La librera y el hereje
Capítulo XXV
Si todo lo que he escrito es verdad, y no contradice la palabra de Dios, ¿por qué su majestad, contando con tan excelente guía en el conocimiento de las Escrituras, me empuja a hacer algo contra mi conciencia?
WILLIAM TYNDALE al serle ofrecido el perdón condicional del
rey
El mes de agosto transcurrió en la mayor agitación. Tyndale por fin había llegado a la Casa Inglesa, y John trabajaba felizmente con él en su traducción del Antiguo Testamento. Kate pasaba más tiempo del que hubiese querido encorvada sobre su desigual bordado en compañía de la señora Poyntz. El lamentable unicornio de Kate se parecía más a un asno deforme que a una bestia regia y mágica, pero si deseaba estar cerca de John, tenía que estar allí. Y cada día, salvo los martes y los jueves, días en que aún trabajaba en el Kontor hanseático, John colaboraba gustosamente con el gran traductor en la Casa Inglesa.
Kate ya sabía que su marido era un estudioso de Oxford, pero le resultaba gratificante ver que un gran hombre como William Tyndale contaba con su ayuda. Los hombres trabajaban largas horas, hasta entrada la noche, debatiendo incluso durante las comidas sobre la palabra exacta para transmitir el significado original. «¡Sencillez, amigo mío! Mantengamos la sencillez. Son las Escrituras, no Virgilio. Un labriego no conocería una palabra tan altisonante, Frith. Ahorraos las alusiones clásicas para vuestra próxima polémica. Vuestra erudición encolerizará a Moro y sus adláteres.» Dicho esto, se rio, como si hablara de una competición académica con «Moro y sus adláteres», y no de un asunto de vida o muerte.
John siempre cedía sin oponer apenas resistencia y con buen humor. Kate opinaba que su respeto hacia Tyndale rayaba en la veneración.
—No es Jesucristo, John —dijo una vez cuando ya habían vuelto a su pequeño apartamento—. Eres brillante. Enfréntate a él. A mí me pareció que tu propuesta era mejor que la suya. —Aunque no recordaba la palabra concreta en discusión y esperaba que él no la obligara a mencionarla.
—Puede que no sea Cristo, pero desde luego lleva a Cristo dentro de sí. Lo lleva más que cualquier clérigo con hábito que yo conozca. ¿Sabes qué hace los martes y los jueves mientras yo estoy en la contaduría? Sale a las calles de Amberes, va hasta las zonas más pobres de la ciudad y busca a los hambrientos y los afligidos, solo para darles un poco de comida o una prenda de abrigo.
—¿Eso no es peligroso? ¿Y si lo vieran?
—Dice que nadie sabe qué aspecto tiene. Es muy hábil para mezclarse con la muchedumbre. Se cala el gorro, se sube el cuello y sale saltando la tapia del jardín de detrás de la capilla por si alguien vigila la casa. El otro día yo me lo crucé en la calle y casi pasé de largo, pensando que era solo otro hombre del campo. Compartía una tarta con un jorobado a la sombra de un plátano. Se reían juntos como si fueran viejos amigos: ¡un mendigo jorobado y el mejor lingüista de Inglaterra, quizá de toda Europa!
Kate nunca había visto a John más feliz. La complacía verlo tan inmerso en el trabajo que lo fascinaba; la complacía también saber que, pese a lo absorto que estaba, la deseaba a ella cerca. Tyndale, el capellán Rogers y John habían montado un pequeño taller, delimitado por un biombo de madera tallada, en un rincón del salón. La mesa de trabajo de John estaba colocada de manera que veía a Kate sentada con sus libros o su bordado o incluso con la contabilidad de la Casa Inglesa, tarea en la que ayudaba a la señora Poyntz, quien se quejaba de que se la cargara con «tantos cálculos». (A Kate se le antojaba un esfuerzo mínimo en pago por las muchas comidas que tomaban los dos en la Casa Inglesa, y concedía a Kate un agradecido descanso del abominable bordado.) Pero si entraba en la cocina para ayudar o salía al jardín, o si acompañaba a la señora Poyntz a su alcoba para ver alguna prenda a la moda, John, cuando ella volvía al salón, alzaba la vista, dejando gotear la tinta de su pluma, y sonreía.
