La librera y el hereje
Capítulo X
Me asombra vuestra necedad por enredaros, o hasta comprometeros, con esa muchacha estúpida en la corte. Me refiero a Ana Bolena.
Cardenal Wolsey a lord Percy,
según palabras del criado del cardenal Wolsey
Sonaron las trompetas. El maestro de ceremonias levantó su báculo blanco y, bramando con la boca tan abierta que enseñaba las amígdalas para hacerse oír por encima del estruendo general de la música, los gruñidos de los perros, las risas y el ruido de sillas y bancos arrastrados, anunció:
—Su majestad el rey.
Se hizo el silencio entre los cortesanos allí reunidos cuando lady Ana Bolena entró en el gran salón de Hampton Court cogida del magnífico brazo de Enrique Rex. Ana arqueó la espalda y levantó el mentón en la pose altiva que contradecía su bajo rango como simple hija de un caballero entre los duques y condes que la observaban dirigirse al estrado.
Pero Ana no se subió al estrado con Enrique. Después de convencerlo finalmente de que un gesto tan prematuro no haría más que provocar a sus enemigos, se detuvo junto a la mesa situada justo debajo, donde el rey la dejó en manos de George, el hermano de Ana, que, cohibida, intentó retirar la mano cuando el beso ceremonial se prolongó más de la cuenta. Pero Enrique, como un niño sorprendido con la cuchara en el tarro de la miel, le dedicó una sonrisa traviesa y se negó a soltarla. Se regodea aireándolo ante las narices de todos, pensó ella.
Era consciente de que en la sala todos tenían la mirada puesta en ellos, haciendo cábalas sobre el gesto público de afecto del rey. Se alegró de haberse puesto el vestido de brocado amarillo y las mangas de satén verdes forradas de armiño. La piel le daba calor en el salón caldeado en exceso, pero la diadema a juego de terciopelo negro con esmeraldas e hilo de oro realzaba el brillo de sus ojos oscuros. Era el vestido preferido de Enrique, y el tocado y las mangas se los había regalado él.
Enrique se subió al estrado y se acomodó en la silla de respaldo alto, justo delante de Ana. Más ruidos de sillas y pies, y los cortesanos ocuparon sus asientos. Ya está. Ha pasado la peor parte, pensaba ella mientras dirigía una sonrisa tranquilizadora a Enrique, como si le dijera: «¿Lo ves? Así es mejor». Él le devolvió la sonrisa por un instante, esa mueca pícara, de niño mimado que generalmente era un mal augurio para alguien. Ana se preguntaba quién sería el blanco de sus maquinaciones esta vez —quizá los archienemigos de ella cuando él levantó su copa y, con la mirada fija en Ana, gritó:
—Maestro de ceremonias, un brindis por la hermosa Ana Bolena, que nos honra con su presencia.
Ana, aunque sintió que se sonrojaba de vergüenza, lo miró a su vez, resistiéndose a bajar la vista en una hipócrita actitud de pudor virginal. Él siempre decía que le gustaba su temple; bien, pues ella se lo mostraría. Se levantó e hizo una profunda reverencia con un elegante floreo, casi rozando el suelo con los codos. Un tímido aplauso surgió de los cortesanos. Sin apartar la mirada de ella, Enrique levantó su copa y la apuró, y luego rio con la misma exuberancia con que había bebido.
Llenad ese vientre majestuoso, Enrique, pensaba ella, ya que sabía que al final de la velada él solicitaría su presencia, y cuanto más comiera y bebiera, menos le costaría a ella refrenar sus insinuaciones amorosas. Lo más probable era que lo venciera el sueño a medio cortejo y ella se ahorrase así las maniobras evasivas, cada vez más incómodas e incluso peligrosas.
