La librera y el hereje
Capítulo XXXVI
Deseo con toda mi alma, en nombre de nuestro Salvador Jesucristo, que os arméis de paciencia, y seáis frío, sobrio, sensato y circunspecto, y que mantengáis los pies en el suelo, evitando esas elevadas cuestiones que exceden la capacidad del hombre común… En cuanto a la presencia del cuerpo de Cristo en el sacramento, mejor será tocarlo lo menos posible.
Carta de Tyndale entregada bajo mano a Frith en la Torre, enero de
1533
Kate no había sentido el movimiento del bebé desde hacía días, desde que recibió la noticia de que John había sido arrestado. Al principio había hablado al niño en su vientre, tranquilizándolo. ¿Podía ser que el niño se diera cuenta? ¿Sentía su dolor? ¿O solo la fatiga que la invadía? Ahora el sueño era su amante, su consuelo, su compañero más querido, porque en el sueño estaba el olvido. El bebedizo a base de semillas de adormidera molidas endulzado con aguamiel que le había dado la señora Poyntz para calmarla se había convertido en un amigo cuyo consuelo y venturosa evasión buscaba con frecuencia. Tal vez el bebé dormía también.
Pero cuando permanecía insomne y atormentada por sus temores, por no tomar el bebedizo para que el niño despertara, este tampoco se movía. Supo entonces que el niño había muerto. Su corazón ya no latía dentro de ella, y su dolor fue tan profundo que imploró su propia muerte y al instante se arrepintió. John necesitará saber que su esposa lo espera, pensó.
Para cuando su cuerpo expulsó al niño muerto, ya no le quedaban lágrimas que derramar. Una vez llamó a gritos a John en su dolor, y se acordó de que su marido no estaba allí, tal vez nunca volvería a estar allí. Cuando la comadrona le puso en los brazos el cuerpo diminuto e inmóvil de su hijo, ella se maravilló ante tal perfección, y se preguntó si tenía los ojos azules, pero nunca lo sabría. Las ventanas de su alma nunca se habían abierto. No habría soportado pensar que el alma de aquel niño quedaba flotando para siempre en el limbo, como afirmaban los sacerdotes. Era reconfortante saber que no se hablaba de un lugar así en las Escrituras.
Cuando la comadrona lavó aquel cuerpo pequeño y perfecto, y lo envolvieron con la tela que habría servido de funda a su cuna —el paño con las puntadas torcidas que ahora lo envolvería en la eternidad—, cuando William Tyndale pronunció una plegaria y leyó el pasaje del Evangelio en que Jesús llama a los niños, Kate se quitó la medalla de santa Ana que llevaba al cuello y, tras rozarla con los labios, la puso en la diminuta mano del niño como un rosario. John no lo habría aprobado. No tenía fe alguna en las medallas de los santos. Pero John no estaba allí, y William era demasiado bondadoso para reprenderla. Ella había llevado el colgante cerca de su corazón del mismo modo que su hijo había permanecido cerca de su corazón. Lo enterraron en el jardín de la capilla. Kate marcó la tumba con un túmulo de piedras tan redondo y perfecto como el pequeño cráneo. Maese Tyndale grabó profundamente una cruz en la piedra de la base y la hundió con firmeza en la tierra. Daba igual que no hubiera sido bautizado, dijo William; su alma era inocente y retornaría a Dios.
Kate sangró durante tres semanas, hasta que pensó que su sangre, como el pozo de su dolor, debía de ser inagotable. De pronto cesó la hemorragia, y recuperó las fuerzas lo suficiente para volver a sus libros de cuentas y sus tareas de corrección de textos. Pero el dolor persistió. No regresó a las reuniones para el estudio de la Biblia. Ya no tenía ánimos para eso.
Todos eran amables con ella; casi todos los mercaderes la trataban como el cristal que los barcos traían de Venecia, pidiéndole discretamente noticias de John, ofreciéndole palabras tranquilizadoras, falsamente alegres, para darle esperanzas. Nadie mencionaba al niño, era como si no hubiera existido excepto para ella. Solo maese Tyndale le hablaba con verdadera comprensión.
