La librera y el hereje
Capítulo XXII
No hay atadura en la tierra tan dulce, ni separación tan amarga, como las que se producen en un buen matrimonio.
MARTÍN LUTERO
Kate, a cuatro patas, restregaba el entarimado de pino de su dormitorio cuando empezó a sentir el dolor en la espalda.
—No es nada —dijo en voz alta al esbozo de la vieja fea. A continuación, en el silencio de la muda respuesta, murmuró—: Deberíamos tener un gato; así al menos podría hablar con algo que se mueve.
Ya darás gracias por este silencio cuando nazca el niño, pensó.
Ahora oía voces: su mente mantenía ambos lados de la conversación. Estaba más desesperada de lo que creía.
Debería cantar alguna nana para practicar —se dijo—. Así John no llegará a casa de improviso y se encontrará a la loca de su esposa hablando sola. Empezó a tararear y cayó entonces en la cuenta de que no conocía ninguna nana. Ni sabía nada de bebés ni de sus cuidados en general, nada de nada. Tal vez John sí sabía. Él parecía saberlo todo, aunque seguramente, pensó, existía alguna forma de conocimiento que no podía obtenerse en los libros.
Restregó una mancha de pintura verde en las tablas barnizadas y la rascó con la uña. Esa mancha de pintura venía molestándola desde hacía semanas. Incluso John la había mencionado una vez. Se enjugó una línea de sudor de la frente con el antebrazo y restregó con más ahínco. Si se daba prisa, aún tendría tiempo para acabar eso, refrescarse e ir al mercado antes de que él llegara a casa. Repasó la lista en su cabeza: vino, una buena botella de vino francés —venía ahorrando seis peniques por semana desde que sospechaba que estaba embarazada— y velas de cera de abeja, y fruta y queso y pan recién hecho, y quizá un poco de pescado ahumado y una tarta, sí, tarta de crema, de la pastelería al final de la calle Mayor… un derroche pero debía haber una celebración.
Intentó imaginar la cara de John cuando se lo anunciara. John, vas a ser padre. No, demasiado brusco. El pobre podría desmayarse. John, creo que es posible que esté encinta… no lo sé con certeza. Han pasado diez semanas. Mejor. Menos definitivo. Había que darle tiempo para acostumbrarse a la idea.
Arrancó el último residuo verde y se lo echó al delantal. ¿Y si no le gusta la idea? Nunca lo diría; tendría muy en cuenta los sentimientos de Kate. Pero ella lo notaría. Lo leería en sus ojos.
Otra punzada de dolor le traspasó la espalda y le llegó hasta la ingle, un dolor familiar pero más insistente. Casi parecía… Se levantó con cuidado y, tras entrar en el retrete, comprobó si sangraba. Un pequeño punto brillante, solo eso. Nada fuera de lo normal, había dicho la señora Poyntz, previniéndola sobre lo que cabía esperar. Se sentó en el orinal y esperó unos minutos; luego volvió a mirar. No había más sangre. Probablemente solo había sido una advertencia de que no le convenía hacer esfuerzos.
Vació el agua de fregar de la palangana en la calle desde la ventana, mirando antes a ambos lados y gritando en su vacilante flamenco «¡Agua va!» antes de lanzar el contenido. Era más cuidadosa al echar los desechos y el agua de los platos desde un día que manchó a un petimetre cuando este se apeaba de su carruaje. Contuvo una risita, recordando la cara de indignación de aquel individuo y los trozos de huevo adheridos a su barba puntiaguda y su refinada gorguera almidonada mientras ella, alzando la voz, se disculpaba. Había sentido miedo un instante —antes de que John aplacara la cólera de aquel hombre con su encanto— ante la posibilidad de que su desdichada víctima desafiara en duelo a su marido. ¿Y si hubiera tenido que matar a un hombre —o acabar muerto— solo porque su esposa vaciaba torpemente una palangana de agua sucia? Por suerte se batieron en un duelo de palabras, y no de espadas, aunque John le había asegurado más tarde, quizá con cierta bravuconería, pensó ella, que sabía defenderse bien con la espada.