Cuando los músicos empezaron a tocar y los criados sirvieron el vino en las otras mesas, Ana miró a sus enemigos en el estrado. Con los párpados entornados, observó a Wolsey, el hombre a quien más odiaba en el mundo, el hombre que había expulsado a su amante de la corte, que a su vez la observaba a ella desde su lugar en el estrado con una peculiar mezcla de desaprobación e incredulidad en el semblante. Ana reparó asimismo en la indiferencia con que lo trataba el rey.
¿Qué se siente, mi señor cardenal, al perder el favor del rey? Si llego a tener la más mínima influencia, perderéis algo más que el favor. Y tendré influencia. Expulsasteis con deshonor a mi amado Percy, lo mandasteis de regreso junto a su padre, con el rabo entre las patas como un cachorro gemebundo, que en nada se parecía al joven magnífico de mis sueños. Veamos, mi señor arzobispo, ¿quién es ahora el estúpido? Si esta estúpida hija de un caballero no puede tener a un lord, quizá tenga a un rey.
Tomás Moro se hallaba sentado a un lado del aborrecido cardenal. En el brindis en honor de ella, había levantado la copa pero no se la había llevado a los labios. No había sido por descuido, de eso Ana estaba segura. Pero al otro lado del cardenal se hallaba el secretario Thomas Cromwell, con una expresión muy distinta del estoicismo reflejado en los rostros de sus compañeros. Casi sonreía. En la corte se rumoreaba que en secreto era simpatizante luterano, lo que explicaría su excepcional falta de animadversión hacia Ana. O tal vez fuera otro de los muchos aduladores que siempre reían los actos del rey. En todo caso, Ana, a modo de tanteo, estaba cultivando una alianza con él; procuraba granjearse su aprobación sonriéndole y pidiéndole su opinión.
Su hermano George interrumpió sus pensamientos.
—A nuestro padre le complacería ver la casa de Bolena bañada en favor real — susurró—. Una gran fortuna para todos nosotros, gracias a ti, gracias a ti, querida hermana. Brindo por eso —añadió, levantando su propia copa para que se la llenase un camarero que pasaba a su lado.
—Calla, George. Te jactas demasiado descaradamente. El favor de un rey puede ser tan voluble como sus deseos. De poco le sirvió a nuestra hermana. Lo único que obtuvo de su alianza con el rey fue un bastardo. Ándate con ojo y averigua quiénes son tus enemigos.
—Vamos, Ana, tú eres más astuta que Mary. Ella se entregó demasiado fácilmente. Hay más placer en la persecución que en la captura. Toma, come un poco de este confit. Es el mismo primer plato que se ha servido en la mesa del rey. Se nos da un trato incluso más preferente que a lord Suffolk, el compañero de justas de su majestad. —Le golpeó el hombro con el suyo y dejó escapar un resoplido de desdén —. Míralo. Está pinchando su ensalada reseca como si fuera la comida de un campesino.
—Afortunado es de estar sentado donde está. Enrique no lo tiene en muy buena consideración desde que…
—Lady Ana. —La voz majestuosa atronó desde el estrado con potencia suficiente para que la oyeran todos en el salón. La música se interrumpió de repente—. ¿Es de tu agrado el primer plato?
Ella se puso en pie, esta vez realizando una reverencia expeditiva, consciente de las muchas miradas clavadas en ella.
—Está delicioso, vuestra majestad. Gracias por invitarnos.
—Entonces siéntate y come, por favor. Haz compañía a tu hermano. —Estaban sirviendo las tartas en forma de corona, guarnecidas con polvo de oro—. ¿Esto es para comérselo o para ponérselo? —se burló Enrique con voz estridente, y quitándose la corona de oro que lucía, la sustituyó por la tarta.
George, junto a Ana, pareció vacilar y por fin tendió la mano hacia la pequeña tarta en forma de corona. Ella apoyó la mano encima de la de él, negó con la cabeza y susurró:
—El rey no respeta a aquellos a quienes pone en ridículo.
En el salón flotaron unas risas nerviosas mientras algunos seguían su ejemplo, pero Ana previno a George con la mirada. Enrique se deleitaba con su farsa, induciendo a los más vacuos entre los presentes a imitarlo para poder después mofarse de ellos.
