La librera y el hereje
Capítulo XXIX
El espíritu del error y la mentira se llevó su miserable alma directamente desde el breve fuego hasta el fuego eterno. Y he aquí que este es sir Thomas Hitton, el hediondo mártir de los demonios, de cuya quema Tyndale se jactó tanto.
SIR TOMÁS MORO, sobre la muerte de Thomas Hitton
—¡ stá… quebrantando… la ley! Tu padre, el mayor defensor de la ley en E
Inglaterra, la incumple como si fuese el que dicta la ley y no el que la mantiene. La ley es clara. Todas las personas acusadas de herejía deben ser entregadas a las autoridades.
—Pero él es la autoridad secular —adujo Meg Roper con la actitud más sosegada posible para calmar a su marido, en general hombre de modales suaves.
—Existen procedimientos, un proceso ya establecido y legítimo… que él desacata. —Dio un puñetazo en la mesa. Parte de las gachas de su desayuno se derramaron.
—Chist, William. Los criados podrían oírte —dijo ella, a la vez que limpiaba las gachas.
Él bajó la voz, pero solo un poco.
—Está desquiciándose, te lo aseguro. Tiene una obsesión morbosa con la hoguera. Primero fue aquel peletero, Phillips, a quien él y su obispo servil interrogaron ilegalmente en su «árbol de la verdad», en su propio jardín de Chelsea, y siguió haciéndolo en una flagrante violación de la ley, incluso después de que un jurado lo declarara inocente. Y luego ese sacerdote, Hitton… la primera quema en ocho años. Ocho años, Meg. Inglaterra había estado libre de la mancha del humo, y justo entonces nombran canciller a tu padre.
—Pero eso es pura coincidencia.
—Thomas Hitton acabó en la hoguera después de un registro ilegal, y Tomás Moro se recreó en la quema de un hombre cuyo único delito era llevar cartas en los bolsillos para personas a quienes tu padre llamaba «los herejes de allende el mar». Cartas, Meg. Un hombre fue atado a una estaca y quemado porque llevaba cartas para William Tyndale.
Meg, incómoda, recordó el momento en que ella entró en el jardín sin previa invitación y su padre la reprendió por la intrusión, él, a quien siempre había considerado el más tierno de los hombres; también recordó que más de una vez había oído extraños gritos procedentes de la garita del portero, otro lugar al que ella y el resto de la familia tenían prohibido el acceso.
—Todo eso son mentiras, pérfidas mentiras difundidas por sus enemigos — insistió Margaret—. Todo gran hombre tiene enemigos. Es bastante indulgente con tus opiniones reformistas. ¿Cómo puede ser tan malo como dicen algunos?
—No seas tan ciega, Margaret. El gran Tomás Moro en persona registró el Muelle de Petite y encarceló a John Petite, miembro del Parlamento y burgués de Londres, pese a no encontrar un solo libro prohibido.
William arrancó un trozo de pan y la señaló con él para subrayar sus palabras.
—Más vale que alguien lo frene. Más vale que alguien hable con él. Ni siquiera Wolsey quebrantó la ley tan a la ligera. Y quizá Cuthbert Tunstall fuera un adulador del papa, pero, a diferencia de Stokesley, no llegaba al límite de la tortura y la hoguera. Cuando las víctimas de tu padre cuentan lo que hace, él se limita a esbozar esa sonrisa suya y dice que solo pretende salvar almas. Entre él y el nuevo obispo de Londres, al final no quedará ningún alma que salvar.
—¿Quieres más gachas? —preguntó ella con la esperanza de cambiar de tema—. Siento que no haya nada más. La cocinera está ocupada preparando morcilla. A ti te gusta la morcilla.
Pero él no se dejó distraer tan fácilmente. Era como si se hubiera roto una presa, y las palabras siguieron brotando. Margaret ignoraba que hubiera acumulado dentro de sí tal resentimiento hacia su padre.
—Sé de un librero de Cambridge, un tal Nicholson, que jura que sir Tomás lo azotó durante cinco días, cinco días, mientras lo mantenía atado a un poste en su jardín, y le ciñeron cuerdas en torno a la frente, apretándoselas hasta que se desmayaba. Será mejor que hables con tu padre, Meg. Tú ejerces cierta influencia sobre él. Si lo quieres, habla con él. Está emborrachándose con su propio poder.
—Hablaré con él —prometió Meg, solo para hacerlo callar. Estaba segura de que su padre tendría una respuesta para todas y cada una de esas infames acusaciones.
—¿Cuándo? —preguntó él con toda intención.
—Cuando llegue el momento oportuno, William. Le plantearé los rumores, y entonces verás que responde a todas tus acusaciones.
—Puede que lo haga a satisfacción tuya —dijo él—, pero dudo que de nadie más.
