La librera y el hereje
Capítulo XIX
… Viejas arpías que aún desean hacer majaderías y exhibir sus pechos marchitos e inmundos… que se embadurnan afanosamente el rostro con afeites y nunca se despegan del espejo.
ERASMO DE ROTTERDAM (probablemente la inspiración para el
retrato satírico de una vieja grotesca realizado por Massy)
Fue tal y como John había prometido. Por Navidad Kate empezaba a sentirse en Flandes como en casa. Se había acostumbrado al continuo clamor de las maldiciones políglotas y los bulliciosos saludos, el sonido de las carretas en los adoquines y el tintineo de las campanillas de los arneses delante de la pequeña habitación de su casa. Y solo tenían que cerrar la ancha ventana de cristal y las chirriantes persianas de madera para excluir el mundo entero.
Cada mañana, después de desayunar la leche fresca y los bollos de mantequilla calientes con una cruz de azúcar glas que les llevaba Merta, John se acercaba al Grote Markt y allí, en los edificios de los numerosos gremios, encontraba fácilmente empleo como traductor. Apoyada en la ventana, Kate lo veía recorrer la calle estrecha y tortuosa hasta que, con un amplio movimiento de mano y un rápido beso, doblaba la esquina y se perdía de vista. Los días nublados ella trajinaba por el pequeño piso como un ama de casa normal y corriente, barriendo las migas, ahuecando los cojines, extendiendo el cubrecama sobre el excelente colchón de plumas, tarea que remataba con una afectuosa palmadita final, porque, ciertamente, era una excelente cama.
En los días claros y frescos se aventuraba a ir hasta el mercado, con la cesta colgada del brazo, caminando con la misma determinación que los desconocidos con quienes se cruzaba hasta llegar a los tenderetes entoldados. Una vez allí se paseaba de puesto en puesto, dejando que sus sentidos se deleitaran con las mercancías exóticas que ofrecían: acariciaba con el dedo una delicada pieza de encaje veneciano, admiraba los colores de un tapiz de Brujas, inhalaba los penetrantes olores de la canela y el anís y los frutos secos. En una ocasión incluso compró un cañamazo en el que había un dibujo de una fuente y un unicornio minuciosamente estampados, junto con los correspondientes hilos de seda para bordarlo. John se merecía una esposa consumada y el tapiz quedaría muy bien colgado sobre la cama. En su momento le pareció una buena idea.
Compraba pan recién hecho y queso y a veces sopa que mantenía caliente en el pequeño brasero que Catherine Massys les había enviado para «romper el frío de primera hora de la mañana», aunque Kate rara vez sentía ese frío. Disfrutaba demorándose en la cama con su reciente marido, bien acurrucada en el colchón de plumas hasta que el sol de la mañana calentaba la habitación por las ventanas orientadas al este. A lo que no podía resistirse era a los puestos de libros del mercado. Amberes era la capital mundial de la impresión. Se pasaba horas hojeando aquel sinfín de libros en tantos idiomas, y más de un vendedor tenía libros en inglés. El día anterior había visto uno que quería comprar, pero ahora ya no estaba. Se preguntó si el librero entendería su pregunta.
—¿Lutero? —dijo, pronunciando el nombre lentamente.
El vendedor asintió, escarbó bajo la pila y le entregó un libro que ella era incapaz de leer, pero reconoció el idioma alemán.
—¿Inglés? —preguntó ella.
—Sí —contestó él con toda claridad—. Lo tengo en inglés. Tengo muchos en inglés. Me los compran los mercaderes ingleses. Yo los compró directamente a los impresores.
Metió la mano en una gran bolsa y sacó tres volúmenes distintos.
—Tengo a Tyndale… aquí pone Hitchens, pero eso es otro nombre que usa Tyndale… y los Adagios de Erasmo y el libro con los sermones de Lutero.
Kate cogió el libro de los sermones. Era el que había visto el día anterior.
—¿No los tiene a la vista? Este me pareció verlo ayer.
