La librera y el hereje
Capítulo IX
El rey, en este mundo, no tiene ley; y puede actuar bien o mal a su antojo, y solo rendirá cuentas a Dios.
WILLIAM TYNDALE,
La obediencia del cristiano
— uestra majestad, me cortejáis con demasiado ímpetu, siendo como soy una V
simple doncella.
Riendo, Ana Bolena se apartó de los brazos del rey, con la esperanza de aplacar su ardor sin inflamar su mal genio. Era siempre muy consciente de que con él andaba por una cuerda floja.
Era un magnífico día de finales de verano en Hampton Court, un día colmado de posibilidades y esperanza. En un día como ese, en el que los pajarillos gorjeaban entre las ramas podadas de los setos, Ana casi creía que podía llegar a ser la reina de Enrique. En un día como ese, en el que el aroma del sol y las rosas perfumaban el aire, casi creía que Enrique era un hombre sincero.
Una brisa agitó las cintas de su corpiño, que el rey se había afanado en desatar. Con esa misma brisa llegó el sonido cristalino de risas de mujeres desde algún lugar en el exuberante corazón del laberinto.
Enrique no pareció oírlas.
—Tu pelo huele a mil flores y tus labios son cerezas maduras… cerezas maduras… déjame probarlas —musitó Enrique, y ella sintió su aliento húmedo y denso en el cuello. Sus dedos volvieron a pugnar con los cordones—. Tus… pequeños pechos… son firmes como granadas. Catalina los tiene… tan caídos.
Ella se apartó, dándole una suave palmada en los dedos y besándolos con delicadeza para atenuar el rechazo. ¿Cómo podía una eludir a un rey? Se estremeció ante su propia temeridad.
—Mi señor, deberíamos salir del laberinto y buscar más compañía para que no me sienta tentada por el encanto y el ardor de vuestra majestad. —Se anudó los lazos del corpiño con mano no tan experta como la de él al desatarlos—. El cardenal puede presentarse aquí en cualquier momento. O peor aún, uno de los espías de la reina Catalina. Mientras no sea vuestra esposa legítima, conservaré mi virginidad. Cualquier otra cosa sería inadecuada para llegar a ser vuestra reina y permitiría poner en tela de juicio la verdadera ascendencia de vuestro futuro heredero.
Enrique apretó los labios en un afectado mohín, que a ella le recordó la mueca de un niño mimado al verse privado de su juguete preferido.
—Ella no es mi reina —dijo él—. Era la reina de mi hermano. Yo solo era un muchacho cuando él murió e ignoraba que fuese pecado llevarla a mi cama. Pero es un pecado que puede remediarse con gran facilidad. Si esa vaca española no tuviese tan buenos contactos en las cortes papales, se habría concedido la anulación hace ya mucho tiempo.
Y vuestra hija María sería una bastarda. ¿Cómo se anula a una niña? Pero Ana se mordió la lengua. La otra única solución sería vivir como amante del rey, y a eso no estaba dispuesta. ¿Qué más daba si su padre era solo un caballero? Algo de la sangre de los Howard corría por sus venas, y el rey podía conceder el rango de noble de un plumazo. ¿Acaso no había nombrado a Charles Brandon, su amigo de la infancia, duque de Suffolk? Una reina con ideas reformistas sería beneficiosa para Inglaterra. La princesa María se había criado en el catolicismo, e Inglaterra estaba más que harta del papismo. El rey necesitaba un heredero, uno que no se criara en el catolicismo.
De nuevo unas risas se filtraron entre los setos. Esta vez se oyeron más cerca.
—Vamos, pues —exclamó Enrique con un gruñido—. De todos modos, con tanto hablar de Catalina has echado a perder el momento. Supongo que no negarás a tu rey tu casta compañía. —Pronunció la palabra «casta» con los dientes apretados.
