La librera y el hereje
Capítulo XVII
Con ardides sutiles [el clero] se presenta como merecedor de la obediencia que debería rendirse a la autoridad de Dios.
WILLIAM TYNDALE,
La obediencia del cristiano
Tom Lasser contempló a la mujer apoyada en la barandilla del alcázar, su orgulloso perfil inclinado hacia los rayos del sol, el cabello brillante al viento. Debería estar en la proa, pensó, como la Bella Helena, el rostro por el que mil barcos se hicieron a la mar.
—Veo que ya os habéis adaptado al movimiento del barco —comentó él.
Ella dejó de mirar el mar y, sonriendo, se volvió hacia él.
—Siempre y cuando disponga del brebaje mágico de Endor.
—Creo que nos habéis traído suerte y vientos favorables —dijo, señalando las velas hinchadas.
—Ha sido Dios quien ha traído los vientos favorables, capitán, no yo.
Tom supuso que ella tenía razón. Un hombre se forjaba su propia suerte, pero no podía dominar los vientos. Habían circundado la punta de Inglaterra en dos días. Tras otros dos días con sus noches, habían llegado al estrecho de Dover, el camino más corto a Calais a través del Canal de la Mancha y lo bastante cerca de la costa inglesa para oír las golondrinas anidadas en los acantilados blancos. Solo habían corrido peligro una vez, cuando se acercaban al recodo que llevaba a Rye, pero la marea y el viento les habían dado ventaja y el barco había podido dejar atrás el pequeño buque de aduanas.
—¿Ese ancho estuario es la desembocadura del Támesis? —preguntó ella, señalando el lugar donde el mar confluía con las aguas salobres del río.
—Así es —contestó él, girando vigorosamente el timón para dirigir El canto de la sirena hacia el este, en dirección al continente. Estaba de un buen humor impropio de él. Una brisa constante producía un ligero oleaje en el mar y henchía las velas. Inglaterra seguía al oeste y se requería aún vigilancia, pero con un brusco giro al este deberían llegar a los muelles de Amberes al anochecer: entonces sería como cualquier otro buque mercante legítimo entre los centenares que accedían al puerto diariamente. Pero todavía no estaban allí. Puso buen cuidado en navegar por el centro del canal, eludiendo el litoral inglés.
—Londres está río arriba —comentó—. Si olfateáis el viento, probablemente oleréis la ciudad.
Habían alcanzado el estuario del Támesis con la marea baja. Otro golpe de suerte, pensó él: demasiados bajíos para que los agentes de aduanas londinenses se tomasen la molestia.
—Huele a casa —dijo ella con un asomo de tristeza en la voz.
Tom sintió el súbito impulso de alisarle las pequeñas arrugas de aflicción que se formaron en torno a su boca. Buscó algún comentario trivial para que ella alzara de nuevo el rostro al sol en aquella postura que él había admirado, pero en ese momento su marido se reunió con ella junto a la barandilla.
Una momentánea sensación de disgusto invadió a Tom al ver a John Frith deslizar el brazo en torno a la cintura de su mujer con la misma naturalidad que si ese fuese el lugar que le correspondía… como así era, se recordó.
—El canto de la sirena ha cumplido bien su misión, capitán. Ha sido un buen viaje. Os estamos agradecidos a vos y a vuestro excelente barco. Ulises no lo habría hecho mejor.
Tom se echó a reír. No pudo evitarlo. Le caía bien ese hombre, le gustaba su elegancia natural y aquel optimismo suyo, tal que se diría que nunca le había ocurrido nada malo. Asombroso. Y eso a pesar de todo aquello por lo que había pasado, y bien sabía Tom por lo que había pasado. Habían tomado unas cuantas cervezas juntos e intercambiado anécdotas suficientes para que Tom lo recordara como una compañía agradable… a él y a la mujer, cayó en la cuenta al observarla.
—¿Puedo haceros una pregunta, capitán Lasser? —dijo ella, tensando la amplia boca en un gesto de concentración, como si no supiera bien lo que realmente quería.