Él sabe el riesgo que corren, pensó Kate. Siempre lo ha sabido. Y, sin embargo, sigue adelante como si actuara conforme a un trato ya pactado. Ha contabilizado el coste y ha calculado el valor, y se da por satisfecho. Pero ella no estaba tan segura de haber cerrado un trato así con Dios; quizá sus antepasados sí lo habían hecho, pero ella no.
Habló con William acerca de eso, y él dijo que no todos estaban llamados a aceptar ese trato.
—¿Creéis que John hizo ese trato?
—Creo que sí —respondió él, muy serio—, y cuando pienso en lo que eso puede representar para ti, me alegro de no haber encontrado nunca esposa.
—No querría que John se retractase por mí —declaró ella—. No querría cargar con ese peso en la conciencia. La decisión debe ser suya.
—En ese caso, no lo hará —afirmó William, y lo dijo con tal certidumbre que Kate sintió un escalofrío en la espalda. En presencia de aquel hombre, era fácil contagiarse de la fe, como uno se contagiaba de unas fiebres, pensó Kate. Quizá fue eso lo que le ocurrió a John. Ella también había padecido esa fiebre, en un tiempo en el que el mundo rebosaba nuevas posibilidades: antes de perder dos niños. Su fe debía de ser de una cepa más débil. La fe no se heredaba.
—Supongo que debemos aceptar la voluntad de Dios —dijo Kate, pero pensaba en su padre, que había muerto, en su hermano, que había sobrevivido, y en cómo habían sufrido los dos, en cómo había sufrido William, un animal perseguido durante una década. Si Dios quería que su palabra se difundiera en inglés, ¿por qué no lo propiciaba sin tanto sufrimiento? Pero no podía decir eso a William Tyndale.
En Navidad había recobrado ya fuerzas suficientes para sobrevivir, y ahora sus días estaban llenos de simulación y pasaba las noches sin necesidad del bebedizo de adormidera. Poco después de Año Nuevo recibió una carta del capitán Lasser. Tenía dos páginas, y ella la devoró con avidez. Decía que John recibía buen trato, no había sido acusado formalmente de herejía, sino solo de sospecha, e incluso le habían dado permiso para visitar el palacio de su antiguo profesor en Cambridge, Stephen Gardiner, que ahora era obispo de Winchester. Como el obispo Gardiner también había sido profesor de Tom durante su breve y poco destacado paso por Cambridge, esperaba poder transmitirle aún más compasión hacia John. Como obispo de Winchester, sin duda formaría parte del jurado clerical, en caso de que John tuviera que presentarse a juicio, cosa dudosa, ya que se consideraba que no existían pruebas suficientes para inducir al rey a dejarlo en manos de los «carroñeros de hábito negro».
Permiten a John recibir alguna que otra visita en la Torre, a veces incluso
de reconocidos hombres de la Biblia. De hecho, yo conseguí entrar a verlo
una vez. Os habríais reído de mi sobria indumentaria de clérigo, como se rio
él al reconocerme. Tenía buen aspecto, aparte de cierta palidez por estar
encerrado, pero su ánimo era bueno y habló con gran añoranza de su querida
Kate. Le aseguré que cuando os vi por última vez, estabais más hermosa que
nunca y exultante, y que lo echabais de menos hasta la locura y que tuve que
convenceros de que no vinierais a verlo. Convino conmigo en que debéis
quedaros donde estáis. Me encargó que os diga que, de lo contrario, él no
viviría en paz.
Poco después llegaron dos cartas del propio John, las dos con fecha anterior a la del capitán, una para Tyndale y la otra para ella, asegurándoles que estaba bien y que aunque le habían proporcionado en secreto pluma, tinta y papel, escribir le destrozaba los nervios, porque en cuanto oía las llaves en la puerta, debía esconderlo todo en el acto. Terminaba rogando a Kate que no pensara que había incumplido su palabra aun si no llegaba a casa por Navidad para dar la bienvenida a su hijo.
La aflicción de Kate regresó con la fuerza de un dolor físico. No lo sabía, claro. ¿Cómo iba a saberlo? Y entonces pensó que si él… si ocurría lo peor… tal vez nunca lo sabría. Al menos se ahorraría esa pena. Si volvía a casa, le sería más fácil afrontarlo. Para él, el niño nunca había sido algo tan real como para ella. No lo había llevado junto a su corazón.