Él se encogió de hombros.
—No en gran cantidad. Esta sigue siendo una ciudad católica pese a que, por lo general, las autoridades hacen la vista gorda en interés del comercio.
Pagó por el libro de sermones: un regalo para John, que disfrutaría comparándolo con su ejemplar alemán. Empezaba a descubrir que la traducción de una lengua combinaba arte y ciencia.
—Supongo que tendré que esconderlo debajo del queso —indicó ella.
—Ah, no os toméis la molestia. Aquí rara vez acosan a los extranjeros. —Volvió a encogerse de hombros—. Todos somos extranjeros. Sin nuestro comercio, esta ciudad se marchitaría como cuando a un viejo se le encogen los… —Se sonrojó hasta lo alto de la calva, se sonrojó como solo podía sonrojarse un hombre de tez muy clara —. Lo que quiero decir es que nosotros nos ocupamos de nuestros asuntos y ellos de los suyos.
—Me llevaré también este —dijo ella, cogiendo una traducción inglesa de la Odisea de Homero. Los sermones eran para John, el Homero para ella. John hacía alusión a Ulises tan a menudo que ella quería compartir con él esa gran aventura heroica, deseaba alcanzar a ver la atracción del «vinoso ponto».
Qué lugar tan maravilloso para vivir, pensó en el camino de vuelta a casa. John había elegido bien. Allí, en Amberes, no eran más que dos extranjeros en una ciudad de extranjeros. Londres parecía muy lejos.
A veces John y ella bajaban a los muelles al ponerse el sol para ver llegar a los barcos: carabelas portuguesas, galeones españoles, barcos mercantes venecianos, todos con las vistosas insignias de sus naciones de origen. Siempre que veía un barco inglés, aguzaba la vista por si acaso era El canto de la sirena. Pensaba por un momento en Endor encorvada sobre su pequeño horno y tomaba conciencia de la medalla de hojalata de escaso valor entre sus pechos, en contacto con la piel, bajo su camisola. Pensaba, también, en el capitán Lasser de pie en la popa, oteando el horizonte con sus ojos de halcón.
Pero esa noche no habría tiempo para pasear por la orilla del río. Esa noche iban a la Casa Inglesa.
La Casa Inglesa estaba aún más acogedora que de costumbre. En las calles crepusculares de Amberes caía incesantemente una gélida llovizna y la chimenea encendida prometía calor y cordialidad. El salón resplandecía a la luz de las velas, y la hiedra y el acebo se entrelazaban en las vigas de madera. Cuando Kate entregó su capa a la criada, percibió los deliciosos aromas y la mirada se le fue hacia la mesa con su mantel de hilo, donde se desplegaban los diferentes platos.
—Si esa mesa tuviera voz, sin duda gemiría bajo el peso de tal cantidad de pudines de Navidad y carnes asadas —susurró a John.
—Y nosotros colaboraremos en aliviarla de su carga, dulce esposa.
El agradable sonido de las voces inglesas también brindó una calurosa acogida a sus sentidos. Ni una sola sílaba extraña entre ellas. Incluso la risa inglesa era distinta de otras risas, pensó, sintiendo una repentina gratitud por esa pequeña muestra de su tierra. Los saludaron como a viejos amigos; pese a que la clientela tendía a ir y venir en función de sus actividades comerciales, para entonces Kate estaba ya familiarizada con algunos de los visitantes asiduos, y reconoció algunos de los rostros entre los ocho o diez mercaderes reunidos allí esa noche. Como era natural, John se reía fácilmente en su compañía; trabajaba con ellos a diario.
Para ser sobre todo hombres, predominaban las buenas maneras. Lord Poyntz velaba por ello. La cerveza era suficiente, pero no excesiva. Así pues, Kate se conformó con disfrutar de su comida en silencio mientras escuchaba alrededor el flujo de las conversaciones masculinas. No pudo evitar sentir curiosidad por las esposas que esos hombres habían dejado en Inglaterra.
