La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 3 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo II

 

Moro es un hombre con la inteligencia de un ángel y una sabiduría singular… ¿Dónde hay otro hombre de tal gentileza, modestia y afabilidad? Y cuando la ocasión lo requiere, hombre capaz de una extraordinaria exultación y esparcimiento, y a veces en igual medida de triste gravedad. Un hombre para todas las circunstancias.

ROBERT WHITTINTON,

Encomio de sir Tomás Moro, 1520

 

El viernes era el día preferido de sir Tomás Moro. Los viernes, después de la misa diaria, del te deum y del último salmo cantado, no se ponía su toga rayada para ir a Lincoln’s Inn a impartir lecciones de leyes, ni iba siquiera a Black Friars, donde, en su función de presidente de la Cámara de los Comunes, debía pedir financiación parlamentaria para la campaña francesa del rey. Vestido con la capa y el embozo escarlata del poderoso gremio de los merceros, no dio el breve paseo hasta su sede en Ironmonger Lane para informar de sus últimas negociaciones con la Liga Hanseática. Tampoco se adornó con la cadena de oro emblemática de los Tudor, ni fue río abajo en su barcaza particular hasta Westminster para asistir a la reunión del Consejo Real. Ni siquiera fue a Oxford, donde actuaba como patrón, para juzgar a los estudiosos réprobos de allí.

Los viernes le pertenecían a él.

Cuando sir Tomás despedía a su familia después de la misa obligatoria para que cada uno cumpliera con sus tareas individuales y a veces ruidosas, él se quedaba solo en la capilla, postrado ante la Santa Cruz. Solo cuando tenía las piernas y los brazos entumecidos por la fatiga, y los pensamientos tan enredados como los nudos en la pequeña tralla, sacaba su flagelo y empezaba a azotarse.

El primer golpe por encima del hombro izquierdo era para su superior y en otro tiempo amigo. Wolsey, Wolsey con su capelo cardenalicio. Sir Tomás se administró estos primeros azotes con más ira que arrepentimiento, solo para coger ritmo, para abrir por la fuerza la puerta al éxtasis del dolor. ¡Wolsey! ¡Vaya un cardenal! Con un matrimonio secreto. Un cardenal con el poder del clero y una esposa.

Luego otros azotes por su padre abogado, John Moro. Su padre, a quien debía complacer. Su padre, a quien debía elogiar. Su padre, a quien debía obedecer.

Luego una tanda de golpes sobre el hombro derecho, aún más airados, proyectando su rabia todavía hacia fuera. Rabia por Lutero y su furfuris, ese traductor que lo emulaba, William Tyndale. Merda, stercus, lutum. Mierda. Estiércol. Inmundicia. ¡Herejes viles y peligrosos! Ahora ya con la respiración acelerada. Uno que tomó a una monja ramera por esposa, y el otro que vivió como un monje a la vez que osaba ensalzar el matrimonio entre el clero.

Acto seguido, una profunda inhalación y dos azotes más. Izquierda, derecha. Esta vez en penitencia por su propio pecado, en pago por su propio placer. Uno por su difunta esposa, su joven y dócil Jane. Había gozado de ella en exceso. Inhalación. Por el deseo que sentía hacia ella, había abandonado su pequeña celda de monje cartujo. Exhalación. Y otro más por su segunda esposa. Lady Alice: su lengua, azote más que suficiente para cualquier hombre; su voluntad igual de poderosa.

Izquierda, derecha. Una en pago por su hijo. Dos. Tres. En pago por la hija de Alice. Las hijas de Jane.

El escozor empezó en el hombro y se propagó entre los omóplatos, como lenguas de fuego que lamían su piel ya en carne viva a causa del cilicio.

Dos azotes más por Meg, la hija a quien más quería. Una vez en el hombro izquierdo. Otra vez en el derecho.

Diez. Once. Doce… uno por cada uno de sus nietos, hasta que su carne se estremeció de arrepentimiento, hasta que hubo pagado por todos sus placeres, los inocentes y los carnales. Trece. Catorce. Hasta que tuvo la mente y el cuerpo tan extenuados como la primera vez que yació con una mujer. Este traidor a su vocación. Este pecador, demasiado carnal para vivir en el celibato y demasiado respetuoso de la ley para vivir en la mentira. Como hacía Wolsey, Wolsey que vestía la púrpura cardenalicia.