—Pienso mejor cuando veo a mi bella esposa. Tú me inspiras.
Así pues, el verano dio paso al otoño agradablemente. Kate seguía sin saber con exactitud qué opinión formarse del famoso traductor. Era brillante, de eso no cabía duda. Y entregado, desde luego; casi podría decirse que obsesionado. De hecho, parecía que lo único en que pensaba era en su deseo de llevar una Biblia inglesa a Inglaterra: un objetivo en la vida a todas luces digno, y que exigía un sacrificio personal, e incluso implicaba riesgos. Había que admirar a ese hombre por su valor, y sí, pese a que ella era reacia a admitirlo ante John, para no animarlo demasiado a estrechar el lazo con un hombre tan peligroso, parecía poseer esa delicadeza de espíritu que su marido había mencionado.
Pero lo que la inquietaba de él era esa determinación que ella tanto admiraba. Al fin y al cabo, había otras cosas en la vida, como la familia y los niños y la música y la belleza. Esperaba que el fervor de Tyndale no fuera algo de lo que uno pudiera contagiarse como se contagia uno de la peste, porque de ser así, seguramente su John estaba expuesto al mal. Y a saber cómo podía acabar aquello.
Era martes, y John esperaba terminar temprano su jornada en el Kontor. Los días empezaban a ser más cortos, y a Kate le gustaba que él llegara a casa antes de oscurecer. Apartando la vista del conocimiento de embarque que traducía para un mercader alemán que aguardaba pacientemente en una silla junto a su mesa, vio con satisfacción que su cámara en la contaduría estaba casi vacía. Solo esperaba un hombre, de pie y de espaldas a la mesa de John, mirando las sombras vespertinas avanzar lentamente por la calle.
John puso el sello oficial de la Hansa en los papeles del alemán y se los entregó.
—Danke. Herr Frith.
—Ich freue mich, von Nutzen zu sein.
El hombre que aguardaba bajo el umbral en arco se hizo a un lado para franquear el paso al alemán.
—Hoe kan ik u helpen? —dijo John, alzando la vista y dirigiéndose al recién llegado en el idioma más ampliamente usado en Amberes.
La luz procedente de la puerta abierta iluminaba el perfil de aquel hombre. A John le dio un vuelco el corazón y se le cayó el alma a los pies. La puerta se cerró a espaldas del mercader alemán, y quedaron los dos solos en la habitación.
—Volvemos a vernos, pues… maese Gough —saludó Stephen Vaughan en inglés a la vez que se volvía para mirar a John directamente a la cara.
«Maese Gough.» Tal vez no había oído al alemán llamarlo por su verdadero nombre.
Vaughan se acercó al escritorio y, sin invitación previa, tomó asiento en la silla que el alemán había desocupado.
—Qué feliz coincidencia haberos encontrado aquí —manifestó—. Hace unas semanas me tropecé con vuestra adorable esposa. Me invitó a vuestra casa, pero por desgracia debí de… entender mal la dirección.
Su tono de voz, la pequeña pausa antes de la palabra «entender», indicaron que sabía que Kate le había dado una dirección incorrecta adrede.
—Me disculpo si mi esposa os ha ofendido. Una mujer sola que se encuentra con una persona a la que apenas conoce… en fin, comprended que quizá le pareciera imprudente revelaros dónde vivía… —John percibió su propio nerviosismo en la breve risa que dejó escapar y esperó que Vaughan no lo advirtiera—. Así que… bueno. Me alegro de veros otra vez. Y ahora decidme, ¿en qué puedo serviros? Me dijisteis que erais guantero, ¿verdad?
—Ah, no estoy aquí por asuntos comerciales. Sigo haciendo indagaciones. Me pareció que este era un buen lugar donde indagar, sobre todo teniendo en cuenta que vos os dedicáis a la «exportación», si no recuerdo mal.
John pasó por alto la pulla y fingió sorprenderse.
—¿Seguís al servicio del rey, pues? Ha pasado casi un año. ¿O se trata de una nueva indagación?
