La librera y el hereje
Capítulo V
He soportado durante largo tiempo a tu marido… y le he ofrecido mis pobres consejos paternales, pero percibo que nada de esto lo hará entrar en razón; y por lo tanto, Meggie, ya no discutiré ni me pelearé con él.
SIR TOMÁS MORO a su hija Margaret con relación a la herejía de
William Roper
Cuando Kate entró en la librería desde la trastienda, la campanilla tintinó por segunda vez. Se quitó el mandil manchado por encima de la cabeza, lo lanzó hacia la percha junto a la puerta y levantó el pestillo lo justo para atisbar a la mujer que esperaba allí de pie. Era joven, más o menos de la edad de Kate, y a todas luces noble, a juzgar por su aspecto —ricamente ataviada, con el rostro encuadrado por un gorro en forma de corazón con una orla de aljófares—, pero no hermosa, ni siquiera medianamente agraciada. Tenía la nariz demasiado grande y las cejas un tanto irregulares, y los ojos demasiado separados para una simetría perfecta. Pero en esos ojos separados se advertía un brillo de inteligencia, y tenía el porte elegante y aplomado que solo una mujer sin encanto natural de clase alta podía poseer. Iba muy atildada. Inconscientemente, Kate se llevó la mano a la cabeza para atusarse su propia caballera revuelta.
—Disculpad, milady, la librería está cerrada temporalmente en espera de existencias. Sintiéndolo mucho, estamos muy escasos de género —dijo Kate mientras se disponía a cerrar la puerta en la cara a su cliente.
La mujer apoyó una mano enguantada en la puerta y empujó con suavidad.
—En ese caso he llegado en el momento oportuno —dijo—. Porque no busco al librero, sino al impresor.
—Como os he dicho, la tienda está cerrada. El impresor es mi hermano, y no está.
—Ah, creía… —Lanzó una mirada elocuente a la ropa manchada de tinta de Kate.
—Estaba limpiando la prensa.
—¿Y cuándo volverá vuestro hermano?
—No sabría deciros.
—Entonces me parece que lo esperaré un rato —dijo la mujer, manteniendo su actitud regia. Cruzó la librería y se acomodó en la única silla—. No dejéis vuestro trabajo por mí —añadió con un gesto imperioso.
Lo acompañó de una sonrisa y un «si lo deseáis», pero el ademán irritó a Kate. ¿Cómo podía decir «no, no lo deseo» sin ser imperdonablemente grosera con quienes estaban por encima de ella? Optó, pues, por decir:
—En ese caso será una larga espera, milady. El impresor está en la cárcel.
Una expresión de sorpresa ante tan franca declaración enseguida dio paso a una genuina aflicción.
—Oh, cielos. Lo siento muchísimo.
Ante la compasión sincera que asomó al semblante de la desconocida, y después de la desastrosa aventura de esa tarde con la prensa, Kate se vino abajo y, sin darse cuenta, las lágrimas resbalaban ya por sus mejillas y palabras irreflexivas salían de su boca.
—No es justo —dijo, enjugándose una lágrima—. El sistema jurídico es una farsa: Wolsey, Moro, todos ellos, la Iglesia y los abogados del rey actúan como si fueran la ley de Inglaterra. Hablan de moralidad y virtud a la vez que arruinan las vidas de aquellos que disienten.
Debería haber tenido la sensatez de advertir la creciente severidad en la expresión de su aspirante a cliente, pero estaba demasiado alterada.
—Y el principal consejero del rey, sir Tomás Moro… basta con mencionar ese nombre en presencia de mi hermano para que empiece a temblar. Es el peor de todos. Un hipócrita devoto que se recrea en el dolor ajeno.
Kate se sorprendió ante la vehemencia de su diatriba. Su hermano nunca había mencionado el nombre de sir Tomás, ni de ninguno de sus interrogadores. Pero una vez, cuando ella propuso solicitar la intercesión del poderoso Tomás Moro, John palideció y entró en un estado de profunda agitación y no se tranquilizó hasta arrancarle a Kate la promesa de que no recurriría a él.