Como siempre, la señora Poyntz parecía alegrarse de la compañía femenina en medio de tantos hombres. Después de la cena, mientras los mercaderes se enzarzaban en una discusión teológica o intercambiaban anécdotas sobre el contrabando de Biblias o jugaban a las cartas o al ajedrez, las dos mujeres permanecían allí sentadas con sus bordados. Su anfitriona se reía mientras Kate hincaba la aguja en los pliegues de la tela, cada día más arrugada.
—Ya aprenderéis, querida, no os preocupéis. ¿Qué importancia tiene una mancha roja aquí o allá? Un simple capullo en un fondo floral. —Se llevó la tela a la delicada boca y cortó un hilo de seda con los dientes. Luego preguntó—: ¿Qué tal vuestro alojamiento? ¿Es agradable?
—Mucho. Y nuestra casera es muy complaciente, aunque la vemos poco.
—Eso podría ser bueno —comentó la señora Poyntz—. No es que Catherine Massys no sea encantadora… Viene aquí de vez en cuando. Es amiga de un mercader, y una mujer muy inteligente. Pero al fin y al cabo estáis recién casados y merecéis cierta intimidad.
—Habla el inglés asombrosamente bien —dijo Kate, sintiendo que se sonrojaba ante el recuerdo—. Me temo que John y yo estuvimos un poco… indiscretos en nuestra conversación pensando que ella no nos entendía.
—Vaya, querida, cuánto lo siento. Nunca habría pensado… Pero sea lo que sea lo que dijisteis… en fin, seguro que la pobre Catherine está encantada de teneros como inquilinos. Adoraba a su hermano, pero temía que su taller se convirtiera en una especie de santuario y que fuera invadido por sus discípulos. Ahora puede poner como pretexto la intimidad de sus inquilinos cuando un artista quiera fisgonear en el taller. Quentin era muy famoso. Pintó el tríptico de la catedral y se lo conocía por sus retratos: uno de ellos incluso fue elogiado por el gran sir Tomás Moro. —Hizo una mueca—. Conocemos a sir Tomás porque negocia con los mercaderes.
Kate se alarmó y ello debió de reflejarse en su rostro.
—No os preocupéis, querida, ahí empieza y acaba nuestra relación con sir Tomás Moro. Viene a Amberes con frecuencia, pero nunca será invitado a la Casa Inglesa. Además, él y Erasmo, el filósofo holandés… ¿Lo conocéis?
Kate asintió, indicando que así era.
—Bueno, pues Erasmo y sir Tomás Moro son grandes amigos, tengo entendido, y los dos aprecian la cultura flamenca. —Con un gesto, pidió a la criada que recogiera la mesa—. Quentin incluso grabó una medalla para Erasmo. Aunque a mí no me interesa mucho su obra. La de Quentin, no la de Erasmo. La obra de Quentin es muy… literal. Muy exagerada. Casi raya en lo grotesco. ¿Qué os parece su Cristo descendiendo de la cruz?
—¿La tabla de la catedral? Aún no la he visto. Aunque han quedado unos esbozos en nuestra alcoba… Ya entiendo a lo que os referís con eso de «exagerado». Los esbozos son de una anciana vestida con ropa antigua, vestida exquisitamente… se ven todas las hebras del bordado de su bicornio… pero es tan…
—¿Fea? —lady Poyntz se echó a reír.
—¿Quién podría encargar un retrato así?
—Sí, ¿quién? Pero no creo que eso sea realmente un retrato, o al menos no de alguien a quien conozcamos. Se supone que debe expresar algo sobre la vanidad de las mujeres.
Eso tenía algo de triste y aleccionador… sobre la vanidad de las ancianas, como si las ancianas no pudieran ser hermosas y no debieran siquiera intentarlo. Lanzó una mirada hacia John, preguntándose si la encontraría hermosa cuando fueran viejos, tratando de representárselo con mechones grises en el pelo. Pero conservaría el hoyuelo en la mejilla. Seguiría hablando con el mismo entusiasmo que en ese momento manifestaba en su conversación con John Rogers. El capellán de la casa le aseguraba que sí, que estaba en contacto con William Tyndale y con mucho gusto lo informaría de la presencia de su amigo en Flandes.
