La librera y el hereje
Capítulo XLII
Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.
De la epístola del apóstol san Pablo a los Corintios
Kate pasó los días y las semanas posteriores como una sonámbula. No lloró a John en ningún momento. Ni fue a la iglesia de St. Dunstan. John no dormía allí como tampoco su hijo dormía bajo el túmulo de piedras en el jardín de Amberes. Ambos eran solo cenizas y polvo. Sus almas habían regresado junto a Dios. Como haría la suya si dependiera de su voluntad. Pero Endor cuidaba de ella fielmente, y su cuerpo se fortaleció día a día.
Aunque el capitán pasaba casi todo el tiempo en Woolwich, donde estaban reparando su barco, la visitaba a menudo, llevándole alimento y dinero, advirtiéndole de que no volviese a abrir la tienda para no llamar la atención. Cromwell había ordenado que la pusieran en libertad, pero no debía dar nuevos pretextos a Tomás Moro. Él no tenía por qué preocuparse; Kate no sentía el menor deseo de volver a abrir la tienda. Algunos días se planteaba distraídamente su futuro, qué sería de ella cuando el capitán se marchase, pero era como si viera a un personaje en una de las representaciones del gremio. Transcurrió el verano sin incidentes, lo cual era irónico ahora que ya todo le traía sin cuidado. Le daba igual si Tomás Moro iba a por ella. ¿Qué más podía hacerle?
Maese Tyndale le escribió. En su carta decía que John seguiría vivo en la gran obra que había realizado. Sus palabras eran bien intencionadas y la finalidad era ofrecerle consuelo. No lo consiguió.
Sir Humphrey se presentó un día para darle el pésame y preguntarle si necesitaba algo. Kate no tenía más que hacérselo saber, dijo. Le devolvió la Biblia que ella le había vendido —parecía haber pasado toda una vida desde entonces—, diciendo que sin duda desearía tener consigo semejante tesoro de la familia. Kate le dio las gracias, y en cuanto él se fue, la envolvió y la guardó de nuevo en su escondrijo, pensando en lo ligado que había estado a ese libro sagrado el destino de su familia durante tantas generaciones, para bien y para mal. Pero ya no se enorgullecía de él como antes. No sentía nada… hasta que un día tuvo otra visita.
Al principio no reconoció a la joven que llamó a su puerta.
—La tienda está cerrada —respondió Kate por la puerta entreabierta.
—He visto luz y vuestra silueta a través de la ventana y he pensado que quizá fueseis vos —dijo la mujer.
—Lo siento. Debéis de estar confundida. —Algo en la actitud de la mujer, su barbilla pequeña y afilada, la niña rubia que llevaba cogida de la mano, avivó su memoria. Aquellos ojos azules de mirada transparente…—. ¡Sois Winifred! ¿Y esta es… la pequeña Madeline?
La mujer asintió, sonriente.
—Ya no es un bebé.
Winifred tenía arrugas en las comisuras de los ojos y se movía con menos brío del que Kate recordaba. Tenía ojeras y el rostro pálido y contraído. Esos últimos años la vida no la había tratado bien.
La niña, que era la salud personificada, miró a Kate con curiosidad.
—¿Sois la librera que antes vivía aquí?
A Kate se le hizo extraño notar la risa en su propia garganta.
—Bueno, antes era librera. Pero de eso hace mucho tiempo. —Se arrodilló y cogió la mano de la niña—. Veo que has estado ocupada durante mi ausencia, ocupada dejando de ser bebé para convertirte en una niña preciosa.
Madeline, con los ojos muy abiertos de satisfacción, miró a su madre.
—Tenías razón, mamá. —Asintió como si fuera ella quien tuviera la última palabra acerca de cualquier tema—. Es amable.
Kate las invitó a entrar y les ofreció las galletas con miel de Endor. Cuando la niña alargó el brazo hacia los dulces, advirtió que llevaba un vestido muy bonito, aunque la mala calidad de la tela contrastaba con la elegante confección.
—Llevas un gorro muy mono, Madeline. —Kate le ofreció una segunda galleta.
Los ojos de Winifred, de un hermoso color azul aciano, un poco más claros que los de su hija, se entornaron cuando una sonrisa se reflejó en ellos.
