La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 5 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo IV

 

Oh, Margarita, en verano

eres alegre como una flor,

y al partir de la torre, suave

como el vuelo de un azor.

JOHN SKELTON,

de un poema del siglo XV

 

A la mañana siguiente Kate volvió a la sección de los presos comunes de la prisión de Fleet y, haciendo de tripas corazón, pasó ante las ventanas enrejadas de Farringdon Street. Casi le daba vueltas la cabeza a causa de la expectación y la ansiedad mientras procuraba hacer caso omiso de los aullidos obscenos, los gritos lascivos y las súplicas de dinero. Esto es lo que tengo que hacer, pensó, y se armó de valor para hacerlo. Pero cuando llegó a la ventana en cuestión, le bastó con una mirada para ver que esa y la contigua estaban ocupadas por otros presos. Volvió a contar mentalmente. Sí, esa era la ventana correcta. La mujer estaba en la primera, la más cercana a la entrada del patio, y el hombre en la siguiente.

Apoyado en el poste de hierro de la verja, se hallaba el mismo viejo guardia de dientes desiguales. La miró con recelo mientras ella se planteaba la mejor manera de abordarlo.

—Ayer había una mujer en la primera celda. ¿Qué ha sido de ella? —preguntó Kate.

—Los vamos cambiando. Para que todo el mundo tenga una oportunidad.

A Kate le dio un vuelco el corazón.

—¿Queréis decir que a todo el mundo le toca? ¿Cada cuánto los cambian?

—No. No quiero decir que «a todo el mundo le toque» —dijo él con tono burlón —. Solo a los que pagan por el privilegio.

—Pero esa mujer… seguro que era demasiado pobre para pagar, y no mostró el menor interés en mendigar por la ventana. Casi ni cogió la moneda que le di.

—Pagó por ella el preso de la celda de al lado. Tom Lasser, si no recuerdo mal. Le advertí que era dinero mal empleado.

¿El ladrón de pelo negro?, se preguntó Kate. No parecía un hombre propenso precisamente a la caridad, sino más bien al robo. Aun así, estaba en la celda contigua.

—¿Qué ha sido de él? ¿Sigue aquí? ¿Puedo verlo? Creo que él sabía…

—No, señora. Se ha marchado. Lo ha sacado de aquí un lord elegantemente vestido, como siempre.

—¿Lo ha sacado? —preguntó ella—. Pero… ¿cómo…?

—Ha pagado la fianza.

—¿Sabéis cómo se llama ese lord que ha pagado su fianza?

—No lo recuerdo. Es un hombre corpulento con calzones de satén y jubón de piel.

No había nada que hacer, pues, pensó, y la invadió de pronto un profundo cansancio. El viento de finales de marzo le agitó la falda, ciñéndosela al cuerpo, y le quitó la capucha de la capa. El centinela le dirigió una mirada lasciva. Kate se arregló la capa y volvió a ponerse la capucha. Retrocedió para poner mayor distancia entre ellos. ¿Por qué ese sinvergüenza de Tom o comoquiera que se llamara no le había dicho que John tenía que pagar para acercarse a la ventana? Ella le habría dado el dinero. De todos modos, lo más probable es que fuese todo mentira. Lo más probable es que ni siquiera conociese a su hermano. Se volvió para marcharse, pero una voz en su cabeza la retuvo.

«Cuando duerme, habla en sueños de una mujer que se llama Mary.» Y había algo más. Algo, detrás de aquellos imponentes muros, la atraía. Concibió la fantasía de que sentía en su propio corazón el peso de la desesperación de John. O quizá fuera solo el peso de todo el sufrimiento común que rezumaban los muros. Fuera como fuese, se volvió para hacer un último intento.

—Tengo razones para pensar que mi hermano está aquí. Si fuerais tan amable de dejarme entrar para echar una ojeada.

El hombre tosió y lanzó un salivazo por encima del hombro.

—Este lugar apestoso es un foco de enfermedades. No es un lugar adecuado para personas como vos. —Al declarar esto, arrugó la frente y fijó la mirada en ella—. Ya os lo dije. Aquí no hay nadie que se llame John Goll.