—Trovador, querríamos una canción de amor para las señoras. Toca.
El rey se quitó la tarta de la cabeza y la agitó en el aire. Simuló dar un bocado mientras, sonriente, recorría las mesas con la mirada para ver quién lo emulaba. Soltó una carcajada estentórea cuando la mitad de los cortesanos hincaron el diente a las tartas que a esas alturas probablemente estaban plagadas de piojos; luego llamó con señas impacientes a su escanciador para que le llenara la copa. Aunque la noche aún era joven, se lo veía bastante ebrio, pero Ana nunca estaba del todo segura. A veces simulaba ignorancia o embriaguez para inducir a sus enemigos a la falta de cautela.
Ana esperaba que estuviese demasiado borracho para advertir que sir Tomás Moro se había mantenido indiferente a toda esa mascarada a la vez que retiraba escrupulosamente el dorado de su tarta, como si fuera un veneno inmundo, y luego se la comía. En la expresión de su rostro se adivinaba que censuraba el sentido del humor del rey o las tartas doradas o las dos cosas. No es que le importara mucho si sir Tomás incurría o no en la desaprobación del rey, pero a saber hasta dónde podía llegar esa escena. Bien podía acabar con ella en el centro de una disputa, como un hueso del que tiraban un par de perros enzarzados en una pelea debajo de las mesas.
El músico empezó a tañer una vez más su laúd y los acordes iniciales de una conocida melodía se propagaron por el salón.
—¿Te gustan las canciones de amor, lady Ana? —prorrumpió Enrique con voz atronadora.
Ana volvió a levantarse. Empezaba a molestarla tener que levantarse y sentarse una y otra vez como un bufón de corte en una caja. Enrique lo hacía adrede. Estaba de malhumor porque ella, contra sus deseos, no se había sentado a su lado.
—A todas las damas nos gustan las canciones de amor, vuestra majestad. Yo no soy distinta —respondió ella con toda la delicadeza posible pese a su malestar, confiando en atenuar la irritación del monarca con la docilidad de su tono.
—En ese caso te ruego que digas si esta pieza es de tu agrado o no. La ha compuesto tu rey y ahora la hace cantar para tu deleite.
—Mi familia se siente muy honrada, vuestra majestad. —Volvió a realizar una profunda reverencia, viendo cómo se reflejaba favorecedoramente la luz de las velas en los pliegues de su vestido amarillo.
Estaba muy atenta a sus propios movimientos, procurando hacerlo todo con gracia. No era una gran belleza para los gustos de la corte, donde se preferían el cabello rubio y los ojos azules —como no se cansaban de señalar sus detractores—, y ella lo sabía. Pero sabía también cuáles eran sus encantos y cómo realzarlos. Se había levantado los pechos pequeños y redondos muy por encima del escote cuadrado ceñido con cinta y sabía que él se los veía desde su asiento, especialmente cuando ella hacía una honda reverencia. Empezaban a cansársele las rodillas con tanta genuflexión pero, incluso a varios pasos, casi sentía el calor del deseo de Enrique.
El cantante inició la balada. Los quejumbrosos versos flotaron en el salón.
—Ay, mi amor, me maltratas rechazándome de manera tan poco cortés…
Ana sintió que se le encendía el rostro. El rey la cortejaba abiertamente, con descaro, delante de toda su corte, pese a que ella lo había prevenido. Catalina tenía numerosos partidarios en ese salón, aparte de los muchos católicos a ultranza que temían la creciente influencia de una favorita con tendencias reformistas. Como Wolsey. Como Tomás Moro. Percibía el rencor que ellos no se atrevían a mostrar a las claras tan resueltamente como su propio odio hacia el cardenal.
Mantuvo la postura durante toda la canción, escuchando la letra. Deseó estar otra vez en la corte francesa, riéndose con las damas de honor o montando a caballo por los campos floridos del castillo de Hever, o acurrucada con su preceptor en los Países Bajos, hablando de teología, o, lo mejor de todo, besando furtivamente a su amado Percy delante del vestidor de la reina, deseó estar en cualquier parte menos allí, convertida en un espectáculo.
