La librera y el hereje
Capítulo VI
¡Un purgatorio! No hay solo uno, hay dos. El primero es la Palabra de Dios, el segundo es la Cruz de Cristo: no me refiero a la cruz de madera, sino a la cruz de la tribulación. Pero las vidas de los papistas son tan inicuas que han inventado un tercero.
JOHN FRITH, en respuesta a los escritos de Tomás Moro sobre la
doctrina del purgatorio
— o te muevas, Alice —dijo Tomás Moro a su esposa dormida—. La cocinera me N
dará un bollo y una taza de leche tibia.
Lady Alice no se movió. Él dio una palmada al voluminoso bulto formado por la cadera de su mujer bajo la colcha de hilo.
—¿Qué pasa? Tomás…
La ceñuda expresión de ella no era algo ante lo que un hombre deseara despertar.
Era martes, uno de los cuatro días semanales en que se reunía el Consejo Real. Tomás Moro había madrugado, levantándose antes de que la casa estuviera en movimiento, y salido en busca de un barquero que lo llevara río abajo hasta Westminster. El aire fresco de la mañana le había acariciado el rostro. El verano había sido anormalmente caluroso y no sentía grandes deseos de abandonar su paraíso de Chelsea por Londres, plagado de enfermedades… ni siquiera por la grandeza de Westminster Hall. De mala gana, había vuelto a entrar para recoger sus papeles y despedirse de su esposa.
—He dicho, Alice, que no es necesario que te tomes ninguna molestia porque tu amo y señor se marcha a trabajar para ganar el pan que tú te comes.
Ella abrió solo un ojo.
—Lo único que va a trabajar será tu estómago cuando estés sentado a la mesa de su majestad, me juego lo que sea.
Tomás dejó escapar un suspiro. Ya hacía uso de su lengua viperina y ni siquiera estaba del todo despierta. Uno no podía por menos de admirar tan ágil aunque mordaz ingenio, supuso él. En una gran belleza incluso habría podido tolerarse afablemente. Pero Alice no era una belleza ni de lejos, y ni siquiera joven; lo aventajaba a él en varios años y no presentaba la menor inclinación hacia la vida intelectual. Y a pesar de esas carencias, era una esposa más que adecuada. Dejando de lado su lengua envenenada, lo apoyaba en su ambición, y sabía llevar la casa de un gran hombre. La servidumbre sentía mayor respeto por ella que por él. En las cuestiones de Chelsea, la palabra de lady Alice era la ley.
Además, si hubiese sido una doncella encantadora de muslos suaves y piel blanca como la leche y cabello lustroso —sir Tomás contrajo los omóplatos bajo el cilicio—, ¿cómo habría podido él hacer penitencia suficiente por sus pensamientos carnales, y no digamos ya por su placer?
Su esposa levantó la cabeza de la almohada, con el gorro de noche tan ladeado como el birrete del juez ebrio cuyo caso incluía la lista de ese día. Tomás reprimió una carcajada. Era peligroso mofarse de lady Alice. Ella abrió los dos ojos y clavó su nebulosa mirada azul en la de su marido cuando él se inclinó para plantar el obligado beso en su frente.
—Más vale que me digas ahora si vas a traer a alguien, como ese holandés al que tienes tanto apego o aquel retratista.
—Ojalá pudiera traer a Erasmo. O incluso a Holbein. Ofrecerían una distracción intelectual. Todos aquellos capaces de andar han huido de Londres por esa enfermedad de los sudores. Me temo, querida esposa, que tendrás que conformarte con mi pobre compañía.
Ella, indignada, se incorporó en el acto, muy erguida, y abrió los ojos de par en par.
—Eres un necio, Tomás Moro. ¿Has oído las palabras que acaban de salir de tu boca? Todo Londres huye, y tú vas como alma que lleva el diablo al corazón mismo de la pestilencia para traérsela a tu familia con orgullo, como un regalo.