—Ser la hija de una costurera pobre tiene sus ventajas —comentó.
Pero Kate advirtió lo consumida que se la veía y lo delgados que tenía los brazos.
—¿Y vuestro marido? —preguntó Kate—. ¿Está bien?
Winifred bajó la vista para mirar a la niña y dijo en un susurro:
—Mi francés murió en los disturbios del primero de mayo hace dos años.
—Cuánto lo siento —comentó Kate, recordando que incluso a Amberes había llegado la noticia de la matanza de trabajadores extranjeros. Después de un breve silencio, añadió—: Tenemos algo en común, también yo he perdido a mi marido.
A partir de ese día la mujer y la niña la visitaron con frecuencia. A lo largo del otoño y el invierno Kate las esperaba con ilusión, instando a Endor a tenerla siempre aprovisionada de aquellas galletitas de miel y ofreciéndose a cuidar de la niña los días que la madre tenía que desplazarse lejos de allí. En más de una ocasión apareció el capitán, quien, por lo visto, se encariñó con la niña. Kate los observaba jugar y se reía de él, arrodillado en el suelo con sus elegantes calzones, fingiendo ser un caballo encorvado mientras Madeline se aferraba a su espalda, chillando de placer. Un día le llevó un gato, al que Madeline de inmediato le puso el nombre de Chorreras, por la mancha blanca en la garganta.
—Como la del capitán —dijo la niña, señalando el adorno de encaje en la pechera de Tom. Este respondió a la risa de Kate imitando los gestos de un caballero de la corte.
Kate había reparado en que últimamente el capitán vestía con mayor elegancia que de costumbre. Supuso que algunos de esos cortesanos de los que se burlaba lo ayudaban a financiar la reconstrucción de su barco con sus juegos de azar. Pero ¿qué podía decir ella, dado que esas mismas ganancias contribuían a pagar la comida y las velas que Endor y ella consumían?
En invierno, la luz del día era un bien muy preciado, y como el gremio tenía unas reglas muy estrictas y prohibía el trabajo de costura a la luz de las velas, Kate se ofreció a vigilar a Madeline a diario para que la madre pudiera trabajar ininterrumpidamente. Era fácil cuidar de la niña, y la librería se le antojaba menos lúgubre cuando ella estaba allí. Endor disfrutaba de su compañía casi tanto como Kate. Las dos jugaban con muñecas de trapo, sin pronunciar palabra. Contemplar sus elaboradas pantomimas proporcionaba a Kate horas de distracción de su dolor. Casi podía olvidar su aflicción, hasta que un día cayó en la cuenta de que había pasado toda una tarde mirándolas sin pensar en John. Ni una sola vez. Fue entonces cuando por fin las lágrimas empezaron a correr.
Después de eso se sintió mejor. No mucho, pero sí mejor. Escenas imaginadas de la agonía de John desfilaban por su mente en ráfagas desgarradoras, pero la pena se diluía cada vez más en una sensación de pérdida dolorosa. Incluso lo lloraba en sueños. Pero los momentos de olvido eran cada vez más frecuentes, sobre todo cuando el capitán la visitaba, proporcionando júbilo a Madeline y golosinas especiales para todos.
Y pronto surgió una inquietud distinta con la que distraerse al ver que Winifred estaba cada vez más delgada. La mujer apenas comía, ni siquiera el pan con levadura de Endor.
—¿Os encontráis bien? —preguntó un día Kate cuando un violento ataque de tos asaltó a la pequeña costurera—. Endor tiene un elixir mágico para eso.
Winifred bebió la infusión aromática y la tos remitió, pero a Kate le pareció ver una diminuta mancha de sangre en el jirón de hilo en el que Winifred tosía antes de que se apresurara a metérselo de nuevo en la manga. Kate no lo mencionó. No quería alarmar a la niña, que jugaba con un abejorro de madera que el capitán Tom le había regalado. Era un ingenioso invento, con las alas pintadas de vivos colores y ruedas de madera que giraban cuando Madeline tiraba de un cordel.
—Estaré mejor en primavera —dijo Winifred.
