa, a la mañana siguiente le sirvieron el desayuno, no copioso, solo un trozo de pan rancio y unas gachas más bien claras, pero suficiente para mantener con vida a un hombre. Aun así, ¿cómo podía sobrevivir un hombre sin libros y material de escritura? Ni siquiera podía enviar una carta a Kate para anunciarle que su llegada no sería tan inminente como él pensaba. Si pudiera decirle al menos que le había surgido un pequeño retraso, nada preocupante, que todo saldría bien, se quedaría más tranquilo.
Contempló el grosor del marco de piedra de la ventana, y se preguntaba si alguien habría escapado alguna vez de una fortaleza así cuando se abrió la puerta de la celda y entraron dos hombres. El más alto, con el espadín ceñido en torno al jubón de terciopelo, se presentó como el alguacil. Su compañero, que también lucía ricas vestiduras, en su caso un gorro y un manto de terciopelo, era obviamente un hombre de cierta importancia, aunque nada en su aspecto denotaba al noble cortesano. Tampoco parecía un obispo.
—Maese Frith, debo admitir que me complace conoceros. Sentía curiosidad por vos.
—Este es maese Cromwell —dijo el alguacil—. Tiene especial interés en todos los prisioneros acusados de herejía. Estáis bajo su jurisdicción, pero eso vos ya lo sabéis, según me han dicho los oficiales que os arrestaron.
John se levantó del suelo con dificultad, haciendo acopio de toda la dignidad posible, e hizo una breve inclinación en señal de reconocimiento a uno de los hombres más poderosos de la corte.
—Maese Cromwell, toda Inglaterra os conoce, pero ¿cómo habéis oído vos hablar de mí?
Cromwell sonrió.
—He leído vuestra Discusión sobre el purgatorio.
—Es un honor para mí —celebró John, evaluando a aquel hombre y adivinando que era sensible a los halagos—. Más aun teniendo en cuenta que la lectura de mi obra os define como hombre de valor, ya que está prohibida.
—Sin duda es un texto audaz, y más en estos tiempos —afirmó Cromwell.
—Estos tiempos requieren textos audaces, ¿no os parece?
—Eso si el martirio es de vuestro agrado. En caso contrario, yo recomendaría prudencia. Si sois prudente, puede que incluso saquéis provecho de esta circunstancia. La nueva reina tendría cierta influencia en vuestro favor.
«¿La nueva reina?» Claro. Cromwell se adelantaba a los acontecimientos. Se sabía que era partidario de Ana Bolena.
—Ella ha mostrado un interés especial en los supervivientes del sótano del pescado. Pero la Iglesia, los obispos y el arzobispo siguen juzgando asuntos de herejía en sus tribunales. Incluso el arzobispo Cranmer, que es… afín a vuestra causa se lo pensaría dos veces antes de desestimar un veredicto de culpabilidad. El obispo Stokesley formará parte de ese tribunal. Tomás Moro será su asesor jurídico. Este es momento para la prudencia, maese Frith, no para la audacia. Si sois tan listo como creo, no necesitáis que os diga más.
—Sois muy amable, maese Cromwell. Me honra vuestro interés, y me complace oír vuestro consejo. Si me permitís la osadía de pedir un favor más, ¿podría disponer de material de escritura?
Cromwell arrugó la frente, entrecerrando los ojos hinchados hasta reducirlos a dos rendijas.
—Después de lo que os he dicho, maese Frith, no os recomendaría…
—Para escribir a mi esposa.
—Tampoco os lo recomendaría. Una carta así podría servir para localizar a vuestra esposa o a… otros amigos. Vuestra esposa podría ser utilizada a modo de palanca para obtener información o induciros a retractaros. Vuestra abjuración sería un regalo caído del cielo.
John de pronto se acordó de lo ocurrido a James Bainham: al no poder quebrantar su voluntad con el potro, habían encarcelado a su esposa en la prisión de Fleet. Gracias a Dios, Moro y Stokesley no sabían que tenía esposa y menos aún dónde vivía.
Cromwell apoyó una mano sobre el hombro de John en actitud fraternal.
—Alguacil Kingston, no es necesario que os preocupéis demasiado por los cerrojos. Creo que puede concederse a nuestro joven amigo libertad para visitar a algunos de los otros prisioneros. Es un hombre de Dios, un hombre compasivo. —Sus labios se curvaron en un amago de sonrisa—. Puede que reconforte a algunos de ellos. Permitid asimismo que lo vea cualquier visitante que pregunte por él.
El alguacil asintió.