—Adelante —contestó él, pensando que iba a preguntar algo sobre el funcionamiento del barco, o los lugares que había visitado. Ella, desde que se había adaptado al movimiento del barco, lo interrogaba sin cesar.
—¿Qué fue del hijo de Endor?
Eso lo cogió desprevenido. También a su marido, a juzgar por la expresión de sorpresa en su rostro.
Como Tom, en un primer momento de estupefacción, no contestó, ella prosiguió:
—Me pareció ver… es decir, cuando la vi en la cárcel de Fleet…
—Visteis bien —admitió Tom, interrumpiéndola para ahorrarle el bochorno—. Dio a luz antes de que yo pudiera sacarla de allí. El niño nació muerto. Era un varón.
—Ah. —La cara de desconcierto de Kate se contrajo en una mueca de dolor—. Qué triste.
—Probablemente fue para bien —dijo él con brusquedad, quizá con demasiada brusquedad, pero deseaba aliviar la evidente aflicción de ella y la suya propia por ese asunto. Su respuesta no consiguió ni lo uno ni lo otro. El semblante de Kate se endureció, llenándose de ira.
—Es una crueldad decir algo así de un niño… o de su madre.
—Es posible. Pero es la cruda realidad. La vida puede ser cruel. A menudo lo es.
La expresión de Kate no se alteró.
Tom suspiró, sorbiendo el aire salado.
—Endor fue violada. El niño no habría conocido a su padre.
Solo los hechos escuetos y fríos, pensó él. No se sentía capaz de decir nada más. Incluso eso le hizo hervir la sangre, y un sabor amargo subió a su boca. Ira y vergüenza. Contempló el mar, observando una gaviota zambullirse entre las olas y elevarse con un pez retorciéndose en su pico. El depredador y la presa: así era todo.
—Un niño es un don de Dios —insistió ella, indignada, con fervor, como si fuera un abogado ante el Tribunal Supremo hablando en defensa de la vida del niño.
Pero Tom no iba a echarse atrás. Más valía que ella conociera la amarga historia completa. Seguramente la vida no trataría bien a una mujer que se había casado con un refugiado.
—Este niño fue un don de un hombre, uno de entre los muchos que la violaron, le cortaron la lengua y la abandonaron para que muriera desangrada en una cuneta. — Kate se llevó las manos a la boca y, horrorizada, lo miró con los ojos muy abiertos. Tom casi se arrepintió de sus brutales palabras, pero no pudo detenerse—. ¿Por qué, señora Frith, querría una mujer conservar semejante «don»?
Kate dejó escapar una exclamación. Su marido la estrechó.
—El capitán la salvó, Kate —dijo John con delicadeza—. La llevó a un médico y le cauterizaron la lengua sangrante.
«El muñón sangrante de lengua.» Tom aún oía sus gritos. Y cuando aquello acabó, la dejó en una posada con un poco de dinero. Sola. Para que se valiera por sí misma. No precisamente lo que cabría esperar de un «buen samaritano» después de su primera buena acción.
—Aun así, perder al niño… —dijo Kate, diluida ya parte de su ira y sumida de nuevo en la pena—. Era su hijo. Habría podido consolarla.
—No lo creo —respondió Tom con toda la suavidad posible ante semejante ingenuidad—. Lo más probable es que hubiera visto morir de hambre a su hijo.
—No habría muerto de hambre —respondió Kate con tono ecuánime—. Creo que vos no lo habríais dejado morir de hambre, capitán.
—No os apresuréis a convertirme en el héroe de una leyenda romántica, señora Frith. Entre nosotros hay pocos hombres que sean auténticos héroes.
—Discrepo, capitán. —Esta vez fue el marido quien objetó—. Vuestro comportamiento fue encomiable. La acogisteis.
Pero eso él no lo aceptó, no pudo.