—No. Es la misma. Está siendo difícil de resolver. Pero creo que he dado con lo que buscaba. —Hizo una pausa y desplegó una amplia sonrisa—. Al menos una parte.
El sentido de sus palabras era inequívoco.
—Pues enhorabuena —dijo John, afectando aún ignorancia mientras miraba por la ventana con la esperanza de ver algo que le permitiera un grado de distracción. El Kontor era un gran edificio cuadrado con tantas cámaras como una conejera. Si pudiera al menos llegar al patio…—. Sin duda estáis impaciente por concluir la misión y regresar a Inglaterra.
—No os preocupéis tanto, maese Frith. No he venido a deteneros. Como os dije en el barco, soy agente del rey, y mi misión es ofreceros el perdón.
—¿Perdón de qué y de quién? ¿A quién rendís cuentas? —preguntó John, sin dejarse atraer por las tranquilizadoras palabras de aquel hombre, preguntándose si podría vencerlo: era más alto que John, pero de complexión más delgada, y no llevaba ningún arma al cinto.
—No al canciller Moro, si es eso lo que estáis pensando. Mi correspondencia con el rey pasa a través de Thomas Cromwell. Y solo la lee el rey.
—¿Y Tyndale?
—Lo mismo. El rey está dispuesto a ofreceros a ambos un salvoconducto y su protección… si regresáis a Inglaterra.
—¿Por qué? ¿A cambio de qué? —Pero John creyó saberlo—. No abjuraré. No seré expuesto con haces de leña prendidos de la capa como símbolos de la hoguera. No recorreré High Street montado de espaldas en un asno mientras los sacerdotes incitan a la gente a maltratarme con basura y piedras.
Vaughan se echó a reír.
—No os culpo. Pero podéis estar tranquilo, no seréis blanco de burlas ni se os pedirá que os retractéis de vuestros actos pasados, ni siquiera de vuestras creencias, o al menos no en un espectáculo público. Su majestad conoce el gran talento de maese Tyndale y vuestra reputación como erudito. Como erudito y lingüista él mismo, el rey Enrique está muy impresionado. Piensa que vuestro intelecto y talento serán… provechosos para su corte.
—¿No lo influye la hostilidad de Moro y Wolsey hacia nuestra labor?
—Wolsey ya no influye en nada. Y en cuanto a Moro… en fin, el rey tiene sus propias ideas.
—¿Cómo sé que esto no es una trampa? ¿Cómo sé que sois quien decís ser?
Vaughan se llevó la mano bajo el abrigo y extrajo un pergamino enrollado, lo desplegó y lo extendió sobra la mesa ante John.
—Como veréis, lleva la firma del rey. Confío en que sepáis leer en latín —dijo, y sonrió ante su propia broma.
Esperó pacientemente mientras John leía. Parecía que lo que decía el hombre era verdad. Era claramente un perdón, pero con una condición real, exigiendo tan solo a «maese Frith» que dejara de escribir textos heréticos en adelante y a «maese Tyndale» que interrumpiera sus traducciones ilegales, y a los dos que destinaran su considerable talento e intelecto al servicio de su rey.
—Por si teméis que el documento sea falso, pensad que sería delito de traición falsificar la firma y el sello reales.
—Parece que todo es como habéis dicho. Pero tendré que pensar en ello — contestó John—. Hablaré del asunto con mi esposa. Sin duda os hacéis cargo.
En respuesta, Vaughan se encogió de hombros.
—Supongo que vivís en la casa de los mercaderes ingleses. Como seguramente sabéis, no se me ha permitido el acceso allí. ¿Estaréis aquí mañana?
—El jueves. Os daré mi respuesta el jueves.
—Bien —dijo Vaughan—. Muy bien. —Se quedó pensativo y tamborileó en la mesa con los dedos, como si meditase cuidadosamente sus siguientes palabras—. No es mi intención daros un consejo sobre el asunto. Yo solo soy el mensajero. Pero tened la certeza, maese Frith, de que carezco de autoridad para deteneros y además no deseo hacerlo. No os perseguiré más, sea cual sea vuestra decisión. No puedo hablar en nombre de otros.
