La librera y el hereje
Capítulo XXX
[Richard Bayfield], sacerdote y monje a la vez… cayó en la herejía y abjuró, y después de eso, como un perro que vuelve a su vómito, huyó al otro lado del mar y envió desde allí las herejías de Tyndale con muchos otros libros malévolos… el monje apóstata fue bien y debidamente quemado en Smithfield.
SIR TOMÁS MORO sobre la quema de Richard Bayfield
En los meses siguientes, durante el largo invierno y gran parte del año entrante, el pequeño grupo de traductores, fortalecido por las cartas de apoyo con las que John había vuelto de Inglaterra, trabajó afanosamente. Los días y las noches entraron en una plácida rutina construida en torno al trabajo.
Kate y John se trasladaron a la Casa Inglesa a instancias de Tyndale, pero Kate se negó a renunciar a sus clases sobre la Biblia. El apartamento no se había alquilado, y Catherine Massys accedió a que las mujeres continuaran reuniéndose allí. Complacía a Kate que el grupo siguiera creciendo y deseaba compartir esa satisfacción con John, pero por alguna razón no le parecía sensato sacar el tema a relucir. Él había consentido a regañadientes esas reuniones cuando Kate se quejó de tener que instalarse a vivir con los Poyntz. Sencillamente no era seguro estar en ninguna otra parte, había dicho John, no cuando eran cada vez más los fugitivos procedentes de Inglaterra. Tarde o temprano, por fuerza, se encontrarían con alguien como Stephen Vaughan, de quien se sabía que estaba de vuelta en Amberes, y reconocería a John o incluso a Kate.
Vaughan sostuvo que ya no era agente del rey, pero no confiaban plenamente en él. Les había advertido, por mediación de un mercader inglés, con quien había trabado una precaria amistad, que un distribuidor de Tyndale había sido prendido en Inglaterra. George Constantine había sucumbido fácilmente bajo el interrogatorio de Moro, que se prolongó varias semanas, y dio los nombres de capitanes de barco e imprentas, así como los códigos secretos asignados a las cajas embarcadas con carga de contrabando. Vaughan afirmaba que temía por su propia seguridad, ya que, según se decía, Constantine había dado su nombre como simpatizante de los refugiados de Amberes.
Incluso Tyndale salía menos tras ser prevenido por el mismo mercader de que el rey había ordenado a Thomas Elyot, el nuevo embajador inglés en la corte imperial, que capturara al traductor y lo llevara de regreso a Inglaterra. Tyndale había salvaguardado su imagen cuidosamente durante los años de exilio, pero ahora eran muchos los que lo reconocerían. Aún se aventuraba a visitar los barrios más pobres de la ciudad para llevar a cabo su labor caritativa, aunque con menos frecuencia. A veces John lo acompañaba, pero a Kate nunca la dejaban ir con ellos.
Eran muchas y muy animadas sus conversaciones acerca de lo que podía significar tal texto de las Escrituras en la traducción más rigurosa o si el «labriego más pobre e inculto» de Inglaterra comprendería mejor tal elección de palabras que tal otra. Más de una vez Kate se calló su opinión hasta el punto de creer que iba a atragantarse con ella. No deseaba avergonzar a John. Cada vez se convertían más y más en una sociedad cerrada. Ella salía sigilosamente los viernes por la mañana con la esperanza de no llamar la atención, por temor a que de pronto decidieran que sus reuniones planteaban un riesgo excesivo. Ni siquiera la dejaban llevar material a la imprenta o recogerlo, por miedo a que la siguieran.
Cuando los días se acortaron, empezó a temer el invierno. John cada vez tenía menos tiempo para ella. Pero Kate, si era sincera consigo misma, no podía decir que su marido la desatendiera. Estaba pletórico de energía, e incluso en la escasa intimidad de la Casa Inglesa, cuando la puerta de su alcoba se atrancaba, le mostraba su afecto y desde luego pasión suficiente para engendrar un hijo… para engendrar toda una casa llena de hijos. El fallo debía de estar en ella, pensó Kate.
