La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 35 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XXXIV

 

El mismo hombre que ahora huye puede volver a luchar otro día.

ERASMO, Apotegmas (1542)

 

John Frith miró a los escasos parroquianos lolardos congregados en una casa de labranza de Essex, cerca de Chelmsford. Había recorrido muchas millas y llevaba dos días sin dormir, pero la buena acogida dispensada a sus charlas le infundía energía. Nada más llegar, los feligreses lo habían ovacionado, agitando en alto sus Nuevos Testamentos en inglés.

—Estoy impaciente por hablarle de vosotros al traductor —dijo—. Vuestra fe será un gran incentivo para él. Ojalá pudiera estar aquí y veros con sus propios ojos.

Lo mismo había sucedido en todos los lugares donde había predicado durante las últimas semanas, desde Reading hasta East Essex. Nunca daba su verdadero nombre, sino que se hacía llamar Jacob, diciendo que era amigo de los hombres de la Biblia de allende el mar. Solo aceptaba una capa a modo de abrigo o una cama para pernoctar, ya que en octubre el tiempo había refrescado incluso de día, y a veces un poco de comida para el camino. Pero a las numerosas almas bondadosas que ofrecían ayuda económica les indicaba que entregasen las sumas que pudieran permitirse a los máximos representantes de sus feligresías, quienes, a su vez, las remitirían a la Liga Hanseática en el Steelyard, a la atención de sir Humphrey Monmouth, o si vivían próximos a Reading, al prior de su abadía.

Pero les advirtió que anduvieran con cautela.

—Esta manera de organizarlo os protege tanto a vosotros como a mí —afirmó—, ya que vuestras aportaciones serán anónimas, y si a mí llegan a prenderme, no llevaré encima vuestras cartas testimoniales —y con toda seriedad añadió—, ni sabré de quién son.

Ahora, a solo unas millas de la costa, ya no temía tanto que lo prendieran, si bien era muy consciente de que no debía bajar la guardia. En eso residía el mayor peligro. Y sin embargo era difícil no distraerse siendo tan grande su anhelo de ver a Kate y estrecharla, si es que aún podía abarcarla, entre sus brazos. Estaba ya de siete meses. Ella nunca lo perdonaría —tampoco él se lo perdonaría jamás— si no llegaba a tiempo para el nacimiento de su primogénito.

Un mensajero le había entregado una carta de su esposa en el Steelyard a su paso por St. Albans. Él la había leído y releído hasta que el papel quedó arrugado y se desmenuzaba en sus manos. Había conseguido mandar una respuesta por medio del mismo mensajero para pedirle que hiciera saber a Tyndale que se había abierto una cuenta secreta en el Kontor de Amberes para que ellos retiraran dinero. Si ella necesitaba algo, Tyndale se lo proporcionaría. Le había asegurado que pronto regresaría, y si bien le había contado el júbilo con que lo recibían en todas partes, había omitido toda mención a las ocasiones en que lo habían seguido o sus días en el cepo en Reading.

Esa feligresía de Chelmsford era la más numerosa hasta el momento, pero se alegraba de que el encuentro tocara ya a su fin. Se sentía débil a causa del agotamiento. Aun mientras pronunciaba su bendición, pensaba ya en informarse sobre algún establo cercano donde pasar la noche: no le gustaba poner en peligro a las familias para quienes predicaba. Pero apenas había dicho el último «amén» cuando un hombre se acercó a él.

—Padre, ¿puedo hablar con vos un momento?

Un hombre de muy corta estatura y actitud sincera le tendió la mano.

John se la estrechó con la poca energía que le quedaba.

—Por favor, llamadme hermano o sencillamente J… Jacob. Como nuestro Señor nos recordó, solo hay uno digno de llamarse «Padre». ¿Y cuál es vuestro nombre?

—William. William Holt. Soy sastre, de Epping.

—De allí os conozco. Ya me parecía a mí que me sonaba vuestra cara.

—Sí. Estuve en la charla que disteis en Epping. Allí predicasteis sobre la eucaristía, y me conmovieron enormemente vuestras palabras cuando afirmasteis que lo importante es el milagro de la transformación del corazón y no la presencia real del cuerpo de Cristo… tal como lo describisteis, tenía mucho sentido. Intenté recordarlo para explicárselo a un amigo mío, pero, por desgracia, me faltaron las palabras.

—Bueno, no es muy difícil entenderlo. Basta con que le digáis a vuestro amigo…

—Aquí tenéis. ¿Podríais anotármelo? ¿Las ideas centrales de vuestro sermón en Epping?

El sastre sacó de algún sitio un papel y un pequeño cuerno de tinta, como esos que empleaban los escribanos en sus desplazamientos, y se los ofreció a John.

Él vaciló por un brevísimo instante. Tyndale le había advertido que no consignara nada por escrito sobre la doctrina de la eucaristía. Ese tema, más que cualquier otro, suscitaría sin duda las iras no solo del clero, sino también del rey.

—No debería pedíroslo, pero es tan pobre mi uso de la palabra… Cuando vos lo decís, tiene sentido; cuando lo digo yo… y además no recuerdo el segundo punto.