—Gough. John Gough —corrigió Kate en voz baja—. En una lista se escribiría acabado en «gh», pero se pronuncia «Gouf», acabado en «efe». —Kate dudaba de que aquel hombre supiera leer, pero confiaba en que su tono de voz comedido aplacara su mal genio—. Me consta que está aquí. Me lo describió el hombre que estaba en la segunda celda, la de al lado de la que ocupaba la mujer. Me habéis dicho que se llamaba Tom algo más. Ese mismo Tom dijo que mi hermano está aquí. Es un hombre alto y rubio. Se parece un poco a mí. Solo que él es rubio, y yo soy morena. Los dos tenemos la misma frente ancha. —Se echó atrás la capucha y se apartó el pelo con las manos para que el guardia viera claramente sus facciones.

Él la observó con atención durante lo que pareció una eternidad.

—Puede ser —asintió—. Solo digo que puede ser. Sí recuerdo a uno… tirando a callado. Cuando lo trajeron, tenía magulladuras en la espalda y sangraba. Pasó una semana en la enfermería. No hablaba mucho. Ni siquiera después de curarse. Tom me dijo que lo añadiera a la lista… Por supuesto, no pagó lo suficiente, así que no lo incluí.

Kate metió la mano en la pequeña bolsa de cuero que llevaba al cinto bajo la capa. Le entregó un chelín con una expresión interrogativa en los ojos. Él miró la moneda y enarcó una ceja. Kate sacó dos más.

El guardia se las embolsó tan deprisa que ella apenas vio el movimiento de su mano.

—Volved mañana —dijo—. Venid temprano. No puedo garantizaros que sea posible tenerlo ahí todo el día.

 

Al principio Kate no las tenía todas consigo.

Se había levantado antes del amanecer, inquieta, y había empezado a pasearse en espera de que despuntara el alba. Finalmente se enfundó la capa y, llevándose un farolillo de sebo, salió a la calle oscura y silenciosa. Empañaba las calles una tenue bruma matutina que parecía posarse más que formarse, de modo que si a esas horas hubiera habido allí algún transeúnte, el farolillo humeante de Kate se le habría antojado una luz fantasmagórica que, oscilando, avanzaba por la calle.

En la prisión reinaba un silencio inquietante cuando se acercó bajo la primera luz de la mañana y no había tráfico alguno, aparte de un solitario trapero que, con su carreta, recorría la calle de camino a una zona más lucrativa. Incluso las palomas de los tejados tenían aún la cabeza metida bajo el ala. Todas las celdas parecían vacías. De pronto, como si las paredes tuvieran el oído lo bastante fino para oír sus leves pasos, uno o dos presos empezaron a golpear con sus escudillas de hojalata los barrotes de las ventanas. Se aproximó con cautela a la segunda ventana y miró hacia el interior, con cuidado de no acercarse demasiado por miedo a que algún preso asomara su brazo descarnado a través de la reja y la agarrase.

Sostuvo el farolillo en alto y escudriñó la celda oscura. Vio a un hombre sentado en el suelo sobre una pila de harapos, recostado contra la pared, con la cabeza hundida entre las rodillas. Grasientos mechones de cabello claro le cubrían parcialmente el rostro. Pero Kate dudó. La niebla húmeda había penetrado en la celda por la ventana abierta. Aquellos hombros, aquella cabeza, tan desmoronados en la derrota, no se correspondían en absoluto con la pose orgullosa de John.

—¿John? —dijo, apretando la cara contra el hierro frío de los barrotes. Fue como si hablara con una estatua—. John, soy yo. Soy Kate.

El hombre levantó la cabeza. Un rostro tan pálido como las cenizas apagadas en la chimenea de la celda la miró desde la densa oscuridad. Era la cara de John, y a la vez no era la cara de John. Estaba tan demacrado y ojeroso que Kate tuvo que contener las lágrimas.

—Acércate a la ventana —pidió con tono persuasivo, intentando no sobresaltarlo.