—Esas mangas verdes son mi único deseo —entonó el cantante.
Ana sentía que la cara iba a agrietársele a causa de la falsa sonrisa. Tenía las extremidades inferiores casi entumecidas. A continuación siguió el estribillo.
—Si pretendes así despreciarme, mayor es mi embeleso.
¿Y qué pasará cuando sea vuestra reina? Pensó en Catalina arrodillada durante horas en su capilla papista, rezando por el regreso de su esposo.
La canción de amor concluyó y los cortesanos prorrumpieron en aplausos y gritos de «bravo» y «hurra». El rey pidió silencio con un gesto.
—Lady Bolena, ¿qué te ha parecido la ofrenda musical de tu rey?
Ana oyó una honda inhalación en la mesa contigua, e imaginó las miradas de complicidad y los codazos, los cuchicheos detrás de manos ahuecadas.
Alzó la cabeza, echando la barbilla al frente con audacia.
—Sire, creo que sois un hombre de dotes excepcionales. Este no es más que un ejemplo.
Él la miró con expresión ceñuda. Fue como si la numerosa concurrencia hubiese desaparecido y estuviesen solos.
—Por la sangre de Cristo, mujer, ¿qué significa eso? Ponte en pie y habla a tu rey a las claras. ¿Te ha gustado la canción Mangas verdes o no? —preguntó a voz en grito, pronunciando cada palabra con cuidado y empleando un tono perentorio.
Ana se irguió con la mayor gracia posible, sorprendida de que las piernas aún la respondiesen. Una expectación rebosante de regodeo impregnaba el silencio del salón. Ana casi veía los ojos detrás de ella entornados en expresión de éxtasis, oía los pensamientos que se arremolinaban en torno a ella. ¿Era ese el momento en que la amante del rey recibiría por fin su merecido? No levantó la voz. Que los aduladores aguzaran el oído hasta que se les cayeran las orejas.
—Todo lo que vuestra majestad hace es de mi agrado. Esos versos llegan a mi oído como ninguna otra música que haya escuchado o vaya a escuchar en mi vida… a menos, claro está, que vuestra majestad nos conceda otro obsequio.
Él la miró con la frente arrugada como si intentara desentrañar el sentido de lo que ella acababa de decir. De pronto desplegó una ancha sonrisa y rio sonoramente.
—Escanciador —llamó—, vuelve a llenármela. Mi musa ha hablado y yo debo tonificarme.
Algunos de los allí presentes reaccionaron con risas ahogadas. Otros expresaron su conformidad de manera vacilante.
Durante el resto de la cena Ana no tuvo que volver a levantarse, pero se entretuvo con la comida en silencio, escuchando a medias a George, que parloteaba a su lado acerca de sus ambiciones en la corte. Hacía cada vez más calor. Deseó quitarse las mangas de piel, pero sabía que sus enemigos se aprovecharían de eso. Casi oía sus lenguas chismosas, sus risas insidiosas: «Tan pronto como el rey cantó una canción de amor a su Dama Mangas Verdes, ella se las quitó».
Enrique por fin se levantó. Una vez más se oyó el roce de las sillas y el movimiento de los pies cuando los cortesanos lo imitaron. Con un sonoro eructo, el rey abandonó el estrado, con un mozo a cada lado para sostenerlo. Moro y Wolsey lo siguieron poco después, pero salieron por arcos distintos.
En la mesa del rey solo quedó Thomas Cromwell. Cuando Ana alzó la vista descubrió su mirada especulativa posada en ella. Como ella no apartó la vista, Cromwell levantó su copa y sonrió.
El rey no la llamó en dos días. Pero el secretario Cromwell, sí.