—Entiendo vuestra angustia —dijo la mujer con algo menos de compasión en la voz—, pero estáis equivocada. Si vuestro hermano de verdad es inocente, lo pondrán en libertad. Solo es cuestión de tiempo. En cuanto se enteren…
—Tiempo, decís. ¡No tenemos tiempo! ¡Cómo van a enterarse de nada si se niegan a escuchar! He ido a verlos a todos… Tanto el obispo como el alcalde se han negado a recibirme tantas veces que ni puedo contarlas. Incluso acudiría a sir Tomás Moro en persona si pudiese permitirme el soborno. No lo entendéis, milady…
—Margaret. —Ahora la visitante habló con frialdad, sin el menor rastro de la anterior compasión—. Margaret Roper. Señora de William Roper, hija de sir Tomás Moro.
Kate deseó que se la tragara la tierra. Ahora sí que la había hecho buena. Había complicado aún más las cosas. John nunca saldría de la cárcel. Ese comentario sobre el soborno… Dios bendito, si pudiera retractarse…
—Lo siento, señora. No tenía que haber hablado tan a las claras —balbució Kate —. No pretendía insultar a nadie. Tenía que haberme callado mis opiniones.
—Así que lamentáis solo las palabras, no el sentimiento.
—No sería sincero por mi parte afirmar otra cosa de lo que me dictan el corazón y la razón. Eso sería un insulto a milady en igual medida.
La señora Roper enarcó las comisuras de los labios en un asomo de sonrisa.
—Bien dicho. Admiro la sinceridad. Y os devolveré el cumplido siendo igual de sincera con vos. Ya sabéis que es pecado repetir la palabrería gratuita de quienes envidian la buena fortuna del prójimo. Toda Inglaterra conoce la grandeza de mi padre.
—No niego que es un hombre «grande», si la grandeza se mide por el poder. Cuenta con la confianza del rey y el cardenal. Pero si, como nos enseña nuestro Señor, la verdadera grandeza reside en la compasión, la reputación de vuestro padre deja mucho que desear.
La señora Roper se levantó de la silla y se dirigió a la ventana en medio del susurro de su falda de exquisita confección. Kate siguió su mirada hacia la calle, donde aguardaba un criado de librea, sujetando por las riendas un palafrén gris. Kate sintió alivio al ver que la mujer se marchaba, pero de pronto esta se volvió hacia Kate, decidida aparentemente a no dejar las cosas así.
—Tal vez mejorara vuestra opinión si estuvierais enterada de las muchas buenas obras por las que se conoce a mi padre. Ahora mismo vengo del asilo que financia sir Tomás. Dos veces por semana viajo por el Támesis desde Chelsea en una barca cargada de comida y pociones curativas para sus acogidos. Alimentos procedentes de las despensas de mi padre. Remedios de su farmacia.
Kate pensó que Tomás Moro debía conservar ciertos vestigios de bondad para inspirar en su hija tal amor que la inducía a tratar de ganarse la buena opinión de una persona que importaba tan poco. Kate estaba a punto de disculparse por haber hablado con tanta franqueza cuando la asaltó el recuerdo del rostro demacrado de John y su mirada perdida, y no pudo morderse la lengua.
—La caridad es necesaria en un gran hombre. Sir Tomás es un hombre de virtud pública.
Supo que la señora Roper había captado la insinuación por el asomo de irritación en su semblante, pero advirtió que enseguida recobraba la compostura.
—Cuando volvía de una visita particular a ese asilo, he decidido pasar por Paternoster Row. Soy una gran amante de los libros. Mi padre vela por que sus hijas, e incluso sus pupilas, reciban una educación clásica. Como librera, sin duda sabréis valorar eso. —Guardó silencio por un momento para ver si sus palabras tenían algún efecto apaciguador. Kate permaneció callada—. He visto fuera el cartel de la imprenta, y como necesito los servicios de un impresor, he pensado que bien podía parar.
Una historia verosímil, pensó Kate. Sabía que sir Tomás publicaba sus obras en la imprenta de su cuñado, Rastell. Probablemente la mujer espiaba para su padre.
Como no dijo nada, Margaret Roper continuó.
—Os preguntaréis por qué no acudo a nuestro impresor habitual. Veréis, en este caso se trata de mi propia traducción, y quería sorprender a mi padre con ella. Vuestra tienda me habría venido muy bien, porque paso por aquí… dos veces por semana.
Levantó un poco la voz al decir «dos veces por semana». Como si volviera a recordarle la caridad de sir Tomás.
—Lamento no poder aceptar como cliente a tan noble casa, lady Margaret, pero, como veis, prácticamente estamos en quiebra. —Abarcó con un amplio gesto las estanterías vacías—. Hay un impresor al otro lado de San Pablo. Quizá él pueda ayudaros.