John cogió el papel y anotó una sencilla explicación sobre la doctrina de la eucaristía, enumerando los tres puntos sobre los que había predicado en Epping, que ponían en duda el fundamento mismo de la misa.

—Gracias, señor. Gracias. Ahora podré convencer a mi amigo de lo equivocado que es su razonamiento —dijo el hombre, echando una ojeada al papel—. Ah, y una cosa más. ¿Os importaría firmarlo? —Sonrió con cara de disculpa—. Así sabrá que no me lo he inventado.

Sin pensar, John plasmó su nombre al pie del papel.

El sastre le lanzó un vistazo y, sonriente, plegó el papel y se lo guardó en el bolsillo. A continuación, alargó el brazo y dio un apretón de manos a John.

Mientras John observaba alejarse a William Holt, cayó en la cuenta de que había firmado con su nombre auténtico. Hizo ademán de llamarlo. Pero ¿qué iba a decirle? Si le pedía que le devolviera el papel, no solo sería un insulto para él, sino que quizá incluso llamaría la atención. Además, el sastre parecía un hombre honrado, e incluso si sus enemigos se apoderaban del papel, ¿qué importaba? No podían más que añadirlo a la creciente acumulación de sermones heréticos pronunciados por John Frith. Al cabo de dos días estaría en Southend. Y antes del sábado, en brazos de Kate, sano y salvo en la Casa Inglesa, y nada de aquello tendría ya importancia.

 

—Voy a acompañar al rey a Calais pasado mañana —anunció Ana Bolena a sus damas en la cámara privada de la reina.

Ana había regresado a Hampton Court con nuevo aplomo después de su investidura como marqués de Pembroke. El rey la veneraba como un cachorro a su amo. En verdad, pensó, si sostenía una galleta ante él, se sentaría sobre las patas traseras y suplicaría… bueno, no una galleta, pero sí un incentivo de otro tipo. Aunque ella eso no lo haría, naturalmente; no era prudente inducir a un rey a suplicar.

Acababa de asistir a la misa oficiada por Thomas Cranmer, el nuevo arzobispo de Canterbury, en la capilla real, donde ella había ocupado el banco real junto al rey. El viaje a Calais había sido idea de Cranmer.

—Sería un gesto de cortesía incluir vuestros planes de anulación en las conversaciones con el rey de Francia. Incluso podríais plantearos, vuestra majestad, llevar a lady Ana con vos. Así daríais a Francisco ocasión de conocer a la mujer que pronto será vuestra nueva reina.

Si Ana albergaba dudas sobre este nuevo arzobispo, se disiparon al oír esa sugerencia.

Ahora observaba con cierta satisfacción a lady Margaret Lee mientras esta intentaba disimular su sorpresa.

—¿Sacamos vuestros vestidos, milady?

—Sí, s’il vous plaît. Me conviene practicar el francés. No os olvidéis de incluir la faja carmesí. El rey la ha solicitado especialmente, y el manto forrado de armiño. Nos alojaremos en el palacio del tesorero real, y dicen que hay muchas corrientes de aire. También mis mangas y mi faja de ante. Probablemente saldremos de caza con Francisco.

Abrió su joyero y sacó unas cuantas alhajas. Se le iluminó la mirada al ver una tiara de plata. ¿Demasiado presuntuosa? No, decidió. Quedaría bien con el vestido carmesí, y Enrique quizá la encontrara graciosa. Si no era así, sencillamente se la quitaría. La echó sobre la pila. No pasó por alto la mirada que cruzaron las dos mujeres.

—No os olvidéis de llenar el baúl por capas, poniendo las prendas de terciopelo arriba con tallos de lavanda en medio.

Lady Margaret Lee expresó su obediencia con una inclinación de cabeza.

—¿Nosotras os acompañaremos, milady? —preguntó la Seymour con sus pálidas mejillas casi enrojecidas de entusiasmo.

—No, no lo creo. Será un viaje corto. Me bastará con mi doncella personal. No será necesario arrancaros de las comodidades de que disfrutáis aquí.

La Seymour, alicaída, le dirigió una expeditiva reverencia.

—Ahora, si ya tenéis suficientes tareas de que ocuparos, me marcho al patio, donde su majestad me ha retado a una partida de bolos. —Ana salió de la habitación airosamente, procurando no sonreír ante la cara de decepción de la Seymour. Me pregunto si seré más feliz que ahora cuando sea reina, pensó. Por fin tenía ya la casi total certeza: no le había venido la última menstruación. Pero aun cuando la concepción todavía no se hubiera producido, todo se andaría.

Enrique le había susurrado al oído que dispondrían de habitaciones contiguas, según le había asegurado el embajador francés.

 

John Frith solo pensaba en la estrecha franja de mar que lo separaba de la seguridad y los brazos de su esposa cuando se aproximaba a los muelles de Southend. Esa noche dormiría en su propia cama, si su cuerpo extenuado conseguía llegar hasta allí. Los músculos de las piernas le temblaban de fatiga y el estómago le rugía. Pensando que debía hacer un alto para satisfacer al menos alguna de sus necesidades físicas, se detuvo el tiempo imprescindible para tomar una pinta y una empanada en una taberna, pero la pinta estaba solo demediada cuando abandonó la taberna llamada «El zorro y el perro», llevándose la empanada a medio comer.