Kate contó solo cuatro personas en el pequeño grupo reunido en la playa de guijarros. Tenían que ser cinco las personas que esperaran junto a la almenara, pero John Frith, afiebrado y enfermo y apenas capaz de tenerse en pie, se había quedado en la cama por insistencia de lady Walsh pese a sus protestas.
—Pero debo ir a recibir el barco. Sir Humphrey lo organizó todo. Tyndale me espera —dijo, intentando levantarse con grandes esfuerzos—. Si me quedo aquí, os pondré a todos en peligro.
Lady Walsh cruzó una mirada con su marido, que apoyó una mano en el hombro de Frith, obligándolo a tenderse.
—Habrá otros barcos. Así no podéis marcharos. No resistiríais el viaje.
—William nos consideraría responsables si os ocurriera algo. Se lo debemos a él —añadió lady Walsh—. Tenemos que velar por vos al menos hasta que recuperéis las fuerzas para viajar.
Kate agradecía el calor del fuego. El frío nocturno traspasaba la fina tela de su falda y su ligero chal, pero se alegraba de volver a llevar un vestido.
—La decisión es vuestra, querida, naturalmente, pero no veo razón para que no actuéis con vuestra propia identidad en representación de vuestro hermano —había dicho lady Walsh mientras sacaba un vestido sencillo de suave lana gris—. Tomad. Creo que tenéis la misma talla que mi hija —agregó, sacudiendo la falda y luego cogiendo una gorra de encaje y un pañuelo—. Os aseguro que no seremos las dos únicas con faldas que vayamos a recibir el barco. Las lugareñas dan de comer a sus hijos vendiendo el paño que tejen en sus casas y no están dispuestas a pagar el impuesto de exportación al rey.
Kate aceptó el vestido con gratitud —así como los trapos limpios y el cinturón proporcionados por la amable anfitriona— y se reunió con el pequeño grupo de contrabandistas un tanto inquieta. Pero fuera lo que fuese lo que lady Walsh había dicho a Swinford y Walsh, ellos la trataron como si hubieran sabido desde el principio que era la hermana de John Gough. Kate se preguntó si Frith también había sido informado de que su compañero de viaje no era quien él pensaba. Pero ¿qué más daba lo que él pensase de ella? En todo caso, pasada esa noche, ya nunca volvería a verlo. Aunque era una lástima. Frith le inspiraba simpatía, y mucha. No pudo evitar preguntarse si se habría comportado igual si hubiera sabido que era ella en lugar de su hermano John. ¿Habría actuado con la misma naturalidad, desplegando esa misma sonrisa encantadora con la que mostraba predisposición a la amistad?
Lord Walsh y Swinford atendían el fuego del que se elevaban sibilantes volutas de color naranja, recortándose contra el cielo nocturno. Pese a las espirales de humo, el aire poseía ese olor a limpio que queda después de una tormenta. Había dejado de llover, y las nubes, aunque iluminadas de vez en cuando desde atrás a lo lejos, ya se dispersaban. La luna llena flotaba entre ellas, como el barco fantasma cuya sombra veían deslizarse sobre el mar iluminado por la luna.
—¿Creéis que nos ven? —preguntó Kate, esforzándose por disimular la agitación en la voz, olvidando la incomodidad del período.
—¡Que si nos ven! ¡Cómo no iban a vernos, con esa gran esfera plateada suspendida sobre nosotros! Seguramente también nos ven los aduaneros.
—Todo irá bien —les aseguró lord Walsh—. Este capitán sabe lo que se hace. Con toda probabilidad ha sobornado a los de aduanas para que hagan la vista gorda.
La luna se escondió detrás de una nube, y el mar y el barco desaparecieron, solo el suave murmullo del oleaje en la orilla permaneció. El mundo se redujo a Swinford, lord y lady Walsh y ella misma dentro del pequeño círculo de luz de la fogata.
—¿Creéis que maese Frith se recuperará? —preguntó Kate.
Lady Walsh le dirigió una sonrisa de complicidad.