—También yo lo lamento —dijo la señora Roper, encaminándose hacia la puerta —. Pero quizá pueda ayudaros de otra manera.
¿Por qué ibais a querer ayudarnos? —se preguntó Kate—. ¿Qué somos nosotros para vos? Pero tuvo la sensatez de callar. Creía conocer la respuesta a esa pregunta. Kate había puesto en tela de juicio la percepción de la grandeza de su padre. La señora Roper, apellidada de soltera Moro, no podía dejarlo pasar, tanto por amor como por llevar la contraria.
Estaba de pie ante la puerta, de espaldas a Kate, acariciando el pestillo con el dedo.
—¿Cuáles son los cargos contra vuestro hermano? —Se volvió de cara a Kate.
—No hay cargos. Fue arrestado bajo sospecha de distribuir textos luteranos.
—¿Distribuye textos luteranos?
—No encontraron ninguna prueba, ni en él ni en esta tienda, en la que basar la acusación. Nadie prestó testimonio contra él. Él no admitió nada siquiera bajo tortura. Lo retienen sin el debido proceso en la zona de «Libertad» de la cárcel de Fleet, donde su mujer y yo procuramos que disfrute de unas comodidades mínimas aun a riesgo de hundirnos en la pobreza.
—¿Tiene él afinidades luteranas?
No en vano la señora Roper era hija de un abogado. Kate guardó silencio por un momento mientras sopesaba con cuidado su respuesta.
—Milady, nadie puede saber qué esconde el corazón de otra persona. Su declaración consta en unas actas públicas.
—Entiendo. ¿Y vos? ¿Tenéis afinidades luteranas?
Kate vaciló y miró a su interrogadora a los ojos, para que su respuesta no diera lugar a dudas.
—He prometido a mi hermano que nunca venderemos textos luteranos en esta tienda. Mis opiniones, respecto a la Reforma o cualquier otro asunto, son mías y solo mías, y prefiero guardármelas.
Lady Margaret esbozó una sonrisa.
—Una respuesta diplomática, que mi propio padre admiraría. Comprendo la atracción que ejercen esos puntos de vista. También han contaminado nuestra casa. Mi propio marido ha sido seducido por el afán de reforma luterano.
—Y, sin embargo, está en libertad.
Lady Margaret asintió como si dijera: «Entiendo vuestro razonamiento».
—Hablaré con mi padre y veré de qué manera se os puede favorecer a vos y a vuestro hermano. ¿Cómo decís que se llama vuestro hermano?
—Gough. John.
—¿Y vos?
Kate vaciló una milésima de segundo y advirtió que lady Margaret lo percibía. Pero ¿qué otra opción tenía? Y en la actitud de la mujer se observaba compasión. No podía reprochársele el amor por su padre. Quizá pudiera emplear su influencia para demostrar a Kate que tenía razón a la vez que llevaba a cabo una «buena obra».
—Kate Gough —contestó con una leve reverencia—. Milady, os estaremos eternamente agradecidos por vuestra bondad.
—Haré cuanto esté a mi alcance, Kate Gough —dijo—, y rezaré para que tanto vos como vuestro hermano encontréis el camino de regreso al seno de la única Iglesia verdadera.
Al día siguiente, cuando Kate volvió de visitar a su hermano, encontró el pestillo forzado, la puerta de la librería abierta y la prensa destrozada.
Al cabo de tres días, John volvió a casa.
Fue una decepción para Kate que John no regresara a la tienda de inmediato y que prefiriera quedarse en casa con su mujer y su hijo. Necesita solo unos días de descanso, se dijo. Pero cuando le habló de la destrucción de la prensa, su reacción no fue la que ella esperaba. Permaneció ajeno a toda emoción, incluso la ira.
—Es una advertencia —dijo—. La acataremos.
—Pero ¿cómo imprimiremos sin prensa? Y dado que quemaste todo nuestro género, ¿qué venderemos?
—De momento nada, creo. En Inglaterra no corren buenos tiempos para ser impresor. No podemos imprimir sin la licencia expresa del rey, y él nunca concederá una licencia para la clase de libros que han sido nuestra seña de identidad.
Estaban sentados en la cabaña de adobe y cañas de John y Mary, ahora apenas amueblada con poco más que una cama y una mesa. Habían vendido la alacena y la mayor parte de la vajilla, e incluso el tapiz, regalo de boda de los padres de Mary, todo ello para mantener a John en la zona de «Libertad». Debían el alquiler del techo que los cubría y no podían pagarlo.