Si John no hubiese estado tan abstraído, si hubiese tenido menos prisas, se habría fijado en el hombre corpulento que, sentado solo en el rincón, lo observaba atentamente, se habría dado cuenta de que ese hombre salía de la taberna detrás de él, habría visto su revelador gesto de asentimiento a un segundo hombre vestido de labriego que aguardaba ociosamente en un portal al otro lado de la calle. Tampoco advirtió, mientras comía gozosamente su empanada, que un tercer hombre se unía a los otros dos allí donde la calle desembocaba en el embarcadero.

John recorrió con la mirada los barcos allí anclados. Avistó uno con la bandera de la Liga Hanseática. Ese era al que debía dirigirse primero en busca de pasaje. Un corrillo se había congregado y observaba expectante un enorme barco que surcaba el mar a lo lejos.

—Mirad, es el barco de su majestad —clamó alguien.

—Que se lleva más dinero nuestro a Francia, seguro —añadió otro—. Probablemente va a bordo esa puta, la Nana Bolena.

Protegiéndose los ojos del sol con una mano y metiéndose en la boca el último trozo de empanada con la otra, John contempló en lontananza el majestuoso barco con las enseñas de los Tudor. Si pudiera acceder a ese barco, presentaría su ruego al rey sin tener que identificarse ante los numerosos cortesanos vinculados a sus enemigos. Miró alrededor en busca de una embarcación con la que poder perseguirlo. Acaso el rey encontrara graciosa una acción tan audaz, y si Ana Bolena viajaba a bordo, tal vez incluso estaría bien dispuesto a escucharlo. Sería arriesgado. Debía de haber cañones en ese barco; tal vez el capitán abriera fuego y hundiera el bote. Pero si conseguía acercarse lo suficiente, tenía la certeza de que podría convencerlos para que le permitieran subir a bordo.

—¿Maese Frith?

Sorprendido de oír su verdadero nombre pronunciado en alto en medio de una muchedumbre, vaciló más de la cuenta antes de adentrarse entre el gentío para esconderse.

—¡John Frith! Alto. Desearíamos hablar con vos.

Echó a correr para alejarse del muelle, pero no había dado más que unos pasos cuando tres hombres fornidos lo rodearon.

—Soltadme de inmediato u os denunciaré a la guardia del muelle.

Ignoraba si existía una guardia del muelle, pero fue lo primero que se le ocurrió.

—Debéis acompañarnos.

John trató de hacer acopio de la poca indignación que el cansancio le permitió.

—¿Por orden de quién?

—Del obispo de Londres.

De pronto un repentino miedo le insufló energía y la fatiga desapareció, despejándosele la mente. Había ciertas cuestiones sobre las que no era necesario esgrimir argumentos falsos.

—El obispo de Londres no tiene autoridad para llevar a cabo arrestos. Esa autoridad recae en el rey.

—El rey no está aquí, maese Frith —dijo uno de ellos, riendo, y señaló el barco —. Está demasiado ocupado para tomarse ninguna molestia con individuos como vos.

Los hombres lo acorralaron, y uno le inmovilizó el brazo tras la espalda. La punta de una daga se hincó a través de la gruesa sarga de su almilla.

—El obispo no tiene derecho, insisto. El Parlamento ha aprobado una ley…

—Eso contádselo al obispo —gruñó uno de ellos, obligando a John a caminar de un empujón.

Lo superaban en número. Aun si conseguía zafarse, difícilmente escaparía. Vio a un agente de aduanas, que mostraba interés en lo que sucedía pero a todas luces había decidido que eso no era de su competencia.

—Secuestro ilegal —vociferó John en dirección al agente—. Informad a maese Cromwell en Whitehall. Decidle que John Frith ha sido detenido ilegalmente. Me pongo a merced del rey y exijo un trato legal.

Lo repitió más de una vez, levantando la voz lo suficiente para que cualquier persona bien predispuesta que lo oyese pudiera transmitir el mensaje, aun cuando el agente de aduanas se abstuviese. Gritaba todavía cuando sintió tal sacudida en el brazo que el dolor le llegó a la muñeca. Uno de los hombres le tapó la boca con la mano.

—Cerrad la boca si no queréis que os parta el brazo.

Pero mientras John avanzaba a trompicones con aquel dolor palpitante, tenía la certeza de que la noticia habría corrido por todo Essex al anochecer. Y llegado a oídos de Cromwell, Dios mío, te lo ruego, suplicó, recordando el sótano del pescado. Dudaba de que tuviera fuerzas para sobrellevar aquello de nuevo. Esta vez era distinto. Esta vez no solo se jugaba la vida. Esta vez estaba Kate… y el niño que habían creado juntos. Gracias a Dios ella no lo sabe, pensó. Algún día se lo contaré. Cuando me haya fugado. Cuando todo esté en orden.