—Cuidado, señora Moro, no vayas a extralimitarte —dijo él, poniéndose el abrigo. Su tolerancia ante el malhumor de su mujer menguaba siempre que ella ponía en duda su devoción familiar. Él lo hacía todo por su familia—. Un hombre debe cumplir con su deber, le convenga o no —dijo—. Además, ¿qué peste podría medrar en esa lengua ácida tuya?
Ella volvió a tumbarse y se cubrió hasta la barbilla con la sábana.
—Tú eres único para el cumplimiento del deber, eso lo admito —pero no sonó a cumplido—. Vete, pues. Si se te ha metido en la cabeza, haz lo que tengas que hacer. ¿Cuándo no lo has hecho? Puede que tus obligaciones y tus asuntos jurídicos y tus cálculos sean importantes, pero yo no depositaría mucha fe en ellos. Al final, lo que cuenta son las personas.
—Bien que te han servido mis asuntos jurídicos y mis cálculos, señora mía. No pienso depositar mi fe en las personas. —Alargó el brazo para coger su sombrero preferido—. El rey de cuyo favor ahora disfrutamos no dudaría en poner mi cabeza en el tajo si eso le permitiera conquistar un castillo. No. Depositaré mi fe en la ley, que no es voluble. Deberías hacer lo mismo.
Suspiró, hastiado de los duelos verbales en que se habían convertido sus conversaciones.
—Intentaré estar de regreso antes de la hora de acostarse —dijo.
—Como siempre, el marido consciente de sus deberes —musitó ella, y volviéndose de costado, se tapó la cabeza con la sábana.
Cuando Tomás entró en la primera de las ocho salas que debían atravesarse de camino a la Cámara Estrellada de Westminster Hall, advirtió que no había el ajetreo de costumbre. Se había habituado ya al suntuoso mobiliario, los tapices, los candelabros y tederos de oro, los techos dorados, e incluso al techo tachonado de estrellas de la adecuadamente llamada Cámara Estrellada, donde se reunía el Consejo, pero todo ello parecía aún más majestuoso sin la presencia de detritos humanos. Cuando abrió la puerta de la gran cámara de asuntos jurídicos, quedó un tanto desconcertado. Esta sala, más opulenta que las otras, con sus ricos tapices y dorados, se hallaba vacía.
Salvo por Wolsey. Estaba solo, sentado en el centro, instalado en el asiento del canciller, una bala de lana, y su hábito cardenalicio púrpura se extendía alrededor de él como las faldas de una cortesana. La expresión ceñuda en su rostro le confería el aspecto de un sapo rojo gigante, un sapo rojo gigante que sostenía una poma de naranja ante la nariz para protegerse de la enfermedad que temía que fuera a entrar en la sala de un momento a otro. Cuando vio que solo era Tomás, el ceño dio paso a una media sonrisa, y apartó la naranja erizada de clavo. Su fragancia a especias competía con el aroma de las hierbas esparcidas por el suelo, impregnando de un olor empalagoso el aire estancado de la cámara cerrada.
—Tomás —dijo el cardenal con el tono que utilizaba cuando se sentía especialmente satisfecho por un giro afortunado en los acontecimientos—. Según parece, otros no son tan diligentes como tú y yo. Como no hay quórum, he disuelto la reunión. El ujier ha enviado a todos los suplicantes y acusadores a sus respectivos vertederos. No propagarán la infección aquí. No te he enviado un mensajero porque sabía que estarías ya en camino, y además quería verte.
Se levantó de la bala de lana y se acercó a la mesa donde solían procesarse los mandatos.
—Toma asiento, Tomás —dijo afablemente. Era capaz de ser cordial cuando no se le disparaba el genio, o cuando le convenía—. Hay algo que me gustaría tratar contigo.
Tomás se preparó para lo que sabía que se avecinaba: una petición para que interviniera en el «gran asunto» del rey. El cardenal se dejó caer pesadamente en una silla al otro lado de la mesa.