—Quizá, pero creo que trabajáis demasiado.
Winifred exhaló un suspiro de agotamiento.
—Desde que no está mi francés, las cosas son más difíciles. —En ese momento levantó la vista y sonrió a su hija, que había interrumpido su juego—. Pero estamos bien, ¿verdad, Madeline?
La niña había estado escuchando mientras jugaba. Kate lo vio en las arrugas que aparecieron entre sus ojos azules.
—Todos nos sentiremos mejor cuando el señor sol vuelva a Londres, ¿no es así, Madeline? —preguntó Kate tan alegremente como pudo.
Madeline asintió y tiró del cordel del abejorro. Sus alas chirriaron y las ruedas traquetearon en el suelo de madera, pero las arrugas permanecieron en el rostro de la niña.
A mediados de Adviento, saltaba a la vista que Winifred había entrado en franco declive. Tuvo que guardar cama y estaba tan débil que apenas podía cuidar de sí misma, y menos aún de su hija.
—Dejad que Madeline se quede con Endor y conmigo hasta que os recobréis — propuso Kate cuando, después de no ver a su amiga durante varios días, fue a buscarla. Vivía en una habitación detrás de una sastrería, una habitación pequeña, mal iluminada para una costurera, y salpicada de patrones de vestidos y piezas de seda que parecían fuera de lugar en aquel espacio vacío y empobrecido.
—Endor vendrá todos los días a cuidaros hasta que estéis mejor, y yo traeré a Madeline de visita.
Esperaba una protesta, pero Winifred la miró con lágrimas en los ojos.
—Eso sería un gran alivio. Que ella no tenga que verme así y saber que está bien cuidada —dijo antes de otro ataque de tos.
Después de unas semanas tomando los elixires curativos para el catarro de Endor, ninguno de los cuales parecía surtir el menor efecto en la tos de Winifred, el capitán mandó a un médico a verla, pero el diagnóstico no fue bueno. Cabía la posibilidad — incluso la gran probabilidad— de que la mujer no se recuperara. Kate no podía negar la evidencia cuando miraba a Winifred, apenas una sombra de la joven animosa que en otro tiempo se echó a correr y dio un tirón de orejas a un cortabolsas.
—Sé que es mucho pedir. Ya tengo una gran deuda con vos. Nunca podré devolveros vuestra amabilidad —comentó Winifred cuando Madeline llevaba quince días con Kate—. Pero solo serán unos pocos días más. Me siento más fuerte cada día.
Pero Kate sospechaba, por el brillo rosado en la tez normalmente pálida de su amiga, que tenía fiebre. Le pediría a Endor que volviera con una infusión de milenrama, camomila y angélica.
—Me encanta tener en casa a Madeline —dijo ella—. Es una fuente de alegría. Vos concentraos en vuestra curación.
—Una cosa más… —Winifred bajó la voz para que Madeline, que se había dormido en los brazos de su madre, no la oyera—. Por si acaso yo… por si acaso pasara algo, hay una noble para la que coso, la condesa Clare. Vive en una casa grande cerca de la puerta de acceso al obispado, la primera calle después de Crosby Hall. —Bajó la mirada hacia la niña dormida y le acarició el pelo con delicadeza, a todas luces armándose de valor para seguir adelante—. Cuando empecé a toser sangre, me asusté. A mi hermana le pasó lo mismo antes de… antes de…
Kate indicó con un gesto que la entendía para que ella no tuviera que decirlo.
Winifred prosiguió en un susurro, acariciando aún el cabello claro de la niña.
—La condesa accedió a aceptar a Madeline en el servicio como ayudante de cocina si me ocurriera algo. Si ella pudiera quedarse con vos y Endor hasta que se acostumbrara a… la idea, y vos pudierais cuidar de ella… al principio. Puede que se sienta sola y…
—Cuidaré de ella, Winifred. No os preocupéis.
Winifred tendió su otra mano, la que no usaba para acariciar a la niña, y estrechó la de Kate. Tenía la piel alarmantemente caliente.
—Habéis sido muy buena conmigo —dijo—. Si puedo rogaros un último favor… Mi francés está enterrado en el camposanto de St. Dunstan. Conozco al sacerdote de allí. Ha accedido a… Solo tenéis que pedírselo.
