La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 12 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XI

 

Los turcos, el lúpulo, la cerveza y la herejía,

llegaron todos a Inglaterra el mismo día.

THOMAS TUSSER (siglo XVI),

El campo de lúpulo de Tusser

 

A la mañana siguiente un suave golpeteo en la puerta despertó a Kate, y a continuación apareció una criada con un aguamanil humeante sobre el que llevaba en equilibrio una toalla y jabón. Kate se incorporó en la cama y se frotó los ojos, al principio sin saber dónde estaba. De pronto se acordó: Little Sodbury Manor. Había despertado en la misma habitación que en otro tiempo ocupó William Tyndale, el hombre cuyo nombre había visto en tantos libros.

—Buenos días —saludó Kate a la criada.

La muchacha parecía casi una niña. Dirigió a Kate una parca reverencia y luego vertió el agua en la palangana situada junto a la cama.

—Buenos días, señorita. Soy Tildy. Milady me ha pedido que os proporcione cuanto necesitéis —anunció, sacando de uno de los dos amplios bolsillos de su mandil primero un peine y un espejo de mano con el envés de plata y luego un puñado de hierbas secas que echó al agua tras desmenuzarlas previamente. El aroma dulce de la lavanda se elevó junto con el vapor. Del otro bolsillo extrajo varias tiras de tela limpias y las dejó bajo el espejo sin hacer comentarios. Después, también en silencio, cogió el rebujo de trapos sucios de Kate y se lo metió discretamente en el bolsillo ahora vacío.

—Milady me ha encargado que os diga que esta tarde estará en el taller de cerveza y que le gustaría hablar con vos. Cuando os vaya bien.

—¿Qué hora es? —preguntó Kate, más para disimular su bochorno por el hecho de que alguien se ocupara de algo suyo tan íntimo que por una verdadera necesidad de saber la hora. Supuso que así eran las cosas cuando uno pertenecía a la nobleza. En fin, ella personalmente habría preferido tirar sus propios trapos sucios si hubiese tenido dónde hacerlo.

—Han dado ya las once —contestó la criada, y se agachó a coger el orinal de debajo de la cama—. También debo deciros que si vais a la cocina, la cocinera os preparará algo para aguantar hasta la hora del almuerzo. —Desapareció un momento y regresó con el orinal vacío. Lo dejó otra vez en su sitio—. ¿Puedo serviros en algo más?

—¿Qué sabes del joven que llegó aquí con nosotros? —preguntó Kate—. ¿Tienes idea de si se encuentra bien?

—No lo sé, señora, pero sí puedo deciros que el caballero mayor que vino con vos se ha marchado esta mañana a primera hora.

—¡Se ha marchado! Pero ¿adónde? Yo tenía que volver a Londres con él.

—Lo siento. No sé adónde iba. Solo sé que se ha llevado el carromato. No creo que piense volver esta noche, porque he visto a la cocinera darle unas provisiones. ¿Queréis que lo averigüe?

—No. Ya se lo preguntaré yo misma a lady Walsh —dijo Kate.

La criada se quedó allí como si esperara más instrucciones. Por fin dijo:

—¿Os ayudo a vestiros?

—No, gracias —contestó Kate—. Ya me las arreglo yo sola. —La muchacha pareció defraudada—. Es que estoy acostumbrada a hacer esas cosas yo misma — añadió, pensando que había conseguido no solo abochornarse ella sino avergonzar también a la sirvienta.

—Milady ha dicho que debo cuidar de vos mientras seáis su invitada.

—Eso es muy amable por tu parte, Tildy, y por parte de lady Walsh, pero no pienso quedarme aquí mucho tiempo. Tenía la intención de marcharme hoy.

La muchacha se despidió con otra pequeña reverencia y, caminando de espaldas, salió de la habitación. Kate se quedó preguntándose por qué Swinford se había marchado sin ella, si es que se había marchado sin ella. Tal vez solo habían ido a recibir otro cargamento, pero en tal caso le habría gustado acompañarlo.

No obstante, su primer objetivo era buscar algo para comer —de pronto le entró un hambre canina—, y después intentaría averiguar cuál era el pronóstico para el joven cuya huida de los cazadores de herejes se había visto aplazada tan desafortunadamente. Mientras se recogía la desgreñada mata de pelo bajo el gorro que lady Walsh le había proporcionado, se le ocurrió que podía informarse en la cocina sobre el estado de maese Frith y pedir indicaciones de cómo llegar al taller de cerveza. Pero primero tenía que encontrar la cocina.

 

Después de comer un huevo pasado por agua y beber un vaso de leche dulce, una leche tan fresca como jamás había probado en Londres, y enterarse por mediación de la cocinera de que maese Frith había desayunado —eso era buena señal, pensó—, Kate preguntó dónde se hallaba el taller de cerveza.