—Por lo que se refiere al divorcio entre el rey y la reina Catalina, Tomás, preocupa a su majestad que no unas tu voz a su causa. Y a mí también me gustaría conocer tu opinión al respecto —dijo quitándole importancia, como si nunca hubieran abordado el tema y estuvieran sosteniendo una simple charla vespertina. Tomás sabía reconocer una trampa cuando la veía. Si decía que, a su juicio, el rey debía divorciarse, se daría por sentada su respaldo a dicha causa. Si decía que pensaba que era pecado apartar a una esposa después de veinte años de matrimonio para sustituirla por… en fin, esa vía era sin duda peligrosa.
—No tengo opinión, su eminencia, salvo una opinión jurídica. —Tomás suspiró —. Y esa ya la conocéis.
—Una respuesta cauta. Pero como no puede haber malentendidos entre nosotros —repuso Wolsey, ya sin la menor jovialidad—, dame otra vez tu opinión jurídica, ahora que estamos solos, únicamente tú y yo.
—El hecho de que vos y yo hablemos de esto en aparente privacidad no cambia mi respuesta. Falta a la ley que el rey Enrique se divorcie de la reina y se case con Ana Bolena a menos que el papa otorgue una dispensa.
Wolsey reflexionó en silencio, formando un mohín con sus labios carnosos.
—Eso no sirve, Tomás —musitó casi para sí—. Muchas fuerzas actúan contra este rey. Incluso he oído hablar de una santa monja de Kent que profetizó que si el rey se divorcia, morirá y su reino irá a la ruina. ¿Tú lo habías oído, Tomás?
—Algo me ha llegado. Son chismes de mujeres. No concedo importancia a tales delirios.
—Muy sensato, Tomás. Eso es muy sensato.
Gotas de sudor adornaban el labio superior del cardenal. Era un día caluroso para vestir el hábito cardenalicio y una estola de marta cibelina, pero Tomás pensó que Wolsey sudaría incluso en pleno invierno vestido solo con la camisa si surgiera a colación el gran asunto del rey. Todos los intentos del cardenal para conseguir la autorización del papa habían sido infructuosos. La reina española de Enrique estaba muy bien relacionada… mejor que el gran cardenal y canciller inglés, por lo visto. Wolsey se secó la frente con un pañuelo de seda.
—Todavía no te has librado del todo, Tomás. Hay otra cuestión que requiere tu opinión jurídica. Y como eres patrón del Cardinal College de Oxford, dicha cuestión tiene un interés profesional para ti.
Bueno, al menos ese era un terreno más seguro, pensó Tomás.
—Ha surgido un pequeño problema con los estudiantes; algunos académicos han caído bajo la influencia luterana. ¿Se te ha informado de eso?
—Algo he oído —contestó Tomás—. Pero pensaba que ese asunto había quedado zanjado en primavera con el arresto del librero Garrett. Supuse que los estudiantes fueron castigados y vieron el error de su proceder.
Wolsey se levantó y comenzó a pasearse lentamente, arrastrando las vestiduras por el suelo con un susurro.
—Y se les castigó. Ahí está el quid de la cuestión. En cuanto a si vieron o no el error de su proceder, eso ya es otro cantar. ¿Conoces a un estudiante llamado John Frith?
Tomás negó con la cabeza. No estaba muy al corriente de los asuntos cotidianos de Oxford, a pesar de que su cargo como patrón le proporcionaba un buen estipendio.
Wolsey volvió a hundirse en la bala de lana y fijó la mirada en la media distancia, más allá de Tomás.
—Es un académico brillante. Resulta irónico, ¿no, Tomás?, que algunos de los estudiantes más aptos de Cambridge, aquellos que reuní para llevarlos a mi nueva facultad de Oxford a modo de semilla, ahora me lo paguen con estas pequeñas incursiones intelectuales en la herejía. Ya tendrás noticia del joven Frith, dalo por hecho, si es que aún sigue vivo.