Ana siguió las musculosas piernas enfundadas en medias de seda por entre los setos, esforzándose por no rezagarse.
—Me atenderás en la cámara privada del rey… con compañía, ya que insistes — dijo él, apretando el paso—. Ya han llegado los dibujos para mis nuevos tapices belgas. Al menos estos serán del agrado de mi señora. Y es un placer para mí exhibirte ante Wolsey. Le entra tal indignación solo de oír tu nombre que su gorda cara parece un jamón hervido.
—He observado que el cardenal no me aprecia —comentó Ana mordazmente.
Enrique se detuvo de pronto y se echó a reír. Ana respiró aliviada. Por lo visto, los nubarrones habían pasado. El rey se quedó inmóvil, en jarras, con las piernas un poco separadas, en lo que Ana consideraba siempre su pose para el campo de batalla, hasta que ella lo alcanzó.
—Eres una maestra del eufemismo. No es que le caigas mal a Wolsey. Es más bien que para él eres una fuente continua de vergüenza porque ha sido incapaz de servir a su soberano en este importante asunto. En realidad sería sir Tomás quien conspiraría contra ti, si se atreviera.
Habían salido del laberinto y cruzaban los vergeles. Más allá, docenas de hombres cavaban amplios estanques. Cuando el rey se acercó, palearon con más brío. Enrique se detuvo al borde de un estanque para mirar. El sol vespertino proyectaba las sombras de los perales y los manzanos sobre los trabajadores, como si las ramas fueran manos nudosas extendidas para atraparlos. Enrique se sentó en un banco y, con unas palmadas en el asiento, indicó el espacio junto a él.
—Imagino que esto es lo bastante público para que tu virtud no quede en entredicho, mi señora.
Ana pasó por alto el sarcasmo; sus pensamientos seguían anclados en el último comentario de él.
—Me temo que me habéis puesto en una situación peligrosa, majestad. Según parece, me he granjeado la enemistad de hombres muy poderosos.
Él dejó escapar una especie de resoplido.
—¿Te refieres a Tomás? No te preocupes por Moro. Está demasiado ocupado quemando herejes para concederle gran importancia a cualquier otra cosa. —Le dio una palmada en la rodilla—. Es a mí a quien tienes que complacer, Ana, solo a mí.
—Sospecho que sir Tomás podría considerarme objetable en todos los sentidos — dijo en voz baja. Titubeó por un momento, dudando, y por fin decidió que de nada servía contar con la atención del rey si no la aprovechaba—. Tengo algo que enseñaros. No tan extraordinario como vuestros tapices, pero creo que os conviene verlo.
—Vaya, eso me despierta curiosidad. ¿Es un nuevo poema que mi señora ha escrito, o quizá una pequeña joya, o una sedosa prenda de su amor?
Ana se sonrojó.
—No es nada de eso. Ya habrá tiempo para esas cosas cuando nuestras… circunstancias cambien. No, es solo un sencillo panfleto impreso.
—¿Un libro? —Soltó una carcajada tan estridente que uno de los excavadores miró hacia él y enseguida desvió la vista—. Mi reina no será solo hermosa sino también erudita. Soy un hombre afortunado. Sir Tomás Moro no será el único hombre de Inglaterra con mujeres doctas en su casa.
—Me temo que es un libro que ni sir Moro ni el cardenal aprobarían. —Se llevó la mano al bolsillo oculto cosido en la falda y le entregó el opúsculo—. Pido a vuestra majestad que tenga la bondad de examinarlo en privado y no divulgue la procedencia… si es esa vuestra voluntad, claro.
Él adoptó una expresión severa.
—¿No será una obra luterana herética? Te advierto…
—No es una obra luterana. Pero sí es obra de un hombre no muy querido por maese Moro. Es un libro de un tal Tyndale. Se titula La obediencia del cristiano.
—¿Dónde ha adquirido mi señora un libro así? —preguntó él con severidad.