—Y satisfaced cualquiera de las necesidades básicas que tenga. Podéis cargarlo a mi cuenta.
—Os agradezco vuestra gentileza, maese Cromwell —dijo John, y así era, aunque había algo en aquel hombre que no le inspiraba plena confianza. Se sabía que simpatizaba con el movimiento protestante, pero no sería el primero que aprovechaba la ola del necesario cambio para acceder al poder. En sus ojos se advertía una expresión de astucia que delataba su interés personal, y al fin y al cabo había sido escogido y adiestrado por Wolsey, parangón del interés personal.
—Cuando vuelva el rey, intercederé por vos ante él. El rey, pese a todas sus disputas con la Iglesia, sigue siendo un fiel defensor de la misa. Recordad eso en vuestras conversaciones con los residentes de la Torre y los visitantes. No sería raro que Moro y Stokesley mandaran un espía o dos.
—¿Y el material de escritura? —insistió John—. Aun a riesgo de abusar de vuestra gentil generosidad. Sería un gran favor.
Cromwell asintió.
—Vuestra posición como teólogo podría serle de mucho provecho al rey, si vuestra conciencia os permitiera escribir o hablar a favor de su decisión de repudiar a la vieja reina. Tenéis suerte de haber caído en mis manos y no en las de vuestros enemigos, maese Frith. Pero, os lo advierto, solo puedo ayudaros hasta cierto punto.
Después de marcharse, llegó la cena de John, y junto con ella una única vela, un poco de material de escritura y un libro con los sermones de Erasmo, no prohibido — Erasmo era un maestro de la cautela y predicaba contra muchos de los abusos de la Iglesia que los «herejes» abominaban, pero quedándose siempre a un paso de la herejía, conservando su amistad con Moro—: un ejemplo de la prudencia de Cromwell. Pero cuando John acabó su empanada de carne y su sidra aguada, no encendió la vela ni cogió el libro o el material de escritura. Se recostó contra la pared, contemplando la única estrella en el estrecho pedazo de cielo negro que alcanzaba a ver.
Se preguntó si Kate estaría mirando esa misma estrella. Si de algún modo sabía que él corría peligro. Se sumió en una soledad tan negra como aquel trozo de cielo.
El capitán Lasser estaba recogiendo un cargamento en el Steelyard cuando le llegó la noticia de que John Frith había sido arrestado. Dejó el paquete que se disponía a entregar a un tripulante.
—¿Sabe la esposa de Frith que lo han capturado? —preguntó a sir Humphrey, que era quien se lo había comunicado.
—Lo dudo. Nosotros acabamos de enterarnos hoy. Estamos intentando llegar a él para ver si necesita cualquier cosa que podamos proporcionarle. Trato de armarme de valor para escribir a su mujer. Es una tarea difícil. Su hermano era impresor e intermediario nuestro antes de que lo prendieran y le destrozaran la prensa. Ella me vendió una Biblia, una excelente reliquia de familia, para reunir dinero cuando cerraron la imprenta de su hermano. —Cabeceó y se acarició la barba, dándole forma de punta de daga—. ¿Cómo puede decírsele a una mujer que su marido ha sido arrestado por herejía?
—Con la mayor delicadeza posible —sugirió Tom, pensando en lo difícil que sería escribir una carta así, aun cuando ella no fuera una joven hermosa y esposa de un hombre a quien él admiraba—. Los conocí bien a los dos cuando los ayudé a escapar. Por entonces estaban recién casados. Cuando me enviasteis a recogerlo a él, no me dijisteis nada de su esposa.
—Yo mismo no lo sabía. Fue una complicación. Pero gracias a vos, todo salió bien.
—Frith es un buen hombre, y listo. Es posible que salga de esta. ¿Dónde lo tienen?
—En la Torre. Al menos Moro y Stokesley no pueden acceder a él.
—Pero aun así ¿será sometido a juicio?
—Muy probablemente. Siempre y cuando consideren que han reunido pruebas suficientes.
—Cosa que estarán haciendo con la misma diligencia que una ardilla recoge nueces, me juego lo que sea. Cuando acabéis de escribir esa carta, dádmela. Yo se la llevaré.
—Otra difícil tarea, capitán.
Tom asintió y levantó una caja con el rótulo «especias» que colocó sobre una pila para que la cargaran. No olía a especias, pero Tom había aprendido a no hacer preguntas. Lo único que necesitaba saber era que iba marcada con dos X y requería un manejo especial.
—Una difícil tarea —coincidió él—. Pero solo le faltaría recibir una carta así de manos de un mensajero desconocido.
