La librera y el hereje
Capítulo III
Quemando los libros de Lutero, es posible que lo arranquéis de vuestras estanterías, pero no lo arrancaréis de las mentes de los hombres.
ERASMO DE ROTTERDAM
Los narcisos florecían en el alféizar de la imprenta y librería Gough, pero ni sus valientes flores amarillas ni la tenue luz del sol animaron a Kate. No había vuelto a saber nada de John desde el día en que se lo llevaron, hacía ya dos semanas. Le habría mandado un mensaje a su esposa o a ella a menos que estuviera muerto… o preso. Esperaban a diario, pensando que volvería a casa ese día o al día siguiente. El día siguiente llegó, y luego otros muchos, y continuaban sin saber nada de John.
Su cuñada se presentaba en la tienda cada mañana. Cuando la puerta se abría repentinamente al dar las nueve, Kate ni siquiera tenía que levantar la vista.
—Dime que no está muerto, Kate. Anoche soñé que veía su cuerpo envuelto en una sábana. Dime que John está bien —exigía con los grandes ojos castaños empañados y el niño de dos años retorciéndose entre sus brazos.
—No está muerto, Mary. Si lo estuviera, yo ya lo sabría —contestaba Kate, tendiendo las manos hacia el niño que alargaba sus brazos para que lo cogiera—. Eso no son más que demonios que inventa tu cerebro enfebrecido a causa del miedo.
Lo que no decía era que en ese mismo instante John podía estar sufriendo la más dolorosa tortura o languideciendo en la prisión destinada a los lolardos, un horror del que había oído hablar en susurros por primera vez siendo aún niña. Los lolardos habían padecido persecuciones durante doscientos años, desde que John Wycliffe exigió por primera vez a la Iglesia de Roma que rindiera cuentas de sus abusos y se atrevió a pedir que las Escrituras se tradujeran del latín al inglés para que todos los hombres pudieran descubrir la verdad por sí solos. Su propia familia había participado en esa lucha por la libertad casi desde entonces.
Hundió la cabeza en los rizos rubios del niño, sintiendo su suavidad al rozar el hueso del cráneo con los labios. Tan duro, y sin embargo tan frágil. El olor a bebé del chiquillo le recordó a la pequeña Madeline.
—Si lo hubiesen matado, lo sabríamos —afirmó Kate, para tranquilizarse a sí misma tanto como a Mary—. ¿Por qué iban a hacerlo si no para difundirlo y sembrar el miedo en el corazón de sus enemigos?
—Dicen que a Wolsey no le gusta matar. Que les da la opción de abjurar… pero no sé si John estaría dispuesto a…
—John abjuraría por ti, Mary. Y por su hijo —atajó Kate categóricamente al recordar la determinación de su hermano mientras quemaba los libros—. Lo haría por ti.
—Y tú no lo apruebas.
—No sé qué haría yo en su lugar. Pero sé lo que hizo nuestro padre. Murió en la prisión de los lolardos por defender firmemente sus creencias. No quiso negar que un hombre debe tener el derecho a leer el Evangelio en su propio idioma, y no declaró lealtad a una Iglesia que impartía doctrinas falsas.
—¿Y eso es lo que quieres que haga tu hermano? Tu padre no fue el único que sufrió. Y tú y John ¿qué? ¿Y tu madre? Ella no murió de una enfermedad en los pulmones. Murió de dolor. Cuando hablas de tu padre siempre veo en tu cara la misma expresión de… veneración que veo en la de John.
Al oír «cara», el niño tocó la mejilla de Kate con la mano y repitió la palabra como si jugaran al juego de siempre: nariz, mano, cara, orejas. A Kate se le encogió el corazón de afecto al sentir el contacto de su mano en el rostro.
Su cuñada insistió.
—¿Tú lo harías, Kate? ¿Te retractarías?
—He dicho que no sé qué haría, Mary —respondió, molesta por la insistencia de su cuñada—. Sería como si nuestro padre hubiese muerto por nada. Y otros antes que él. Nuestra familia siempre ha estado comprometida con la Reforma. Eso lo sabes tú. Nos criamos entre historias de martirios y heroísmo. Heredamos esas historias junto con la vieja Biblia de la familia. —Miró a Pipkin, que se revolvía entre sus brazos—. Pero yo no tengo tanto que perder como John.