—Cuando arrestaron a Endor conmigo… En fin, cuando yo estaba en Londres, me seguía por todas partes. Decían que esperaba en los muelles la llegada de El canto de la sirena. Yo le daba un poco de dinero, le pagaba una comida… El caso es que estaba conmigo cuando me arrestaron por entrar vino francés de contrabando. Buen vino francés. De ese vino era la botella que disfrutasteis anoche. Yo acababa de perder en una partida de cartas y no llevaba dinero encima para el soborno. Así que me metieron en la cárcel de Fleet, y a Endor conmigo. De no haber sido por Humphrey Monmouth, seguiríamos allí. Cuando ella salió, estaba tan débil que la traje a bordo solo para pasar la noche. Debíamos levar anclas al día siguiente. —Dejó escapar una triste risa—. Como ya habréis visto, se ha instalado aquí como en su propia casa. Ha sido cosa de ella. No mía.
—Así y todo, es un acto heroico —afirmó John, y, con una amplia sonrisa, añadió —: ¿Conocéis a sir Humphrey, pues? ¿Sois uno de los nuestros?
—¿Uno de los vuestros? Ah… —Rio—. No. Siento decepcionaros, pero no soy seguidor de Lutero.
—No os comportáis precisamente como un buen católico —señaló Kate con frialdad.
—¿Acaso un hombre debe ser lo uno o lo otro? Yo soy capitán de barco. No pretendo ser teólogo… y a excepción hecha de vuestro simpático marido, nunca he conocido a nadie de ninguna confesión con quien me interesase pasar siquiera una hora.
—Entonces ¿por qué arriesgaros…?
—Un poco de riesgo le sirve a uno para saber que está vivo. Además, sir Humphrey era amigo de mi padre. Yo nací hijo segundo y estaba destinado a acabar en la Iglesia… bueno, como habéis dicho… —Señaló hacia el mar, allí donde el sol rielaba en el agua creando una lluvia de diamantes en cada ola—. ¿Habéis visto alguna vez una catedral más magnífica que esto? Sir Humphrey me prestó el dinero que me faltaba para comprar El canto de la sirena. Trabajo para él, y como resulta que él trabaja para… los luteranos o los herejes o como queráis llamarlos.
John, en lugar de contestar, dejó vagar la mirada por el mar. De pronto señaló la orilla inglesa que dejaban atrás.
—Capitán, ¿eso es algo que debería preocuparnos?
Tom lo vio al instante. Una barcaza de un lemán del puerto salía del estuario y enfilaba el canal principal a buena velocidad.
—Es posible que vaya hacia ese galeón que navega al sur de nosotros, supongo.
Pero la barcaza no viró hacia el sur. Siguió derecha hacia ellos.
—Todos a cubierta —ordenó Tom—. Izad la vela mayor. —Se oyó de inmediato ruido de pies, manos y codos mientras desplegaban la vela mayor—. La lateral también —bramó. Si viraban un poco hacia el norte, podían dejarla atrás fácilmente. Pero en ese preciso momento el gran Eolo contuvo la respiración y el viento se extinguió. Ni siquiera un hipido. La vela quedó colgando flácida.
Ocho remeros tripulaban la barcaza, que reducía la distancia respecto a El canto de la sirena.
—Lleva una especie de bandera —observó Kate.
—Son los colores verde y blanco de los Tudor. Tendremos que permitirles que suban a bordo si lo desean. Bajad al camarote.
—Pero…
—Bajad —gritó Tom—. No sabemos qué buscan. No necesitáis despertar su curiosidad.
Estando ya tan cerca, pensó mientras la barcaza se situaba junto a ellos. Estando ya tan cerca.
—Petición de subir a bordo, capitán —vociferó un hombre de pie en la proa.
—¿Quién presenta la petición?
—El rey Enrique de Inglaterra. Traemos a un pasajero para vos.
Tom gimió para sus adentros. Lo que me faltaba. Otro pasajero.
—Permiso concedido —contestó.