Mientras cargaba cajas y fardos marcados con la doble X, se planteó su dilema. Siempre había eludido toda implicación directa con los reformistas: el beneficio era nulo y el riesgo grande. Ningún obispo conocía su nombre, y esa era una situación muy deseable; siempre se las había arreglado para navegar sin llamar su atención, como cualquier otro contrabandista que podía librarse a fuerza de sobornos si lo prendían. Pero la dura verdad era que John Frith no merecía morir a manos de Tomás Moro. Y la valerosa joven que había conocido ante la cárcel de Fleet no merecía esa doble ración de dolor. Si podía prometer ayuda, transmitir a Kate cierta esperanza de que su marido quedaría en libertad, la noticia sería más llevadera para ella. Pero ¿realmente podía hacerlo? ¿Arriesgarlo todo para liberar a Frith? Quizá no.
Para cuando Monmouth regresó con su carta y El canto de la sirena zarpó, el capitán Lasser estaba ya convencido de que debía ofrecer a Kate un hombro sobre el que llorar cuando recibiera la noticia. Merecía eso como mínimo.
Kate acabó de coser el dobladillo en la funda de la cuna de su bebé y examinó las diminutas puntadas con satisfacción. No eran perfectas, pero tampoco estaban tan mal. Extendió la suave tela en la cuna y dio a esta un pequeño empujón con el pie.
Con las manos en el vientre, habló con suavidad a la criatura que llevaba en su interior.
—Este mundo es un lugar duro, pero tendrás una cama blanda, aunque la almohada tenga uno o dos puntos torcidos. —El bebé dio una patada como si respondiera. Kate se echó a reír—. Eso resérvaselo a tu padre para que vea lo fuerte que estás. Estará aquí para darte la bienvenida en el mundo como prometió. Tal vez incluso llegue antes.
Al marcharse, John había dicho que volvería por Navidad, pero en su última carta de hacía dos semanas anunciaba que en ese momento pasaba por Londres y regresaría a casa antes. Incluso podría estar allí para el día de Todos los Santos.
—Ahora sí pensará que tu madre está tan gorda como la mujer del panadero.
Contemplaba esa posibilidad con solo un fugaz asomo de desasosiego —¿la vería fea y deforme?—, cuando la criada le comunicó que tenía una visita.
—¿Quién es?
—No lo sé, señora. Nunca lo he visto.
—Ya sabes que no debemos recibir a desconocidos aquí. Podría ser un espía.
—Dice que es de la Liga Hanseática, y me ha enseñado un sello para demostrarlo.
—¿Te ha dado su nombre?
—Capitán… Lasser, creo.
Kate reflexionó por un momento. Tom Lasser siempre la había inquietado de una manera imprecisa. Además, probablemente había ido para ver a John.
—Dile que mi marido no está.
La criada se marchó apresuradamente pero regresó casi de inmediato.
—Dice que es a vos a quien necesita ver, señora. Dice que os trae una carta de Humphrey Monmouth.
Humphrey Monmouth. Quizá sean noticias de John. Dios mío, te lo ruego, que no sea una mala noticia. No lo soportaría. Ahora no.
—Lo recibiré en la capilla —respondió Kate—. Allí podremos hablar en privado.
Y aquel sagrado espacio, pensó, quizá le brindara cierta protección contra las malas nuevas.
Cuando Tom entró en la sencilla y pequeña capilla, no la vio en la luz tenue. La reducida estancia estaba en penumbra salvo por un rayo de sol con motas de polvo en suspensión procedente de una alta ventana que iluminaba con un resplandor blanco el austero altar. Cuando ella se levantó y se volvió de cara a él, el haz la iluminó también, y de pronto resultó difícil respirar en el exiguo espacio de la diminuta capilla.
—Estáis… radiante —dijo Tom Lasser, y se le cayó el alma a los pies al verla en avanzado estado de gestación. Como si su misión no fuera ya de por sí bastante difícil —. ¿Para cuándo es el parto?
—Para Navidad, más o menos.
Ella no le sonrió. En su voz no se adivinaba el menor tono de bienvenida. Instintivamente, Tom se acercó.
Ella retrocedió.
—¿Habéis dicho que traéis una carta?
—¿Podemos sentarnos aquí un momento? —Él señaló el banco ante el altar.
—No necesito sentarme. Si no os importa, requieren mi presencia en la sala de contabilidad.
—Por favor, sentaos. Antes necesito hablar con vos. Antes de que leáis la carta.