Solo al acabar de flagelarse, purificada ya su alma pecadora y apagadas las brasas de su ira por un tiempo, sir Tomás pudo regresar a su dicha doméstica de los viernes. En verano, iba a comer al aire libre con su familia a los amplios jardines de su nuevo palacio en Chelsea. En invierno tocaba el laúd con Alice y sus hijas en la solana o se retiraba a su biblioteca para hablar de Aristóteles con su hija Margaret.

Pero aparte de la capilla, donde obtenía la redención de su espíritu, o la biblioteca, donde escribía sus versos, soñaba su Utopía y sostenía conversaciones inteligentes con su Meg, la niña de sus ojos, el lugar preferido de sir Tomás Moro era la rosaleda. Tenía allí una pajarera con aves exóticas por sus trinos y su color, y unos cuantos hurones y comadrejas, e incluso un simio enjaulado de nombre Sansón para su entretenimiento. En verano las rosas, bañadas por la brumosa lluvia inglesa o heridas por el vivo sol, estaban siempre fragantes.

Pero aún no era verano.

Aquella mañana de los albores de la primavera los capullos no serían más que simples protuberancias en las enredaderas deshojadas y espinosas. Aun así, el jardín lo atraía. Porque en el corazón prohibido del jardín, allí donde sus nietos e hijas jamás se aventuraban a entrar, había un espino de otra clase, en el que brotaban retoños rojos fuera de temporada. Pero las flores de ese árbol solo se abrían de noche, y aún era de día, y Meg lo esperaba en la biblioteca.

 

Una vez acabado el día, cuando Alice empezó a roncar, profundamente dormida, y los sonidos de la gran casa se apaciguaron, Tomás se apartó de su esposa y, en susurros, dijo al sirviente que dormía ante su alcoba:

—Ya es hora, Barnabas. —Y le entregó el látigo enrollado.

Al pasar frente a la biblioteca advirtió que las candelas seguían encendidas, su luz amarilla se derramaba por la rendija de la puerta entornada: Meg, que una vez más se quedaba trabajando hasta entrada la noche, dejando a su marido en una cama solitaria. Pero Tomás compadecía poco a William Roper. Temía estar albergando a un hereje luterano bajo su propio techo. Solo con esta hija predilecta sería tan tolerante.

Sonrió, pensando en su trabajo con las traducciones del griego a hora tan avanzada, su rostro inclinado sobre el escritorio, su excelente letra fluyendo de sus dedos agarrotados, las palabras de su ágil intelecto. ¿Qué más daba que fuera la menos agraciada de todas? Poseía una mente extraordinaria; incluso podía decirse que era una mente hermosa. Era demasiado buena para William Roper, aunque el emparejamiento, como todos los matrimonios en la familia Moro, había aportado su porción de riqueza y buenos contactos.

Tomás sostenía la tea mientras el sirviente y él descendían la escalera a oscuras y entraban en la rosaleda en reposo. Dejando atrás las aves canoras que dormían con la cabeza escondida bajo las alas plegadas, dejando atrás los hurones y las comadrejas que buscaban comida en la oscuridad, atravesando el jardín formal por donde el romero, al agitarlo, desprendía su pura fragancia en el aire nocturno, llegaron por fin a un pequeño claro.

La fría luz de una escarchada luna en cuarto creciente dibujó la silueta amarrada al poste de los azotes. «El árbol de la verdad» de Moro, lo llamaba el obispo Cuthbert Tunstall. Tomás prefería verlo como el Árbol de Jesús.

El hombre, atado por las muñecas y los tobillos, estaba desnudo de cintura para arriba. Tenía el mentón apoyado en el pecho como si también él durmiese, al igual que el jardín de invierno. Una cuerda nudosa le ceñía con fuerza la frente. El cabello rubio le caía hacia delante, ocultando un lado de su rostro. Sir Tomás levantó la tea para inspeccionar al prisionero. Su ira, tan recientemente purgada, volvió a surgir en él. Incluso la postura de aquel hombre era un sacrilegio, como si su cuerpo desmayado conspirase en una pose semejante a la de Cristo.

—Despierta al lolardo —ordenó— para que pueda ver el error de su proceder. El aguijón del látigo puede esclarecerle la mente para que regrese así a la fe verdadera.

El sirviente levantó el látigo y, desplegándolo, lo arrolló con un golpe de muñeca alrededor del torso desnudo del prisionero. Este abrió sus ojos azules y posó una firme mirada en su interrogador.