—Sin prensa, ¿de qué viviremos, John? ¿Habrá que vender ahora la cuna de Pipkin? ¿Tendremos que vivir los cuatro hacinados en mi pequeña habitación encima de la tienda? Claro que ahora, sin prensa, podríamos poner una cama en el taller, supongo —dijo Kate irónicamente—. Así y todo, necesitamos comprar comida.
Se arrepintió casi al instante del comentario sobre la cuna, pero al menos asomó a la cara de su hermano cierta expresión fugaz. Al fin y al cabo, el dolor era mejor que no sentir nada.
John no miró ni a su mujer ni a ella al contestar, se limitó a mantener la vista fija en el suelo, conforme a la costumbre que había adquirido en la cárcel.
—El padre de Mary ha propuesto que vayamos a vivir con ellos en Gloucestershire.
Ni siquiera añadió «hasta que las aguas vuelvan a su cauce» o «por el momento». La resignación lastraba su voz. Kate sintió un repentino temor, como si lo viera alejarse arrastrado por una rápida corriente, sin que él se resistiese siquiera.
—¿Estás hablando de cerrar la tienda de nuestro padre? —susurró con incredulidad—. ¿Para siempre? Trasladarte a Gloucestershire… ¿para hacer qué?
Mary, que había estado meciendo a su inquieto hijo en las rodillas, lo dejó en el suelo y rodeó los hombros de su marido con un brazo en un gesto protector.
—Será solo durante una temporada, Kate. Gloucestershire es un sitio precioso. Y allí no existen todas esas luchas por la religión. No vive un solo obispo en cien millas a la redonda. Además, aquello huele mejor que Londres, y Pipkin podrá respirar aire puro. Tú tienes que venir con nosotros. En casa de mis padres hay sitio de sobra. Me pidieron que te lo dijera. John ayudará a mi padre. Últimamente anda mal de la espalda.
Kate, sin poder contenerse, prorrumpió:
—¿John, pastoreando ovejas? —Al ver la mirada suplicante en el rostro de Mary, lamentó de inmediato sus palabras—. Supongo que el aire puro le sentará bien — añadió con poca convicción.
—Bien. Ya está decidido, pues. —Mary les dirigió una sonrisa valiente—. ¿Vendrás con nosotros?
Kate negó con la cabeza, sin poder dar crédito aún a lo que acababa de oír.
—Es un ofrecimiento muy amable por parte de tus padres, Mary, pero creo que me quedaré aquí durante un tiempo y me ocuparé de la tienda. Todavía tengo un poco de dinero y un par de cosas que vender. Puedo llegar al menos hasta el verano. A saber qué puede ocurrir de aquí a entonces.
—Pero ¿vendrás a visitarnos? John, dile que debe venir a vernos.
John levantó la cabeza y la miró. Su mirada mortecina asustó a Kate.
—Debes venir a vernos —repitió.
Resultó que lo único que le quedaba a Kate por vender era la Biblia de Wycliffe, heredada de su bisabuela Rebecca. No había llegado a conocer a su abuela Becky, pero ya de niña adoraba esa gran Biblia, adoraba la forma en que las palabras, con su extraña ortografía, se extendían por las apretadas páginas, adoraba las pequeñas ilustraciones en los márgenes. No se parecía en nada a los libros producidos por las imprentas. Este estaba escrito a mano, supuestamente por un antepasado lejano, un iluminador que vivió en Bohemia hacía más de cien años.
La mañana de julio en que John y Mary y el pequeño Pipkin —este se aferró a su tía y solo accedió a separarse cuando le prometieron un cordero— partieron, Kate sacó la Biblia de su escondrijo bajo una losa suelta de la chimenea. ¿Quién compraría una cosa así?, se preguntó al retirar el envoltorio de lino y frotar con la mano la encuadernación de cuero repujado. Pocos podían pagarla. ¿Quién se arriesgaría a tener en su poder algo así en tiempos tan peligrosos?
La abrió con cuidado, recordando el orgullo con que se la enseñaba su padre antes de su arresto, y que su madre no podía ya verla después de su muerte. Se abrió por una página que contenía una ilustración de vivos colores de Moisés recién nacido, en su cesta, flotando por las aguas azules del Nilo. Todo era en miniatura —la cara perfecta del niño, cada varilla del entramado de la cesta ejecutada con tal perfección que casi podía palparse la textura de los juncos—, y todo ello dentro de la intrincada letra capitular con volutas y florituras de intensos rojos y azules y un trazo dorado que descendía por el margen de la página. Miriam, la hermana de Moisés, contemplaba al niño en la cesta. El antiquísimo artista había capturado en la expresión de la muchacha el amor que debía de sentir por su hermano recién nacido. Era un rostro hermoso. Kate se preguntó quién habría sido la modelo. Se la veía muy distinta de las mujeres que Kate conocía: en cierto modo exótica, con una mata de pelo oscuro, ojos almendrados y tez morena reluciente.