Probablemente no era más que un cortesano que no deseaba esperar la marea. Llegarían a Amberes al anochecer y se libraría por fin de todos ellos, incluso de esa mujer que se encontraba hasta en la sopa y empezaba a aparecer en su cabeza espontáneamente en los momentos más inesperados. Era la esposa de otro hombre, con un poco de suerte no volvería a verlos nunca más.
Llamaron a la puerta y Tomás Moro no levantó la vista de su escritorio. Llevaba encerrado en su gabinete desde primera hora de la mañana, trabajando denodadamente en el polémico texto de su respuesta a La obediencia del cristiano de William Tyndale. Era la obra más herética e insidiosa del traductor aparte del Nuevo Testamento con sus viles glosas luteranas.
—¿Qué pasa, Alice?
—Te he traído algo de comer —respondió ella, y abrió la puerta empujándola con su amplia cadera para entrar con la bandeja.
—Déjalo ahí —dijo él lacónicamente. No alzó la vista. La oyó poner la bandeja en la mesa bajo la ventana detrás de él, pero no iba a dejarse distraer tan fácilmente. Al cabo de un instante sintió en el cuello el roce del gorro de ella, que curioseaba por encima de su hombro.
—¿Qué te tiene tan atareado? Supongo que habrá que acostumbrarse a estas preocupaciones ahora que llevas la gran cadena del cargo. —Su generoso pecho se hinchó de orgullo hasta el punto de amenazar con reventar las costuras del corpiño—. No tapes lo que escribes. Tengo derecho a verlo, a menos que sea un asunto secreto de Estado del que no debas hablar.
—No me hace falta taparlo. Tu latín no es gran cosa. Ni hay razón alguna para esconderlo.
—Entonces ¿qué dice?
—Es la respuesta a la última herejía de Tyndale. Dice que William Tyndale y los otros como él son herejes. Dice que sus pérfidos textos, con los que pretende convertir a cada hombre en su propio sacerdote, alimentarán las llamas que consuman sus despreciables cuerpos si regresan a las costas de Inglaterra. Dice que los sacaremos de sus madrigueras y los traeremos aquí para rendir cuentas de sus pecados imperdonables.
—¡Esa es la pesada carga que atiende el canciller! No la guerra con Francia ni los nuevos tributos ni… —Alice enarcó las cejas grises en un gesto de indignación, ahondándose las arrugas de su frente—. Con razón no tienes apetito. Distingo algunas de esas palabras. Mis hermanos las escribían en sus pizarras cuando el preceptor no miraba. Es el lenguaje de los hombres de baja cuna, escasamente noble para el discurso del canciller de Inglaterra. En cualquier caso, ¿por qué ha de importar tanto?
Tomás cogió la pluma y, hundiéndola en el tintero, suspiró.
—No lo entiendes, Alice. Esto es más importante que el hogar de un hombre, más importante incluso que un reino. Esta herejía que vierten en Inglaterra ese hombre y sus amigos con su Biblia inglesa podría poner fin a la Iglesia. Debilitarla es destruirla. Ni yo ni ningún buen cristiano podemos quedarnos de brazos cruzados y permitirlo. La Iglesia debe ser protegida a cualquier precio.
—No soy luterana, pero no alcanzo a comprender cómo es posible que leer la Biblia…
La obligó a callar con un gesto.
—No lo entiendes, Alice. Allí donde la Biblia se lee en lengua vernácula, los campesinos malinterpretan sus doctrinas. Los incita a la rebelión asesina. Debe haber disciplina y orden en todas las cosas. Sin orden se produce la clase de caos y agitación que aquejan a Renania. La Iglesia es el orden establecido. Su verdad se ha transmitido hasta el día de hoy ininterrumpidamente durante mil quinientos años. Si no ves la importancia de defender eso, que Dios te asista.
Ella se molestó al oír el tono que empleaba, como siempre que él le decía: «No lo entiendes». Y se lo había dicho dos veces. Debería haber sido más prudente en la elección de las palabras en interés de la armonía familiar.