A continuación abandonó la mesa repentinamente, sin siquiera darle el habitual beso en la mejilla.
La desconcertante noticia de que John se había marchado a Inglaterra sin ella, regresando a la boca del lobo sin siquiera consultárselo, la encolerizó. Luego la aterrorizó. Cuando él volvió, una semana antes de Navidad, tan andrajoso y desaliñado que Kate apenas lo reconoció, la abrazó con tal júbilo que ella se preguntó si él no era consciente del abandono que había sentido, el terror al que la había sometido.
—Son más numerosas las masas desaseadas que los hombres prósperos, amor mío —explicó él—. La clave está en confundirse con ellas sin parecer un vagabundo. He aquí a un corriente jornalero, impaciente por volver a casa junto a su extraordinaria esposa —dijo, y la besó. Olía a los caminos, pero sus labios eran dulces como la miel—. Incluso falsifiqué un permiso para demostrar que estoy al servicio de un tal sir Sidney Stottlemeyer —prosiguió cuando se separaron. Metió la mano en su morral de cuero y le entregó el documento para que ella pudiera apreciar la broma—. Un guardia en las puertas de Westminster llegó a decir que lo conocía, pese a que acababa de inventarme el nombre. «Un digno caballero de pelo gris», dije, «con un lunar en la punta de la nariz». «Sí, sí, lo recuerdo bien. Dadle saludos de mi parte», contestó el pobre necio.
Kate examinó el documento de aspecto oficial que él había falsificado con su cuidada letra, admirada ante el valor y los recursos de su marido.
—¿Por qué necesitaste mostrar un permiso? A nosotros nunca nos pidieron esa clase de documento. No recuerdo que nuestro aprendiz llevara uno.
La sonrisa de él se desvaneció y dio paso a una expresión de ira que ella nunca había visto en el rostro de su marido.
—Eso es obra del caritativo canciller Moro. Ha conseguido que el Parlamento apruebe una ley por la que se estipula que toda persona saludable hallada fuera de su parroquia original sin un permiso para mendigar o prueba de empleo será desnudada, atada a una carreta y azotada en público por las calles hasta que su cuerpo sangre.
Kate de pronto tuvo una visión de la espalda de su hermano atravesada por las cicatrices, seguida de otra de Margaret Roper defendiendo la caridad de su noble padre. La antigua ira de otros tiempos brotó de dentro de ella.
Pero en John, con su buen carácter innato, la ira no podía ser muy duradera. Se echó a reír como si todo fuera el mismo gran juego y no una cuestión de vida o muerte mientras se quitaba la almilla manchada y cortaba el forro con un cuchillo. Salieron cartas, docenas de cartas, desparramándose ante él.
—Cada sobre contiene un montón de dinero —anunció con orgullo—, y palabras de aliento y gran afecto para nuestra causa. —Le brillaban los ojos de entusiasmo.
Había vuelto solo, explicó, sin esperar a Barnes para viajar con su salvoconducto porque quería entregar las cartas y, por supuesto, ver a su bella esposa. No había podido acceder al rey, dijo, pero daba igual porque seguramente no habría servido de nada. En su función de canciller, Moro estaba resuelto a quemar a todos los reformistas de la cristiandad. Cuando John empezó a nombrar a vendedores, compradores y lectores de Biblias que habían sido interrogados por sir Tomás Moro y el obispo Stokesley, Kate sintió tal pánico que casi se le paró el corazón.
—¿Te acuerdas de un tal Christoffel van Ruremund, ese del que hemos hablado alguna vez?
Kate movió la cabeza en un gesto de negación.
—Es… era… —dijo John— un holandés que introducía ilegalmente en Inglaterra ejemplares sin encuadernar del Nuevo Testamento de William. No era uno de los nuestros, pero eso poco importa. Mientras William consiga difundir la Palabra de Dios, le da igual quién obtenga beneficio.
—¿Has dicho «era»?
—Moro lo capturó. Lo encerró en la Torre. Murió allí después de uno de los «interrogatorios» del canciller.
A Kate se le cortó la respiración.
—¿Y tú cómo te has enterado de eso?
—Hay una posada junto al puente de Londres, el Signo de la Botella, donde se reúnen los hombres de la Biblia. No sé si la conocías. Probablemente tu hermano sí. Allí me contaron lo de Christoffel y unos cuantos clientes más. La mujer del posadero me advirtió de que los espías de Moro vigilaban el establecimiento. —Hizo una pausa y, cogiéndola por los hombros, la estrechó contra sí—. Nunca hables con desconocidos sobre lo que hacemos aquí, Kate. Ni siquiera con las mujeres con quienes te reúnes. A veces desearía que te conformaras con…
—Sabes que no lo haría —atajó ella antes de que John expresara la protesta que ella no deseaba oír, y menos ahora que él había corrido tal riesgo sin consultarle antes a ella—. Eres tú quien se pone en peligro. Eres tú el que se va de la lengua, siempre predicando ante el primero que se presenta dispuesto a escucharte, metiéndote en la guarida del dragón.