—Yo no me preocuparía, querida, es joven. Se…
Pero antes de que pudiera acabar de pronunciar esas palabras tranquilizadoras, la luna volvió a aparecer en el gran cielo negro y tendió su manto diáfano para mostrar que el barco se había detenido. Un bote avanzaba hacia ellos, muy hundido en el agua. Cuando se acercó, Kate distinguió las siluetas de dos hombres que remaban con movimientos rítmicos.
Se preguntaba cómo cuatro personas, siendo dos de ellas mujeres, iban a transportar la pesada carga que lastraba el bote cuando a sus espaldas oyó un susurro entre el follaje. Apareció un carro de heno tirado por cuatro percherones. Las ruedas estaban envueltas en harapos, como lo estaban también los cascos de los caballos, para que se desplazaran sin hacer ruido por el prado hasta la playa. En el carromato iban el carretero y otros tres hombres fornidos. Y en efecto, tal como había anunciado lady Walsh, se presentaron allí tres mujeres, cada una con un enorme fardo en el regazo. El carretero sofrenó a los caballos con las riendas a un paso del círculo de luz de la fogata. Los animales relincharon suavemente, como para indicar que conocían el lugar.
El bote llegó a la playa y el fondo crujió contra los guijarros cuando los dos hombres desembarcaron y lo arrastraron hasta la orilla. Los ocupantes del carromato saltaron a tierra e iniciaron la descarga del bote y luego la carga del carromato, teniendo ya planeado y ensayado meticulosamente cada movimiento para mayor celeridad y eficiencia. Sintiéndose incómoda y sin saber exactamente dónde encajaba ella en semejante baile, Kate miró a lady Walsh en busca de alguna indicación. Pero esta hablaba con el hombre alto que poco antes ocupaba la parte delantera del pequeño esquife. Kate solo alcanzaba a oír palabras sueltas, pero le bastó para deducir que era el capitán y lady Walsh le explicaba que al final no iba a llevarse a su pasajero.
Vio que los demás formaban una fila entre el carromato y el bote y pasaban de mano en mano la carga hasta el carretero, que la apilaba en el carromato. Kate ocupó su puesto en el extremo, el más cercano al bote, desde donde el remero de popa entregaba los fardos. Empezaron por los bultos más ligeros de la parte de arriba, y cuando llegaban ya a las cajas más pesadas —que, suponía Kate, contenían los libros, pese a que llevaban el rótulo de especias—, lady Walsh se colocó frente a ella y entre las dos realizaron el trabajo de un hombre fuerte.
El capitán se quedó al margen, hablando con lord Walsh. Intercambiaron papeles y lord Walsh le dio una bolsa, que el capitán sopesó con una sonrisa y un gesto de asentimiento. Algo en su actitud aplomada, en la manera en que la luz de la luna destellaba en los dientes blancos que asomaban tras la amplia curva de la sonrisa, bordeó los contornos de la memoria de Kate. Estaba segura de que lo había visto antes. Pero no, imposible. ¿Dónde podría haber conocido a un capitán de barco, y para colmo un capitán de barco contrabandista?
Descargaron la última caja, una pequeña, marcada con la letra «B». Kate y lady Walsh acababan de cogerla —por el peso, Kate dedujo que también contenía libros— cuando el capitán se acercó y se la quitó de las manos para dársela a lord Walsh.
—Cuidado con esta. Es para lady Ana. Me han dicho que os ocuparéis de que se entregue personalmente en el castillo de Hever.
—Os han dicho bien. Esta no la trasladaremos a la iglesia de Worle. Me la llevaré a Little Sodbury.
Detrás de ellos, los caballos lanzaron resoplidos de impaciencia.
—Tienen prisa por dejar atrás el trabajo de esta noche y volver a las cuadras — comentó el capitán—. Y más nos vale hacer lo mismo. Decidle al pasajero que volveré la próxima luna llena, si puede esperar.
—Estaremos deseando veros —dijo lord Walsh—. Este es un trabajo peligroso, Tom, pero muy meritorio.