Tenía tiempo para refrescarse. La sombra de la joyería en la acera de enfrente era aún corta, su emblema de vidrio en forma de enorme diamante destellaba aún allí donde lo iluminaba la luz del sol. Vertió un poco de agua fría en el aguamanil y, haciendo espuma con un poco de jabón, se la aplicó en las manos, los brazos y la cara. Que Dios bendijera a Quentin Massys por instalar una ingeniosa serie de tubos de plomo y una bomba de mano, un lujo del que muy pocos disfrutaban. Nunca bebían esa agua, preferían consumir el agua clara y fresca del pozo público, que se hallaba a solo un par de estadios, a esta otra procedente de la tubería, con un desagradable sabor, pero servía para lavar y sería una bendición de Dios cuando llegara el bebé.
Mientras se deslizaba un peine por el cabello, le sobrevino un dolor más intenso: un dolor tan agudo que se le cortó la respiración. Tuvo que agarrarse al poste de la cama para no caerse. Eso parecía algo más que una advertencia. Quizá debía olvidarse del mercado e ir a ver a la señora Poyntz. Ella sabría qué significaban esos dolores.
Se dobló al sentir otra punzada.
Y otra más.
Siguió un derrame caliente entre las piernas, y Kate Frith supo que no habría celebración cuando John llegara a casa. Tras una tercera punzada, quedó hecha un ovillo en el suelo.
John Frith oyó los sollozos de Kate desde el pie de la escalera y subió los peldaños de dos en dos. Nunca había oído llorar a su mujer, ni una sola vez, ni siquiera cuando se produjeron las inundaciones, ni durante las largas noches de invierno, cuando él temía que ella sintiera añoranza de Inglaterra, y de pronto ahora emitía esos desgarradores sollozos que no cesaron cuando él abrió la puerta y la encontró encogida en la cama, sin más ropa que la enagua.
—Dios mío, Kate, ¿te has hecho daño? ¿Qué pasa? —preguntó, temiendo lo que todo buen marido teme, que un intruso hubiese irrumpido por la fuerza en su casa y hubiese violado a su tesoro más preciado.
Bastó, no obstante, una rápida mirada alrededor para comprobar que la alcoba estaba intacta, incluso más ordenada que de costumbre. Se sentó en la cama junto a Kate y ella levantó la cabeza para mirarlo, pero su intento de responder se redujo a un mero cabeceo. Tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. Se aferraba al barato amuleto de hojalata que Endor le había regalado como si fuera una cuerda de salvamento y ella una mujer a punto de ahogarse: la viva imagen de la desesperación. La culpa la tenía él, pensó John, afligido. Había estado demasiado abstraído en sus cosas, la había desatendido, la había considerado más fuerte de espíritu de lo que era solo porque nunca se había quejado.
Le apartó de los ojos un mechón de pelo húmedo y, poniéndole los dedos bajo la barbilla, le levantó la cara.
—¿Qué te pasa, ángel mío? ¿Has recibido alguna mala noticia? ¿Te has hecho daño? —Percibió un olor dulce y empalagoso en la habitación—. ¿Estás enferma?
En ese momento reparó en el vestido tirado en el suelo, hecho un rebujo, y en el macabro brillo de la mancha de color carmesí.
—Voy a buscar a un médico. No te muevas. Enseguida vuelvo.
Ella se incorporó y tendió la mano para agarrarlo por la manga de la camisa. Estaba ronca de tanto llorar.
—No. Ya es demasiado tarde. ¿Qué puede hacer un médico ahora?
—¿Demasiado tarde? ¿A qué te refieres? —Pero empezó a tomar conciencia de lo ocurrido.
Ella respiró hondo como si el aire, por alguna cualidad, fuera a fortalecerla.
—Era un niño, John. He perdido a nuestro hijo.
—Pero…
—Tenía que habértelo dicho —musitó ella—. Quería esperar hasta estar segura. —En ese momento volvieron a saltársele las lágrimas.