Alice dio un ligero empujón al manuscrito.
—Cualquiera diría que se trata de la Iglesia de Tomás Moro y no de la Iglesia de Jesucristo. En mi opinión, el buen Dios es capaz de proteger a su Iglesia, si es que hay necesidad de protegerla, sin que tú sacrifiques tu cena.
—Es que tú no lo…
Ella, furiosa, salió del gabinete antes de que él pudiera repetir aquellas palabras ofensivas, pero volvió cuando él todavía no había escrito dos líneas y plantó un pergamino enrollado y sellado ante él. Llevaba el sello de Cuthbert Tunstall, obispo de Londres. Tomás lo abrió y le echó una ojeada mientras ella abandonaba el gabinete sin pronunciar palabra.
El estudiante John Frith, a quien sir Tomás deseaba interrogar, por lo visto había escapado del cerco. Todas las pesquisas habían sido infructuosas. El obispo especulaba con la posibilidad de que se hubiese reunido con su antiguo maestro, William Tyndale, en el continente. ¡Lástima no haber puesto un espía sobre sus pasos!
¡Lástima! ¡Vaya torpeza! Tomás lanzó la pluma a la mesa airadamente, emborronando la última palabra. No podía ocuparse de aquello él solo. El cilicio le arañaba la espalda, que tenía aún irritada por la flagelación de esa mañana. Se levantó con cuidado, se acercó a la ventana y contempló el paisaje. Se avecinaba el invierno. Los árboles ya estaban deshojados y la noche anterior había helado. Pronto empezarían en la corte las celebraciones navideñas. ¡Dios santo, cómo las aborrecía! Quizá pudiera pretextar unas fiebres. Pensó en el cardenal Wolsey, proscrito de la corte, y se preguntó cómo sobrellevaría su exilio. Tomás no pensaba que Enrique hubiese arremetido contra un hombre tan poderoso por propia iniciativa. Tenía que ser influencia de esa Bolena.
Levantó la tapa de la fuente humeante de la bandeja colocada ante él. Lampreas.
No le gustaban las lampreas.
Tapó de nuevo las anguilas guisadas y volvió al escritorio. De todos modos, no tenía tiempo para comer. Aún le quedaba mucho trabajo pendiente, y esa tarde lo visitaría Holbein para trabajar en el retrato del nuevo canciller de Inglaterra en el orgulloso seno de su familia.
Las lampreas también formaban parte del menú en la vivienda del arzobispo en York, en el norte de Inglaterra. A diferencia de Tomás Moro, al cardenal Wolsey le gustaban mucho las anguilas, sobre todo acompañadas del mejor vino francés. Aunque debía reconocer que su placer se veía disminuido por el entorno en el que debía consumirlas. Sus aposentos en York no eran ni mucho menos tan lujosos como los que había perdido en Londres. Pero él no era de los que se recreaban en sus penas. Al menos conservaba la cabeza. Puede que ya no fuera canciller de Inglaterra, pero aún era cardenal, y si jugaba bien sus cartas quizá aún consiguiera un puesto en Roma. Se había quedado sin Inglaterra, sí, pero ¿qué era Inglaterra si no una pequeña isla provinciana con un déspota de miras estrechas por soberano, aficionado a las rameras? El cardenal tenía la vista puesta en un trofeo mayor.
Mientras se llevaba las lampreas con su espeso caldo a la boca, pensó en sir Tomás Moro, a quien, según los informes de sus espías, le habían ofrecido la gran cadena del cargo de canciller. En fin, le deseaba lo mejor, aunque dudaba que la mente jurídica más brillante de Inglaterra poseyera la clase de astucia que requería el puesto. Si el cardenal Thomas Wolsey había tropezado en el gran asunto del rey, casi con toda seguridad tropezaría también él. Sería interesante observar la evolución del proceso, pero si su plan surtía efecto, para entonces él ya estaría lejos.