—¿Qué queréis decir con eso de que «si aún sigue vivo»?
—Es posible que el decano Higdon, en su castigo, haya ido un poco más allá de lo prudente.
—¿En qué sentido?
—Encerró a Frith y a otros cuatro o cinco en el sótano de la facultad.
—Bueno, supongo que actuó dentro de sus competencias. Son estudiantes…
—Durante tres meses.
—¡Tres meses! —Tomás repitió las palabras para asegurarse de que había oído bien al canciller—. ¿Sin el debido proceso? ¿Sin siquiera una vista? Su eminencia, me sorprende que hayáis consentido…
—Yo no lo consentí, maese Moro. Por lo visto, se olvidaron de ellos.
—¿En qué condiciones se encuentra ese sótano?
—No muy buenas. Me han dicho que se usa para almacenar pescado salado. No es un lugar muy agradable.
—Que los saquen inmediatamente de allí —dijo Tomás.
—No es tan sencillo, lamento decir. —El cardenal dio vueltas al enorme sello en torno a su rechoncho dedo—. Dos de ellos han muerto. Probablemente a causa de la enfermedad de los sudores, pero…
Los pensamientos se arremolinaron en la cabeza de Tomás. Aquello era una estupidez por parte de la facultad y del cardenal, pero repercutiría en su propia reputación, ya que el patrón de la facultad era él.
—Decidle al decano Higdon que lo comunique en el acto a las familias —dijo—. Expresad las condolencias por su muerte. Y explicad que los cuerpos, debido al contagio en la ciudad, han sido enterrados, y la facultad pagará el traslado de las familias para que visiten las tumbas, etcétera, etcétera. No reveléis las condiciones en las que han muerto.
—¿Y los otros?
—Ponedlos en libertad sin tardanza.
—Pero sin duda pregonarán a los cuatro vientos que fueron encarcelados ilícitamente y maltratados.
—¿Cuántos siguen con vida?
—Dos o tres, creo.
—¿Dos o tres? ¿Cuántos?
El cardenal bajó la cabeza como un carnero a punto de embestir, advirtiendo a Tomás que su tono era ofensivo. Apenas movió los labios al contestar:
—Frith y Betts y otro cuyo nombre no recuerdo.
Tomás desvió la mirada. Uno no interrogaba al canciller de Inglaterra con el mismo tono que adoptaba ante un delincuente común en los tribunales, se recordó.
—Su eminencia, podéis quedaros tranquilo. El asunto tiene solución —dijo con tono conciliador.
—Sabía que podíamos contar contigo al menos para esto —respondió Wolsey, apretando los labios.
Tomás pasó por alto la pulla.
—Esos estudiantes no solo han quebrantado las leyes de la universidad, sino que han quebrantado las leyes del país. Por esto último se los someterá al debido proceso: un interrogatorio oficial y luego una acusación por herejía. Cuando la ley acabe con ellos, no estarán en condiciones de propagar nada. Prácticamente puedo garantizaros que suplicarán para que se les permita besar los escarpines enjoyados del papa.
—¿Y todo conforme a la ley?
—Siempre conforme a la ley, su eminencia.
Wolsey sonrió.
—Esas tranquilizadoras palabras tuyas me han abierto el apetito —dijo, recuperada ya la cordialidad—. El rey nos ha invitado a comer en su cámara.
Tomás vaciló, preguntándose si se atrevía a dar una excusa.
—No hace falta que te sientas tan incómodo, Tomás. Su majestad no abordará el tema del divorcio, no en presencia de otros. Sondearte y convencerte para que te pongas de nuestro lado es tarea mía.
—Su eminencia…
—No digas más —atajó Wolsey, levantando la mano—, no sea que se me avive el mal genio. Eso podría estropearme la digestión. No querrás cargar con ese peso en tu conciencia, ¿verdad?