A la primera luz del alba, John siempre abandonaba la cama para empezar a trabajar temprano. Esas mañanas frías ella lo invitaba a volver a acostarse. «William dice que debemos comenzar temprano para ahorrar el coste de las velas», le recordaba él. Y luego, con un beso en la frente, decía: «Duérmete, ángel mío». Pero algunos días ella no volvía a dormirse. Los viernes, y ahora también los martes, se levantaba y se vestía, y luego salía discretamente por el jardín de la capilla para ir al pequeño apartamento donde el número de mujeres y niños iba en aumento. Pero siempre se cuidaba de que no la siguieran. John nunca la perdonaría si ella perjudicaba de alguna manera su trabajo o ponía a su amigo en peligro.
Las noticias de Inglaterra eran aún más alarmantes. A cada nuevo barco los refugiados temerosos traían historias de quemas. Kate se sintió especialmente afectada al conocer el caso de una de las víctimas. Richard Bayfield era un antiguo benedictino que se había adherido a la Reforma y traficado tanto con textos reformistas luteranos como con los libros de Tyndale. Al igual que otros antes que él, que se habían visto obligados a abjurar, había huido al continente. Kate recordaba el día que lo conoció. Fue el verano anterior, y el hombre estaba de un humor excelente, justo después de introducir con éxito un cargamento por la costa este, ante las mismísimas narices de los espías del canciller, y llegar luego a Londres a través de Colchester. Se había reído y había brindado por el afortunado viaje con varios mercaderes de la Casa Inglesa, e incluso los traductores habían abandonado su trabajo para sumarse a la celebración. Daba la impresión de que Dios realmente viera con buenos ojos sus esfuerzos.
Pero cuando Bayfield regresó en noviembre parecía otro hombre. En esta ocasión la escena fue sombría. Estaba allí, dijo, para informar de una desventura y un fracaso. El barco había sido apresado en los muelles de St. Katherine, poco más abajo de la Torre. Él se había librado de la captura al echar por la borda las Biblias de contrabando en cuanto avistó a los inspectores de Aduanas debajo del puente. Como ya se había retractado una vez, añadió avergonzado, por un segundo delito podían mandarlo a la hoguera sin juicio. Tyndale le dijo que no se preocupara por las Biblias, dando por sobreentendido que el impresor podía sustituir los libros pero no a un buen hombre, y que Moro debía de tener un espía cerca si conocía el destino del cargamento. Quizá Bayfield debía tomarse un descanso.
Pero Bayfield negó con la cabeza y dijo: «No. Nada de descansos. Tengo que expiar… lo otro».
Kate sabía a qué se refería y lo admiraba por ello. Se acordó de su hermano y de la tristeza que se había apoderado de él después de abjurar. La vergüenza que ella había sentido por él. Deseó recordar a Richard Bayfield que no necesitaba, de hecho no podía, expiar sus propios pecados. Como seguidor de Lutero, creía sin duda en el libre perdón del pecado por medio de la gracia y no de las obras. Pero nunca tuvo ocasión de ofrecerle ese consuelo. En Semana Santa, Bayfield fue prendido por contrabando en Norfolk y ejecutado sumariamente.
Al cabo de tres semanas, les llegó la noticia de la quema de un peletero londinense, llamado John Tewkesbury, por posesión de libros de Tyndale. A partir de ese día fue tal el desasosiego de su marido por el bienestar de ambos que se convirtió en una auténtica prisionera en la Casa Inglesa.
—Lo mismo sería estar en la Torre —dijo ella con rabia cuando él le prohibió salir.
—No lo creo, ángel mío. —Apartó la vista de su trabajo—. Aquí tienes un carcelero muy comprensivo —añadió, dejando la pluma—. Ven. Daremos un paseo por el jardín tapiado.
—No quiero dar un paseo por el jardín. No soy una niña a quien haya que calmar —protestó ella—. Sé lo importante que es tu trabajo, John. También sé lo arriesgado que es. Tú confía en mí. No hablaré de tu trabajo.
—Confío en ti, Kate. No es eso. Temo por tu seguridad. Solo es cuestión de tiempo que tus actividades se descubran y censuren. Se harán pesquisas. Hay espías de Moro por todas partes.