Kate se complacía en pensar que sí sabía qué haría, pero ¿quién podía saberlo? Muchos hombres valientes habían sucumbido a la tortura. ¿Podía una mujer albergar la menor esperanza de resistirla?
—Elo —gorjeó el pequeño, tirando del pelo a Kate.
—Toma, coge a tu gusanito inquieto —dijo ella a la vez que se desenredaba del pelo las manos de la criatura; luego alargó el brazo hacia la capa colgada en la percha junto a la puerta y se la puso—. Estaré de vuelta a tiempo para que puedas irte a casa antes de que oscurezca. Si alguien pregunta por un texto luterano, solo tienes que decir… bueno, ya sabes qué tienes que decir.
—Diré que ya no vendemos esos libros. Son ilegales —contestó Mary, echando la barbilla al frente y fuego por los ojos.
Acaso Mary fuera un alma delicada, pensó Kate, pero tenía una vena de determinación dura como el hierro.
Como Kate no la corrigió, Mary preguntó, ya sin aspereza en la voz y con ternura en los ojos empañados:
—¿Hoy dónde buscarás?
—Quizá en los muelles. En la Liga de los Mercaderes Hanseáticos. Quizá se hayan enterado de algo.
—Ago —repitió el niño, y de pronto asintió con expresión tan solemne como las de las dos mujeres en quienes confiaba.
Pero Kate volvió la espalda. Ya no podía soportar mirarlo. Abrió la puerta y salió para iniciar su búsqueda como todos los días desde hacía dos semanas. Sintió en el cuello el cortante viento de marzo, que la obligó a levantarse la capucha forrada de piel de ardilla. No existía protección para el frío que atenazaba su corazón.
Kate no averiguó nada sobre su hermano entre los Aventureros Mercaderes del Steelyard, salvo lo amplia que había sido la batida.
—¿Y qué se sabe del cargamento de Amberes? —preguntó Kate al ordenanza.
—Se perdió. Lo echaron por la borda en alta mar, pero no os preocupéis, señora. Hay más en el lugar de donde esos salieron. La impresión y el papel son baratos. Las vidas no.
—¿No habrá más cargamentos, pues?
El mercader sonrió.
—Ya hay otro en camino. Para cuando llegue aquí a finales de abril, los hombres del rey no estarán vigilando los muelles de Bristol. Ya han prendido a Garrett. El pobre está en una celda de Ilchester, en Somerset.
—Pero ¿no querrán saber quién es su proveedor?
—El rey no desea conflictos con los mercaderes alemanes. —Sonrió—. Quiere buena lana inglesa en las espaldas de los burgueses ricos de toda Europa. No tiene intención de romper el tratado comercial. A menos que actuemos con demasiado descaro, se limitará a perseguir a los contrabandistas y difusores ingleses.
—¿Quién recibirá el siguiente envío si Garrett está arrestado?
—Lo recibirán directamente algunos de los libreros. Si encontráis a vuestro hermano, y aún le quedan agallas, decidle que consulte con sir John Walsh en Little Sodbury.
—Si lo encuentro…
—No os preocupéis, señora. De momento solo han echado una red poco tupida. Dejarán escapar a los peces pequeños, tarde o temprano. Las cárceles ya están llenas. Según he oído, incluso han encerrado a algunos estudiantes de Oxford clientes de Garrett en el almacén de pescado que hay en el sótano del Cardinal College. Les meterán el temor al papa en el cuerpo a todos y los mandarán a casa.
—¿Y qué será de maese Garrett?
—Bueno, es posible que sean más reacios a soltarlo. Se lo considera un distribuidor importante… y una especie de predicador. Y ya había sido amonestado. Cuando te amonestan una vez… —Concluyó la frase con un encogimiento de hombros.
Ahora John habría sido amonestado, pensó Kate. Pero no quería ni pensar en las posibles consecuencias de eso. Antes tenía que encontrarlo.
El sótano del pescado apestaba. Y no solo por lo que se desprendía de su nombre, lo cual ya de por sí justificaba de sobra el hedor, sino también por los excrementos humanos y el moho que se adhería a las paredes húmedas, y por algo más que él no acababa de identificar. Acaso fuera el miedo, le decía el sentido común, el miedo colectivo que exudaban sus propios poros y los de los otros cinco hombres del Cardinal College detenidos bajo sospecha de estar en posesión de libros luteranos. John Frith recitaba a Homero en su versión griega original —en voz alta— para no enloquecer en medio de la mugre y la oscuridad. Pero en la última semana el competente coro había empezado a fallarle.