¡Dios santo, cómo aborrecía él esas lágrimas! No soportaba verla llorar.
—El bebé me da igual —dijo. La acercó a él y le besó la coronilla, pero ella se apartó y alzó la vista para mirarlo a los ojos como si hurgara en su alma y no le gustara lo que veía allí dentro. Unas profundas arrugas surcaron su frente y la tenue línea azul entre sus cejas ya no era tenue, sino que sobresalía como un cordón. John casi la veía latir.
—¡Te da igual el bebé!
—No quería decir eso. Claro que me importa el bebé, pero su alma ha vuelto a Dios. A ti no puedo reemplazarte.
El rostro de Kate era un visaje de sufrimiento y de algo más —quizá concentración— cuando preguntó:
—¿No piensas que el alma del bebé está en el limbo, pues?
—No creo en el limbo; ya lo sabes. Todas las almas humanas están con Dios desde el principio, y el alma inocente vuelve junto a Dios. ¿Qué podría ser más inocente que un niño no nacido?
No era exactamente la doctrina de la Santa Iglesia, pero tenía más sentido que las enseñanzas de esta, y pareció reconfortarla. Kate dejó escapar un suspiro entrecortado, pero ya no lloraba. Finalmente, John había dicho algo acertado.
—¿Estarás bien? ¿No deberíamos llamar a un médico de todos modos? —Miró el vestido manchado de sangre—. ¿La hemorragia parará sola? ¿Te duele?
—¿De qué servirá una sangría?
John no rebatió la lógica de su respuesta.
—Merta. Traeré a Merta, pues. O a la señora Poyntz. Ellas sabrán qué hacer.
Kate apoyó la mano en la manga de su marido como si quisiera tranquilizarlo, darle consuelo.
—John, no hay nada que hacer. Así obra la naturaleza —dijo entre hipidos. Una larga pausa—. Lo siento… pero es que… lo deseaba… lo deseaba tanto. —Cada palabra le representaba un esfuerzo, y empezó a sollozar de nuevo.
Él la abrazó, advirtiendo por primera vez su fragilidad. Siempre la había visto como una mujer fuerte. ¿Acaso había perdido peso? Era poco probable teniendo en cuenta su voraz apetito… Claro, ahora lo entendía.
—Vendrán otros, Kate. Tendremos otro, ya lo verás. Ahora que recuerdo, mi hermana abortó al menos dos veces. —Le había parecido tan normal cuando se lo contaron. Se preguntó si en su caso habría habido tanta sangre, tantas lágrimas—. Pero antes debes restablecerte. Con mucho vino tinto para reconstituirte.
Al oír esto, ella rompió a llorar otra vez.
—Vamos, ángel mío, no debes tomártelo así. Te debilitarás aún más.
Ella se estremeció un poco y los sollozos remitieron. John la abrazó hasta que se quedó dormida. Entonces se levantó, limpió el suelo y recogió el vestido para que no fuera lo primero que ella viese nada más despertarse.
Mientras fregaba, advirtió que la mancha de pintura verde había desaparecido. Lo molestaba desde hacía semanas. Ahora le parecía una tontería.
En las semanas posteriores al aborto, John estuvo más atento. Iban menos a la Casa Inglesa y paseaban más por la orilla del río. Él la llevaba de la mano y la llamaba «ángel mío», pero solo le había hecho el amor una vez desde que perdió al bebé y con tanto cuidado que ella apenas se había enterado.
—En serio, John, no soy una muñeca de porcelana.
—Debes preservar las fuerzas.
Al menos esa era su excusa. ¿O era que en realidad no quería un hijo, no quería la responsabilidad de un hijo, pensando que lo distraería de su trabajo? Pero ella procuraba no pensar en eso, procuraba estar alegre por él. Aunque a veces pasaba varias horas sin pensar en el hijo perdido, de pronto le asaltaban las dudas y se preguntaba por qué no había podido traerlo al mundo y qué podía significar eso. Aun así, no quería preocupar a John y se callaba esos pensamientos.