—Las otras mujeres me conocen solo por el nombre de Kate. Ni siquiera saben cómo te llamas tú. Si, como dices, existe un riesgo, es solo para mí, y yo he decidido aceptarlo. Es poca cosa. La mía no es una gran aportación, a diferencia de la tuya y de la de Tyndale, pero es mi aportación. —Se acordó de la mujer de Lovaina con el ojo morado, la Dora que ya encontraría una manera de acudir a las sesiones—. Pienso ir, John. Encontraré la manera. Esas mujeres cuentan conmigo.
Se puso la capa y se levantó la capucha para protegerse del frío de finales de la primavera, y luego lo besó.
—Te quiero, John Frith —dijo—. Ahora me voy a mi reunión, y llegaré a tiempo de afilarte las plumas y volver a llenarte la copa de sidra.
Él no intentó detenerla.
Alegando una opresión en el pecho, sir Tomás Moro no asistió a las celebraciones navideñas del rey, aunque no le cabía duda de que su ausencia no pasaría inadvertida. Sencillamente no se sentía con ánimos de ver a la Bolena exhibiendo su influencia ante la corte, ni al petulante Thomas Cromwell, ufanándose del favor real. Prefirió pasar esas noches enclaustrado con su último invitado en la garita del portero, donde obtuvo resultados más felices. Cuando el «árbol de la verdad» y unos cuantos días en el cepo hicieron mella en su determinación, la información había escapado del prisionero Constantine como de un cubo herrumbroso. Esa noche el canciller había ordenado al portero que lo dejara fugarse: un roedor escabulléndose hacia el nido de alimañas, y ellos lo seguirían en su camino de regreso a Amberes.
—¿Dices que maese Constantine ha saltado la tapia?
El portero sonrió.
—Sí, milord, me temo que he sido descuidado.
—Bien hecho, Barnabas. Pero más vale que reparemos el cepo, y que cerremos bien. Puede que nuestro prisionero quiera volver —bromeó sir Tomás. Enseguida cambió de tono—. La garita deberá estar disponible cuanto antes. Esta noche vamos a recibir a un abogado del Middle Temple, un tal Bainham. Creo que el abogado Bainham necesita instrucción en cuestiones de verdadera fe. Esta no abarca tanto como él querría. Ha escrito que «si un judío, turco o sarraceno deposita su fe en Dios, es un buen cristiano». ¿Te imaginas, Barnabas? ¡Un buen cristiano rezando con judíos, turcos y sarracenos!
Barnabas movió la cabeza en un gesto de incredulidad.
—¿Habrá que persuadirlo primero con argumentos o interrogatorios, milord? — preguntó.
—Argumentos y oraciones. Puede que consigamos salvar su alma sin causar daño a su cuerpo. Pero ha ido demasiado lejos en la dirección contraria, me temo. Pone en duda la verdad de la eucaristía. —Se palpó el profundo bolsillo de su voluminosa capa y sacó un documento enrollado—. Aquí está su orden de detención. Dile al sargento de armas que si no lo encuentra en las cámaras del Middle Temple, busque en la cama de su nueva esposa.
—¿Está recién casado, pues? —La expresión de consternación del portero indicó que su entusiasmo ante la idea del interrogatorio decaía.
—Aférrate a la fe, hombre. El hecho de que esté recién casado no quiere decir nada. No desperdicies tu compasión. Su nueva esposa no es una doncella dulce e inocente que está aprendiendo los placeres del amor de su nuevo marido. Es la viuda de un destacado hereje, un escritor de textos casi tan injuriosos contra la Santa Iglesia como los del propio Tyndale.
El portero cogió la orden, y sir Tomás se volvió hacia la casa principal.
—Estaré en mi gabinete. Llámame cuando llegue nuestro invitado. Sea cual sea la hora.
Pero cuando entró en su casa, sir Tomás pasó por su gabinete justo el tiempo suficiente para coger la pequeña tralla de su sitio habitual. A continuación se dirigió a la capilla. Eran ya más de las doce cuando encendió los candiles de su gabinete y empezó a escribir.