Él se protegió los ojos de la luz con la mano y la miró durante un largo momento como si hubiese visto una aparición.

—¿Kate? —preguntó en voz baja, sin moverse.

—Sí, John, soy yo, Kate. Ven a la ventana para que podamos hablar.

Él se puso en pie poco a poco y dio un par de pasos al frente; de pronto vaciló como si no supiese bien qué hacer a continuación.

—Vamos, John. Acércate a la ventana para que podamos hablar —repitió ella en un susurro.

—¿Kate? —musitó él. Dio otro paso—. Dios mío, eres tú de verdad.

Era una voz más ronca, más titubeante, pero era la de John. Kate tenía lágrimas en las mejillas. Se apresuró a enjugárselas. No quería que su hermano la viese llorar. Él se acercó a la ventana y sacó las manos a través de los barrotes para agarrarla por la capa como si temiera que pudiese escapar.

—Kate, gracias a Dios. Creía que nunca volvería a verte… ni a ti ni a ninguno de vosotros… ¿Y Mary y…? —Se le quebró la voz—. ¿Están…?

Kate dejó el farolillo en el alféizar de la ventana, donde quedó en precario equilibrio, y alargó el brazo por entre los barrotes para tocarle la cara.

—Mary está bien, John. No te preocupes. Estamos todos perfectamente. Pipkin también. No para de preguntar por ti. Le decimos que su papá está de viaje y pronto volverá. Mary va a volverse loca de alegría cuando sepa que te hemos encontrado.

La llama del farolillo chisporroteaba, la mecha humeaba. Durante el resto de su vida Kate relacionaría el olor de una mecha al apagarse con ese momento, pero entonces apenas lo advirtió. El lento amanecer proporcionaba luz suficiente para que ella le viera la cara.

Le acarició una costra virulenta que se le había formado en la frente… ya habría tiempo de sobra más adelante para preguntar por eso. Recorrió con los dedos la línea de la mandíbula. Era como tocar su propia cara.

—Te noto muy delgado. ¿Es que no te dan de comer? —preguntó, procurando que no se le quebrara la voz. Él mismo estaba demasiado frágil para permitir que la viera venirse abajo.

—Gachas agusanadas dos veces al día. Las traen de las casas de beneficencia a aquellos que no tienen dinero para pagarse el sustento.

—¿Me dejarán traerte comida?

—Probablemente no llegaría a mis manos. Si les pagas, me darán de comer mejor, pero entrégale el dinero directamente al lugarteniente de los carceleros.

Ella le apartó la mano de su capa.

—Suéltame, e iré a solucionarlo ahora mismo. ¿Puedo traerte ropa?

Incluso el trapero habría despreciado los jirones mugrientos que quedaban de lo que fueran camisa y calzones de John.

—Hay pocas probabilidades de que me llegue a no ser que me la entregues en mano. Si sobornas al carcelero de la entrada, te dejarán visitarme. —Hablaba ya con voz más firme, como si ella le hubiera insuflado fuerzas—. Si te das prisa, es posible que luego aún esté aquí. —Se interrumpió por un momento—. Pero una cosa, Kate, no traigas aquí a mi mujer ni a mi hijo. No quiero que me vean así.

—Lo entiendo —respondió Kate—. Ya te verán cuando estés un poco adecentado. —Un carromato cargado de leche pasó por Farringdon Street. Kate aprovechó el chacoloteo del percherón para encubrir un sorbetón de lágrimas—. Pero no podré mantener alejada a Mary mucho tiempo, John. No sería justo hacerla esperar después de tanto como ha sufrido.

John asintió.

—No tendrá que esperar mucho. Solo un día más. Para que pueda prepararme. No quiero asustarlos. Y si alcanza el dinero, un colchón de paja. Pero solo si alcanza el dinero.

Las lágrimas acumuladas en los ojos de Kate amenazaron con derramarse.

—Hay dinero, John. Tendrás tu colchón.

—¿No han cerrado la tienda, pues? Estaba muy preocupado por cómo os las arreglaríais los tres para vivir. Gastamos mucho en el género que tuvimos que quemar.