La señora Poyntz se disculpó y fue a la cocina a supervisar el proceso de recogida de la vajilla. Las velas, ya muy consumidas, parpadeaban débilmente en sus candeleros, y Kate, dejando escapar un suspiro de evidente frustración, dejó el bordado. John miró en dirección a ella afectuosamente y, poniéndose en pie con sonrisas y apretones de manos a cuantos tenía alrededor, se despidió de los mercaderes.
Cuando recorrieron a pie las pocas calles hasta su casa, la llovizna había dado paso a la bruma. John la cogió de la mano. A Kate el contacto le resultó cálido y reconfortante. La voz del sereno les anunció que eran las nueve en punto y todo estaba en orden, si bien lo anunció en flamenco. Pero Kate empezaba a conocer un poco el idioma.
—Se te ve pensativa —comentó John—. ¿Te he cansado obligándote a permanecer en tan ruidosa compañía demasiado tiempo?
—No. Bueno. Quizá sí estoy un poco cansada. Pero ha sido una buena cena, y lady Poyntz me cae bien. —El olor de la bruma que venía del río, el sabor de esta en su boca, le era familiar, le recordaba a Inglaterra—. John, ¿sabías que sir Tomás Moro es el negociador entre Inglaterra y los mercaderes y que a veces viene a Amberes?
—¿Eso es lo que te inquieta, pues? —John exhaló un pequeño suspiro. Kate imaginó que el vaho de ese suspiro se mezclaba con la bruma, endulzándola—. No, no lo sabía. Pero no me extraña. Amberes es una ciudad importante. Cabe esperar que venga aquí de vez en cuando.
—¿Y si te viera?
—No me reconocería. Podría sonarle mi nombre, pero… estaré atento. No te preocupes, ángel mío. Soy un pez pequeño. El poderoso sir Tomás no se tomaría la menor molestia por mí. El que debe preocuparse es Tyndale. Por eso se traslada tan a menudo. Aunque lord Poyntz dice que está intentando convencerlo de que el lugar más seguro para él es la Casa Inglesa. Allí no podrían detenerlo las autoridades alemanas porque gozaría de inmunidad, y no se permite la entrada a nadie sino por invitación. —John le apretó la mano—. Descuida. Estamos a salvo —dijo, abriendo la puerta de la escalera que conducía a su piso de la planta superior.
Para cuando el sereno anunció que eran las diez en punto y todo estaba en orden, John dormía a su lado y ella estaba acurrucada en su brazo. La reconfortó sentir en la mejilla los latidos de su corazón. Ya a punto de dormirse, recordó el esbozo de la vieja grotesca que había vuelto de cara a la pared.
—¿Me querrás cuando sea vieja, John? —musitó—. ¿Seré tu ángel entonces?
Los suaves ronquidos de John no le dieron respuesta. Kate se puso de lado e intentó dormir, sintiendo una oleada de compasión por la mujer que había posado para el esbozo.
—Va. Tócalo si quieres —susurró el rey al oído a Ana Bolena—. Cuando seas reina tendrás el tuyo, con un salero a juego —le dirigió una de sus volátiles sonrisas— y rubíes grandes como tus ojos.
Ana retiró la mano. Ella no era reina. Todavía no. No mientras Catalina de Aragón fuese la legítima esposa de Enrique. Pero a la vez que apartaba la mano acarició con los dedos las perlas que orlaban la base del hermoso cuenco tapado. Era de lejos la pieza de vajilla más exquisita que había visto en la vida: cristal de roca, oro, esmalte verde mar y piedras preciosas engastadas.