A la mañana siguiente, Meg Roper, vacilante, llamó a la puerta del gabinete de su padre.
—¿Quién es? —contestó él con tono seco, impaciente. Meg ni siquiera reconoció aquella voz de tenor, y al principio pensó que tras el escritorio de su padre había otro hombre.
—Soy Margaret, padre. Os traigo vuestras camisas.
—Pasa —dijo él. Señalando con la cabeza el fardo que ella acarreaba, añadió—: Déjalo en la silla de debajo de la ventana. Hay otras dos arrugadas bajo el taburete.
Meg recogió las camisas sucias, advirtiendo que una de ellas seguía húmeda de sudor y estaba manchada de sangre reseca. Notó también la delgadez de su padre y lo grises que tenía el pelo y la piel, como si todo fuera del mismo color. Se entretuvo, sin saber por dónde empezar, con la esperanza de que él la invitara a quedarse. Pero no fue así: su padre volvió a fijar la atención en la polémica que estaba escribiendo. Meg supo por la furia con que movía la pluma y por el ceño en su frente que era otra de las enconadas respuestas a una de las obras de Lutero o Tyndale. ¿Por qué esos hombres tenían que mantener tal discusión en público? ¿Por qué no intercambiaban su virulencia en privado y ahorraban a otras almas el dolor de oírlos?
Tan abstraído estaba que no parecía darse cuenta de que ella continuaba allí, hasta que entre dientes, sin alzar la vista, dijo en una clara indirecta:
—¿Alguna otra cosa, Margaret?
—Una de las camisas, padre… estaba tan manchada de sangre que no he podido dejarla del todo limpia. ¿Toda esa sangre era vuestra?
Sir Tomás abandonó la pluma y, dejando escapar un suspiro, la miró.
—¿De quién iba a ser, si no?
—Pero estaba tan salpicada…
—Tú ya conoces el ritual de la mortificación de la carne. Hemos hablado antes de eso. Sabes por qué lo hago —concluyó, reprendiéndola con el mismo tono que empleaba cuando ella, de niña, cometía algún descuido en sus traducciones de Virgilio.
Ciertamente habían tratado el tema. Y lo conocía, pero en realidad no lo entendía. La Iglesia había condenado la autoflagelación, si bien algunos monjes la practicaban aún en secreto. Cuando ella le preguntó por primera vez por qué lo hacía pese a las enseñanzas de la Iglesia, él le explicó que era una doctrina sensata y que la Iglesia solo se había opuesto a la exhibición pública de esa práctica. Antes los monjes y los sacerdotes desfilaban por los pueblos azotando a la gente a la vez que se azotaban ellos mismos. Creaban un espectáculo que atraía críticas. Algunos de los flagelantes incluso vendían sus propias prendas ensangrentadas a campesinos supersticiosos presentándolas como paños milagrosos.
Su padre se había reído al contarlo, y añadió que esperaba que ella no tuviese la intención de vender tiras ensangrentadas de su camisa. Él deseaba mantener su devoción en privado. Por eso no recurría a la lavandera de Chelsea. A Margaret no le había importado. Llevaba años lavando la sangre de sus camisas. Pero nunca habían estado tan manchadas. Eso no era un ritual simbólico.
—¿Por qué me lo preguntas, Margaret? ¿Por qué quieres saber si toda la sangre es mía? ¿Acaso has escuchado algún rumor malévolo?
—Solo me preocupo por vos. A medida que aumenta la cantidad de sangre en vuestras camisas… vuestra alegría parece desvanecerse.
Él esbozó una débil sonrisa, una sonrisa que si pretendía ser tranquilizadora, se quedaba corta.
—Ya habrá tiempo más adelante para la alegría. Cuando el trabajo duro de la Iglesia esté acabado.
—¡La Iglesia! Sois canciller, padre, no arzobispo.
—No seas insolente con tu padre, Margaret. Es pecado. Pero el hecho es que mis obligaciones de canciller no se diferencian de las obligaciones del arzobispo. El Estado no puede existir sin la Iglesia. Lo que es bueno para la Iglesia es bueno igualmente para la Corona. —En este punto bajó la voz, como si lo hubiera distraído un pensamiento ingrato.
