La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 9 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo VIII

 

¿Os opondréis a Dios?…¿Acaso no ha creado Él [Dios] la lengua inglesa? ¿Por qué no le permitís, pues, hablar la lengua inglesa, además del latín?

WILLIAM TYNDALE,

La obediencia del cristiano

 

Con toda la masculinidad que pudo aparentar, Kate se encaramó a la parte trasera del estrecho carromato, rezando mientras se acomodaba en el rincón frente a John Frith para ser capaz de mantener las apariencias. Aún tenían por delante varias horas de viaje. El día anterior, en el trayecto río arriba, Swinford iba sentado delante de ella y, como estaba nublado, la escasa luz no le había permitido reparar en que la piel tersa de la mejilla de su acompañante no había conocido el roce del filo de una navaja ni presentado jamás el menor asomo de barba. Pero John Frith se hallaba sentado muy cerca, tanto que ella veía la sombra de una barba oscura en su tez pálida y percibía el olor a humo de leña adherido a su ropa. Saetas de intensa luz traspasaban las nubes, invitando a una observación más detenida. Mientras procuraba olvidarse de la incómoda tirantez de su cabello trenzado y tapado, se caló el sombrero de tres picos de John hasta las cejas para eludir la mirada inteligente de Frith.

No tenía por qué preocuparse. Frith le dirigió una alegre sonrisa, dijo: «Os deseo un buen viaje, Gough» y se quedó dormido en cuestión de minutos, con la cabeza caída sobre el pecho. Ni siquiera las sacudidas y vaivenes del carromato por los caminos surcados de roderas interrumpieron sus rítmicos ronquidos. Dos horas más tarde, aún dormía, con lo que Kate pudo disfrutar del paisaje sin el desasosiego de verse obligada a mantener la postura.

Al mediodía el calor apretaba y la luz del sol jugaba al pilla pilla con los cúmulos de nubes. Swinford se detuvo para dar un descanso a los caballos. Kate orinó en una arboleda cercana, confiando en que sus compañeros de viaje no eligiesen el mismo lugar. Pero cuando volvió a subir al carromato, Frith no se había movido y Swinford sujetaba las riendas.

—Sois muy pudoroso, Gough, todo hay que decirlo —comentó Swinford, y soltó una carcajada.

—Ando flojo del vientre. No querría ofender vuestra sensibilidad —contestó Kate con aspereza, pensando que un hombre debía responder a una pulla con otra. Señaló con la cabeza a Frith y preguntó—: ¿No deberíamos despertarlo? Quizá le convendría estirar las piernas.

—No, dejadlo dormir. Lo ha pasado mal, el pobre. El sueño le sentará bien. Ya volveremos a parar. Y si no, puede mear desde un lado del carromato.

Mientras Kate intentaba apartar de su cabeza la idea de Frith «meando desde un lado del carromato», Swinford sacudió las riendas y el carromato se puso en marcha bruscamente. Llevándose la mano al bolsillo de la capa, sacó el trozo de pan con carne y masticó distraídamente. Contempló a su compañero dormido. Dormido, se lo veía inocente, incluso infantil, pese al asomo de la barba cada vez más oscura en su cara, y muy pálido. Su cuello largo y blanco parecía a punto de partirse bajo el peso de la cabeza desplomada. Sobre su frente caía un bucle de pelo castaño, en contraste con su tez clara. Kate resistió el impulso de formar un rebujo con un trozo de arpillera y colocárselo detrás del cuello a modo de almohada.

Era un rostro inteligente —al menos la parte que ella veía—, con una mandíbula resuelta y una frente noble. Era traductor, había explicado, simpatizante luterano, que iba al continente para reunirse con Tyndale. Y si bien no lo había dicho, o no a las claras, Kate dedujo que era un fugitivo. Dudaba que los prelados soltaran a los estudiantes sin más. Este sin duda se había fugado del hospital. Antes de tiempo, a juzgar por sus escasas fuerzas.

Frith se revolvió y se desperezó.

—Perdonad por ser tan mal compañero de viaje —se disculpó—. Es que… bueno, ¿para qué hablar de eso? Me alegro de haber salido de ese apestoso sótano.

—Debió de ser terrible —comentó ella, tapándose la suave barbilla con la mano.

Él restó importancia a sus palabras con una sonrisa.

—El precio no ha sido alto, ¿no os parce? Somos hombres al servicio de la Palabra, vos y yo, Gough. Hermanos —dijo, rodeándole el hombro con el brazo y dándole una leve sacudida.