—Por el camino que sale del huerto y luego a la izquierda. Lo distinguiréis por el manojo de cerveza que cuelga al lado de la puerta.

—¿Un manojo de cerveza?

La cocinera chasqueó la lengua.

—No sois de campo, ¿verdad? —Y a modo de explicación añadió—: Es la escobilla utilizada para revolver el mosto. La levadura que queda en la escobilla sirve para iniciar el trabajo de la siguiente tanda. Así que la cuelgan junto a la puerta hasta que vuelven a necesitarla.

La cocinera debió de darse cuenta de que Kate no había entendido nada de nada de lo que acababa de explicar.

—Reconoceréis el taller de cerveza por el olor. Simplemente dejaos guiar por el olor.

Tenía razón. Cuando Kate se acercó a la pequeña cabaña, el humo que salía del tiro en el centro del tejado despedía un olor extraño, que se hizo más intenso cuando abrió la puerta. Entró e inhaló el vapor de dos enormes tinas de cocción suspendidas encima del fuego encendido en un hoyo en el centro del taller. Lo cierto era que, aunque empalagoso y acre, no resultaba un olor desagradable. Inhaló el aroma un poco más. La invadió una sensación de sueño, de letargo, lo que la llevó a preguntarse si la cerveza que elaboraban allí era tan fuerte como para causar mareo solo con respirarla. Procuraría no aspirar el aire muy profundamente.

Lady Walsh no parecía afectada por los efluvios. Con el pelo recogido bajo un pañuelo holgado y la cara lustrosa por el vapor, supervisaba la clasificación y colocación de unos pequeños conos parduzcos en sacos de arpillera poco tupida colgados de las vigas más bajas del techo.

—Mira, estos están maduros —dijo, pasando un saco a uno de los criados—. Añade unas dos libras.

Con una seña, indicó a Kate que entrara.

—Estamos clasificando la cosecha de lúpulo de este año. Lo cultivamos nosotros mismos a partir de las semillas que lord Walsh trajo de Flandes. —Guiñando un ojo y asintiendo, añadió—: Lord Walsh es muy exigente con la cerveza: la prefiere fuerte y espesa. Es para nuestro propio consumo personal, y el de nuestros arrendatarios y criados, naturalmente. Cualquier otra cosa sería… ilegal.

Kate no pasó por alto la ironía de esa afirmación.

—Has venido en el momento oportuno. Necesito un descanso. Espero que hayas dormido bien —comentó lady Walsh quitándose el delantal y dejándolo en la mesa de clasificación. La tela presentaba manchas de un polvo amarillento, y ella tenía las manos cubiertas de esa misma sustancia amarilla. Se las limpió en el delantal con el descuido de una mujer que nunca tenía que preocuparse por lavar la ropa o quitar manchas.

—Volveré dentro de un par de horas para ayudaros a retirar la primera agua — dijo a los cuatro criados que atendían las tinas—. Vamos, agitad con brío. —Hizo un gesto exagerado de rotación con las manos—. Cantad. Así no os dormiréis. —Y mientras cerraba la puerta al salir, explicó a Kate—: Los vapores de la malta son soporíferos. Me consideraré afortunada si al volver no me los encuentro a todos dormidos y el mosto quemado.

Mientras regresaban a toda prisa a la casa solariega, Kate tuvo que caminar «con brío» para no quedarse a la zaga. Aquella mujer contaba al menos cincuenta años. ¿Cómo podía conservar semejante brío?

—Milady —dijo Kate al alcanzarla, procurando disimular su respiración agitada —. Os estoy muy agradecida por vuestra amable hospitalidad. —Estaba tanteando el terreno, buscando la mejor manera de sacar a relucir el comentario de la criada sobre la marcha de Swinford—. Pero me… es decir, la criada ha dicho…

—Quieres saber cuándo puedes coger tus libros y volver a Londres. —Habían llegado a la maciza puerta de roble de la entrada trasera, y lady Walsh se sentó en un banco de roble ante un primoroso jardín—. Descansemos aquí un momento, disfrutemos de este magnífico sol otoñal —propuso, dando unas palmadas en la madera junto a ella. Unas cuantas hojas amarillas y rojas se habían amontonado entre los parterres de hierbas aromáticas. Las apartó con la puntera del zapato y el romero desprendió su aroma.

—Tildy te ha dicho que Swinford se ha ido, ¿no? Esa chica tiene la vista muy fina… y la lengua muy suelta —dijo Lady Walsh, y un amago de irritación asomó fugazmente a su rostro—. Necesita aprender cómo ha de comportarse en una gran casa. Pero al menos la información ha sido correcta. Me he tomado la libertad de permitir que Swinford volviera a Londres sin ti. Tenía que irse temprano a recoger otro cargamento para sir Humphrey en el camino de regreso, y sabía que tú necesitarías descansar.

—Pero ¿cómo…?