—Es solo que cuanta menos gente nos conozca, cuanta menos gente sepa lo que hacemos… bueno, imagina que Christoffel hubiera sucumbido al interrogatorio, como ha sido el caso de hombres más débiles…
Kate pensó en su hermano, que había sucumbido bajo esa misma cólera, y la vergüenza y el horror que había sentido ella por su sufrimiento.
—Si se enterara de dónde estamos…
A Kate los ojos le escocieron a causa de las lágrimas ante la sola idea de perder tanto a su hermano como a su marido por el odio desenfrenado de Tomás Moro.
—Prométeme que nunca más volverás a hacerlo, por favor.
John la atrajo hacia sí y la besó en lo alto de la cabeza.
—Fui a Paternoster Row. Vi tu imprenta.
Ella alzó la mirada, con gran curiosidad, aunque no pasó por alto la treta de John. Pretendía distraerla. No le había prometido nada. Pero ella decidió que si John volvía a marcharse, no se iría solo.
—Todavía está el cartel, LIBRERÍA E IMPRENTA GOUGH, aunque un poco herrumbroso y necesitado de una mano de pintura.
—¿La ocupaba alguien?
—No. Las ventanas y las puertas estaban tapiadas. Y un aviso descolorido decía que había sido cerrada a causa de la peste, con un tosco dibujo para ahuyentar a los analfabetos… Eso fue, supongo, lo que disuadió de entrar a los vagabundos. El aviso llevaba el sello de lord Walsh. Lo copié y le cambié la fecha.
—Pero no entraste. —De pronto la asaltó el anhelo de ver la pequeña tienda y subir por la escalera a su vieja habitación bajo el alero.
—Claro que entré. Fue allí donde me alojé durante mi estancia en Londres. Arranqué una tabla y entré por la ventana que da al callejón. —Sonrió—. Dormí en tu pequeño camastro, aunque habría sido más apto para dos.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí? ¿Adónde más fuiste?
—No me quedé mucho en Londres, lo justo para averiguar lo que necesitaba saber.
—¿Y eso qué fue?
—Que si la Bolena en algún momento ha abierto la mente de Enrique como pensábamos, esa ventana se ha cerrado. En abril reunió a unos cuantos miembros del clero e incluso hablaron de autorizar una Biblia inglesa. Algunos, según mis fuentes en la posada de la que te he hablado, de hecho tuvieron el valor de salir en su defensa, pero Moro ganó la partida. Mientras Moro sea canciller, no habrá Biblia legal —dijo muy serio—. Y sin embargo hay Biblias por todas partes, desde Gravesend hasta Bristol, desde el castillo más noble hasta la más miserable choza. Algún día, no pronto, pero sí algún día… es una libertad que la gente aspira a tener.
—Pero ¿cómo van a tenerla si el rey no la permite?
—Han demostrado que están dispuestos a arriesgarlo todo por eso. ¿Qué puede hacer un papa, un rey o incluso un emperador ante una cosa así? Cuando la cantidad aumenta demasiado, la única salida es ceder. O si no, no quedará en Inglaterra nadie para pagar los tributos y financiar las guerras de Enrique.
Se sentó en la cama y se quitó las botas.
—Qué placer estar en casa —exclamó, y se tendió con los brazos y las piernas extendidos en la cama—. No me has hablado de tu viaje.
Pero ya había cerrado los ojos.
—Conocí a muchas de las amigas de Catherine. Eran francamente… —Kate se interrumpió—. Ya te lo contaré más tarde, cuando no estés tan cansado.
En virtud de sus funciones de canciller, sir Tomás Moro era el único laico presente en la Asamblea del Clero convocada por el rey, y como el objetivo de dicha asamblea atañía claramente al Tesoro, era su reticente deber leer la proclama. Estaban todos allí: el arzobispo Warham de Canterbury, Tunstall, el nuevo obispo de Durham, y Stokesley, su sustituto en Londres, junto con una legión de obispos, abades y priores, muchos de los cuales Tomás conocía por su nombre.
Con un susurro de seda y de delicada lana negra, ocuparon sus asientos en la sala de Westminster, saludándose con sus tocas negras y púrpura y sus estolas ribeteadas de armiño, tapándose los labios tensos con los dedos enjoyados al cuchichear. En la sala se respiraba un ambiente de dignidad, impregnado del aroma de densos perfumes, pero a Tomás le recordó el aire previo a la tormenta. El arresto de Wolsey había sido para ellos el ruido del trueno a lo lejos.