—No han vuelto desde que te detuvieron. Mary se ha ocupado de la tienda mientras yo te buscaba. —Afortunadamente, pensó Kate, el tema de la conversación había derivado hacia asuntos comerciales. Quizá ahora le sería más fácil controlar sus emociones—. Vendemos lo suficiente para ir tirando, pero tenemos mucho de que hablar, John. En cuanto dispongamos de género nuevo, necesitaremos recurrir a una manera diferente de distribuir los libros. ¿Crees…?

John adoptó una expresión más severa, hinchándosele en señal de protesta la vena azul de su frente que, atravesada por el verdugón, parecía formar un crucifijo.

—¿Género nuevo? Si te refieres a material luterano, no puede haber género nuevo.

—Pero ¿cómo vamos a…?

—La imprenta y librería Gough no venderá más libros de contrabando, Kate. Prométemelo. —Un violento temblor sacudió sus manos.

—John, cálmate. Estamos a salvo y actuamos con cautela. No te preocupes. Todo irá bien. —Había sido una necedad por su parte hablar de asuntos tan intrascendentes —. Déjame ir a casa a buscar dinero… y decirle a Mary que te he encontrado. Recibirás una buena comida y ropa limpia. Ya habrá tiempo de hablar del futuro más adelante. Ahora lo prioritario es sacarte de aquí. Al menos no te han encerrado en la prisión de los lolardos o ejecutado. Eso significa que estarás aquí poco tiempo, ¿no? Puede que tengamos que pagar una multa. ¿De qué te acusan?

—No hay cargos oficiales.

—Pero seguramente… la ley… seguramente no pueden mantenerte aquí sin un juicio.

Él soltó una amarga carcajada, más semejante a un gruñido que a risa.

—En estos tiempos Tomás Moro y el cardenal Wolsey son la ley en Inglaterra. Pueden hacer lo que les venga en gana.

—Pero…

—He abjurado, Kate —la interrumpió él, bajando la mirada.

—¿Has admitido la herejía y te has retractado? —preguntó ella, prefiriendo no pensar siquiera qué debían de haberle hecho.

—No he admitido nada. Pero equivale a eso. He negado todo conocimiento de las Biblias inglesas y toda afinidad con Lutero, y he prometido que no imprimiría ni sus obras ni las de Tyndale ni las de ningún otro luterano. —A continuación alzó la vista para mirarla, y Kate vio la vergüenza en sus ojos—. Esto no solo tiene que ver conmigo —explicó.

Era un ruego de comprensión. Y Kate quería comprenderlo. ¿Quién era ella para juzgarlo? Aun así, sintió una extraña sensación de pérdida, como si de algún modo él hubiera deshonrado el recuerdo de su padre, como si su negación hubiera sido un acto de cobardía. De pronto pensó en Mary y en el niño. A John no le faltaba razón. Eso no solo tenía que ver con él.

—Has hecho lo que te ha parecido mejor —dijo ella.

—Es lo que tenemos que hacer todos. No puede haber vuelta atrás. ¿Lo entiendes, Kate? —Le dio un fuerte apretón en la mano—. La próxima vez será la hoguera.

Kate no podía discutírselo, no después de lo que él había padecido.

—Lo entiendo, John. —Tendió la mano y le acarició la larga costra horizontal que le atravesaba la frente, esa frente que tanto se parecía a la de ella. Su propia carne se estremeció por el dolor de esa herida—. Nunca más se venderán libros de contrabando en la librería e imprenta Gough —dijo—. Te lo prometo. Ahora, déjame ir, para traerte un poco de comida.

 

A mediados de mayo las circunstancias de John Gough habían mejorado. Kate no solo había encontrado dinero para un colchón, sino que había reunido una suma suficiente —vendiendo cuantos objetos venales poseían— para conseguir que lo trasladaran a la zona de «Libertad». Le salió caro: el alquiler de una habitación en una mansión ruinosa, más ocho peniques diarios, más otros doce para un vigilante que supuestamente vigilaba pero nunca lo hacía: no era necesario. En garantía de que John no abandonaría las inmediaciones de «Libertad», ella había ofrecido la escritura de la tienda. A eso se refería el viejo guardia al hablar de la fianza.