—Válgame Dios, amigo, a ver si te tomas un descanso. Clerke está enfermo — protestó una voz desde la oscuridad.
—Ya lo sé. Lo he olido. Lo siento. Pero no podemos rendirnos. Nos soltarán. Ni siquiera el decano Higdon puede mantenernos en este sótano pestilente sin un juicio. Solo pretende intimidarnos. Para que maduremos un poco.
—Pues lo está haciendo muy bien.
Era la voz de Sumner. Era Sumner quien más le preocupaba. Estaba ya enfermo antes de que los apresaran.
—Debemos conservar la fe —dijo Frith, intentando mostrar aplomo—. El patrón de Oxford está a punto de pasar por aquí en su ronda, y entonces nos soltarán sin más pena que una amenaza y probablemente una amonestación pública en la capilla.
—¡Uf! Yo no depositaría mis esperanzas en el patrón. Tomás Moro es un cazador de herejes. Será el menos dispuesto a soltarnos. —Esa era la voz de Bayley.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Frith.
—Me lo dijo Garrett. Cuando vino en Navidad a pasar unos días en los aposentos del maestro del coro. Según comentó, sabía que el obispo Tunstall y Moro iban tras él.
—Eso es como decir «compra mis libros y, por cierto, es posible que te cuesten la vida». Un buen momento para comunicárnoslo —dijo Frith con cierta insolencia.
—¿A ti te habría disuadido? —preguntó Bayley.
—En eso tienes razón —respondió Frith. Se quitó la capa y, tras sacudir la sal gris que la cubría, se la dio a Sumner—. Tapa con esto a Clerke. No es bueno pasar frío si se está enfermo. No podemos desmoralizarnos. Ni el cardenal ni el decano, ni siquiera Moro, querrán que se sepa que la universidad está «contaminada» por la herejía. ¿Por qué creéis que nos han encerrado aquí y no en una cárcel pública?
—Puede que las cárceles estén llenas —respondió Sumner con voz débil—. Y tal vez solo pretendan dejar que nos pudramos aquí, como ese pescado apestoso. — Señaló los toneles colocados en un rincón.
—No, Sumner, eso no. No nos pudriremos aquí. No te preocupes. Hay sal de sobra para conservarnos —dijo Frith, intentando levantarles los ánimos—. Nos soltarán cuando consideren que nuestra fiebre luterana ha bajado ya lo suficiente. Quizá mañana. Os apuesto mi Herodoto y mi Virgilio a que viviremos todos para ver a Tomás Moro y Wolsey, esos dos viejos, yacer con sus vestimentas funerarias católicas. Y ahora —como si su encarcelamiento no fuera más que una molestia que debía llevarse con ecuanimidad— tú harás de Ulises y yo de Telémaco. —E inició otra vez la recitación.
—Frith, eres un necio o un santo, no sabría decir.
Tampoco yo sabría decirlo, pensó él. Pero fuera lo que fuese, estaba ya más que maduro y su fiebre había bajado considerablemente. Y solo llevaba allí tres semanas. Apacíguate, has estado en situaciones peores que esta. Pero John Frith halló pobre consuelo en las palabras de Homero, porque, a decir verdad, ¿cuándo había estado en una situación peor?
Las sombras vespertinas ya se alargaban cuando Kate hizo la que, según creía, sería la última visita del día, la del palacio del obispo de Londres. El clérigo que abrió la puerta la reconoció y frunció el entrecejo.
—Hoy el obispo Tunstall está reunido.
—Pero ayer también estaba reunido.
—Como lo estará mañana. Mirad, señora, no quiero pareceros desconsiderado. Os aseguro que le he dado vuestro mensaje, y dice que no sabe nada del asunto. Dice que debéis acudir al alguacil mayor o al alcalde de Londres.
—Eso ya lo he hecho. Varias veces. He sobornado a los guardias de Newgate e incluso a los de la prisión de Old Compter. No saben nada de ningún John Gough.
—¿Y en Fleet?
—Tampoco en Fleet.
Kate intentó suavizar la voz. Sabía que el clérigo no cedería ante la aspereza. Era joven y tenía un rostro amable.