Kate sintió un temblor por todo el cuerpo, un temblor que no tenía nada que ver con el brusco traqueteo del carromato. Se sonrojó de vergüenza. Qué poco se parecía ese hombre a su hermano, aunque habría sido su amiga gustosamente, y quizá algo más. Su encanto natural y su valor le llegaron al corazón. Habría deseado conocerlo mejor. A John también le habría caído bien, lo sabía. O al menos al John de otro tiempo.

—¿Estáis bien, Gough? —preguntó Frith—. Parece que alguien acabara de pisar vuestra tumba. —Habló con desenfado, cordialmente, pero Kate vio preocupación en sus ojos oscuros y sintió un escozor en los suyos al recordar las palabras de Frith cuando le dio la enhorabuena a su hermano por su valor.

—Es que se me ha metido arenilla en el ojo —gruñó ella, y de pronto deseó con toda su alma que llegaran a tiempo a su destino para que ese tal John zarpara en su barco y consiguiera escapar.

Cuando llegaron a Little Sodbury, las largas sombras habían desaparecido detrás de unos amenazadores nubarrones. Si bien el compañero de Kate ya no dormía, se había sumido en un estado pensativo y parecía poco predispuesto a hablar. Una expresión de padecimiento sustituía ahora la actitud alegre que Kate había visto en el desayuno. El dolor empañaba sus ojos oscuros.

Pero a esas alturas Kate tenía su propio malestar del que preocuparse. Había empezado alrededor de una hora antes, con un dolor en el bajo vientre, y a cada vaivén y sacudida del carromato se propagaba por su espalda. Debía de haberlo provocado el traqueteo del viaje o quizá el desasosiego que le producía lo que ahora se le antojaba un plan muy absurdo. Pero al margen de cuál fuera la causa que había precipitado la intempestiva llegada del mes, no estaba preparada para hacerle frente. De nuevo se alegró de llevar la capa oscura y gruesa de John. En cuanto llegaran a Sodbury Manor —Te ruego, Señor, que lleguemos pronto a Sodbury Manor—, ya buscaría la solución. Al fin y al cabo, ¿qué podían hacerle, aparte de reprenderla, si descubrían que era una impostora? Seguramente compartirían el género con ella en consideración a John, eso como mínimo.

Un relámpago iluminó la capa baja de las amenazantes nubes. El carromato dio un bandazo, y un leve gemido escapó de sus labios. Lanzó una mirada a Frith, que tenía la cabeza apoyada en un lado del carromato y los ojos cerrados. Si a él lo prendían, tendría que enfrentarse a algo mucho peor que un momento de bochorno y una ligera reprimenda. No parecía haberse percatado del relámpago ni de su quejido.

—Ya hemos llegado —anunció Swinford, levantando la voz—. Y no demasiado pronto. Vosotros dos apeaos, yo llevaré los caballos a la cuadra.

En respuesta se oyó el gruñido de un trueno, acompañado de una ráfaga de viento. Kate se levantó, intentó saltar al suelo pese a la flojera en las piernas, sintió el flujo caliente entre los muslos e instintivamente los apretó para contenerlo. John Frith la siguió, con paso casi igual de inestable que el de ella. Sin duda las puertas del paraíso no le serían más gratas que la entrada de esa hermosa casa solariega con el resplandor de sus lámparas encendidas en la ventana.

Lord y lady Walsh esperaban en la puerta.

—Pasad, y bienvenidos seáis. No hay tiempo que perder —dijo él.

—Pero sí podéis tomar un refrigerio antes de ir a recoger el envío —añadió ella.

Las velas de unos candeleros, colgados de las altas vigas y de la pared, combatían la penumbra de la inminente tormenta. De vez en cuando un rayo iluminaba un par de vitrales situados a considerable altura a ambos lados de una gran chimenea, aunque los posteriores sonidos de los truenos quedaban ahogados por las gruesas paredes revestidas de yeso. Las velas parpadearon cuando Swinford entró sacudiéndose unas gotas de lluvia de los hombros.

En una mesa situada en el centro del salón habían servido lonchas de carne asada y pan recién salido del horno. Un cesto de manzanas y peras rojizas resplandecía bajo la luz de unas velas encendidas en un candelabro de plata. Kate advirtió que estaba famélica, pero el dolor en la zona lumbar y el vientre le recordó que tenía asuntos más apremiantes que atender antes de aplacar el hambre.