En sus idas y venidas le pareció ver un par de veces a Tom Lasser entrar en una de las muchas tabernas y fondas que habían aparecido como setas en los alrededores de «Libertad». Pero no, ese hombre iba bien vestido y se lo veía demasiado alegre para ser un preso. Sin embargo, en una ocasión él volvió sus ojos oscuros de expresión burlona hacia Kate y a ella le pareció advertir que la reconocía. Apartó rápidamente la mirada y se sonrojó al oír su risa.

Aunque los movimientos de John se circunscribían a las tabernas y las casas de «Libertad», disponía de una habitación pequeña pero aceptable, donde disfrutaba de todas aquellas comodidades básicas que Kate podía pagar. Mary y el niño lo visitaban a diario, llevándole comida y ropa limpia. A veces Mary incluso se quedaba allí con él. Pero con la imprenta parada y la prohibición de vender material luterano, mantenerlo alojado en «Libertad» suponía para Kate un desafío diario. El alquiler era alto para aquellas casas grandes y viejas, venidas a menos y en mal estado. En general, solo los comerciantes ricos y los nobles que habían tenido la mala fortuna de caer en desgracia ante la Corona podían permitírselo. Más de un noble había acabado encerrado en Fleet tras una visita al tribunal de la Cámara Estrellada.

John recobró las fuerzas lentamente pero no su antiguo espíritu. Aunque siempre había sido un hombre callado, reflexivo y dado a la introspección, ahora se advertía en él una melancolía pensativa. Curiosamente, se ponía más de manifiesto en presencia de su mujer y su hijo, como ocurría en ese momento. Mary, como de costumbre durante sus visitas a John, parloteaba de cualquier cosa, pensando que con su alegría conseguiría de algún modo que su marido volviera a ser el de antes. John simplemente se sentaba a su lado en el camastro y miraba por la puerta, que estaba abierta para dejar entrar el sol de la primavera. El niño se sentaba en una manta que Mary extendía en el suelo y jugaba con los bloques de imprenta que Kate había llevado con la idea de despertar el interés de su hermano. Si lograba que volviera a la vida, tal vez fuera posible montar una prensa improvisada en un rincón del cuarto, al menos así podrían imprimir pliegos sueltos para vender.

John permanecía inmóvil mirando —sin ver— mientras el niño golpeaba los bloques de madera como címbalos, chillando de placer al oír el ruido sordo que producían. Kate pensó en quitárselos, por temor a que se desportillaran a causa de los continuos golpes. Los bloques de imprenta, sobre todo los mejor confeccionados —y la confección de aquellos dos en concreto era de tal calidad que habría captado la atención de cualquier impresor—, eran caros, y esos eran los últimos que John había encargado. Nunca había tenido ocasión de usarlos. Kate hizo ademán de quitárselos al niño pero se contuvo.

¿Qué más daba? John se había limitado a mirarlos apáticamente cuando ella se los enseñó.

—Fíjate, John —había dicho Kate—, mira este. Es toda una obra de artesanía. Se ven los granos de trigo en la gavilla. Y este… cada ramita de romero. Fíjate… con este podría hacerse un hermoso frontispicio para un almanaque. Y este podría ilustrar un calendario de horticultura. Podríamos montar una prensa sencilla, y si tú imprimieras unos cuantos pliegos, podríamos encuadernarlos y venderlos en la tienda. O incluso en el mercado, de uno en uno. Un cuarto de penique por hoja.

John recorrió con el pulgar la gavilla de trigo magníficamente labrada y luego apartó los bloques.

—Aquí no hay sitio para una prensa —adujo.

Kate se abstuvo de comentar que más les valdría encontrar sitio si quería seguir disfrutando de su propio alojamiento en «Libertad». Mary le suplicaba con la mirada, como si dijera: «Dale tiempo, Kate. No lo agobies con eso».