El capitán restó importancia al cumplido con un encogimiento de hombros.
—Recibo compensación más que suficiente. La Liga se ocupa de eso. Y en cuanto al peligro… —Sonrió y se tocó el espadín que llevaba al cinto—. Tengo un compañero a mi lado más constante que la mayoría.
Apoyó la mano en él con delicadeza, casi acariciándolo. Kate se estremeció, imaginando con qué facilidad él sería capaz de hundirlo en la carne de un hombre. El puño de la camisa envolvió la empuñadura de plata en espuma blanca de encaje, cubriendo la mano a medias, dejando a la vista solo los largos y delgados dedos sobre el metal. ¡El puño de encaje! Los dedos largos y delgados envolviendo con delicadeza el metal. De pronto Kate supo dónde había visto aquella sonrisa indolente, aquel porte arrogante, y un puño de encaje, aunque un tanto sucio, no de un blanco níveo como ese. Ahogó una pequeña exclamación de sorpresa.
Él la miró.
—¿Estáis bien, señora?
—Perfectamente, señor, gracias —contestó ella, bajando la mirada con la esperanza de que no la reconociera.
—¿Nos hemos visto antes?
—Juraría que no —respondió Kate, encaminándose hacia el carromato.
—Mmm —musitó él con cara de concentración. De repente volvió a exhibir el destello de sus dientes blancos y avanzó hacia ella. Poniéndole el dedo bajo la barbilla, le levantó la cabeza para verle bien la cara. Fue un gesto atrevido y poco respetuoso, pero ¿qué podía esperarse de un hombre así?
—¡Mary! No… ¡Mary no! —dijo él. Y a continuación echó atrás la cabeza, se rio y, como si fuera un viejo amigo que hubiera coincidido con ella en una reunión social, y no un forajido (de hecho, los dos eran forajidos) que tentaba a la suerte bajo una luna propicia para los contrabandistas, preguntó—: ¿Cómo está vuestro hermano, el impresor? ¿Está bien?
Ella sacudió la cabeza como si espantara una mosca. Él bajó la mano.
—Me llamo Kate —dijo—. Mi hermano ha salido de la cárcel, pero ya no es impresor. Se ha retirado al campo con su mujer y su hijo.
El capitán soltó una carcajada. Había un asomo de burla en su risa.
—Bien, Kate, pues es más listo de lo que yo creía. Me temía que en su personalidad pudiera haber algo de eso que empuja a un hombre al martirio como si fuera un gran honor.
—¿Y vos no tenéis esa personalidad? ¿Cuál es la pena por el contrabando de Biblias?
—La misma que por el de especias y vino. Para mí todo es contrabando: contrabando y beneficio.
—Así que ¿juraréis cualquier cosa si os cogen?
—No tengo intención de dejarme atrapar —contestó él, y se alejó de ella.
—No os dejéis engañar por el capitán Lasser, señorita Gough. No es tan mercenario como parece. Lo he visto correr riesgos que ningún hombre normal asumiría para servir a una causa más honorable que el beneficio —afirmó lord Walsh.
El capitán dio una palmada en la espalda al lord como si fueran iguales.
—No hay ninguna causa más honorable que el beneficio, amigo mío —dijo, a la vez que saltaba al pequeño esquife y empuñaba los remos. Ahora el bote flotaba mucho más; el paño es bastante menos pesado que las Biblias. Se despidió con la mano e hizo una seña al otro remero para que apartase el bote de la orilla.
—Existe el riesgo que beneficia al alma y no al bolsillo —dijo lady Walsh, levantando la voz en dirección al esquife que se alejaba.
—Nunca discuto con una dama —respondió el capitán—, ni siquiera cuando tengo tiempo.
—Dios vele por El canto de la sirena, Tom —se despidió lord Walsh, y luego se volvió hacia el pequeño grupo de la orilla—. Mejor será que también nosotros nos pongamos en marcha. El sacerdote de la iglesia de San Martin en Worle pensará que no vamos y se marchará a casa.