—Milady, ¿puedo hablar un momento con vos?

Lady Walsh la miró con rostro expectante.

—En privado, por favor —balbució Kate, sintiendo un repentino y creciente calor y rubor en la piel, no ajena a la expresión de desconcierto en el rostro de Swinford. John Frith, que parecía demasiado cansado para darse cuenta, se desplomó en un banco frente al fuego.

—Naturalmente —respondió la dama, acercándose a Kate, que permanecía un poco aparte.

Kate le susurró algo al oído. El semblante de lady Walsh traslució sorpresa solo por un momento.

—Por favor, caballeros, servíos de estos alimentos mientras aguardamos a que amaine la tormenta. Lord Walsh os pondrá al corriente acerca de las actividades de esta noche. El joven maese Gouth y yo regresaremos enseguida. —La mujer dirigió una afectuosa sonrisa a Kate y le indicó que la siguiera.

Nadie se dio cuenta de que John Frith se había sumido en un estado de inconsciencia, cayéndosele la cabeza sobre el pecho.

 

—Arriad la vela mayor —ordenó el capitán al avistar Sand Point. Se oyó un correteo de pies hacia el palo mayor mientras El canto de la sirena entraba en silencio en el canal de Bristol en dirección al promontorio y de pronto se aflojó su gran vela cuadrada.

Llegaban antes de lo previsto. La claridad del día no permitía aún ver las almenaras encendidas de Worleburg Hill y en cambio sí permitía ver el nombre del barco pintado a estribor. Ordenó que dejaran colgar los cabos por la borda descuidadamente para camuflar las letras recién doradas de El canto de la sirena.

—Soltad el ancla aquí —vociferó. El barco se meció suavemente, con la vela de mesana ahora también oculta, a menos de una legua de los bajíos de la ensenada. Un barco de pesca más allí fondeado, que rondaba las prolíficas aguas del canal, y no el barco más rápido en aguas inglesas: eso verían los hombres del rey. Pero, a decir verdad, la pequeña carabela de treinta toneladas con su tripulación de diez hombres y cuatro velas negras podía superar en velocidad a cualquier buque que le diese caza, excepto a un galeón español, y quizá también si el perseguidor llevaba demasiados cañones. Era una embarcación hermosa y rápida, y le pertenecía.

Y por eso Tom Lasser la amaba.

Pero, a pesar del solitario cañón oculto detrás de la portilla de aspecto inocente y la velocidad de navegación, lo ponía nervioso estar allí inmóvil como un gran cisne negro a la vista de cualquier agente de aduanas curioso. Peor aún, en el cielo de poniente, detrás de ellos, se acumulaban grandes nubarrones, formando una línea curva sobre la ensenada y extendiéndose tierra adentro. Su muñeca, fracturada hacía unos años en una escaramuza de la que no había podido huir, le dolía aún cuando amenazaba tormenta. Era más certera que cualquier augur.

En ese momento le dolía.

Un temporal de principios de septiembre que se acercaba por detrás podía dejar encallado El canto de la sirena en la ensenada, quizá incluso empujarlo hacia tierra hasta hacerlo embarrancar permanentemente en las aguas poco profundas. Pensó en soltar los botes y descargar la mercancía antes de tiempo con la idea de esconderla en la ensenada, y en cualquier otro momento es lo que habría hecho.

A lo lejos resonó un trueno. La mujer muda que cuidaba de su camarote salió a cubierta. El segundo de a bordo le lanzó una mirada de desaprobación y, mascullando entre dientes, empezó a juguetear con el cabo del ancla. Lasser lo miró con expresión ceñuda y el hombre calló. Más de una vez había tenido que poner orden entre la tripulación para que aceptara la presencia de una mujer a bordo, sobre todo por tratarse de una mujer a quien los buenos hombres de su aldea habían cortado la lengua. Pero el capitán Lasser pagaba lo suficiente a sus hombres para que pasaran por alto sus supersticiones, y a bordo todos habían firmado o marcado con una X su conformidad con la presencia de ella.

La tormenta debía de haberla atraído a cubierta. Por norma, permanecía en el camarote, sin dejarse ver. En su día, cuando el capitán la encontró desangrándose y gimiendo a la vera de un camino, no sabía si la mujer realmente tenía poderes adivinatorios —quizá era cierto que veía visiones en las aguas quietas—, pero sí sabía que estaba muerta de hambre y lloriqueaba. Los hombres la habían usado para su placer antes de castigarla por tratar con el diablo, al parecer sin preocuparles que, si de verdad era una bruja, pudiera dejarles los testículos reducidos al tamaño de guisantes.