Esperaban a ver si los nubarrones se habían despejado, y tenían razones para creer que así era. El cadáver del cardenal, a pesar de su arresto por conspirar con el papa contra el rey, había sido expuesto públicamente, tras su oportuna muerte unas pocas semanas antes, con toda la dignidad de su cargo: mitra, báculo, anillo, palio y vestiduras. Se había instalado una capilla ardiente a la vista de todos, con el féretro bien iluminado mediante velas de cera mientras los canónigos entonaban cantos fúnebres. Aunque se rumoreaba entre el clero que la ramera del rey había ofrecido una mascarada de Año Nuevo en la corte para honrar «la ida al infierno del cardenal Wolsey», el hecho de que se lo hubiera enterrado con los honores propios de un cardenal era prueba de que el rey seguía bajo el yugo papal.
Correspondía a Tomás ese día la triste misión de sacarlos de su engaño.
De pie en la cabecera de la sala, aguardó a que cesaran los murmullos y todas las miradas se volvieran hacia él, y entonces, con la eficiencia que lo caracterizaba, anunció que estaba allí en representación de la Corona. Unos cuantos expresaron en susurros su insatisfacción por la circunstancia de ver que su majestad había decidido no honrarlos con su presencia cuando ellos, a petición de él, habían viajado desde tan lejos por los caminos estragados a causa del invierno. Ese no era un buen augurio, y lo sabían.
Tomás cogió los papeles de la mesa y, aclarándose la garganta para quitarse el nudo de reticencia ante tal tarea, empezó a leer los cargos. Todas las miradas permanecían fijas en él, todos los oídos aguzados para no perderse una sola palabra. Tomás no levantó la voz. Nunca levantaba la voz. Hacía tiempo que sabía que solo los impotentes vociferaban. Tomás no tenía necesidad de gritar.
Sin emoción, y con un tono uniforme que no delataba lo mucho que aborrecía esa lectura, dio a conocer la declaración del rey. Afirmaba que los retrasos del papa por nimiedades en lo referente al matrimonio del rey habían costado al Tesoro cien mil libras, y se exigiría la restitución de dicha cantidad a los representantes ingleses de la Santa Iglesia Católica Romana allí reunidos. Todo sacerdote y prelado que hubiese secundado la praemunire del difunto cardenal era en igual medida culpable de la traición del cardenal y estaba, por consiguiente, sujeto a pena de prisión en la Torre y confiscación de sus propiedades.
Siguió un suspiro colectivo, un intercambio de miradas inquietas, e incluso unas cuantas exclamaciones de indignación, pero nadie expresó un franco desafío. Cobardes todos, pensó Tomás al reanudar la lectura. Si él hubiese ceñido la mitra en lugar de llevar la cadena de su cargo —hacia la que lo habían conducido su padre y su naturaleza carnal—, ante tal ultraje no se habría quedado en silencio como hizo el arzobispo Warham. No había uno solo entre ellos, quizá a excepción del obispo Fisher de Rochester, dotado de la entereza necesaria para mantenerse firme. Pero incluso él guardó silencio ante tal chantaje.
Tomás prosiguió. Si tenían el sentido común de pagar al Tesoro la suma de cien mil libras, no habría ulteriores investigaciones ni se presentarían más cargos. La Corona se daría por satisfecha.
Tomás no se sorprendió al enterarse, dos días después, de que habían accedido a pagar la extorsión del rey. Tampoco se sorprendió cuando al cabo de dos semanas Enrique VIII, rey de Inglaterra, se presentó en el Parlamento y exigió que se lo reconociera como único protector y jefe supremo de la Iglesia y el clero ingleses. En esta ocasión el obispo Fisher de Rochester expresó su oposición con contundencia. Tomás, sintiendo que el peso de la gran cadena del cargo le quemaba como un hierro candente, guardó silencio. Qui tacet consentire videtur. Así, con su silencio, Tomás manifestó su consentimiento a la destrucción de su Iglesia en Inglaterra.
Esa noche la pasó postrado en el suelo de su capilla de Chelsea, mientras se coagulaba la sangre de los verdugones en su espalda, heridas que se había infligido él mismo para aplacar a un Jesucristo defraudado. Pero al día siguiente sería fuerte, renovaría sus esfuerzos para dar con los verdaderos enemigos de su Iglesia, aquellos que aspiraban a la destrucción de la Santa Sede. Lo haría por el Jesucristo a quien había decepcionado. Les daría caza mientras viviera, si es que vivía. Les daría caza dentro del país, les daría caza en el extranjero. Tomás Moro, sacerdote, ofrecería a los herejes como expiación suya. El olor a humo se elevaría hasta el cielo.