—Por nada del mundo —dijo Tomás con una sonrisa—, ya que eso me la estropearía a mí.
Cuando Kate se acercaba al salón de los mercaderes, se alegró de no haberse llevado consigo la Biblia de Wycliffe. Un bulto de tal tamaño habría llamado la atención, y además pesaba mucho. Era un día caluroso. El sudor le corría ya entre los pechos y los omóplatos. Si Monmouth deseaba comprarle la Biblia, seguramente no tendría inconveniente en acercarse a la librería —la antigua librería, pensó con tristeza— para recogerla. Pero cuando preguntó en la sede, el ordenanza le dijo que sir Humphrey debía de estar en los muelles.
Se detuvo por un instante y se planteó si era prudente ir a los muelles sola. Protegiéndose los ojos del sol reflejado en el Támesis, miró en dirección a las cajas de embalaje y los toneles y los sacos apilados en el muelle. Solo uno o dos hombres trabajaban el calor del tórrido mediodía, descargando lo que parecían unos sacos de grano; ocupados y sofocados como estaban, no se fijaron en ella. A lo lejos vio a sir Humphrey. Lo reconoció por su vistosa vestimenta, aunque con semejante calor esa ropa parecía más agobiante que magnífica. Pobre hombre. Kate lo había visto dos veces antes, en sus visitas para hablar con John. Su mujer lo acompañaba en una de ellas y, al igual que él, iba absurdamente arreglada. Por lo que recordaba Kate de la actitud de la mujer, quizá sir Humphrey consideraba más llevadero vestir un calzón de mucho abrigo y un jubón enguatado en plena canícula que exponerse a la afilada lengua de su mujer.
Sir Humphrey volvía del único barco atracado en el río, centelleante por efecto del sol. Por encima de su amplia gorguera, lucía una expresión de intensa satisfacción. Hojeaba un libro pequeño. Desplegó una ancha sonrisa y de inmediato escondió el libro bajo su voluminoso jubón, lo que llevó a Kate a pensar que acaso la finalidad de su excesiva vestimenta no fuera complacer a su mujer.
¡Kate Gough, qué tonta eres!, pensó. Aquel era un hombre que importaba Biblias, ¿qué necesidad tenía de otra más? En cualquier caso, ¿qué iba a decirle exactamente? Debería haberle escrito una nota pidiéndole que fuera a la tienda. Había decidido ya volver sobre sus pasos y pedir al ordenanza si podía dejarle un mensaje cuando de pronto él la llamó por su nombre.
—Señorita Gough —dijo. El bulto de sus pantorrillas se marcó bajo las medias de color azul pavo real cuando, agitando el brazo, se apresuró hacia ella—. ¿Qué se sabe de John?
—Ha salido de la cárcel —informó Kate, y sin saber qué más decir, añadió—; pero ya no es el de siempre.
—Dadle tiempo —aconsejó él—. Yo mismo conozco en cierta medida la clase de miedo que esas situaciones desatan en el alma de un hombre. El gran Tomás Moro en persona registró mi casa. Por fortuna, al igual que John, recibí aviso a tiempo y quemé las pruebas condenatorias. —Chasqueando la lengua, cabeceó—. Por lo que he oído, varios clientes de Garrett en Oxford fueron sorprendidos en la redada y algunos incluso murieron a causa de la enfermedad de los sudores mientras permanecían encerrados como delincuentes en un sótano apestoso. Supongo que John y yo nos hemos librado para seguir con la lucha.
Kate sentía el intenso calor del sol y deseó marcharse, reacia a decirle que a John ya no le quedaba ánimo de lucha.
—Sí, supongo…
—¿Necesitáis algo, señorita Gough? Con John encarcelado tanto tiempo, puede que andéis escasos de recursos. Sé que él tiene también mujer e hijo…
Se llevó la mano al interior del jubón y extrajo una pequeña bolsa de piel. Ella negó con la cabeza ante su ofrecimiento de caridad.
