La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 17 de 45

Páginas del PDF

La librera y el hereje

Capítulo XVI

 

El clero no los convierte en herejes ni los quema… el clero los denuncia. Y los poderes temporales [las autoridades seculares] los queman, como bien merecen. Y después del fuego de Smithfield, los recibirá el infierno, donde esos miserables arderán eternamente.

SIR TOMÁS MORO, sobre el proceso de quema de herejes

 

Al principio Kate no reconoció a la mujer que les servía la mesa en la cámara del capitán: poco más que un armario bajo el alcázar, abarrotado de diversos mapas e instrumentos, entre los que Kate solo reconoció el sextante. Una vez había visto una ilustración de uno en un libro impreso por su hermano. Pese a que la mujer que los servía parecía vigilarlos por debajo de los párpados entornados, mantuvo la cabeza gacha, sin pronunciar palabra, mientras retiraba la sopera vacía y la sustituía por una bandeja de capón asado y pan crujiente.

—La sopa de puerros estaba deliciosa, y caliente. ¿Cómo lo has conseguido? — preguntó Kate.

La mujer se dio por aludida con un gesto de asentimiento pero no contestó, limitándose a darles la espalda mientras ordenaba el resto del pequeño camarote, con lo que Kate se quedó con la duda de si no sería extranjera.

—Tiene una estufa en la proa que hace las veces de horno razonablemente. Es como uno de esos braseros con los que se calienta una habitación, solo que más grande. Lo usa para hacer milagros, con los que nos deleitamos mi tripulación y yo. —Tom dejó escapar un peculiar sonido, medio risa, medio gruñido—. La tripulación casi se amotinó cuando la traje a bordo. Pero después de probar sus guisos durante unos días, decidieron que una mujer a bordo traía más suerte que las galletas duras.

—Me hago cargo —dijo John mientras cortaba un trozo del ave con el cuchillo y lo servía en el plato de Kate—. Es muy generoso por vuestra parte, capitán, cedernos vuestro camarote.

El capitán Lasser parecía mostrar poco interés en la comida. Kate deseaba que se despidiera de ellos. Estaba agotada después del largo recorrido en el pequeño bote abarrotado —sentada precariamente sobre el baúl que lady Walsh había obligado a llevar al recalcitrante capitán—, durante el cual se había preguntado adónde iban, si de verdad los llevaban al barco o si tal vez el capitán los había traicionado. Pero John parecía tomárselo todo con calma.

John clavó el tenedor en otro trozo y se lo puso en su plato.

—No había pensado… Quiero decir que había dado por supuesto que habría un camarote privado para los pasajeros.

—Esto es un barco mercante, maese Frith —contestó el capitán con aspereza—. En cuanto a mi «generosidad»… en fin, ¿qué alternativa me queda? Vos y vuestra hermosa esposa no podéis instalaros con la tripulación.

Echó atrás la silla, bruscamente.

—Endor se ocupará de atender vuestras necesidades —dijo, señalando a la mujer que preparaba el camastro; era poco más que un banco—. Es muda, pero no sorda. Entenderá lo que le digáis. —Después, con una parca sonrisa en los labios, añadió—: Perdonad por el tamaño de la cama. No está concebida para dos… pero sin duda os las arreglaréis.

A Kate le ardió la cara de vergüenza.

—Al menos no es una litera suspendida de las vigas —dijo John alegremente como si no hubiera percibido el doble sentido en el comentario del capitán, o si lo había percibido, no lo considerase inapropiado—. Nos las arreglaremos perfectamente, capitán.

La mujer, delgada, de complexión menuda, con la expresión más triste en los ojos que Kate había visto en su vida, regresó a la mesa y, señalando al capitán, levantó las manos con las palmas hacia arriba a la vez que se encogía de hombros.

—Pregunta si queremos algo más —explicó el capitán.

—No… ya está… —empezó a decir Kate.

—¿Podría encender el farol de la pared? —la interrumpió John—. Me preocupa que mi esposa despierte a oscuras en un lugar extraño y se asuste.