A las lampreas siguieron unas tartaletas de manzana y nata y un excelente queso cremoso, pero después de estallar el primer bocado de la dulce nata de las tartaletas y el suave queso en sus papilas gustativas, masticó distraídamente. Antes de acabárselo, pidió material de escritorio y un mensajero. Con un ruidoso eructo, apartó el queso a medio comer, se limpió la boca con el borde del mantel y cogió la pluma.
A su santidad, el papa Clemente VII,
del leal siervo de Dios en Inglaterra, el cardenal Wolsey: En lo que se refiere a la grave amenaza que pesa sobre la Iglesia Romana Apostólica en Inglaterra…
Cuando acabó la carta, le puso el sello de cardenal y se la entregó al mensajero.
—Esto solo puede verlo Carpeggio. Debes aligerar el paso.
El capitán Lasser debió de deducir que el pasajero no representaba amenaza alguna, pensó Kate, o no lo habría invitado a cenar con ellos en el camarote del capitán. Era demasiado mercenario para morder la mano de Humphrey Monmouth traicionándolos. Aun así, Kate sentía aprensión. ¿Cómo evitarlo? Su mundo cambiaba a tal velocidad que últimamente la aprensión era una compañía continua.
En el transcurso de una semana había pasado de ser una mujer soltera y sola en la vida, sin perspectiva alguna, a estar casada. ¡Casada! Con todo un mundo nuevo de aventuras abriéndose ante ella. Se le antojaba un sueño imposible. Pero sabía lo rápido que podía perderlo todo. La imagen del sufrimiento en la cárcel de Fleet no era fácil de olvidar. Con un aleteo en el pecho, observó a su marido abrir la puerta del camarote que había sido su alcoba de recién casados durante las últimas cinco noches: no era tan suntuosa como los aposentos de lady Walsh, pero su intimidad propiciaba ciertos placeres.
Debía reconocer que el pasajero desde luego no parecía una amenaza. Era un hombre más bien joven, mayor que John pero menor que el capitán. Su cuidada barba rojiza no presentaba el menor asomo de gris, aunque cuando se quitó el sombrero se puso de manifiesto que tenía el pelo algo ralo en la coronilla.
—Soy Stephen Vaughan, emisario del rey Enrique —dijo en tono cordial al tender la mano a su marido.
—John F…
—Gough —interrumpió el capitán—. De Amberes. Maese John Gough y su esposa, Kate.
Así pues, quizá el capitán no se fiaba plenamente de él.
—John y su esposa se dedican a las exportaciones. Vuelven a casa después de una visita a la familia.
Con qué facilidad mentía, pensó Kate. Casi se lo creyó ella misma.
Endor tocó al capitán en el hombro y tendió la palma abierta hacia la mesa, indicando con su gesto que la comida estaba lista.
—Venid a sentaros —dijo él—. Me muero de hambre.
—Muy amable, capitán Lasser —respondió el recién llegado mientras se congregaban en torno a la pequeña mesa—. No esperaba…
—Sois bienvenidos. Y ahora comamos.
Endor había conseguido preparar sabrosas empanadas de carne y un puré de nabos en su pequeño horno: probablemente la última comida de los pasajeros a bordo. Era una gentileza por parte del capitán compartirla con ellos, pensó, y la idea la sorprendió. Pero John parecía disfrutar de la compañía de Lasser, y ella había aprendido a sobrellevarla, pese a su ocasional sarcasmo. A Kate le gustaba su ingenio ágil, y cuando la conversación se dirigía inevitablemente hacia sus aventuras en el mar, nunca le resultaba aburrido ni vanidoso. Él poseía una visión del mundo y su propio papel en él, cínica, pero honrada. Y por otro lado estaba Endor. Kate tenía aún sus dudas acerca de la participación de Lasser en ese asunto, pero, mal que le pesara, debía reconocer cierta admiración por él.
—¿Gough? —El recién llegado adoptó una actitud pensativa mientras tomaba un sorbo de sidra servida por su anfitrión—. ¿No había una librería junto al cementerio de San Pablo con ese nombre?