—Lo siento. No era mi intención faltaros al respeto. Es solo que corren rumores… de que quizá vos os… excedéis en vuestro celo en cuestiones sagradas. Os excedéis más de lo que permite la ley.
—¿Pretendes darme lecciones en materia de leyes, hija? —preguntó él, endureciendo el tono de voz—. Por lo visto te he enseñado más de leyes que de modales.
Margaret sintió que su piel empezaba a arder bajo aquella mirada fulminante. De pronto no eran padre e hija, sino adversarios. Él la miraba con frialdad y le hablaba con una voz controlada, totalmente desprovista de la calidez y el regocijo que ella solía ver cuando estaban juntos. Se le ocurrió, pero solo por un segundo, pensar que no le gustaría hallarse ante un acusador como él.
—Claro que no… es solo que… William dice…
—Ah, William dice. —La mirada que le dirigió fue tan feroz que Margaret casi se quedó sin aliento—. ¿Y qué más dice mi yerno William Roper? El hombre cuya falsa teología ha contagiado mi casa, cosa que he tolerado solo por amor a mi hija. Dime, hija, ¿qué más dice William? ¿Con qué malevolencia me lo paga?
Meg mantenía aferradas contra el pecho las camisas ensangrentadas, sin darse cuenta de que una había dejado una mancha en la seda azul claro de su corpiño, sin darse cuenta de nada salvo de la vergüenza y el remordimiento que sentía por causar dolor a su padre.
—Nada, padre. William no tiene para vos más que palabras de alabanza. Está orgulloso de vos, como lo estamos todos.
Él guardó silencio y miró por la ventana del gabinete hacia donde la primera nevada de la estación empezaba a cubrir la tierra fea y surcada de cicatrices de escarcha asesina.
—Vuelve el invierno —anunció él, como si esa circunstancia lo sorprendiera.
—Sí, padre. Así es —contestó ella, alegrándose de que se hubiera cerrado el tema. Nada había cambiado; ella no lo había convencido, pero había cumplido su promesa.
—Necesitarás una capa nueva —dijo él—. Las hijas del canciller deben ataviarse como corresponde a su rango.
—Sois muy generoso —respondió Margaret, pensando que los rumores por fuerza eran falsos. Era un padre afectuoso y un hombre justo. ¿Acaso su tolerancia para con las tendencias reformistas de William no era prueba de esa tolerancia?
—¿Me permitiríais aplicaros ungüento balsámico en la espalda?
Al oírla, él se rio.
—Bueno, eso en cierto modo rebajaría el acto de la expiación, ¿no?
Era grato oírlo reír. Margaret intentaba recordar la última vez que había oído su risa, cuando los interrumpió la repentina aparición en la puerta del portero.
—Está aquí vuestro invitado, sir Tomás —dijo.
—Enseguida voy —contestó, levantándose al instante de su silla. Ella lo miró perpleja mientras él salía apresuradamente tras el portero con toda la energía de un joven.
Resultó que el abogado James Bainham no era tan fácil de persuadir. Kate observó los rostros atónitos de los traductores mientras los mercaderes informadores contaban cómo lo habían sometido al «árbol de la verdad» de Moro, y luego al potro hasta que su cuerpo quedó lisiado e inútil, y aun así, no se retractó. Pero la noticia de que su nueva esposa había sido encarcelada en Fleet por ocultar los libros de Tyndale, que finalmente aparecieron en el registro de la casa, consiguió lo que la tortura física no había logrado: Bainham abjuró.
Kate se acordó de su hermano, que se había retractado por el bien de su mujer y su hijo. «¿Haría John eso por mí? ¿Querría yo que lo hiciese?», se preguntó. Los mercaderes y los traductores, así como unos cuantos refugiados —los pocos en quienes se podía confiar— se reunían semanalmente para rezar, ahora por quienes sufrían en Inglaterra. Rogando para no verse nunca ante esa elección, Kate dio gracias a Dios de que John no estuviera en Inglaterra.