—Por favor. Un hombre no desaparece así, sin más. Mi hermano era un buen ciudadano… es un buen ciudadano. —Se negaba a hablar de él en pasado—. Es un librero e impresor de cierto prestigio.
Un destello pareció asomar al rostro del clérigo.
—Ah, impresor. —Adoptó una expresión más severa—. Id a ver a la Torre de los Lolardos —sugirió, y antes de que ella pudiera decirle que ya había estado en el palacio de Lambeth con su infame y temida torre cuadrada construida para albergar y torturar herejes, él le cerró la puerta en las narices. Kate había visitado la Torre de los Lolardos la primera semana, con el corazón en un puño, y casi se desmayó de alivio cuando el guardia dijo que la prisión estaba a rebosar y hacía semanas que no entraban nuevos presos. Siendo así, pensó Kate, quizá solo asustaran a John y lo soltaran. Pero ese alivio se desvaneció conforme los días transcurrían y él no aparecía.
Hizo ademán de llamar otra vez a la puerta, pero dejó caer la mano. ¿De qué serviría? Ya era tarde. Mary querría estar en su hogar cuando oscureciera. Kate debía volver a casa, pese a que temía presentarse ante su cuñada; detestaba ver sus lágrimas contenidas al oír que no había novedades. Así pues, cuando Kate se acercó al camposanto de San Pablo, con el familiar alboroto de sus campanas, no dobló por Paternoster Row en dirección a casa, sino que se fue hacia el oeste, más allá de Ludgate Hill.
Aún tenía tiempo para pasar por la prisión de Fleet.
Los efluvios del río Fleet siempre eran peores en el crepúsculo. A lo largo de todo el día los desechos y residuos humanos de las cloacas de la ciudad se vertían en el río en su ruidoso curso hacia el Támesis. El olor le produjo arcadas, pero no llegó a vomitar. No había comido desde esa mañana, y solo un bocado de un currusco de pan rancio. No había tiempo para un desayuno como Dios manda. Pero ¿cuándo habría comido John por última vez?, se preguntó al aproximarse a las puertas de Fleet y entrar en su lúgubre patio.
En la puerta de la garita se hallaba el mismo viejo guardia entrecano de la otra vez.
—Señora, ya os lo dije la semana pasada, y la semana anterior, y la otra, no me consta que haya aquí ningún John Gough —dijo incluso antes de que Kate preguntara.
—Puede que esté aquí con otro nombre. Tal vez estaba… inconsciente cuando lo trajeron. Quizá ni siquiera supieran su apellido. Permitidme describírselo al carcelero jefe.
Kate rebuscó en el bolso.
—¡Ja! ¡Como si su eminencia el carcelero jefe viniera alguna vez por aquí! Y el lugarteniente no querrá volver a veros, así que no vale la pena que malgastéis vuestros peniques intentando acceder a él. —Se inclinó para susurrarle algo a la vez que se rascaba la barba grasienta. Kate hizo acopio de valor para recibir la arremetida de su aliento e intentó pasar por alto los gritos insinuantes dirigidos a ellos desde el corrillo de presos que jugaban a los dados en el centro del patio—. Más os vale guardar los peniques para los presos comunes que mendigan tras las rejas. Ellos sabrán más que el lugarteniente. Este rara vez se ensucia las botas en las galerías.
—¿Las rejas?
El guardia señaló con la cabeza en dirección a la sección de celdas de la derecha, cuyas ventanas enrejadas daban a Farringdon Street, donde los presos de humilde cuna mendigaban dinero a los viandantes a fin de comprar comida y paja nueva para sus celdas infestadas de piojos. Ella siempre había eludido ese extremo de la calle, desde aquella primera vez en que, al pasar por delante, tuvo que oír los abucheos y el vocerío y el golpeteo de las escudillas de hojalata contra los barrotes. Pero vio la lógica de la sugerencia del guardia.
Ármate de valor, Kate. Y hazlo.
Sacando ánimos de la imagen de decepción de Mary, así como de la certidumbre arraigada en su alma de que su hermano seguía con vida, se acercó a la primera ventana y escrutó el interior. La celda parecía más o menos cuadrada, cada uno de sus lados mediría aproximadamente el doble de la estatura de un hombre. No contenía muebles, solo un montón de harapos en el suelo frente a una chimenea donde no resplandecía ascua alguna. Su presencia ante la ventana obstruía la única fuente de luz.