Por un momento Kate no habló, porque dudó que le salieran las palabras. La iglesia de St. Dunstan. «Enterramos sus cenizas en el camposanto de la iglesia de St. Dunstan.» Trató de tragarse las emociones junto con el nudo en la garganta y suplicó que la niña no despertara.
—Claro que sí, se hará lo que deseéis. Pero es por la fiebre que habláis así. Os recuperaréis. Conseguiré algo para bajaros la temperatura. Si Madeline despierta, decidle que enseguida vuelvo.
Winifred cerró los ojos y asintió.
Kate regresó cuando no habían transcurrido ni veinte minutos. El té aún humeaba. La niña seguía dormida en los brazos de su madre. Winifred también dormía. Pero el suyo era un sueño del que nunca despertaría. Murió dos días después.
—Debéis de estar harto de acudir siempre en mi ayuda —dijo Kate. Era una mañana gris de invierno, y el capitán Tom y ella estaban solos junto a la tumba de Winifred.
El párroco de St. Dunstan había acabado de leer el salmo y se había marchado. Kate no soportaba ver al enterrador echar la tierra sobre el cuerpo frágil de Winifred. El frío la entumecía y la soledad trepaba desde la tumba a sus pies. Le habrían flaqueado las piernas de no haber sido porque el brazo del capitán la sostenía por detrás, apoyo que ella agradecía. Se alegraba también de haber dejado a Madeline con Endor. Lo último que la niña recordaría de su madre no sería esa horrenda escena, sino el consuelo de los latidos de su corazón mientras ella se quedaba dormida sobre su pecho.
—Os estoy muy agradecida, capitán. No sé cómo habría superado estas semanas y meses sin vos. Pero sé que esto no puede seguir así eternamente —admitió ella—. Esta es la última vez que os aparto de vuestros amigos, os lo prometo. Temo haberme convertido en una carga.
—Es una carga muy pequeña, Kate. Creo que puedo sobrellevarla.
—Puede que vuestra amiga no me considere una carga tan pequeña.
Cuando Winifred murió, y sin saber adónde acudir, Kate había ido a la vivienda de Cheapside donde se alojaba Tom Lasser cuando no estaba en Woolwich trabajando en su barco. Había rogado encontrarlo allí. Pero cuando él abrió la puerta que el casero había indicado a Kate, ella anunció a borbotones su estado de necesidad y de inmediato se arrepintió. Desde el interior iluminado por velas de la íntima sala de estar, llegó una voz femenina que exigió: «Sea quien sea, Tom, échalo. Hoy te quiero solo para mí».
—Al decir amiga, debéis de referiros a Charlotte, ¿no? Es una viuda de Lübeck, que casualmente estaba en Londres por razones de negocios. La conozco desde hace mucho tiempo. Su marido era comerciante textil. Mucho mayor que ella. Falleció, dejándola rica y todavía joven para disfrutar de la vida.
—Es muy guapa —comentó Kate, recordando el mohín en los labios rojos de la mujer rubia que se había asomado por encima del hombro del capitán y había escrutado con expresión burlona a Kate mientras él se ponía su jubón.
—Sí, supongo que lo es —respondió él—. Lo suyo le cuesta.
Para entonces la tumba estaba ya medio llena y no se veía la mortaja. Kate procuró no pensar en los huesos pequeños de Winifred bajo el peso de tanta tierra. Pero ¿cuándo no había soportado ella un gran peso, esa mujer de cuerpo frágil y corazón de león, cuya vida había sido una lucha de principio a fin, tan distinta a la de la viuda rica y hermosa de Lübeck? ¿Dónde estaba la justicia en eso? Kate apartó la vista de la tumba, incapaz de seguir mirándola. ¿Estaba Charlotte esperando al capitán cuando él regresó la noche anterior? ¿Le contó acaso él cómo habían llevado a Winifred a las monjas para que la lavaran y la depositaran en la capilla? ¿Le contó que él había pagado el oficio fúnebre por una pobre costurera? Había dado instrucciones a las monjas como si Winifred fuese su propia hermana. «Candelas junto a la cabeza y los pies toda la noche», había dicho. Había pagado también la tumba, dentro del camposanto, no en la fosa común. ¿Conocía la hermosa viuda de Lübeck el corazón de Tom Lasser?, se preguntó Kate. ¿O a ella le interesaba solo el apuesto capitán de barco con sus ingeniosas respuestas y su radiante sonrisa?