—¿Debo decirle lo de su hijo? —preguntó a William, sabiendo ya qué le contestaría.
—Tienes que decirle la verdad, pero dile solo que perdiste al niño, no cuánto tiempo lo llevaste en el vientre ni las circunstancias de su muerte. John no estaba aquí para ver lo hermoso que era su hijo. No sentirá esa pérdida tan intensamente como tú —aseguró. Ella creyó detectar cierta melancolía en su voz—. Solo pensará en ti. Asegúrale que estás bien.
William siempre daba buenos consejos.
John agradecía las visitas. Eran la única interrupción en la deprimente monotonía de sus días. La luz invernal que entraba por la única ventana era mínima, y la celda estaba siempre fría. Había contraído una tos que lo sacudía de tal modo que al final le dolía el pecho. Permanecía sentado a oscuras la mayor parte del tiempo, reservando los escasos cabos de sebo que Cromwell le proporcionaba para sus ratos de escritura. Casi había concluido su discurso para John Rastell, yerno de Tomás Moro e impresor. Conocía lo suficiente a Rastell para saber que al menos escuchaba los argumentos del otro bando. Si se convirtiera, sería un gran paso; no solo estaba bien situado como impresor con licencia en Inglaterra para ayudar a la causa, sino que además John sentía simpatía por él.
Elaboró su argumentación para Rastell durante horas en la cabeza antes de encender su preciada vela con el pedernal que le había enviado Cromwell. Seguía escribiéndolo en su mente cuando oyó el tintineo de las llaves ante su puerta.
En un acto reflejo dio un respingo, pero no tenía pluma ni papel que esconder. Todas las pruebas estaban en su cerebro. Aún era temprano para la cena, así que debían de haber permitido la entrada a un visitante. Quizá al capitán Lasser. Le había prometido que volvería. Pero cuando la puerta se abrió, supo de inmediato, por la estatura de aquel hombre, que no era el capitán. John sintió una momentánea decepción, pues sabía que Tom tendría noticias de Kate y su casa. Pero el pequeño sastre le caía bien.
—Maese Holt, qué amable por vuestra parte haber venido. El viaje desde Chelmsford es largo, y más en un día como este.
—He venido a Londres a comprar tela. En Chelmsford no hay mucha seda de calidad.
Recorrió la celda con una rápida mirada a la vez que se situaba delante de la puerta, aún abierta, para impedir que se viera el interior desde fuera. Levantando la voz lo suficiente para que el guarda lo oyera, dijo:
—Mi mujer os envía un poco de su tarta de manzana. La última vez os gustó mucho. El chambelán de la Torre me ha dado permiso para dárosla.
A continuación, guiñó el ojo a John y le entregó el paquete envuelto en hule. Al percibir el olor de la canela y la manzana, a John se le hizo la boca agua, pero no lo abrió. Esperaría a que su visitante se marchase y la puerta estuviese cerrada, pero sabía que en el centro de la tarta había una vela dentro de un rollo de pergamino.
—En el tarro hay un poco de esa morcilla por la que sentís tanta debilidad.
—Adoro la morcilla —dijo John, dando las gracias por la tinta al pequeño sastre con una sonrisa y un gesto de asentimiento—. Dad las gracias a vuestra mujer de mi parte. ¿Queréis sentaros conmigo un rato? Contadme las noticias que oís en vuestros viajes por Essex.
Fuera, el guardia se alejó para reunirse con sus compañeros al final del pasillo. Pronto llegaron a través de la puerta abierta los juramentos de los hombres mientras jugaban a los dados, ahogando con sus ruidos la conversación de John y el sastre.
Mease Holt bajó la voz hasta hablar casi en un susurro.
—Todo el mundo os manda saludos. Les preocupa vuestra salud.
—Decidles que sigan rezando por mí, pero estoy bien… —Tuvo un arranque de tos, y el sastre enarcó las cejas en expresión de alarma—. Relativamente bien, dadas las circunstancias.
—Hablamos de vos en nuestra última lectura de la Biblia. El tema era la Última Cena del Señor. Intenté explicarles, basándome en las pocas notas que me disteis, lo que habíais dicho, pero, por desgracia, mis palabras carecen de elocuencia.