¿Cómo iba a obligarse a vender un libro así?
Se quedó largo rato sentada en las losas frías de la chimenea, con los ojos arrasados en lágrimas. Pensó en Pipkin y su corderito, y en que debía haberse marchado con ellos, pero sabía que era incapaz porque sin duda se habría marchitado como una flor en invierno sin sus libros o compañeros de lectura, sin más compañía que Pipkin y su corderito, y lo peor de todo: viviría de la caridad ajena. Pasaba las hojas distraídamente, sin abstraerse ya en el desfile de colores, inmersa en su propia soledad gris, cuando encontró un pergamino plegado inserto entre dos hojas y tan fuertemente prendido que al principio creyó que estaba cosido junto con el texto. Tiró de él con delicadeza y se soltó.
Se enjugó los ojos y la curiosidad desplazó a segundo plano el momentáneo regodeo en la autocompasión. Desplegó el pergamino amarillento y entornó los ojos para distinguir el escrito en tinta descolorida. No contenía ningún pigmento llamativo, sino solo unas pocas palabras escritas en la misma caligrafía de la Biblia y centradas como un poema en la página.
Mi querida Ana, ten la bondad de guardar estas palabras en tu corazón
hasta que creas en ellas: «Todo irá bien y todas las cosas irán bien. Pues esta
es la gran obra que hará nuestro Señor, en la que Él salvará Su Verbo en
todas las cosas: Él pondrá bien todo aquello que no lo está». Estas son las
palabras de una santa que conocí en otro tiempo. Ahora que soy ya un
anciano las comprendo mejor, aunque no plenamente. Viví tantos años sumido
en la aflicción que a veces pasé por alto el tesoro que se me concedió con tu
existencia. Espero que algún día comprendas tú también estas palabras.
Espero que sepas que siempre te he querido. Tú fuiste el cumplimiento de esta
promesa en mi vida. Tu abuelo que te quiere, Finn.
Kate miró la fecha con los ojos entrecerrados: «14 de junio de 1412»: hacía más de cien años. Sintió una repentina curiosidad por esa Ana. ¿Había encontrado bien todas las cosas? ¿Había encontrado siquiera esa nota? Desde luego ellos no la habían descubierto en todos los años que tenían esa Biblia. Había permanecido oculto durante más de un siglo, ese mensaje, ¿quizá dirigido a ella y no a la Ana a quien se nombraba en el encabezamiento?
«En la que Él salvará Su Verbo en todas las cosas», decía la nota. ¿Cómo lo interpretaría John? ¿Pensaría que la referencia al «Verbo» era una afirmación, o lo vería como una condena? Sin duda había sobrellevado la tradición familiar de contribuir a salvar el verbo… al menos hasta fecha reciente. ¿O acaso el «Verbo» se refería a una promesa que tenía más que ver con la esperanza presente en el Verbo que en la conservación real de las Escrituras? Era un mensaje enigmático: difícil de descifrar sin conocer al autor y su Ana, esa antepasada que podía ser sangre de su sangre, carne de su carne.
Envolvió otra vez la gran Biblia y la escondió bajo la losa sobre la que luego colocó una enorme olla de hierro. También dejó allí la nota, pero separada de la Biblia; aun si vendía la Biblia, se quedaría con la nota. Era como un obsequio del pasado para infundirle valor.
—Todo irá bien —repitió en voz alta, y luego—: Él pondrá bien todas las cosas.
Pero Kate necesitaba esperanza ahora, no cuando fuera vieja. Necesitaba dinero y necesitaba a alguien a quien amar y que la amara a ella. Si Él iba a poner bien todas las cosas, ese era un buen momento para empezar.
El único lugar que conocía donde podía averiguar discretamente cómo vender la Biblia estaba en los muelles. John había tenido trato con un tal Humphrey Monmouth de la Liga de Comerciantes Aventureros. Él sabría dónde vender la Biblia. Aún había claridad suficiente para ir y volver antes del anochecer.
Al menos no había nada de malo en preguntar.