—Confío en que tuvierais ocasión de verla otra vez antes de su partida. —Kate sintió su propio rubor por la mentira y esperó que él no lo notara.
—Ah, aún no se ha ido. Se quedará aquí una temporada. Está visitando las tiendas inglesas. La traeré para presentárosla, si queréis.
Kate no quería. Sintió un repentino e irracional rechazo por la viuda rubia de Lübeck con el mohín en los labios.
—No la molestéis. Seguro que a ella no la complacería. Recuerdo que dijo algo así como que quería teneros para ella sola.
Había empezado a levantarse una tenue bruma, aumentando la tristeza del día. John dormía en algún lugar de ese mismo camposanto. Ella nunca había visto su tumba, ni quería. Sin embargo, de repente, pensó que era incapaz de marcharse de allí sin visitarla.
—Si estáis en condiciones de verla, Kate, os acompañaré —dijo el capitán como si le hubiera leído el pensamiento—. Está por allí. Junto al muro.
Ella asintió, ahogando un repentino sollozo. Él la guio unos pasos más allá de la tumba de Winifred, justo allí donde una enredadera trepaba por el muro de piedra. Habían crecido tallos de hierba sobre el túmulo. Le sorprendió lo grande que era.
—Creía que habíais dicho…
—Quedaban unos cuantos huesos, dispersos entre las cenizas. Los metimos en una caja.
Ella señaló la sencilla cruz, pequeña pero de piedra labrada, clavada en la cabecera. No llevaba nombre.
—¿La pusisteis vos?
Él asintió.
—No pudimos poner el nombre. Ya bastante difícil fue para Monmouth conseguir que lo enterraran en el camposanto.
Él se alejó unos pasos, y ella se agachó para acariciar la lisa piedra con los dedos, sintiéndose de pronto serena y en paz.
—Te echo de menos, John —susurró—. Cuida de mi amiga Winifred. Te habría caído bien, lo sé. Era valiente. Como tú.
Luego se irguió y se dirigió hacia el lugar donde el capitán Lasser esperaba al pie de un tejo. Ninguno de los dos habló mientras regresaban a Paternoster Row.
—¿Mamá sigue debajo de la tierra en el camposanto? —preguntó Madeline una semana después del entierro.
—No, ha ido al cielo.
—Pero no he podido decirle adiós —se quejó la niña, enfurruñada.
—Puedes decírselo cuando pronuncies tus oraciones. Tú dale el mensaje a Dios, y él se encargará de hacérselo llegar.
—¿Volverá mamá mañana?
—Mañana no.
Aquello se convirtió en una letanía entre ellas.
Un día Madeline, pasada ya una semana, andaba muy pensativa.
—¿Está mamá con papá? —preguntó.
—Sí, Madeline. Está con tu padre —contestó Kate, viendo con alivio que por fin la niña lo entendía.
—¿Se quedará Madeline con Kate y Endor? —quiso saber la niña.
—Madeline se quedará con Kate y Endor —respondió Kate. No pudo añadir: «durante un tiempo, hasta que se vaya a vivir a una gran casa cerca de la puerta del obispado». Las palabras no le salieron. Todavía no. Era demasiado pronto.
—Qué bien. A Madeline le gusta estar aquí.
Aludirse a sí misma en tercera persona se convirtió en un hábito que se prolongó durante varias semanas, pero Kate comprendió que a la niña le proporcionaba cierta distancia respecto a su pérdida, y no se lo corrigió. Kate sabía bien lo que eran la pérdida y la distancia. Solo entonces empezaba a asimilar la plena realidad de su viudedad.
La condesa había enviado a un criado a recoger a la niña tres días después del funeral, diciendo que se había enterado de la muerte de la costurera y que el párroco de St. Dunstan le había informado de que la niña estaba con ella.