—Espero que no te haya molestado. Comprendo que ha sido una presunción por mi parte. Pero puedes volver a Londres mañana. Te proporcionaré una escolta de confianza. Una joven dama no tiene por qué viajar en un carromato como una simple fregona. Es peligroso y no es… apropiado.

—Pero no quiero abusar de vuestra hospitalidad, y ya estoy en deuda con vos — adujo Kate.

—No abusas, te lo aseguro. Hay mucho movimiento entre Londres y esta casa. Hace tiempo que no padezco el mal que te aqueja en estos momentos, pero sé que te sentirás mejor para viajar dentro de unos días. Puedes irte ya mañana si lo deseas. — Guardó silencio por un instante, como si no supiese cómo continuar—. Pero sí hay algo que podrías hacer esta tarde, si te sientes recuperada.

—Lo que sea, milady.

—¿Te importaría sentarte junto a la cama de maese Frith durante unas horas? Está muy grave. Gilbert, el criado de mayor confianza de lord Walsh, lo ha velado toda la noche, pero necesita dormir unas horas, y yo por fuerza he de estar presente en el taller de cerveza.

—Pero me ha dicho la cocinera que maese Frith ha desayunado —observó Kate, sin saber muy bien por qué la afectaba tanto la noticia—. He deducido que estaba mejor.

—El desayuno se lo ha comido Gilbert. Tenemos la intención de decir a los sirvientes que ya se ha recuperado lo suficiente para marcharse.

—Siendo así, haré lo que esté en mis manos, por supuesto. Parece un hombre muy agradable, pero no sé gran cosa de cuidar enfermos.

Lady Walsh pareció sentir alivio. Tenía ojeras. Kate se preguntó cuántas horas habría dormido.

—Es muy amable por tu parte. Gilbert ya se ha ocupado de las necesidades personales de maese Frith. Tú solo tienes que quedarte allí por si despierta para darle agua o tranquilizarlo. Según parece, tiene fiebre en la sangre, probablemente debido a los malos tratos recibidos en el sótano. Me temo que su fuga y el posterior viaje han sido un esfuerzo excesivo para él en su estado de debilidad.

—Pero sobrevivirá, ¿no? ¿Habéis llamado a un médico o un barbero cirujano?

Lady Walsh sonrió.

—Lamentablemente, querida, nos hallamos ante un pequeño dilema. Su presencia aquí debe mantenerse en el mayor secreto posible. En el pueblo hay quienes no dudarían en entregar a las autoridades a un amigo de William Tyndale. Este se granjeó más de un enemigo entre el clero de la zona. Y dado el clima de persecución…

Kate asintió. Lo entendió perfectamente: quizá no lo habría comprendido unos meses antes, pero ahora, después del suplicio de John, sí lo entendía.

—Por eso te estoy tan agradecida por tu ofrecimiento de ayuda. En una casa tan grande… bueno, ya has visto cómo se van de la lengua los criados cuando se enteran de algo, incluso sin mala intención. Cuanta menos gente conozca la presencia aquí de maese Frith, tanto mejor. Por eso no podemos pedírselo a otro criado… en fin, ya has visto lo propensa al chismorreo que es Tildy.

Tampoco es que tengas prisa porque alguien te espere, dijo una voz en la cabeza de Kate. La asaltó la imagen de John Frith, débil y pálido, su cabeza desplomada hacia delante mientras dormía en el carromato, sus pestañas negras en contraste con las mejillas blancas, la radiante sonrisa que había dirigido a «John Gough», a quien consideraba un «hermano». Casi sin darse cuenta, Kate respondió:

—Puedo quedarme un día o dos más para relevar a Gilbert, si creéis que eso puede ser de ayuda.

Lady Walsh, sin darle tiempo para desdecirse, le cogió la mano.

—¿De verdad, querida?

Mientras Kate pensaba en la necedad de su ofrecimiento, cayó una hoja de color carmesí, y luego otra, y otra más, hasta formarse una pequeña guirnalda que adornó los arbustos de romero. Planteándose rectificar su promesa, respiró hondo. El aire arrastraba un leve aroma a humo de leña impregnado del perfume amargo del lúpulo. Lady Walsh se puso en pie con una sonrisa, convencida de que el asunto estaba zanjado.

—No lo lamentarás, querida. Te compensaremos por el retraso. No hay nada como un otoño inglés en el campo —dijo lady Walsh. Sus ojeras parecieron perceptiblemente menos oscuras—. Y ahora, si ya has descansado lo suficiente de nuestra pequeña aventura de anoche, puedes empezar de inmediato con tus obligaciones, y yo acabaré de preparar la cerveza. —Cogió la mano de Kate y tiró de ella ligeramente para ayudarla a ponerse en pie—. Te acompañaré hasta donde está tu paciente.

Serán solo uno o dos días —repitió Kate para sus adentros—. Solo uno o dos días, como mucho. ¿Qué hay de malo en eso?