Kate advirtió un destello en sus ojos de color avellana, como si se tambaleara al borde del descubrimiento.
—Somos parientes lejanos… muy lejanos. Apenas nos conocemos —se apresuró a decir ella.
Notó que se ruborizaba. El capitán pareció verle el lado cómico.
Yo no miento tan fácilmente como vos, deseó decir ella, pero se limitó a desviar la vista, un poco enojada por la expresión en el rostro de Tom, pero agradecida cuando él intervino para cambiar de tema.
—Sois, pues, agente del rey, maese Vaughan —dijo el capitán—. Debe de ser un trabajo emocionante. —Hundió el cuchillo en el centro de la empanada de carne y se elevó una pequeña nube de vapor aromático.
—Emocionante, sí, pero a veces un poco molesto. Como hoy. Me han llamado sin previo aviso.
—Debe de ser un asunto urgente, pues.
—Todos los asuntos del rey son urgentes.
—Del máximo secreto, supongo. —John intervino en la conversación con perceptible avidez.
—Esta vez no tanto —respondió Vaughan entre bocado y bocado—. Debo hacer ciertas averiguaciones, y bien podría empezar ya. Por eso he tropezado mentalmente con vuestro nombre. —Se interrumpió para beber un trago. John y Kate cruzaron una mirada y enseguida apartaron la vista por miedo a que él se diera cuenta—. El hombre a quien busco… o, para ser más exactos, los hombres a quienes busco son estudiosos y probablemente guardan relación con el negocio de los libros. Uno se llama William Tyndale, y el otro es un joven erudito llamado… Firth… no, no era eso… Frith. Sí, Frith, así se llama.
A Kate se le cerró la garganta. No miró a John. No miró al capitán, sino que bajó la vista al regazo.
—He pensado que quizá los conocierais. Se cree que están en Flandes, ya que son hombres de libros y Amberes es un gran centro de impresión. Al menos eso me han dicho. Yo personalmente no leo mucho… No me gusta el olor de la tinta.
La mesa se meció ante Kate, y el puré de nabo de pronto se convirtió en lana en su boca y el aroma de la empanada de carne le resultó nauseabundo.
El desconocido no pareció darse cuenta al coger otro bocado, exclamando:
—Esto está delicioso, capitán. He salido con tales prisas que ni siquiera he tenido ocasión de comer. El rey puede ser un amo muy exigente. —Y antes de llevárselo a la boca, añadió—: Si os cruzáis con alguno de los dos, William Tyndale o ese John Frith, podéis dejarme un mensaje en la sede del gremio de guanteros.
—¿Así que sois guantero en vuestro tiempo libre, cuando no estáis al servicio del rey? —preguntó el capitán Lasser.
Kate se maravilló de su aparente despreocupación. Aunque, naturalmente, él arriesgaba mucho menos. Solo incurriría en el disgusto de un cliente. John perdería su libertad, quizá incluso la vida, si no abjuraba. Abjurar. Al pensar en esa palabra se le cortó el aliento. Recordó el dilema de su hermano con comprensión más apremiante.
—Es un negocio familiar —explicó el desconocido, y a Kate su voz se le antojó cada vez más distante, como si se la llevara una ola—. Mi padre era guantero. Mi hermano mayor lleva el negocio, pero yo soy un viajante del gremio.
—¿Para qué quiere el rey a esos hombres? ¿Han cometido algún delito? — preguntó John.
Kate esperó que Vaughan no advirtiera el tono entrecortado de su voz, que sonaba débil y lejana, en la misma ola que la otra. El bocado que acababa de comerse amenazó con volver a salir.
El capitán hizo un gesto a Endor para que llenase la copa vacía de Vaughan, y añadió con naturalidad:
—Los Gough se dedican a la lana. No es probable que se muevan en los mismos círculos.
Kate se levantó, vacilante. Por lo visto, no estaba del todo bien adaptada al movimiento del barco.