—Milady desea saber si la niña está aprendiendo a coser —había dicho el lacayo.
—La niña no cose, pero es lista. Está aprendiendo a leer y a escribir.
—Creo que a mi señora solo le interesará la costura. Probablemente la niña empezará en la cocina si no sabe coser.
Y allí acabará, pensó Kate.
Había dado largas al lacayo hasta pasado el Año Nuevo, aduciendo que la niña estaba aún afligida por la pérdida de su madre y que era demasiado pequeña para empezar a servir. Es inútil aplazarlo, se reprendió cuando el criado se fue. ¿En qué estaba pensando? Su único sostén provenía de un hombre que pronto se marcharía. ¿Cómo iba a cuidar de sí misma, y no digamos ya de una niña? Madeline no haría más que apegarse aún más a su nueva casa. Cuando finalmente tuviera que irse, el dolor sería mayor, para ambas.
Cuando acabó el año, Kate sentía temor cada vez que llamaban a la puerta, medio esperando que el lacayo de la condesa se presentara para reclamar a Madeline. Incluso si Kate concebía una manera de mantenerla, Winifred había dicho que tenía un acuerdo con la mujer. ¿Implicaba eso alguna obligación legal? ¿Qué iba a decirle a la niña si tenía que dejarla ir? Pero concluida ya la primera semana del año nuevo, no fue el lacayo quien hizo su aparición no deseada.
El primer impulso de Kate al asomarse a la ventana fue no abrir, pero Madeline, antes de que Kate pudiera impedírselo, corrió a la puerta gritando:
—¡Es el capitán! Madeline abrirá la puerta. —Y poniéndose de puntillas, levantó la tranca con las dos manos—. Ah, no sois el capitán —dijo, desilusionada, cuando entró Margaret Roper.
La niña, de pronto cohibida, corrió hacia Kate y se escondió detrás de sus faldas.
—Cuánto me alegro de que hayáis abierto la puerta —saludó la señora Roper—. Vine justo después de… morir vuestro esposo, y no estabais aquí. Me quedé preocupada.
Permaneció de pie en la puerta, dejando entrar el aire frío en torno a ella. Kate no la invitó a pasar.
—¿No os lo contó vuestro padre, pues?
—Solo me dijo que habíais vuelto a Londres.
—Sí, volví a Londres. El gran y caritativo sir Tomás me entregó a la prisión de Newgate. Me encerraron con las maleantes trastornadas mientras daban muerte a mi marido. Seguiría allí si no fuera por la intervención de un buen hombre.
—Ah —respondió la visitante con una expresión de malestar en el rostro—. No lo sabía. —Tendió la mano con la palma hacia arriba como si pidiera algo a Kate—. Mi padre… si lo hubieseis conocido antes, ya no es el mismo. Ahora solo piensa en los herejes. No hace más que hablar de Tyndale.
—Pues os ruego, señora Roper, a menos que vuestra visita no sea de buena voluntad como vos decís, que no le recordéis mi existencia.
—¿Puedo pasar, por favor? ¿Solo un momento?
Kate movió la cabeza en un parco gesto de asentimiento, y Margaret Roper dio un par de pasos al frente y cerró la puerta a sus espaldas. Kate no la invitó a sentarse.
—He aprendido una lección difícil acerca de mi padre. Podéis estar segura de que no le mencionaré vuestro nombre nunca más. Espero que sepáis que no fue por obra mía que se destruyó la prensa de vuestro hermano. Yo no sabía nada de eso. Pedí a mi padre que procurara su puesta en libertad. Me prometió que lo haría.
—Lo pusieron en libertad. Me complace decir que ahora vive en un ambiente menos hostil.
Madeline debió de percibir la tensión entre las dos mujeres. Normalmente muy locuaz incluso en presencia de desconocidos, ahora permanecía en silencio pegada a Kate.
—No sabía que teníais una hija —dijo la señora Roper—. Eso agrava aún más la pérdida de vuestro marido. He oído contar que se enfrentó a la muerte con mucho valor. He rezado por su alma todos estos meses y deseo deciros que lamento muchísimo el papel desempeñado por mi familia en vuestro infortunio.