Vamos, John, va a pensar que soy una niña desvalida, se dijo Kate, y enseguida se recordó que debía alegrarse de tener un marido tan considerado, y en realidad ¿qué más daba lo que pensara Tom Lasser de ella?

La mujer cogió el farol y echó un poco de aceite en su base. Luego volvió a colgarlo en la abrazadera de la pared con sus dedos delgados, casi como garras. Acudió a la memoria de Kate el día que estaba junto a la prisión de Fleet: la mendiga hurgando en la paja sucia en busca de la moneda que Kate había echado en su celda tenía unas manos como esas. Sin duda no…

—¿Esa mujer es…?

El capitán enarcó una ceja.

—Me sorprende que os acordéis. Me temo que, al ser muda, no le fue tan bien como a mí: eso y el hecho de que estuviera en prisión acusada de practicar artes adivinatorias.

Kate nunca había visto a John tan indignado como en ese momento.

—¿Es adivina? Pero eso está…

—¿Está prohibido? —Tom desplegó una amplia sonrisa, la misma que Kate había visto cuando él se burló de ella desde el interior de la cárcel de Fleet pese a estar mendigando su pan—. Es más inofensivo de lo que parece: no es brujería, ni algo que ella haga intencionadamente. No invoca al diablo ni nada por el estilo, maese Frith — explicó, encontrando cada vez más cómico el malestar de John—. Es más bien un don. Os lo demostraré.

La habitual sonrisa espontánea de John se había convertido en un pequeño mohín.

—Realmente, no es necesario, capitán. De hecho, preferiría…

—Ella solo ve visiones en el agua quieta. —Hizo una señal con la cabeza a la mujer, que parecía incómoda por ser el centro de la conversación—. Endor, ven aquí. Trae esa sopera y ponla en la mesa.

Kate de pronto sintió curiosidad, y temió que la actitud de John pudiera resultar ofensiva, no tanto para Tom Lasser, se dijo, como para la mujer que los había servido tan atentamente.

—¿Qué hay de malo, John? ¿No sientes al menos un poco de curiosidad?

—Eso, maese Frith —dijo el capitán con un tono desafiante y otra sonrisa burlona —, ¿no sentís un poco de curiosidad?

—Bueno, supongo que daño no hará. —John se encogió de hombros y dejó escapar una risa nerviosa y forzada, imponiéndose sus modales a sus objeciones.

Con un floreo de los puños de encaje de sus mangas, el capitán exclamó:

—Nuestros tortolitos querrían ver su futuro, Endor, si eres tan amable.

John se revolvió inquieto cuando la mujer asintió y, solemnemente, limpió la sopera vacía por dentro y la colocó en el centro de la mesa. La llenó hasta el borde con el aguamanil del aparador e, inclinándose, agarró la mesa como para mantenerla firme, o para sujetarse ella, y cerró los ojos. John manifestó su desaprobación ante todo aquel procedimiento levantando las cejas y apretando los labios, pero Kate agradeció que no expresase oralmente sus protestas.

El capitán sonrió. Está disfrutando con los remilgos de John, pensó Kate, y se disponía a decir que había cambiado de idea cuando la mujer abrió de pronto los ojos y fijó la mirada en la sopera.

El barco se meció suavemente con el paso de una ola.

Endor, tras un ligero cabeceo, volvió a cerrar los ojos.

—En realidad, capitán… —Pero el capitán se llevó dos dedos a los labios para pedir silencio.

Todos esperaron a que el agua volviera a quedarse quieta. Nadie habló. Solo se oían los crujidos de la madera por encima de ellos a causa del trajín de los marineros y correteos bajo el suelo: ratas en la bodega. Kate se estremeció. En todos los barcos había ratas, ¿o no? De pronto se alegró de que John hubiera pedido la luz.