—Sobreviviremos. Aún nos quedan unas cuantas cosas que vender. —Respiró hondo. Esa era su oportunidad—. De hecho, sir Humphrey, tengo algo que puede interesaros. Es una reliquia de la familia. Una Biblia ilustrada. —Bajó la voz, aunque los dos estibadores solitarios parecían haber desertado en busca de sombra—. Una traducción de Wycliffe. He pensado… —Se interrumpió de inmediato al ver la expresión de sir Humphrey—. Pero ¿cómo puedo ser tan tonta? Si Tomás Moro volviese, sería lo último que querríais ver entre vuestras posesiones más preciadas. Perdonad por…
—Es igual de peligrosa para vos. Me sorprende que John haya permitido…
—Intentó quemarla junto con todo lo demás. Yo se lo impedí. Me pareció una lástima. Es hermosa y está bien escondida.
Sir Humphrey calló por un momento.
—¿Cuánto? —preguntó, y ella vio en él un asomo del comerciante negociador.
—Diez libras.
Él dejó escapar un suave silbido.
—¡La tenéis en mucho aprecio!
—Sé que se puede comprar una traducción de Tyndale por cuatro cuartos, pero esta es una Biblia para la historia. Estoy segura de que si la vierais…
Sir Humphrey dejó escapar una breve risa.
—Deberíais negociar para la Hansa, señorita Kate. —Le sonrió. Fue una sonrisa cálida y sincera por encima de su pequeña perilla gris—. Pasaré mañana por la tienda y le echaré un vistazo.
John Frith despertó de un sueño inducido por alguna sustancia y vio ante sí una monja de aspecto severo, ya mayor, inclinada sobre él. En la ancha cara advirtió unos labios que se movían y una lengua que chasqueaba.
—Quedaos quieto si no queréis que os corte el cuello.
Él permaneció inmóvil, procurando contener incluso el tic del músculo del párpado mientras ella deslizaba la afilada navaja por su mandíbula. Cuando recuperó plenamente el conocimiento, cayó en la cuenta de que no yacía ya en el suelo de tierra del sótano, sino en un colchón de paja, tapado con una manta de lana razonablemente limpia. Cayó también en la cuenta, con cierto sobresalto, de que estaba desnudo debajo de la manta.
—¿Dónde estoy, hermana? —preguntó cuando ella se detuvo para sacudir de la hoja los restos de barba. Agarró con todas sus fuerzas la manta que lo cubría, sorprendiéndose de ser capaz de hacerlo. Y no solo pudo agarrarla, sino que incluso consiguió remetérsela bajo los brazos y mantenerla así con determinación.
—Esto es el hospital de St. Bart. Dado que habéis decidido abrir los ojos y echar un vistazo, creo que seguramente sobreviviréis, cosa que parecía poco probable cuando os trajeron aquí la semana pasada más muerto que vivo. Como esta mañana he visto señales de vida, he pensado que quizá os gustaría un buen afeitado. Ahora pienso que tal vez prefiráis un poco de comida de verdad.
—¿Un vaso de agua?
La monja soltó una risa atribulada.
—Sois un gran bebedor de agua. Desde que estáis aquí habéis bebido lo suficiente para dejar seco el río Fleet. Y habéis orinado casi en igual medida.
John se sonrojó pero sujetó la manta con más firmeza bajo las axilas. Ella le sirvió un vaso de agua de una jarra que estaba junto a su cama y se lo dio.
—Cuando acabe con esto, enviaré a alguien de la cocina con un poco de caldo y gelatina de pata de ternera, pero más vale que os lo toméis con calma.
John bebió un poco de agua y la mantuvo en la boca. Luego apuró el vaso y lo dejó. Ella siguió afeitándolo.
—Por suerte para vos, estabais tan enfermo que no pudieron llevaros con los demás a la Torre de los Lolardos.