Él la había llevado a su posada, donde le dio de comer y había llamado a un médico para cauterizarle el muñón sangrante de la lengua. Unas semanas después, cuando la mujer ya estaba curada y él le dijo que se marchara, ella se negó a irse. Debieron de ofrecer todo un espectáculo en el muelle: él ahuyentándola como uno intentaría espantar a un gato callejero, y ella manteniéndose en sus trece, dando un paso cada vez que él daba un paso, como si estuvieran unidos por los tobillos. Al final, él levantó los brazos y se alejó.

Ella lo siguió hasta el barco.

Al principio el capitán Lasser no le prestó la menor atención. Pero pronto, al encontrarse con la ropa blanca y la cámara limpia, la comida realmente comestible, acabó aceptando su presencia con algo parecido a la gratitud.

—¿Qué te dicen tus bolas de bruja, Endor? —Endor, como él la llamaba, porque al parecer era analfabeta además de muda y no sabía escribir su nombre—. ¿Habrá tormenta?

Ella señaló el horizonte. Un relámpago zigzagueó en el cielo.

—Cierto. —El capitán se rio—. A mí me parece una señal.

El segundo de a bordo habló, contrayendo la boca nerviosamente. Tom no sabía qué lo ponía tan nervioso, si Endor o la tormenta.

—Podríamos atar bien el cargamento y dejarlo a flote. La mayoría de los barriles llegarían a la costa —propuso.

Tom sabía que, según el manifiesto del barco, llevaban grano y paño de Flandes, y algunas especias, pero lo que había realmente en la bodega era vino español y Biblias en inglés. Había previsto descargar parte de aquello en uno de los pequeños fondeaderos tranquilos de Greenwich o incluso antes —la costa del mar del Norte ofrecía muchas calas a trasmano donde, con la marea baja, la tripulación podía llevar la carga a pie hasta la orilla—, pero un inspector de aduanas se había subido a bordo en Gravesend para asegurarse de que no se cometía ninguna irregularidad y los había acompañado hasta Londres. Una vez allí no habían tenido la menor oportunidad antes de llegar al canal de Bristol. En principio, allí también debían recoger un cargamento: sarga, tejida y exportada sin pagar impuestos por las numerosas industrias artesanas de Gloucestershire. Ya había pagado un soborno de treinta libras en el establecimiento Mother Grindham, en el muelle de Bristol, para que los agentes de aduanas estuvieran ausentes cuando él recogiera la tela. Simplemente lo había añadido a los gastos de transporte, que seguían siendo inferiores a los impuestos de exportación que los artesanos habrían pagado a la Corona.

Las aguas de la ensenada quedaron en una calma absoluta. El cielo había oscurecido al acercarse las nubes, adquiriendo estas un color azul muy oscuro debido a su pesada carga. Treinta libras era poco dinero para evitar el riesgo de verse atrapados allí. Su segundo lo miró con inquietud, señalando el horizonte hacia el oeste.

—Basta con que deis la orden, capitán.

Tom negó con la cabeza.

—No, creo que pasará de largo. Dentro de una hora ya será de noche. Cuando veamos la almenara, enviaremos los botes a la orilla con la carga.

Pero Tom no creía que la tormenta fuera a pasar de largo. El problema era que no solo tenía que pensar en la carga. Había prometido a Humphrey Monmouth que recogería a un pasajero, y Monmouth le había salvado el pellejo demasiadas veces para que Tom lo dejara en la estacada si podía evitarlo. Además, hacían muchos negocios juntos, y el capitán Lasser tenía fama de ser fiable en las entregas. Existían otros barcos y otros patrones a los que Monmouth podía recurrir a su antojo. Un comerciante ya había construido su propio «barco de cabotaje», el Dorothy Fulford, jactándose de que lo rentabilizaría en menos de un año solo con los beneficios del contrabando. El capitán Lasser no quería que a Monmouth se le metiera esa idea en la cabeza.

Lanzó una mirada hacia el lugar junto a la barandilla donde un momento antes estaba Endor, pero ella había bajado con el sigilo de una sombra.

—Decid a los hombres que aseguren los aparejos y se preparen para hacer frente a una tormenta —ordenó.