Para cuando John anunció que iba a Augsburgo para asistir a la conferencia convocada por el emperador a fin de escuchar a la Confesión Luterana y posiblemente para reunirse con William Tyndale, Kate ya ni se acordaba de ese viaje. La decepción debió de reflejarse en su rostro.
—¿Por qué no me acompañas? —preguntó él.
Pero Kate no estaba muy segura de que un viaje en barco fuese lo que más le apetecía en ese momento.
—Dicen que la cuenca del Rin es espectacular. Y como traduzco para la Contaduría de la Hansa, y Augsburgo está en una de las rutas comerciales de la Hansa, no nos será difícil encontrar un pasaje barato.
Como ella no contestó de inmediato, recordando los intensos mareos que había padecido en El canto de la sirena, él pareció leerle el pensamiento.
—Si no recuerdo mal —comentó él, exhibiendo una amplia sonrisa—, se te dan muy bien los viajes por río.
El ala encogida del maltrecho espíritu de Kate se agitó un poco, como si estuviera a punto de desplegarse. Recordó el tiempo que habían pasado juntos en la pequeña litera de El canto de la sirena, haciendo el amor al ritmo del mar, lo cerca que parecían estar el uno del otro, ellos dos solos contra el mundo.
¿Qué era aquel brebaje que le había dado a beber Endor? Una infusión de jengibre. Sí. Era eso. Kate recordaba haber visto esa fea raicilla en el mercado de las especias. Se proveería bien, por si acaso.
El viaje a Augsburgo fue una decepción, aunque el paisaje de Renania era tan espectacular como John había prometido, y ella no se había mareado. El barco era más pequeño que El canto de la sirena, con solo una vela latina y cuatro tripulantes. Era uno de los barcos construidos por los astilleros de la Hansa especialmente para los mercaderes de la Liga Hanseática que navegaban por vías fluviales, así que, a pesar de su reducido tamaño, contaba con un camarote para pasajeros, provisto de una cama tan grande que John, después de darle un afectuoso beso de buenas noches y acurrucarse junto a ella durante un rato, pudo darse la vuelta y dormir el resto de la noche sin tocarla siquiera. Los bebés no se hacían así, pensó ella mientras permanecía en vela mucho después de empezar a oír sus ronquidos.
John se sintió frustrado porque, contra lo previsto, William Tyndale no acudió a la conferencia. Hacía calor y Kate se quedó fuera, a las puertas de la sala de audiencias, en compañía de un grupo maloliente formado en su mayor parte por hombres, esforzándose por oír las disertaciones mientras John escrutaba a la muchedumbre con la vana esperanza de localizar a su amigo. Esto de por sí no lo convirtió en el más agradable de los acompañantes, y además estaba indignado por el hecho de que la conferencia se hubiera trasladado a un espacio menor y al final la «confesión» fuera rechazada expeditivamente.
—No querían que la gente oyese sus refutaciones mezquinas ni la fuerza de la argumentación de Lutero.
Pero, a pesar de la decepción de John, Kate tuvo que admitir que intentó mostrarse atento y despreocupado, tanto que empezó a preguntarse si no estaría convirtiéndose en una carga para él.
Sentados en un banco del muelle, a la sombra de un almacén, miraban los barcos que llegaban en busca de uno que los llevara a casa, mientras comían pan y embutido y bebían una cerveza amarga que parecía encantar a John. A Kate el olor le recordaba el taller de cerveza de los Walsh. Arrugó la nariz y bebió un sorbo. Al menos era un líquido y ella tenía sed.
—En realidad, si te paras a pensar —comentó Kate—, ¿por qué iba a venir Tyndale? Es decir, si es un fugitivo por su fe religiosa, ¿no sería una estupidez por su parte asistir a una conferencia donde se han reunido todos los altos cargos del reino para reflexionar sobre las doctrinas a las que son hostiles?
—Eres muy sagaz, esposa mía. Así es precisamente como fue capturado Jan Hus de Bohemia tras prometerle un salvoconducto para asistir a un concilio papal. —Dio un bocado al embutido—. No estás comiendo. ¿Lo encuentras demasiado picante? ¿Te traigo otra cosa?