—¿Qué interés tenían los pap… mis torturadores? —preguntó él.
—Os quieren con vida… para que abjuréis. Como los otros.
Frith no dijo nada; solo cerró los ojos. El tic del párpado había cesado por sí solo, probablemente a causa del cansancio.
Abjurar, pensó, sabiendo de sobra qué instrumentos de tortura habían empleado con sus amigos para obtener ese arrepentimiento; sabiendo también que un paso en falso después de una abjuración pública implicaba automáticamente la hoguera sin juicio previo. Si otros habían abjurado, él no sería mejor que ellos, ni más valiente, eso sin duda. Su única opción era escapar.
La monja había acabado de afeitarlo. Echó el cuello atrás y lo examinó detenidamente.
—¡Listo! Bueno, esto ya está mucho mejor. Casi parecéis un hombre otra vez. Y en cuanto se hayan rellenado esos huecos bajo los pómulos, un hombre más bien agraciado, diría yo. Bastante agraciado.
Limpió la navaja y la guardó en la pequeña funda de piel que llevaba colgada al cinto junto al rosario.
—Sería una lástima perder tan hermosa cabeza por la causa de la herejía. —Se puso en pie y cogió la palangana con los restos de la barba sucia flotando en el agua jabonosa—. Una verdadera lástima. Dicen que sois un brillante universitario. — Volvió a chasquear con la lengua—. No me explico cómo un hombre brillante puede meter el dedo en el ojo de Dios Todopoderoso.
—Pero no es en el ojo de Dios Todopoderoso —dijo él con más vigor del que creía que podía reunir su cuerpo; también con más vigor del que merecía esa mujer que lo había cuidado con tanto esmero y que aún servía a esa Iglesia—. No es el de Dios Todopoderoso. Es el de la Iglesia todopoderosa, y hay una gran diferencia. Hombres corruptos se han apoderado de ella. Si la gente puede leer la Biblia por su cuenta, verá que algunas de las doctrinas que esos hombres enseñan son falsas e interesadas.
—Bueno, incluso si yo reconociera que algo de lo que decís es cierto, cosa que no hago, un hombre sensato debería saber elegir mejor a sus enemigos. Sobre todo si es un hombre brillante con un gran porvenir.
—A veces no podemos escoger a nuestros enemigos, hermana —respondió él con hastío—. A veces nos vienen escogidos. Pero os doy las gracias por vuestro consejo bien intencionado. Os doy las gracias también por el afeitado. —Sonrió—. Sobre todo, os doy las gracias por el agua. Por toda.
—Bueno, tal vez tengáis la oportunidad de escoger. Al menos esta vez. —Se inclinó como para arreglar la manta. Bajó la voz y casi en un susurro le dijo al oído —: Creo que vendrán a buscaros mañana. El casiller vacía los orinales a las doce de la noche. Perezoso como es, suele dejar la puerta abierta hasta que acaba con todas las salas.
John tardó demasiado en asimilar lo que la monja le estaba diciendo.
—¿Y mi calzón? —dijo en dirección a la espalda que se alejaba por la sala. Pero ella estaba ya más allá de los dos últimos pacientes dormidos. Si lo oyó, no dio la menor señal.
Cuando Humphrey Monmouth fue a buscar la Biblia, no comentó nada acerca de los estantes vacíos de la librería. A Kate le escocieron los ojos por el llanto contenido cuando se la entregó. Deseaba conservar la Biblia, no desprenderse de ella, y a la vez la extrañaba ese repentino y abrumador apego sentimental. Pero es que todo aquello que le era querido y familiar parecía escurrírsele entre los dedos.
Sir Humphrey la abrió con cuidado y su expresión casi resplandeció al pasar las páginas, comentando lo mucho que había cambiado el idioma y admirando la riqueza de los pigmentos empleados en las ilustraciones.
Al menos la tendría alguien que la valoraba, pensó Kate.