De repente, como un títere sujeto de un cordel, Endor abrió los ojos y fijó de nuevo la mirada en la sopera. Kate se preguntaba cómo podía mantenerlos tan abiertos sin pestañear cuando, de improviso, la mujer dejó escapar un gruñido de preocupación, gesticuló enérgicamente y apartó la sopera de un manotazo. Parte del agua se derramó en el mantel blanco de hilo. Cabeceó vigorosamente y, sin esperar permiso, abrió la puerta que daba a la cubierta principal y salió corriendo del camarote. Al cabo de un momento oyeron unas rápidas pisadas por encima de ellos.

El capitán Lasser soltó una breve risa nerviosa.

—Supongo que su don no puede invocarse a voluntad. No saquéis conclusiones equivocadas. Solo se ha avergonzado de no haber visto nada en el agua.

Pero Kate advirtió que la sonrisa burlona había desaparecido.

—Sí, seguro que ha sido solo eso —convino John. Parecía sentir alivio al ver que aquella estúpida farsa había terminado.

—¿No le pasará algo? ¿No deberíamos ir a buscarla? —preguntó Kate—. Estaba alterada.

—No. Ha subido a la cubierta de popa para respirar un poco de aire fresco. Es su sitio preferido.

Pero Kate no se quedó muy convencida. Deseó hablar con la mujer, preguntarle qué la había alterado exactamente. Se inclinó y miró el agua quieta, pero lo único que vio fue el reflejo de su semblante preocupado. El barco se meció y esa imagen desapareció también. Pero Kate sintió un malestar en el estómago.

No sabía si la sensación de mareo la causaba el movimiento del barco o la reacción de Endor a lo que había visto en el agua. Pero sí lamentaba la última cucharada de sopa de puerros.

 

Durante el resto de esa primera noche en el mar, y durante buena parte de la siguiente, Kate, postrada en el estrecho camastro, se quería morir. Durante las primeras horas, John le sostuvo la cabeza mientras ella vomitaba en una palangana, no solo la sopa de puerros, sino todo lo que había comido en la última semana.

—No quiero que me veas así —gimió ella la primera vez. Al llegar a las arcadas secas, ya no le importaba. Cuando ya no le quedaba nada que echar, se tendió, agotada, en el camastro, mientras John subía a cubierta para retirar del pequeño camarote el fétido contenido de la palangana. Cuando John regresó, ella empezaba a pensar que ser capturada quizá no fuera tan malo si al menos así podía pisar tierra firme. Él volvió con un tazón de algo caliente y humeante.

—Dice el capitán Lasser que esto te sentará bien —informó, sosteniéndolo en alto.

—Eso dice, ¿eh? Si tú también estuvieras mareado, sospecharía que nos ha envenenado. —Apoyándose en los codos, Kate levantó la cabeza y los hombros, sin atreverse a incorporarse del todo—. ¿Qué es?

—Infusión de jengibre —contestó él—. Según el capitán, si lo que tienes es un mareo, esto te calmará —añadió, acercándoselo a los labios.

A Kate se le cerró el estómago, pero tomó un sorbo de aquel brebaje, de sabor intenso y penetrante, más por complacerlo que por fe en el propio remedio.

—Vamos, esa es mi chica —la alentó—. Dice el capitán Lasser que debes bebértelo todo. Dice que te ayudará a adaptarte al movimiento del barco.

No me trates como a una niña, John, se dijo.

—No quiero adaptarme al movimiento del barco. No tengo intención de volver a moverme. —Y entre sorbo y sorbo, añadió—: ¿Cuánto tiempo dijiste que tardaremos en llegar a Amberes?

—Cuatro o cinco días, según el viento.

—Dos horas —gimió ella—. Se tarda dos horas en cruzar el canal. Si hubiésemos ido por allí, ya habríamos llegado.

—O estaríamos en la Torre —dijo él, muy serio—. Vamos, bebe. Estaremos instalados en nuestra nueva casa y tendremos amigos nuevos antes de Navidad. No pondrás los pies en un barco nunca más.