Kate observó cómo el bote enfilaba la estela plateada de la luna poniente, oyó las olas lamer el casco. La empuñadura del espadín del capitán brilló bajo la luz de la luna. Arrugó la frente, recordando el contacto de sus dedos en la barbilla, y se la limpió con el chal.
Para cuando los contrabandistas volvieron a Little Sodbury, el horizonte de levante había empezado a clarear. Agotada, Kate siguió a lady Walsh hasta sus aposentos, preguntándose dónde y cuándo podría sumirse en un estado de bendita inconsciencia. Habían subido las cajas y los fardos por la escalera de la torre octogonal de la pequeña iglesia de Worle, y allí «descansarían» durante unos días, entre las vigas del tejado, hasta que llegara el momento de sacarlos en secreto, paquete a paquete, barril a barril, para entregarlos a los diversos distribuidores y compradores que acudirían a por ellos.
Lo único que conservaron fue la pequeña caja marcada con una «B», que lady Walsh escondió debajo de su cama.
—Es para lady Bolena —susurró—. Y no es la primera —añadió. Rebuscando en su armario, sacó una enagua de hilo limpia y se la entregó a Kate—. Dicen que tiene tendencias muy reformistas.
—Pero os referís a…
—Sí. Y puede que un día sea reina, si el rey se sale con la suya. A saber adónde podría llevarnos eso. —Encendió dos velas con el candil que había junto a su cama y dio una a Kate—. Te he asignado la alcoba donde el propio maese Tyndale se alojaba cuando era el preceptor de nuestros hijos. Ya no tenían edad para necesitar preceptores, pero las ideas de él eran muy estimulantes, y realizaba un excelente trabajo en esa pequeña habitación. Es muy acogedora. Allí estarás cómoda.
Guio a Kate por el pasillo y después por una tortuosa escalera hasta una pequeña habitación sin más mobiliario que una cama, un escritorio y una silla. Una tenue luz gris penetraba por una estrecha ventana, mostrando una pluma y un tintero en el escritorio, probablemente los mismos que utilizaba Tyndale cuando se alojaba allí.
—Ahora te dejaré descansar, querida. Ya hablaremos mañana —dijo. Luego, con una sonrisa en la que se traslucía su agotamiento, añadió—: Supongo que ya es mañana. Me temo que me estoy haciendo mayor para estas pequeñas aventuras. Voy a echar una cabezada, yo también, en cuanto vea cómo se encuentra maese Frith.
Kate se desplomó en la cama y apagó la vela de un soplido. Tendida bajo la claridad gris, escuchó el ajetreo de los criados que se levantaban para llevar a cabo sus primeras tareas del día, y temió que el cansancio no le permitiera dormir. En conjunto habían sido, pensó, el día y la noche más emocionantes de su vida, y anhelaba contárselo todo a su hermano. Pero probablemente él no haría más que reprenderla y recordarle su promesa. Quizá al día siguiente maese Frith se encontrase bastante recuperado para describirle la gran aventura que se había perdido.
Ahora al menos tendría género que llevarse a Londres y vender. Al principio lo haría discretamente, pero si la favorita del rey era simpatizante luterana, con toda seguridad podría dejar de vender en la clandestinidad tarde o temprano. Tal vez entonces John y Mary regresarían y él pondría de nuevo en marcha la imprenta. Si eso ocurría, su hermano se alegraría de que ella no hubiera abandonado la tienda. Las cosas podían volver a ser como antes.
Pero cuando la venció la fatiga, la última imagen que asomó a su mente no fue la de maese John Frith ni la de su hermano John, sino la del capitán Tom Lasser, con sus ojos oscuros y su risa burlona. Nunca había conocido a un hombre tan temerario ni tan arrogante, decidió, tan desprovisto de honor, pese a lo que lord Walsh había dicho. Compadecía a su esposa —si tan desafortunada mujer existía—, porque sin duda lo esperaba la horca al final de sus aventuras.