Pero Kate no sabía de cuánto tiempo disponían aún. Ya no les quedaba nada para vender salvo las prensas y los punzones. Llegado el caso, sin las herramientas del oficio, ¿cómo se ganaría el pan para alimentar a su familia?

 

Para cuando llegó el verano, Kate estaba desesperada. Habían vendido todas las existencias y no había fondos para comprar más. John seguía languideciendo en «Libertad», sumido en tal desánimo que ya ni siquiera parecía consciente del esfuerzo que suponía para ellas mantenerlo allí. Era aún primera hora del día y la luz entraba a raudales por la ventana cuando Kate decidió preparar la prensa ella misma, al fondo de la imprenta. Tampoco tenía por qué ser tan difícil, ¿no? Se lo había visto hacer a John con frecuencia, incluso lo había ayudado a componer las formas un par de veces cuando iban con retraso.

La clave estaba en empezar por algo sencillo. Buscando un texto corto, eligió una página de un libro de poesía, uno de los tres o cuatro volúmenes del material que les quedaba. Escogió cuatro versos de un poema de amor a una mujer llamada Margaret, obra de John Skelton: cuatro breves versos. Margaret era un nombre muy corriente, y sin duda cualquier mozo enamorado que bebiese los vientos por una mujer llamada Margaret podía desembolsar un cuarto de penique por una bonita hoja con la que impresionar a su amada.

A continuación se sentó ante la caja y se puso manos a la obra, escogiendo las letras, disponiendo las líneas del texto en un componedor y encajando el texto compuesto en un molde metálico junto con una cenefa de hiedra entrelazada elegida al azar. Se echó atrás y admiró su obra acabada, una copia perfecta del bonito poema. No le había costado mucho.

El siguiente paso era más complicado, pero se acordaba de las instrucciones de John a su antiguo aprendiz, y pretendiente de ella, y si aquel inepto, haragán e inconstante logró hacerlo, sin duda ella también sería capaz. Quizá requeriría un par de impresiones de prueba, y sería un trabajo sucio que seguramente a ella le disgustaría. John nunca salpicaba ni una sola gota, pero tal vez a ella le convenía ponerse el mandil.

Cogió la forma compuesta y la llevó a la voluminosa prensa de madera situada en el rincón.

—Toma, cómete este exquisito bocado, enorme monstruo de madera —dijo mientras, con ciertas dificultades y la respiración muy afanosa, encajaba la forma en el carro de la prensa. Sabía que a continuación debía coger los tampones de almohadilla de cuero y aplicar la tinta, almacenada en un gran recipiente en la base de la prensa. Pero ¿cuánta? Removió la tinta, que se había cuajado en ausencia de John. ¿Cuánta trementina debía añadirse? Vertió un poco, la removió, vertió un poco más, y luego comenzó a empapar la almohadilla de cuero. Salpicó: primero unas cuantas gotas, luego varias más, y por último un cuajarón. Tenía que haber plegado el papel sobre la forma antes de empezar con la tinta —ahora ya lo sabía para la vez siguiente —, pensó mientras se enjugaba la frente con la sangría del brazo y pugnaba por colocar la hoja de papel húmedo en el tímpano; siempre parecía muy fácil cuando lo hacía John. Pasó el tímpano bajo el plato —John lo llamaba «platina»— y, cerrando los ojos, bajó el plato para hacer presión contra la forma entintada.

El resultado fue un desperdicio de papel manchado y emborronado.

Dejando escapar un «¡maldita sea!» que le salió del alma, lo arrugó y formó una bola. Al cabo de un par de horas, y después de varios intentos, una cosa empezaba a estar clara: no era ni sería jamás impresora. Solo quedaba una solución: si quería conservar la tienda, debía conseguir de algún modo que pusieran a John en libertad.

Aún contenía las lágrimas, aún limpiaba salpicaduras de tinta, cuando sonó la campanilla en la librería. Tenía que haberse alegrado de oírla, pero ¿quién necesitaba clientela sin género? Soltó un sonoro suspiro y, secándose el sudor de la frente, fue a atender.