Kate bebió la mezcla picante y dulce. Tenía que reconocer que sentía alivio en las entrañas. Se reclinó y cerró los ojos. Pero si el estómago se le había asentado, sus pensamientos seguían revueltos. La Navidad en un país extranjero al otro lado del mar con su marido reciente. Todo parecía irreal. Kate sabía alguna que otra cosa de Amberes: sabía que era una gran ciudad del Sacro Imperio Romano —probablemente incluso mayor que Londres— y la capital de la publicación en Europa. Muchos libros de Tyndale llevaban el imprimátur de Amberes. Gracias a Dios, lady Walsh les había dado los nombres de un contacto que los ayudaría.

—John, ¿sabes dónde…?

—Chist. No empieces a preocuparte. Tengo un plan. Tengo amigos allí. Te gustarán, y tú a ellos. Ahora descansa.

Al cabo de unos cinco minutos, ella notó que John le rozaba la frente con los labios.

—¿Estás mejor?

Kate consiguió asentir con la cabeza.

—Creo que subiré al alcázar y le daré el parte al capitán. Parecía deseoso de ayudar. La verdad es que no es mala persona, ¿sabes?

Kate no abrió los ojos, pero lo despidió con un gesto. Ahora el camarote estaba en silencio. El mar se había calmado de nuevo. Y también su estómago.

No se despertó siquiera cuando John regresó al camarote en penumbra al cabo de una hora.

 

Kate no despertó hasta la mañana siguiente. El camarote estaba vacío. Advirtió que era ya una avanzada hora de la mañana por la luz que entraba a raudales a través del único ojo de buey. Se levantó con cuidado, sorprendida al descubrir que el mareo y las náuseas habían desaparecido. Pobre John. Debía de haber dormido en la manta que había hecha un rebujo en el suelo. La invadió una repentina emoción al recordar lo afectuoso y tierno que había sido con ella. ¿Cómo podía haber encontrado un marido tan perfecto?

Una palangana de agua fresca y una pastilla de jabón castellano —por lo visto, al acaudalado capitán le gustaban los pequeños lujos aguardaban en la mesa donde se había servido la cena la noche anterior. Apartó de su cabeza la imagen de la sopa humeante, por miedo a que se le sublevara el estómago. Pero pensaba que realmente le convenía comer algo cuando Endor entró con otro tazón del brebaje de jengibre. Kate cabeceó con un gesto de protesta, pero la mujer señaló el tazón y asintió vigorosamente. Luego levantó dos dedos y destapó unos cuantos panecillos y un poco de queso ocultos bajo un hule.

—No lo entiendo.

Endor señaló primero el tazón, imitando a la vez el gesto de beber, y luego el pan.

—¿Quieres que beba esto y que después me coma el pan?

Endor asintió.

En fin, la primera vez le había sentado bien, se dijo. Bebió el líquido, sorprendida al ver que no era tan repugnante como le había parecido la noche anterior. Endor cortó un trozo de queso y, juntándolo con el panecillo, se lo entregó.

Kate dio un bocado y masticó despacio, aliviada al comprobar que su estómago no se quejaba.

—¿Te acuerdas de mí? —preguntó Kate, lamiéndose las migas de los dedos.

La mujer asintió.

—Me alegro de que estés a salvo. —Y en ese momento la asaltó una duda. ¿Cómo sabía que esa mujer estaba a salvo? Era a todas luces una criada, pero ¿qué otras obligaciones tenía para con el capitán?—. Mejor dicho, ¿estás aquí por propia voluntad?

La mujer esbozó una sonrisa de complicidad y, asintiendo, entrelazó las manos y se las llevó a los labios.

Está enamorada del deslumbrante capitán, pensó Kate, compadeciéndola. Se adivinaba en la expresión suave y brumosa de sus ojos. De pronto recordó otro detalle que había observado cuando la mujer se hallaba en la cárcel de Fleet: estaba visiblemente embarazada. Se preguntó si la criatura era del capitán y qué había sido de ella.

—Yo me llamo Kate y tú… ¿Endor?

De nuevo la mujer sonrió y asintió y señaló la luz del sol que entraba por el ojo de buey. Luego señaló a Kate y le indicó una escalera de mano, medio oculta detrás de unos trastos apilados, en la que ella no se había fijado antes. Había supuesto que la única manera de subir a cubierta era por la puerta empleada por Endor la noche anterior.