—No, John, estoy bien. En serio. ¿Qué le pasó a Hus? —preguntó, dando un pequeño bocado para tranquilizarlo.
—Cuando llegó a la conferencia, lo traicionaron, lo detuvieron y lo quemaron sin procesarlo. Lutero aprendió bien la lección de su predecesor bohemio. Rara vez se aventura a salir de la Sajonia protestante, donde vive bajo la protección del príncipe.
—Entonces ¿cómo puede llamarse confesión luterana si no está Lutero para profesarla?
—Envió su aprobación del documento por medio de su amigo Melanchthon.
Eso fue otra decepción para Kate. Sentía curiosidad por ver al gran Martín Lutero y tal vez incluso a su mujer. Se decía que Katharina von Bora viajaba a menudo con él.
—¿Dónde vive? ¿Lejos de aquí? ¿Crees que podríamos pedir audiencia con él?
—Uno pide audiencia con el papa —contestó John, dejando su jarra y cogiendo la de ella, aún medio llena, y el resto de su embutido sin comer—. Tengo entendido que Lutero se reúne con cualquiera que desee hablar de la doctrina o incluso pedir un favor, al margen de su posición o reputación. Ahora que lo pienso, puede que él hasta sepa dónde está Tyndale.
—Pero ¿si no puedes encontrar a Tyndale, cómo vas a encontrar a Lutero?
—Muy fácilmente. Lutero no tiene que esconderse mientras no salga de Sajonia. Me presenté a algunos miembros de la delegación luterana: tuvimos una interesante conversación sobre la naturaleza de la gracia. En todo caso, me han contado que Lutero vive en un viejo convento agustino en Wittenberg.
—Eso ¿a qué distancia está?
—No lo sé con exactitud. Está muy al noreste de aquí. Demasiado lejos. Al menos desde aquí.
Menos mal, pensó Kate. Ya estaba harta de la carne con especias y la amarga cerveza alemana. Incluso le hacía ilusión volver a la Casa Inglesa. Allí al menos la comida era buena. Pero primero tenían que encontrar un barco rumbo al norte. Solo habían comprado el pasaje de ida, pensando en coger otro barco mercante a su regreso. En el Kontor, la contaduría del almacén hanseático que se alzaba en el muelle detrás de ellos, les habían dicho que eran frecuentes los barcos que realizaban la ruta del Rin entre Augsburgo y Amberes. De momento, ese día solo había zarpado un barco en esa dirección, y no admitía pasaje. Pero Kate veía otros dos en el horizonte procedentes del sur. Confió en que uno de ellos pudiera alojarlos. El de mayor tamaño se acercaba. Algo en su aspecto le resultó familiar, aunque no estaba segura.
—John, ¿ese no es…?
—Es posible —contestó él, agachándose para recoger el baúl que tenía a sus pies. Ella se protegió los ojos del sol con la mano cuando El canto de la sirena se aproximó—. Sí, lo es. Vamos. Bajemos a donde van a descargar.
—Pero no tiene camarote para pasajeros. Recuerda aquel banco minúsculo que hacía las veces de cama.
—Lo recuerdo —dijo él con un brillo en los ojos—. Si la memoria no me engaña, nos las arreglamos bastante bien. —Y luego añadió—: si estás demasiado incómoda por la falta de espacio, dormiré en el suelo.
—Pero el capitán Lasser tuvo que renunciar a su propio alojamiento…
—Se alegrará de llevarnos. Acabamos siendo muy buenos amigos.
—Mientras yo echaba las tripas. Eso recuerdo yo.
Kate no comprendió su propia reticencia. El viaje anterior había sido agradable una vez que ella se recuperó del mareo, pero algo en el capitán Tom Lasser la inquietaba.
—¿Prefieres esperar otro barco? —preguntó él.
—No —respondió ella, sintiéndose como una tonta—. A saber cuánto tendríamos que esperar. Al fin y al cabo, no es más que una manera de volver a casa.