Era la mascarada de la Noche de Reyes, y Enrique había anunciado a Ana que las fiestas de ese año serían una jubilosa celebración de sus propósitos. Esta vez ella había accedido a sentarse a la mesa con él. La máscara dorada le confería cierto anonimato, aunque toda la corte adivinaría de quién eran los ojos que miraban desde detrás del antifaz de plumas y piedras preciosas. Pero como en una mascarada el protocolo era menos riguroso, Ana había aceptado.
La luz y el color llenaban el salón de Hampton Court. Ana tuvo la impresión, al contemplar las mesas desde su elevada posición de honor, de que aquello era casi una visión celestial: los trovadores se paseaban entre los invitados, tañendo sus laúdes; los escanciadores llenaban las copas de oro en una fuente de la que manaba un exquisito vino francés; los embriagadores aromas de los perfumes y la cera de abeja se mezclaban con los suculentos olores que llegaban de las cocinas en el piso de abajo. El resplandor de las velas oscilaba, y la luz, al cambiar, revelaba un puño enjoyado aquí, un cuello de encaje bordado con hilo de oro allá, una redecilla de plata tan sutil como una telaraña: un remolino incandescente de colores que mutaba en luces y sombras. Dos heraldos de librea aparecieron con sus trompetas al fondo del salón.
—Señores, atended —dijo el maestro de ceremonias levantando la voz, y se inició la procesión.
Entraron en el salón un criado tras otro con grandes recipientes de cristal sobre cojines de terciopelo rojo con borlas doradas mientras, desde las mesas, resonaba el grito: «¡Bebamos! ¡Bebamos!». «¡Bebamos! ¡Bebamos!», acompañado de golpes de puño en las mesas. Los candelabros que colgaban de las vigas temblaron, haciendo bailar las luces. Cuando los escanciadores y los maestresalas empezaron a servir la libación de la Noche de Reyes, un coro inició el canto y las voces se acallaron hasta que se llenaron todas las copas. Entonces el rey se puso en pie y levantó su propia copa de oro.
—¡Bebamos! —exclamó y, tras soltar una risotada, apuró su copa.
Ana levantó la suya, tomó un sorbo de aquel vino dulce, con especias, e imaginó que sentía cómo se le subía a la cabeza. Dejó la copa. Aún tenían por delante el baile. Le convenía mantener alerta los sentidos.
—El maestro del festejo de vuestra majestad merece un elogio —dictaminó Ana —. Nunca había visto tanto esplendor.
—Esto no es nada —respondió él, y se echó a reír—. Espera a que seas coronada mi reina; entonces verás lo que es esplendor. Ven, vamos a enseñarles lo bien que baila su soberano.
A Ana se le aceleró el corazón cuando, cogida de la mano de Enrique, se dejó conducir al escenario construido para seis parejas de bailarines, cada una cuidadosamente seleccionada, cuidadosamente vestida, cuidadosamente coreografiada. A intervalos, las parejas salían de detrás de las telas pintadas que formaban el telón de fondo para incorporarse al baile. Todas iban vestidas igual que Enrique y Ana: paño dorado con aberturas que, debajo, dejaban a la vista el verde Tudor, adornadas las recargadas mangas con rosas Tudor, los hombres con sombreros de terciopelo y plumas, las damas con tocados perlados de terciopelo verde sujetos a redecillas de delicada malla dorada. Todos llevaban los mismos antifaces de dorados y plumas.
—Vuestra majestad, para ser un atleta tan poderoso, tenéis los pies ligeros — comentó Ana cuando los flautistas se unieron a los arpistas y salió la última pareja. Se había erigido en el centro del escenario un árbol enorme, y bailaron dando vueltas a su alrededor hasta que Ana casi se mareó.
—Lo ves, ya los hemos desorientado —dijo el rey—. Están apostando sobre quién es el rey.