—Ese es un tema muy controvertido incluso entre los hermanos. Quizá sea mejor que os limitéis…
—Pero quedaba tan claro tal como vos lo expresasteis. Ojalá pudieran oíros. —Y de pronto pareció encenderse una luz en su cabeza—. Si pudierais poner por escrito vuestro sermón… no solo los puntos, sino todo el contenido con vuestras propias palabras, y yo pudiera leérselo a ellos, sería casi como si vos estuvierais allí. Redundaría en gran provecho de su discernimiento.
Como John no le contestó de inmediato, el sastre prosiguió.
—No querría hacer nada que os ponga en mayor peligro, claro está. Es solo que anhelamos una verdadera comprensión de la Palabra de Dios… La Iglesia ha convertido lo que debería ser sagrado en un rito supersticioso y antiguo.
¿Cómo podía John negarse ante espíritu tan afín?
—¿Hasta cuándo estaréis en Londres?
—Solo hasta mañana.
—No sé si me dará tiempo… debo andar con cuidado por temor a…
William Holt se encogió de hombros.
—Si es demasiado… tal vez en otro momento. En cualquier caso, vendré a veros antes de marcharme, si me dejan. Hay una taberna cerca del puente de la Torre donde hacen unas empanadas de carne excelentes. Os traeré una.
—¿Podría abusar de vuestra generosidad y pediros dos? Hay aquí un pobre hombre llamado Petite, un tendero que por desarrollar un visible apego a la Palabra de Dios entró en conflicto con Tomás Moro —soltó una amarga risa—, como nos pasará a todos tarde o temprano. Registraron su casa y no encontraron nada, ni tienen testigos para declarar en su contra, y aun así Moro se niega a ponerlo en libertad pese a que está muy enfermo. A veces el chambelán me permite visitarlo. Una buena empanada de carne quizá le levante el ánimo.
—Pues que sean dos empanadas —y otro guiño—, y más tarta de manzana para sustituir la que consumiréis esta noche. Es una compensación muy pequeña por la buena obra que hacéis. Mañana volveré.
Su visitante salió al pasillo. El guardia se acercó con andar cansino al cabo de unos minutos y cerró la puerta. En cuanto John oyó girar la llave en la cerradura y apagarse las pisadas, partió la tarta de manzana y sacó la pluma y el papel. Después, acercando al centro de la celda la inestable mesita que Cromwell le había procurado, se encaramó a ella y retiró con cuidado el ladrillo encajado en un orificio del techo.
—Psst, Petite —llamó en un susurro—. ¿Estáis despierto?
En respuesta, oyó una voz ronca.
—Venid al agujero. Tengo un manjar para vos. —Y pasó un pedazo de tarta de manzana a través del techo.
Una mano descendió y lo cogió.
—Que Dios os bendiga, John Frith, que Dios os bendiga.
A continuación, bajándose de la mesa, John encendió su cabo de sebo, empuñó la pluma y, hundiéndola en la «morcilla», empezó a escribir: «La misa no es un sacrificio, sino una evocación del sacrificio y una garantía de salvación que Dios nos ha concedido».
La llama de la vela resplandecía uniforme y viva, como hace una llama nueva. Su estabilidad lo distrajo por un momento, hipnotizándolo. Como en trance, acercó el dedo manchado de tinta en la llama hasta que sintió la quemadura. Apartándolo con una mueca de dolor, se lo llevó a los labios para aliviárselo. Thomas Bilney, antes de ser quemado, solía hacer esto a fin de prepararse para el dolor. ¿Tendré tanto valor como él demostró en la hoguera?, se preguntó. Muchos buenos hombres no lo tienen.
Pero si se comportaba de otro modo, defraudaría a su Señor y sería una vergüenza para él… y una vergüenza para su esposa. Él nunca olvidaría el pesar que vio en el rostro de Kate cuando ella habló de su hermano. Sacándose el dedo de la boca, lo puso de nuevo en la llama. ¿Eran imaginaciones suyas o esta vez aguantó más tiempo? En esta ocasión, al retirarlo, no se lo llevó a los labios, sino que, ajeno al dolor, levantó la pluma.