—¿Eso lleva directamente a la cubierta superior? ¿Mi marido está allí?

Un rápido gesto de asentimiento sirvió de respuesta a las dos preguntas. Extendiendo los brazos, Endor abarcó la mesa con un amplio movimiento, trazó rápidos círculos con las manos ante el estómago y simuló que tiraba tres veces del cordel de una campanilla. Kate lo entendió perfectamente.

—El aviso para la cena es tres campanadas. Estaremos listos. —Quería preguntar por la criatura—. Cuando nos conocimos, estabas preñada. ¿Puedo preguntar…?

Pero la mujer ya había cogido el orinal y salía apresuradamente por la puerta. O bien no oyó a Kate, o bien previó la pregunta y con toda intención decidió pasarla por alto.

Cuando sacó una enagua de hilo limpia de su ajuar, compuesto básicamente de prendas desechadas por lady Walsh —aunque sin duda superiores en cuanto a tejido y confección a cualquiera de las que Kate había dejado atrás en su pequeña vivienda encima de la tienda de Londres—, el aroma de la lavanda seca se mezcló con el olor salobre del mar, y pronto se sumó al perfume del suave jabón blanco. Se puso la enagua limpia por la cabeza, dio una buena sacudida a su segunda mejor falda y se la ciñó. Cuando se pasó el peine por la maraña de rizos, desistió tras el primer tirón y se dejó el pelo suelto bajo un sencillo gorro de tela.

El sol la llamaba a cubierta y se sentía renovada, sin el menor rastro de mareo. Benditos fueran Endor y su elixir mágico: tal vez se había adaptado finalmente al movimiento del barco. Se llevó otro panecillo dulce a la boca y se metió otro en el bolsillo, este para John. Mientras subía por la escalera como buenamente podía, estorbada por la falda, sintió un fugaz deseo de llevar puesto el pantalón que había dejado atrás.

 

El joven cortesano se quedó consternado cuando fue emplazado por el rey en York Place. Cuando a uno lo emplazaban en la corte, siempre se le formaba un nudo en el estómago, y más aún cuando la corte estaba en York Place. El palacio de Londres era propiedad del cardenal Wolsey, arzobispo de York, pero a menudo lo utilizaba el rey, y ser emplazado allí venía a ser como una invitación a la Cámara Estrellada de Westminster. Cuando Stephen Vaughan entregó su caballo al mozo en la torre de entrada, repasó mentalmente su comportamiento de los últimos tiempos por si había insultado u ofendido a alguna persona poderosa. No encontró a nadie.

Estaba dando palos de ciego. Como él bien sabía, el rey era capaz de obligar a un hombre a viajar largas distancias por un simple capricho, para jugar una partida de ajedrez o escuchar su última canción. O podía ser algo tan sencillo como desear que Stephen organizara una mascarada para la corte o un torneo. Pero hacía tiempo que su majestad no lo llamaba, y Vaughan había supuesto que el rey disponía de otro factótum. Y mejor así. Detestaba estar entre tantos hipócritas y parásitos, por no hablar del desasosiego de vivir siempre preguntándose si lo llamaban para rendir cuentas de alguna fechoría percibida o inventada, o con el temor de fallar —Dios no lo quisiera— en el cumplimiento de la obligación, cualquiera que fuese, para la que el rey lo había emplazado.

—Su majestad ha solicitado mi presencia —dijo a los cortesanos que mataban el rato ante la sala de recepción. Jugaban a los dados, y ni siquiera levantaron la vista—. Lo encontraréis en la cámara del cardenal.

—¿El cardenal está con él?

—¡Con él! —resopló uno de ellos—. El cardenal está en York, lamiéndose las heridas.

—¿Lamiéndose las heridas?

—¿No os habéis enterado? —Su interlocutor alzó la mirada y añadió—: Claro, ¿cómo ibais a enteraros? Hace tiempo que no venís por aquí, Vaughan. ¿También vos habéis caído en desgracia?