Una voz dulce y aguda de mujer preguntó:

—Padre, ¿estáis ahí?

Sobresaltado, Tomás indicó al criado con una seña que retrocediese hacia las sombras, ya que reconoció la voz de Meg. Con un tono inusualmente áspero, respondió:

—¿Eres tú, Margaret? Ya sabes que esta parte del jardín está prohibida. ¿Dónde estás?

—En el estanque, padre —contestó ella con tono escarmentado—. Ha venido un mensajero del rey.

—Espera ahí. Ya iré yo —vociferó él. A continuación, dijo al sirviente en un susurro—: Llévalo otra vez a la garita del portero. —Señaló con la cabeza la tortuosa dirección en la que el criado debía llevar al prisionero.

—Sí, milord. Pero ha dicho el portero que le recordase que este es el décimo día y, según la ley…

—¿El portero se permite recordar la ley al consejero legal del rey? ¡Vaya sensatez la suya! Dile que conozco la ley tan bien como el que más en Inglaterra, y conforme a la ley un prisionero sospechoso de herejía puede ser interrogado. Y también un criado que simpatice con los herejes. —Tomás cruzó una mirada con el prisionero. Fue él quien primero apartó la vista—. Ponlo en el cepo otra vez —ordenó, y se encaminó hacia el estanque.

El claro de luna se reflejaba fríamente en el estanque, captando una ligera onda en el agua allí donde el viento rizaba la superficie, captando asimismo la palidez del rostro de su hija bajo su capotillo de terciopelo. La joven se envolvió con sus brazos y se estremeció bajo la luna.

—Disculpad, padre. Es que he pensado…

Él se ablandó de inmediato.

—Si he estado brusco contigo, es solo porque me preocupa tu seguridad. Por la noche los vigilantes dejan suelto a Sansón. Y de día, si lo ves, puede asustarte.

—Pero a vos no os asusta.

—Sí, hija mía, sí me asusta. Pero comprende que yo conozco bien a esa bestia. ¿Dónde está el mensajero del rey?

—En vuestra biblioteca. De hecho, han venido dos mensajeros, el primero de parte del obispo Tunstall. Ha dejado su mensaje cuando le he asegurado que yo misma os lo entregaría en mano. Pero el mensajero del rey… he pensado…

—Has hecho bien en ir a buscarme —atajó él—, pero la próxima vez manda a un mozo.

Rodeando los hombros de su hija con el brazo, la guio escalinata arriba. El rostro oscuro de la fachada de ladrillo rojo se cernió sobre ellos, con sus ventanas negras como ojos que todo lo sabían. Al acercarse a la biblioteca, Tomás vio pasearse ante el fuego al mensajero con las insignias de los Tudor. Mejor no hacerle esperar demasiado. Dio las buenas noches a su hija en la puerta y la observó con afecto mientras ella se despedía con una reverencia y, en medio del susurro de su falda de satén, se fundía en las sombras cada vez más oscuras al final del pasillo.

A Tomás le sonaba la cara del mensajero porque lo había visto a menudo en la corte. Con un parco gesto de reconocimiento, cogió el pergamino y de inmediato rompió el sello de lacre rojo del rey. Leyó las palabras por encima y se le cayó el alma a los pies.

—Esto requiere una respuesta —dijo, sin alzar la vista—. Es tarde. Reflexionaré y os la daré por escrito mañana a primera hora. —Tiró de un cordel y casi al instante apareció un sirviente—. Sam os proporcionará una cama en la casa de invitados y refrigerio… o cualquier otra cosa que necesitéis. No tendréis queja alguna sobre la hospitalidad de la Casa de Chelsea. Regresad a esta estancia después de la hora prima; os daré un mensaje para su majestad.

Con un suspiro de hastío, Tomás dejó el documento de la corte en su mesa y se acomodó en la butaca junto al fuego. Frotándose la frente arrugada con los dedos, observó las brasas. Bien, pues, por fin ha llegado. Ya no puedes eludirlo, se dijo. Habían circulado insinuaciones, sutiles y no tan sutiles, pero siempre había podido esquivar las implicaciones. Ahora estaba allí: una petición directa de Enrique VIII, Defensor de la Fe —título que sir Tomás había ayudado al soberano a obtener escribiendo la refutación de la doctrina luterana que le había valido ese honor—, para ayudar al rey con su «gran asunto».