La ocupante de la celda miraba por la ventana, a un brazo de distancia de los barrotes, pero Kate la veía con claridad: semejaba un animal enjaulado a la vista de cuantos pasaran por allí.
La mujer parecía ajena a la inspección de Kate. Las ojeras, la magulladura por encima del pómulo —¿o era suciedad?— inquietaron a Kate. La mujer vestía andrajos y era de una delgadez espantosa, salvo por el bulto de su vientre. Sin embargo, mendigaba como los demás, no golpeaba los barrotes ni gritaba a los viandantes. En lugar de eso, simplemente miraba ensimismada al vacío con los ojos entornados y la cara desprovista de toda expresión. Esa no la ayudaría, pensó Kate. Obviamente había enloquecido de dolor o miedo. Kate se dispuso a volverse, pero la lástima la obligó a detenerse. Aflojó los cordeles de su pequeña bolsa de cuero otra vez y sacó una moneda de dos peniques.
—Tomad, señora, lamento vuestras penosas circunstancias —dijo, y le tendió la moneda.
La mujer pareció asustarse y se apartó más de la ventana. Abrió un poco más los ojos y miró fijamente a Kate sin parpadear, pero no hizo ademán de coger el dinero. Kate se aproximó un poco más. No te acerques demasiado, se previno. Aquella mujer podía atacarla, o incluso intentar agarrarla.
Kate sujetó la moneda entre los dedos índice y medio e introdujo el brazo a través del estrecho espacio entre los barrotes.
—Venga. Cogedla. Para el niño que lleváis en el vientre.
La mujer no se movió.
Kate soltó la moneda. Cayó con un ruido amortiguado en el suelo de piedra revestido de mugre. Rápida como una serpiente, la mujer se agachó y, con dedos largos y delgados, la rescató de la paja sucia.
Al menos algo de sensatez tenía, pensó Kate, alentada.
—Señora, ¿conocéis a un preso que se llama John? Un hombre alto, rubio, de ojos azules… en la frente le sobresale una vena. Es un hombre amable y tranquilo.
La mujer se apartó de la ventana y negó con gesto vehemente. Kate apenas la veía en la penumbra.
—Supongo que no —concluyó Kate, y antes de marcharse, añadió—: Dios os bendiga, señora.
A Kate la pareció oír un gimoteo por respuesta y aguzó el oído. Pero no. Veía la silueta de la mujer en el ángulo de su campo visual. No se había movido.
—Aquí, por aquí.
El golpeteo de una escudilla de hojalata contra los barrotes de hierro acompañaron esas palabras. Era una voz masculina, procedente de la celda contigua.
—Yo conozco a un hombre que se llama John —vociferó el preso—. Puede que sea el que buscáis. Si tenéis algún penique más en esa bolsa…
A Kate le dio un vuelco el corazón. Lo dudo mucho —se dijo—. Me ha visto dar dinero a la mujer y me ha tomado por una incauta.
—John es un hombre orgulloso —comentó el preso—. Demasiado orgulloso para mendigar. O demasiado melancólico para importarle morirse de hambre. Llegó aquí bastante apaleado. —El hombre guardó silencio por un momento y de pronto asomó una mano entre los barrotes de hierro para indicarle que se aproximara a la ventana. Como ella no reaccionó, él prosiguió—: Cuando duerme, habla en sueños de una mujer que se llama Mary. ¿No será usted esa Mary?
Eso podía haberlo dicho a bulto. Había cientos de hombres que se llamaban John y aún más mujeres que se llamaban Mary. Aun así… «¡Demasiado orgulloso para mendigar!» Lanzó una mirada esperanzada hacia la verja para ver si algún carcelero o centinela montaba guardia en la calle.
No había ninguno.
Valor, Kate. Se acercó a la ventana enrejada donde estaba el preso con el rostro contra los barrotes, pero se mantuvo a una distancia prudencial.
—¿Le dará un mensaje de mi parte, pues? ¿O le pedirá que venga en persona a esta ventana para reunirse con su hermana?
—¡Hermana! Supongo, pues, que no es usted Mary. Sí, podría hacerlo —contestó el hombre con un resuelto gesto de asentimiento.