Lo dijo con tal sinceridad que John casi lo creyó.
—Podéis enseñar el documento a vuestra esposa. Y os sugiero que si conocéis el paradero de William Tyndale, también se lo mostréis a él. Le haríais un gran servicio a vuestro amigo. Se sabe que el canciller tiene sus propios espías.
Se puso en pie y se dirigió a la puerta. Ladeando el sombrero con una sonrisa, dijo:
—Hasta el jueves.
Al cabo de un momento John salió del Kontor con la invitación del rey y la declaración de perdón en el bolsillo. No volvió al apartamento, sino que fue directo a la Casa Inglesa.
A finales de la semana siguiente, Stephen Vaughan estaba de regreso en Londres, y de nuevo lo conducían a la presencia del rey, y de nuevo el miedo le pesaba como una cota de malla cuando atravesó la verja de Whitehall. Pero, a pesar de que tras el encuentro con Tyndale había escrito al rey para prevenirlo del probable desenlace poco favorable, Enrique estaba de buen humor. Pobre del mensajero que debiera enturbiar ese buen humor, pensó Stephen, pero que fuera lo que Dios quisiera. Él había cumplido con su cometido de mensajero. ¿Cómo podía considerárselo responsable del resultado?
—Vuestra majestad. —Stephen saludó primero al rey con una reverencia, y luego, con una inclinación algo menor, al duque de Suffolk—. Excelencia.
—Vaughan. Por fin. —El rey echó atrás su silla de un empujón y se puso en pie.
Ha aumentado de peso, pensó Stephen, advirtiendo la tensión del jubón en el pecho. Las actividades del último año deben de haber incluido deportes más sedentarios que las justas. Se fijó entonces en el tablero de ajedrez colocado entre Enrique y el duque de Suffolk.
—Déjanos, Brandon. Hablaremos con maese Vaughan en privado. Ha estado en misión para la Corona. —Y dirigiendo una mirada al tablero, añadió—: No te preocupes, no cambiaremos las piezas de sitio. De todos modos vas a perder.
Mientras Brandon se levantaba y salía parsimoniosamente, Vaughan se preguntó qué clase de necio se atrevería a superar al rey en el ajedrez o, de hecho, en cualquier juego. Brandon sería capaz, pensó. Al fin y al cabo, alguna vez lo había derrotado en las justas y había osado casarse con la hermana del rey sin permiso. Pero al parecer había sido perdonado. Stephen confió en que Enrique siguiera con ánimo tan condescendiente.
—Siéntate, siéntate. Ocupa el sitio de Suffolk —ofreció el rey—. Y dime qué nuevas traes. Según me informa Cromwell, has encontrado a Tyndale. En tu carta lo presentabas como un individuo agradable. Decías que quedó claramente conmovido por el ofrecimiento de perdón. —Enrique cerró los ojos como si rebuscara en su memoria—. «Las lágrimas asomaron a sus ojos cuando leyó las misericordiosas palabras», creo que decías.
—Así es, vuestra majestad. Vuestro ofrecimiento de clemencia lo conmovió visiblemente.
—¿Y qué me dices del otro? ¿El erudito Frith? ¿Lo encontraste también a él?
—Fue él quien concertó mi encuentro con Tyndale.
—Buen hombre. Buen hombre. Estoy impaciente por ver la expresión de Moro cuando esté cara a cara… Dejémoslo. ¿Están aquí fuera? Naturalmente, tendrá que estar presente un representante de la Iglesia para ratificar el perdón del rey; Cranmer estará más que dispuesto a hacerlo. Entretanto los alojaremos en la torre. Cómodamente, por supuesto.
—Vuestra majestad. —Vaughan carraspeó para aclararse la garganta con una repentina sensación de ahogo—. No han vuelto conmigo.
Enrique cogió el alfil negro, el alfil de Brandon, y lo acarició con el dedo, pensativo. Luego volvió a dejarlo. Miró a Stephen enarcando una ceja bien peinada.
—¿Cuándo se prevé, pues, su llegada? —preguntó en voz baja.