De pronto la habitación se le antojó fría. Lo recorrió un estremecimiento, agudizándose el escozor que le causaba el cilicio. Las brasas, al moverse, dejaron escapar un suspiro, como para recordarle que si uno se negaba a cumplir la voluntad de un rey, en particular de este rey, corría grave peligro. Tomás contaba cincuenta y un años, y sentía en los huesos cada uno de sus aniversarios. Había servido bien a Enrique, pero daba la impresión de que nunca se le permitiría retirarse. ¿Cómo dar un «no» sin desatar la cólera de su monarca? Pero ¿cómo podía dar un «sí» sin incurrir en el deshonor público? Se levantó cansinamente y avivó el fuego, reagrupando las brasas. Su mirada se posó en un pequeño paquete.

Meg había mencionado otro mensaje. Reconoció el sello de Cuthbert Tunstall. Este lo rompió con más entusiasmo. Contenía un librito y varios panfletos. Si bien los dos colegas intercambiaban libros con frecuencia, Tomás examinó este con curiosidad y cierta sorpresa. ¡Era el Nuevo Testamento en inglés de Tyndale! Había oído hablar de él, aunque no había visto ninguno antes porque, como todas las obras que contenían doctrina y glosas luteranas, estaba prohibido conforme a la reciente censura del obispo.

Un trozo de papel de vitela se desprendió y cayó al suelo con un revoloteo. Tomás se agachó a recogerlo. La misiva, escrita en latín, como toda la correspondencia entre Moro y el obispo Tunstall y el cardenal Wolsey, otorgaba a Moro una dispensa específica para poseer el libro junto con una solicitud de ayuda para capturar a los «hijos de la iniquidad» que difundían la ponzoña de Lutero en Inglaterra. Por otro lado, indicaba que sir Tomás serviría mejor a dicha causa redactando una refutación del trabajo de Tyndale para su publicación y distribución y ofrecía una compensación económica.

Tomás abrió el Nuevo Testamento en inglés con interés y, entornando los ojos a la luz de la vela, lo hojeó. Tyndale era un traductor competente y sagaz. Cada página intensificaba la ira de Tomás: la elección de viles palabras anglosajonas, la sencillez de la verborrea, el uso de la palabra «congregación» en lugar de «iglesia», el uso de «anciano» en lugar de «sacerdote», negando intencionadamente el dogma cristiano de que la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la tierra, e incluso el empleo del término «arrepentimiento» en lugar de «penitencia», eran un descarado golpe al sistema penitencial de indulgencias de la Iglesia. Luego, examinando las glosas luteranas heréticas que despotricaban contra el poder de la Iglesia, sintió crecer su rabia. Coenum! ¡Excrementos! ¡Esto es un documento herético inmundo!

Sentía en los dedos un cosquilleo de impaciencia por empezar a escribir.

Tomás no ayudaría a Enrique a convertir a su ramera en legítima esposa, pero esto sí podía hacerlo. Esto sí lo haría. Y de balde. Cerró bruscamente el opúsculo, ese objeto profano, de encuadernación barata, de impresión barata, e hizo ademán de arrojarlo al fuego. Pero no, el libro no. El libro era una prueba. Era el autor del libro quien debía ser entregado a las llamas. Él y todos los demás herejes apestosos e inmundos como él, deseosos de mancillar a Inglaterra con sus desechos profanos.

De algún lugar en lo más recóndito del jardín llegó el gruñido de un animal. Sansón. El guardián había concedido a la bestia la breve licencia de abandonar su jaula. La savia ascendía desde la tierra, y Sansón sentiría la agitación dentro de sí. Se golpearía el pecho, tiraría de la correa que le impedía salir del jardín tapiado, con alaridos llenos de rabia salvaje. Sir Tomás revisó las otras muestras de herejía, identificándose con la rabia de Sansón. Pero él no podía golpearse el pecho y gritar en el silencio de la casa dormida de Chelsea. Sir Tomás Moro era un hombre civilizado. Un gran erudito. Un hombre de formación clásica. Un hombre de honor. Y un cristiano.

Dejó el Nuevo Testamento en la mesa con vehemencia y lo aporreó con el puño. Luego se levantó y, cogiendo la capa orlada de armiño, salió del aposento. Cerró de un portazo y se encaminó hacia la garita del portero.