Kate apartó a la niña de su falda y la cogió en brazos, de pronto sintiéndose amenazada, y esta vez no solo por ella misma.
—Y deseo ofreceros ayuda —añadió la señora Roper, lanzando una mirada elocuente a los estantes todavía vacíos—. Voy de camino a la casa de beneficencia. Mi padre no necesita saber que su caridad se extiende a sus enemigos. Puedo…
Kate no podía dar crédito a lo que oía.
—Señora Roper, veo por vuestra actitud y vuestras palabras que lamentáis sinceramente… el… el papel desempeñado por vuestro padre en la persecución de mi familia. Pero debéis saber que aceptaría la caridad del mismísimo demonio antes que la de Tomás Moro. Mi hija y yo nos las arreglaremos perfectamente.
«Mi hija.» Lo había dicho. Margaret Roper así la había descrito, y Kate lo había afirmado. Endor, que había observado la conversación entre las dos mujeres, miró a Kate, y en un gesto que Kate recordaba, se señaló con dos dedos de la mano derecha sus propios ojos muy abiertos y luego los de Madeline. «Ojos azules.»
Mi hija tendrá los ojos azules.
Mi hija tiene los ojos azules.
La decisión estaba tomada. Madeline era en efecto su hija, y pasara lo que pasara, se las arreglarían.
—¿Desea algo más, señora Roper? —preguntó Kate.
En respuesta al rechazo, la mujer se dio media vuelta y apoyó la mano en el pasador.
—Solo una cosa más, señora Frith. Por favor, rezad por nosotros. En estos tiempos, Chelsea no es un lugar feliz.
Kate se sorprendió tanto que casi no pudo responder.
—Rezaré por vos, señora Roper. No creo que pueda rezar por vuestro padre. No soy una santa.
La mujer asintió y cerró la puerta al salir. Meses después, cuando Kate se enteró desde el otro lado del mar de que el rey había mandado decapitar a Tomás Moro, recordaría la tristeza en la cara de Margaret Roper, y no se regodeó en ello.
Kate no se alegró de la llegada de la primavera. Los primeros narcisos apenas habían levantado la cabeza en las pequeñas macetas frente a la tienda —¿acaso habían florecido cada año durante su ausencia, agitando valientemente sus estandartes amarillos en señal de desafío y esperanza?— cuando el capitán empezó a hablar de su marcha. Su barco estaba casi totalmente reparado. Kate comenzó a plantearse cómo sobreviviría sin su apoyo.
Endor vendía sus galletas con miel y sus bollos a los trabajadores y los barqueros de camino a los muelles cada mañana, y trocaba dulces por harina con la mujer del molinero y por leche con el lechero. Kate trabajaba de escribana para los analfabetos y copiaba a mano, en pergaminos, poemas y canciones de amor ya impresos para venderlos, adornándolos con cenefas y presentándolos enrollados y atados con cordones y cintas de las existencias de Winifred. ¿Qué mozo podía resistirse a adquirir un poema de amor para su amada de la cesta de Madeline mientras la niña brincaba entre los puestos del mercado? Incluso el gato, Chorreras, trabajaba. Por fin se habían librado de las ratas que habrían causado estragos en sus pastas para la venta. Sobrevivirían sin el capitán.
Aun así, Kate temía el momento de su marcha. Madeline en particular lo echaría de menos. Y Endor… quizá Endor incluso decidiera irse con él.
También Kate lo echaría de menos; no podía negarlo. Se había sentido a gusto sabiendo que él estaba cerca de allí, en Woolwich, y esperaba con ilusión sus visitas; por Madeline, se decía. Sin duda lo que sentía por el capitán no era más que el afecto que una mujer desvalida debía a su benefactor. Pero no era la bondad del capitán lo que invadía sus sueños. Más de una vez despertaba con una sensación de culpabilidad, intentando evocar el rostro de John. ¿Qué clase de mujer soñaba con otro hombre cuando su marido yacía en la tumba desde hacía solo unos meses? ¿Podía amar una mujer a dos hombres a la vez?, se preguntó. Pero daba igual. Tom Lasser pronto se iría, y Kate tendría por delante interminables años de soledad para arrepentirse de esos sueños.