Stephen pasó por alto el tonillo de desprecio en su voz. Los otros se echaron a reír, con cierto nerviosismo, pensó Stephen.

—Su majestad debe de estar ocupado tomando medidas para los tapices nuevos —masculló uno de los jugadores de dados con cierta sorna—. He oído que tiene pensado cambiar el nombre a York Place: en adelante se llamará Whitehall. Suena bien. ¡Lo que daría por verle la cara a Wolsey cuando se entere!

Los dados repiquetearon en la mesa.

—Ojos de serpiente. Mirad, ¿queréis ver la cara de Wolsey?

El perdedor echó un soberano de oro con el retrato del cardenal en dirección al ganador, que sonrió y agitó la moneda en el aire.

—La cara y la cabeza. Estampadas en oro en la moneda del reino. Hay que ver cómo caen los poderosos.

—Aún no ha caído lo bastante bajo ese canalla arrogante. —Pero resultaba difícil saber si el perdedor se refería a Wolsey o a su compañero de juego hasta que gruñó —: Si ese malnacido, ese hijo de un carnicero de Smithfield, conserva la cabeza es solo gracias a la misericordia de su majestad. —Y de pronto, como si recordara la presencia de Stephen, asintió bruscamente—. Subid. Su majestad nos ha pedido que estuviéramos atentos a vuestra llegada. Está con su armero, pero ha dicho que os dejemos pasar igualmente.

Stephen subió los peldaños de dos en dos, acompañado del ruido de su espadín al dar contra la balaustrada de la escalera.

—Entra, Vaughan —dijo la voz, como un bramido de toro.

Era la voz del rey, y no era un bramido alegre.

Pero, para su alivio, enseguida descubrió que el principal blanco del enojo del rey era el armero.

—Mira esto, Vaughan —vociferó el rey, y golpeó la bragueta de armar de una majestuosa armadura completa tras la que se ocultaba, amedrentado, el maestro artesano—. ¿Te parece esto una manera adecuada de cubrir la virilidad de un rey, esta… esta mísera bragueta? No debes tener en mucho la hombría de tu rey, armero.

—Ha sido un error, vuestra majestad. —El armero se retorcía las manos, visiblemente agitado—. El aprendiz debió de interpretar mal las… magníficas proporciones del rey. Es un necio ignorante. Me encargaré de que se lo azote.

—¿Y tú qué? ¿Quién se encargará de azotarte a ti por no inspeccionar la armadura antes de traer semejante ofensa ante nuestra presencia?

El armero se quedó pálido como un cadáver.

—Vuestra majestad, os lo ruego…

—Bah, apártate de mi vista. Y llévate esto. —El rey dio una patada a la armadura con el tacón de la bota. El sonido reverberó en las vigas. El armero se encogió como si el golpe lo hubiera recibido él—. Arréglalo —gruñó el rey—. Y llévala a mi palacio de Richmond dentro de quince días. Y no me decepciones.

—Sí, vuestra majestad. Me ocuparé de que así sea —dijo, retrocediendo—. Será tan majestuosa como vuestra…

—Vamos. ¡Vete ya! —El rey lo despidió con un gesto—. Deja la espada.

Cogió el mandoble y lo blandió por encima de la cabeza a derecha e izquierda. Stephen compadeció a su adversario. El «Gran Harry», como lo llamaban, era conocido por su destreza con el mandoble.

—Un buen peso. Abrirá en canal a un francés o a un armero insolente.

Rápido como el rayo, lanzó la espada a Stephen, quien por fortuna la atrapó por la empuñadura dorada y no por la afilada hoja. Stephen la dejó a un lado con sumo cuidado.

—Ya ves de qué necios estoy rodeado, Stephen. —El rey dejó escapar un suspiro, pero le sonrió afectuosamente, ajeno al artesano que forcejeaba con la ofensiva armadura para sacarla por la puerta.

Stephen no supo qué contestar, ni si aquella sonrisa era de fiar. Inclinó la cabeza.

—¿Me habéis llamado, vuestra majestad?