No era un anciano, aunque era difícil saber su edad a través de aquel cabello negro estropajoso, un cabello tan oscuro como el ala de un cuervo. Tenía la boca ancha y recta, con unos labios tersos que se curvaban como una guadaña entre la barba oscura. Kate se sintió incómoda al verse observada por ese hombre. En sus ojos, de color azabache, se advertía una mirada audaz, escrutadora y atenta. Eran los ojos de un cazador que siempre está al acecho, pensó Kate. Un hombre peligroso — quizá incluso extranjero—, le dijo su sentido común, un hombre que siempre intentaría sacar provecho. Llevaba una camisa mugrienta con un trozo raído de encaje en el cuello y mangas largas. No era la indumentaria habitual de un mendigo. Probablemente se la hubiese robado a algún mercader rico, y tal vez incluso fuese esa la causa de su encarcelamiento.
—¿Supongo que no lo haréis por simple bondad? —preguntó ella con ironía—.
Yo misma me expongo a la miseria pagando siempre por información que nunca llega.
Él se echó a reír.
—Yo no soy demasiado orgulloso para mendigar. Ni para negociar. Tengo que comer. Y no dispongo de una afectuosa hermana que vele por mí. —Su voz destilaba sarcasmo.
—¿Puede usted darme alguna prueba que confirme que ese hombre es el que yo busco? —preguntó Kate—. John es un nombre corriente. Y Mary también.
—Este John habla como un hombre culto —respondió él. Tras captar su atención, retiró la mano de la ventana. Se apoyó en los barrotes y, mordisqueándose con indiferencia una cutícula levantada, habló con total despreocupación, como si fueran dos iguales en plena charla—. Tiene manchas de tinta bajo las uñas. Tal vez sea artista, o impresor, diría yo.
El hombre alzó la mirada y fijó la vista en ella, enarcando una ceja como el ala de un cuervo.
A Kate se le aceleró el corazón. «¡Un artista o impresor!» La frase se le escapó antes de darse cuenta de que con ella daba ventaja a su adversario en la negociación.
—¿Está… está bien?
El preso se encogió de hombros, la miró y le dirigió la sonrisa sesgada de un superviviente. Unos dientes blancos y fuertes destellaron tras la guadaña de su sonrisa. Los dientes de un depredador, pensó ella. Le pareció detectar un leve destello de triunfo en sus ojos, como el de un hombre que había abatido a su presa.
—¿Que si está bien? Yo diría que eso es muy relativo. Está vivo. Y no está en el sótano.
Kate no sabía qué significaba eso, pero podía imaginárselo. En los últimos días había averiguado más cosas de las que deseaba saber sobre las cárceles, tales como la jerarquía de la justicia comprada en la de Fleet, que oscilaba entre la relativa comodidad de unas cuantas casas ruinosas situadas en la zona conocida como «Libertad», colindante a los muros de la cárcel, y las condiciones de podredumbre y pestilencia de los sótanos. Al menos John tenía acceso a esa ventana a la calle. O eso dedujo ella.
Metió la mano en la bolsa y sacó un penique. El centinela se había marchado y otro montaba guardia en la verja. Estaba vuelto de espaldas, pero la oiría si gritaba. Mantuvo la moneda casi al alcance del preso.
—¿Me lo traeréis aquí? ¿Mañana?
—Puede ser, si podéis permitiros pagar una moneda al pobre Tom Lasser. — Asintió, sonriente, pero no era una sonrisa que inspirase confianza. Asomó la escudilla de hojalata entre los barrotes. Ella echó la moneda dentro. Él la retiró y arrugó la frente al ver su valor—. O de verdad estáis muy empobrecida, o no tenéis en mucho a vuestro hermano.
—Regresaré mañana. Si mi hermano está en esta ventana, le daré dinero a él, dinero suficiente para cubrir sus necesidades… y para compartirlo con otro. Él no será ingrato con vos. —Sin aguardar respuesta, Kate se dio la vuelta—. Hasta mañana por la mañana. —Mientras se alejaba, oyó la risa de aquel hombre.
Cuando dejó atrás el hedor del río Fleet, se recordó que no debía hacerse demasiadas ilusiones, pues ¿qué fe podía depositar en las palabras de un delincuente, un sinvergüenza que incluso en ese momento se reía de su desesperación, de su credulidad? Pero al menos tenía algo que ofrecer a Mary cuando llegase a la pequeña tienda de Paternoster Row, donde las ventanas ya resplandecían débilmente en la creciente oscuridad.