Kate palideció.
—¿John? ¿Es sobre…?
Él le rodeó la cintura con un brazo y la guio hacia el banco, pero, notando el respingo de ella, lo apartó.
—Estáis temblando —observó él.
Kate se sentó con las manos cruzadas en el regazo. Él alargó los brazos y se las tocó. Las tenía frías y blancas, como si la sangre no corriera por ellas. En la capilla había solo un pequeño brasero, y no estaba encendido. Tom se quitó el jubón y le envolvió los hombros.
Ella pareció encogerse dentro de él.
—Decid lo que tengáis que decir, capitán. —Hablaba con un hilo de voz, un poco ronca por el miedo.
—John está bien, y no debéis alarmaros excesivamente si recibís noticias desconcertantes.
—¿Qué es alarmarse excesivamente, capitán? —preguntó ella, levantando la voz —. ¿Qué grado de alarma debo mostrar?
Tom no estaba planteándolo bien. La angustia que sentía en ella, el temor que sentía por ella, lo alteraban.
—¿Qué noticias desconcertantes?
—John va a… retrasarse.
—¿Retrasarse? ¿Solo es eso? Hay algo más, lo veo en vuestro rostro. Decidlo y acabemos de una vez, os lo ruego, o sencillamente dadme la carta de sir Humphrey y dejádmela leer.
—John ha sido arrestado —espetó Tom, procurando mantener una expresión benévola, la voz ecuánime.
—¡Dios mío! —exclamó ella, y se llevó las manos primero a la cara, y luego al vientre, como si pudiera impedir que el niño lo oyera. Empezó a balancearse hacia atrás y hacia delante—. Dios mío, no, te lo ruego…
El capitán intentó rodearla con los brazos para reconfortarla, pero ella lo apartó como si el contacto le quemara.
—Mi marido está en manos de sir Tomás Moro, el hombre que solo vive para quemar a otros hombres, ¡y me decís que no me alarme excesivamente!
—No, no es así. No lo tiene Tomás Moro. —Le entregó la carta.
Ella dejó de balancearse un momento y se la arrebató. Sosteniéndola con manos trémulas, la devoró con la mirada.
—Aquí dice que está en la Torre. Que lo tiene Thomas Cromwell y no Tomás Moro —leyó Kate con la respiración entrecortada.
—Y eso es una excelente noticia —indicó él—. Concentraos en eso. No abandonéis la esperanza. Si él es paciente, existen muchas probabilidades de que lo pongan en libertad. Puede que ni siquiera haya juicio.
Ella se puso en pie y se plantó ante él, con los ojos muy abiertos por el miedo y la determinación.
—Llevadme con él —solicitó—. Quiero verlo.
—Opino que eso no sería muy buena idea…
—Vuestra opinión me trae sin cuidado.
—Debéis pensar en vuestro hijo.
—Estoy pensando en él. Quiero que al menos oiga la voz de su padre antes… — Y entonces se echó a llorar.
Esta vez, cuando Tom la rodeó con los brazos, en lugar de retirarse se apoyó en él por un momento. Enseguida su cuerpo se tensó como si se esforzara por recobrar el control.
—¿Me llevaréis con él? —preguntó, y alzó la vista para mirarlo—. Por favor.
—Haré lo que deseéis, Kate, pero creo que… no, escuchadme… si descubren vuestra existencia, os utilizarán contra él. Os convertiréis en instrumento de… —Se interrumpió, buscando una palabra que no fuese «tortura»—. Algo que puedan emplear para quebrantar su voluntad, para obligarlo a confesar. Ahora él sabe que vos y el bebé estáis a salvo. Eso le dará algo a lo que aferrarse. Eso le proporcionará fuerza y consuelo. Sé que eso sentiría yo si estuviese en su piel.
—Pero…
—Permitidme que vaya yo en vuestro lugar. Intentaré entrar a verlo. Haré cuanto esté en mis manos. Si todo lo demás falla, hay otros que han escapado de la Torre…
Ella lo miró con una expresión de incertidumbre en los ojos.
—¿Lo haríais? ¿Os pondríais en peligro por John?
Tom se limitó a encogerse de hombros y dijo:
—John es un buen hombre, y Tomás Moro y su hatajo de cazadores de herejes no me inspiran la menor simpatía. Un hombre ha de tener derecho a creer en lo que quiera.
Ella lo miró como si intentara calibrar sus intenciones, preguntándose si podía confiar en él, y finalmente dijo en un susurro:
—También vos sois un buen hombre, capitán. Siempre lo he sabido.