—La guardaré como un tesoro —aseguró él.
—Espero que no os cause complicaciones.
—Es la Palabra del Señor. Debería valer lo que cuesta —dijo él, entregándole el dinero. Luego, mientras la envolvía de nuevo, añadió—: Lamento que John no esté aquí. Decidle que se prevé la llegada de un envío al canal de Bristol el 3 de septiembre. No debería representar para él el menor peligro ir a recogerlo.
Kate prefirió no responder: «No puedo decírselo a John porque no va a volver, y aunque pudiese, tampoco iría a recibir el envío». En lugar de eso, contestó:
—Desde que ha vuelto, tiene mala memoria. Por si acaso, dadme los detalles exactos para que yo pueda contestarle si me lo pregunta.
—Lord y lady Walsh, en Little Sodbury. Como siempre, ellos sabrán dónde desembarcarán la mercancía. Yo no iré. Temo que mi presencia pueda poner en peligro a los demás. Mi casa está bajo estrecha vigilancia. Pero otro de los comerciantes, un tal Swinford, sí acudirá. Ya nos acompañó una vez. Decid a John que Swinford partirá del muelle al amanecer del primero de septiembre.
—Swinford, Little Sodbury, al amanecer —repitió ella, como si de verdad fuera a transmitir la información.
Sir Humphrey cogió la Biblia y se dispuso a marchar; de pronto se volvió.
—Decid a John que venga a verme cuando lo desee. Me gustaría hablar con él. Y no os preocupéis por la Biblia de Wycliffe. Ya sabéis dónde está si algún día deseáis recuperarla. —Señaló con la cabeza la pequeña bolsa de cuero que ella sostenía en la mano—. Eso es solo un alquiler. Quizá podáis destinar una parte a comprar más género. Yo me limitaré a guardaros la Biblia hasta que llegue el día en que en Inglaterra no sea peligroso estar en posesión de un objeto tan magnífico.
Cuando sir Humphrey cerró la puerta y se marchó con la Biblia, a Kate la asaltó un impulso incontenible de llorar y romper algo. Pero, por desgracia, no quedaba nada que romper salvo su propio corazón, y estaba decidida a que eso no ocurriera. Con un corazón roto en la familia ya bastaba. Además, la sombra de una idea empezaba a cobrar formar en su mente.
El primero de septiembre. Little Sodbury. Swinford. Al amanecer.
Género nuevo.
Pero se lo había prometido a John. ¿Seguía vigente la promesa ahora que John había abandonado el negocio? ¿La había abandonado a ella? ¿Y si no vendía desde la tienda? Conocía a los clientes que les compraban. Podía visitarlos directamente. O podía cambiar el nombre del establecimiento y llamarlo Papelería Gough —con eso respetaría la letra de su promesa, aunque no el espíritu— y comerciar con la misma licencia, y vender papel y plumas y lacre y demás, así como libros luteranos con un guiño y un gesto de asentimiento a sus clientes de siempre.
Seguía maquinando cuando abrió la puerta de la imprenta de la trastienda. La prensa destrozada se hallaba ahora en el rincón del taller, donde abultaba como una gran bestia achaparrada, incitándola a la acción. Tirados por el suelo, en bolas arrugadas, seguían los recordatorios de sus esfuerzos más recientes. Tras apartarlos a puntapiés con más fuerza de la necesaria, empezó a revolver en el armario del material hasta que encontró lo que buscaba. En una percha detrás de un par de viejos tampones de tinta resecos y agrietados colgaban un pantalón de hombre, una camisa vieja y un sombrero de John.
Disponía de una semana hasta el primero de septiembre, una semana para reflexionar sobre esa absurda idea. Era una fantasía descabellada, pero al menos concebir tal aventura le proporcionaba algo en que pensar aparte de la crudeza de su futuro. Se recogió el pelo en un moño y se puso el sombrero de tres picos. Le encajaba a la perfección.