Una serie de telas pintadas que representaban arcos formaban el telón de fondo. Al dar vueltas las parejas en torno al árbol, entraban y salían por los arcos de las telas. Los flautistas aceleraron el compás. Los bailarines entraban y salían por los arcos, entraban y salían, alrededor del árbol, cada vez más deprisa, por los arcos, alrededor del árbol. De pronto el rey cogió a Ana por la cintura y tiró de ella para llevarla detrás del arco verdadero, un arco de piedra en lo alto de la escalera que bajaba a las cocinas.
Enrique soltó una risa entrecortada cuando, a una señal suya, otra pareja casi idéntica a Enrique y Ana se incorporó al baile.
—Ven, cruzaremos la cocina y entraremos en el salón desde el otro lado.
Era como un niño pequeño jugando, tan ufano. Sin aliento de tanto bailar, Ana tuvo que correr para no rezagarse, esquivando a maestresalas y cocineros que iban cargados con bandejas y revolvían ollas, y se interrumpían solo por un instante para hacer una reverencia acompañada de una sonrisa o un: «Hola, majestad», como si su soberano atravesara corriendo su lugar de trabajo todos los días.
—¿Quién era ese bailarín, alteza, tan parecido a vos en estatura, peso y porte? — preguntó Ana con la respiración acelerada.
—Pero no tan buen bailarín, dulce Ana. —Le lanzó las palabras por encima del hombro sin el menor asomo de jadeo—. Di que no es ni de lejos tan buen bailarín como yo.
—No he bailado con él, majestad. ¿Cómo voy a saberlo?
Él se rio de su insolencia.
—Era Edward Neville. De mi séquito personal. Procura no encontrar una ocasión para bailar con él.
Enrique seguía corriendo y ella no había recobrado aún el aliento cuando entraron en el salón y se quitaron los antifaces.
Cuando el rey tuvo ya suficiente diversión y baile, después de comprobar los apostadores quién de los enmascarados bailarines era el rey —nadie ganó salvo lord Neville, que se embolsó todas las ganancias por medio de su representante Charles Brandon, lord Suffolk, en recompensa por el papel desempeñado en el engaño—, y después de acabarse el banquete con sus diversos platos a base de tórtola, cisne, pavo real y chorlito, ternera al ajo, lengua de buey y carne de ballena con especias, que a Ana no le agradaba pero intentó comer de todos modos porque era una gran exquisitez, y después de servirse la repostería y las golosinas, recibidas con hurras y bravos —estas tampoco le agradaban y las encontraba un tanto sacrílegas; tenía algo de profano representar en azúcar a la Virgen y al Niño—, Enrique aún estaba lo bastante sobrio para proponer que se retiraran a su cámara.
—Su majestad, la noche está muy avanzada y debo aducir cansancio. Además, sería una falta de decoro…
—Estará lord Neville. También Charles Brandon y por supuesto tu doncella. Tu virtud y tu reputación permanecerán intactas. Coincido en que debemos ser circunspectos. Tengo un regalo para mis colaboradores más cercanos con el que señalar esta ocasión. Sin duda a ti se te puede considerar entre los amigos más íntimos del rey.
Así pues, con los pies cansados de tanto bailar, la cabeza dolorida de tanto vino y el estómago hinchado bajo el tenso peto de tanto comer, Ana desplegó una dócil sonrisa y siguió al rey hasta su cámara. ¿De dónde sacaba la energía ese hombre? No era mortal. Había comido y bebido y bailado con más entusiasmo que nadie en el festejo, y no parecía en absoluto afectado. Cuando pasaron ante el pasillo que conducía a la alcoba de Ana, ella se acordó con anhelo de su cama. Y además, dudaba mucho que Charles Brandon, el compañero de juventud del rey y marido de su hermana María, la viera con buenos ojos. Seguro que Enrique pretendía granjearse su voluntad presentándola en el círculo más íntimo del rey, pero estaba demasiado agotada para exhibir sus encantos. No obstante, Enrique había mencionado los regalos de Año Nuevo. Una no se oponía a un rey.