—Sí… ¿Qué era? —Enrique se paseó de un lado a otro el tiempo suficiente para ponerle a Stephen los nervios a flor de piel y por fin, haciendo un gesto como si acabara de caer en la cuenta, se acomodó en un sillón. Indicó a Stephen que se sentara en el banco junto a la chimenea—. Tengo un pequeño recado para ti, maese Vaughan.

Stephen tomó asiento en el banco, alegrándose del calor, ya que ese día hacía frío y York Place, pese a todo su esplendor, no era tan acogedor como su vivienda de dos habitaciones en Cheapside. Procuró concentrarse con toda su alma y escuchó mientras Enrique perfilaba su plan para traer de regreso a un erudito exiliado, a fin de que sirviera en la corte, preguntándose qué papel desempeñaría él en dicho proyecto.

—Se llama William Tyndale. Es un hombre brillante. Por escribir ciertos textos luteranos incumplió la ley y contrarió a sir Tomás, pero creo que es posible convencerlo de que vuelva. A Inglaterra y a la verdadera Iglesia. Esa será tu misión, Vaughan. Dile que su rey, su país, lo necesitan. Si accede a las condiciones que he redactado, recibirá un perdón absoluto.

—Pero ¿está en el continente, decís? —preguntó Stephen, aparentando solo la mayor satisfacción por servir a su rey—. ¿Cómo lo encontraré, vuestra majestad?

El rey se encogió de hombros como si solo estuviera pidiéndole a Stephen que se acercara a Lincoln’s Inn o que realizara una pequeña búsqueda en las tabernas locales.

—Se cree que está en Amberes. De allí proceden la mayoría de sus textos ilegales. Podríais empezar por un impresor que se llama Johannes van Hoochstraten. Usa el alias Marburg para las obras de Tyndale.

Se puso en pie y, revolviendo en un baúl, sacó un paquete bien envuelto en un paño con el sello real. Se lo entregó a Stephen.

—Aquí dentro encontrarás fondos suficientes para mantenerte mientras estás fuera del país e instrucciones concretas, así como el perdón para maese Tyndale, si se aviene. Espero un informe tuyo cada dos semanas. Puedes informarme por mediación de maese Cromwell en el Tesoro. Indica en tu correspondencia: «Solo para el rey».

—Sí, vuestra majestad. Encontraré a ese hombre. —Stephen deseó sentir el mismo aplomo que aparentaba—. Concededme un par de días para poner en orden mis asuntos.

Fue como si Enrique ni siquiera lo hubiese oído.

—Partirás inmediatamente. No esperes la marea ni vayas a los muelles. Es nuestro deseo que solo nosotros estemos al corriente de tu misión. Un barquero real te llevará hasta un buque. Solo tienes que enseñar al capitán el sello del rey plasmado en ese paquete y decirle que eres su mensajero. Ningún capitán puede rechazarte. Mañana estarás en Amberes.

¡Partir inmediatamente! Por el breve instante en que una flecha tarda en llegar a su blanco, Stephen se planteó protestar. Tenía asuntos que atender. A saber cuánto tiempo estaría ausente. Encontrar a un hombre que no quería ser encontrado en una ciudad como Amberes —en el supuesto de que realmente se hallara en Amberes— no era tarea fácil. Pero no pidió más tiempo. Se limitó a asentir y, mientras retrocedía alejándose del rey, prometió hacer cuanto estuviera en sus manos.

—Una cosa más, maese Vaughan. Casi me olvidaba —dijo el monarca, a la vez que llamaba con la campanilla al criado que acompañaría a Stephen a su barco—. Es posible que en Amberes haya otro erudito, un amigo de Tyndale. También es un fugitivo, pero ha encontrado una defensora en lady Bolena. Se llama… Frith, creo. Si lo encuentras, inclúyelo también a él en el perdón real. Dile que vuelva a Inglaterra. Aquí tiene amigos.

Stephen movió la cabeza con un gesto de asentimiento, pero se apresuró a salir, por si acaso al rey se le ocurría añadir otro nombre a su carga.