—Como os informé en mi carta, pese a que los dos se conmovieron ante la misericordia de vuestra majestad, Tyndale ha enviado esta respuesta. —Se llevó la mano a la bolsa y extrajo un pergamino enrollado, que entregó al rey por encima del tablero de ajedrez.
—¿Conocéis su contenido?
—No, vuestra majestad… Va dirigido a vos, y está escrito en latín. Yo no sé leer en latín.
Eso era mentira. Sabía qué decía el documento. Tanto Tyndale como Frith habían dejado bien claro que no volverían a Inglaterra bajo el perdón condicional del rey pese a que él prácticamente se lo había suplicado. Eran buenos hombres, y se notaba que el ofrecimiento los tentaba, en especial a Frith. Él había concertado el encuentro, llegando incluso a sugerir que quizá, una vez en Inglaterra, podrían convencer al rey de la importancia de una Biblia inglesa. Al fin y al cabo, ¿por qué había concedido el perdón si no simpatizara mínimamente? Quizá la Bolena influía en él a favor de la causa de la Biblia.
Deseando ser despedido, Stephen miró al rey mientras desplegaba el pergamino y empezaba a leer. Cuanto más leía, más se tensaban sus labios. Su piel adquirió un color rojo moteado.
Stephen volvió a experimentar una sensación de ahogo: Este hombre podría morir de una apoplejía, y me culparían a mí.
—Te lo traduciré, maese Vaughan —dijo Enrique, y empezó a leer en voz alta, cada palabra seca y rebosante de desdén—: «Si fuera la graciosa voluntad del rey conceder a su pueblo solo un escueto texto de las Escrituras». ¿Qué clase de criminal se atrevería a regatear ante un ofrecimiento de misericordia…? Cielo santo, se acordará del día que pudo salvarse de la hoguera y lo despreció.
Enrolló el documento formando una apretada y estrecha columna y lo agarró entre los dedos enjoyados como si fuera el cuello de Tyndale; luego golpeó el tablero con él, haciendo volar las piezas.
Vaughan se agachó para recogerlas.
—Déjalo —bramó—. Lacayo —vociferó, y cuando el lacayo apareció, dijo—: Trae a maese Cromwell. —A continuación, lanzando una mirada severa a Stephen, preguntó—: ¿Y qué hay de Frith?
—Es del mismo parecer que Tyndale —contestó Stephen con sobriedad.
Cromwell entró en la sala, rozando con la vestidura las esterillas del suelo. Lanzó una breve mirada a Vaughan.
—¿Sí, vuestra majestad?
—Hay que pagar a maese Vaughan. Su trabajo aquí ha concluido.
Al cabo de un momento, Stephen salía de Whitehall con una bolsa llena de alivio y unas cuantas coronas de oro por sus esfuerzos. No era una paga excesiva, pero sí suficiente. Era el mejor resultado posible para su misión fallida. Pero dudaba que Enrique volviera a solicitar sus servicios, y deseaba con fervor que no lo hiciera. Posiblemente una segunda decepción no sería perdonada. El rey no era un hombre a quien conviniera contrariar. Se alegraba de no estar en las botas de William Tyndale, o incluso en las de John Frith.
Ana Bolena seguía en Hever, esperando. Hacía meses que Enrique no la emplazaba. En ocasiones pensaba que sencillamente se moriría de aburrimiento. A veces incluso acudía al sacerdote que Enrique le había enviado, y él le aconsejaba paciencia y la aleccionaba en los puntos más sutiles de la fe reformada.
—Es verdad que la vieja reina tiene sus seguidores, pero vos también los tenéis, milady. Y gozáis de la confianza del rey. Seréis una gran representante de la fe. Contáis con un gran apoyo.
Y como para demostrarlo, un día seco de finales de septiembre, cuando daba la impresión de que su jardín, como su propia vida, había perdido su esplendor y se le escapaba la juventud, Thomas Cromwell se presentó ante su puerta con un llamamiento. Enrique Rex deseaba que regresara a Hampton Court con la mayor prontitud, y le había mandado a un alto cargo de la corte para acompañarla.