Enrique cumplió su palabra. Tenía regalos para todos: espadas bien afiladas para lord Neville y Charles Brandon, poemas de su propio puño y letra igualmente para Brandon y Neville, junto con jarreteras revestidas de rosas de los Tudor y piedras preciosas en los botones; e incluso unos guantes del mejor borreguillo para la doncella de Ana.
—Y llévale esto a tu esposa, nuestra querida hermana María, con el mensaje de que la perdonamos por su caprichosa falta de respeto para con nosotros al casarse contigo.
Su expresión estuvo en consonancia con su gélido tono cuando entregó a Brandon un pequeño paquete. Ana se preguntó qué contenía. Pese a lo mucho que apreciaba a su amigo de la juventud, Enrique había planeado un matrimonio distinto para su hermana viuda, María Tudor, un plan que convenía políticamente a la Corona. Brandon agachó la cabeza en reconocimiento por su gratitud al verse reinstaurado en el favor del rey. Pero Ana sintió una momentánea punzada por María, que había caído en desgracia y no había sido invitada a los festejos de la Noche de Reyes. Si Brandon recuperaba el favor del rey, ¿por qué no María, la hermana del rey? Sintió un amago de ira hacia lord Suffolk, que había dejado en casa a su esposa en la lúgubre bruma de la deshonra.
Pero uno no se oponía al rey.
—Hay otro regalo más, para nuestra amiga especial, lady Ana.
Pidió a Ana que cerrara los ojos y puso en su mano un pequeño sobre de terciopelo. Pero Ana, antes de cerrar los ojos, había visto la mirada que cruzaron Neville y Brandon, y no fue una mirada que le alegrara el corazón. Acarició el pequeño sobre con el dedo, intentando volver a sentir su entusiasmo ante la idea de un regalo más del rey: demasiado plano para ser una sortija o, de hecho, una joya de cualquier tamaño. Parecía un cuadrado pequeño con bordes afilados.
—No mires todavía —dijo él—. Solo abre el sobre.
Ana deslizó los dedos por el sobre de terciopelo y sacó el pequeño objeto plano, palpando la suavidad de su superficie y los ángulos afilados. Oyó una inhalación de Neville o Brandon, no supo distinguir quién de ellos.
—Abre los ojos, mi señora, y mira el regalo de tu rey.
Ana abrió los ojos. Y lo que vio le causó tal angustia que no pudo contener las lágrimas que amenazaban con derramarse. Bajó la mirada para que los cortesanos no las vieran.
Era un retrato en miniatura de Enrique, sin barba, como ahora, así que era un retrato reciente. Se había afeitado la barba para las celebraciones navideñas. Era un retrato en miniatura perfecto, su boca de niño, su mentón un poco hendido por encima del carnoso cuello. Vestía una sencilla sobreveste y un sombrero negro sin plumas y llevaba una sola cadena de oro. La imagen en acuarela estaba pintada sobre un fondo azul oscuro y enmarcada por un delgado círculo de oro dentro de un rectángulo rojo. Y fue en ese borde rectangular donde Ana encontró la causa de sus lágrimas.
Unos ángeles dorados en las esquinas, tanto arriba como abajo, portaban letras de oro sobre un fondo escarlata: «E C». Arriba y abajo. Las veía claramente a través de las lágrimas.
Enrique y Catalina.
—Vuestra majestad, no puedo aceptarlo. No merezco semejante prueba de generosidad de parte vuestra y de la reina. —El objeto odiado flotaba ante ella, distorsionada la imagen del rey por las lágrimas—. Tengo la sensación de que la velada me ha superado. Debo desearos buenas noches.
Hizo una reverencia lo más rápido posible y, retrocediendo, salió de la cámara; luego se recogió la falda y huyó de la presencia del rey. El sonido de la ira de Enrique la persiguió por el pasillo.
—Haré azotar a ese pintor por semejante insulto —vociferó.
Pero lo único en lo que Ana podía pensar era en la expresión de suficiencia en el rostro de Charles Brandon.