—Llegó a mis manos cuando estuve de visita en el continente. Lo traje a Inglaterra antes de que se publicaran las actuales leyes para el control de licencias. Como la ley indica, lo entrego… os lo entrego a vos. —Le hizo una profunda reverencia.
—Muy sensato. Espero que todas vuestras decisiones sean igual de cautas. Si tus enemigos encontraran esto en tu poder, le sacarían mucho partido. Pero podías haberlo quemado.
—Pensé que quizá desearais leerlo antes.
—¿Tú lo has leído?
—Sí, mi señor, lo he leído.
—¿Y bien? ¿Qué te ha parecido?
Ella vaciló. Enrique tampoco era amigo de los luteranos. Al fin y al cabo, había redactado la refutación contra Lutero —siendo obra tanto de Tomás Moro como de él, sospechaba— que le valió el favor papal y el título de «Defensor de la Fe». Tragó saliva.
—Razona bien, pero tiene algunas influencias luteranas.
Enrique golpeó el libro contra su rodilla como para castigarlo.
—Entonces lo arrojaremos al fuego con los demás.
—Pero también contiene ideas sobre el derecho de los reyes que quizá den voz y peso a los propios pensamientos del rey.
—Los pensamientos del rey no requieren peso ni voz de más —replicó él con expresión ceñuda.
Ana respiró hondo.
—Siendo así, coincidís más de lo que pensáis con maese Tyndale. Eso es precisamente lo que afirma ese libro. Declara audazmente el derecho divino de los reyes por encima de todos los demás.
Él enarcó una ceja.
—¿Incluso del papa?
—Leedlo y lo veréis. El rey solo rinde cuentas a Dios.
Enrique le quitó el libro de la mano y lo examinó por un momento. Finalmente, se lo deslizó bajo la amplia manga de seda.
—Entonces lo leeré —dijo.
Desde un tejo por encima de ellos un par de cuervos eligieron ese momento para manifestar una estridente protesta. Él se rio.
—Tengo la impresión de que los del hábito negro ya protestan. —Y cogiéndola de la mano, añadió—: Vayamos a ver los dibujos para mis tapices.
Cuando salieron de los vergeles, el excavador más cercano dejó escapar un suspiro de alivio y se apoyó en su pala.
El cardenal Wolsey estaba solo en el centro del gran salón, contemplando el techo de vivos colores: azul, rojo y oro y la armadura de vigas atirantadas. Una profunda tristeza se abatió sobre sus hombros revestidos de púrpura. Hampton Court, el mayor palacio de toda Inglaterra… y estaba a punto de cederlo. Qué necio había sido en su pretensión de eclipsar al rey, aunque, como bien sabía Dios, no había escatimado esfuerzos para mitigar la posible envidia de Enrique aludiendo a su posesión personal como uno más entre los palacios del rey.
«Desde vuestro palacio de Hampton», había firmado en toda su correspondencia a Enrique mientras residía allí. Pero a partir de esa noche sería propiedad del soberano con todas las de la ley. En un último esfuerzo por salvar la cabeza, si no el cargo, el canciller Wolsey entregaba al rey la posesión de su magnífico palacio a orillas del Támesis, donde había recibido y sobornado a no pocos prelados romanos y príncipes extranjeros. Un gesto generoso pero vacío, reflexionó. El rey podía adueñarse de cualquier palacio con un golpe de pluma, pero entregándolo voluntariamente Wolsey esperaba eludir el golpe de pluma y un golpe de otra clase.
Recorrió con la mano los surcos de los paneles de madera de las paredes, cuyas tallas imitaban los pliegues de unas colgaduras de tela. Sus aposentos privados tenían ese mismo revestimiento. Desde las ventanas emplomadas de su gabinete veía los jardines y el sinuoso río. Este palacio había sido, para el hijo de un humilde carnicero, la culminación de un sueño. Ahora lo había perdido todo: el palacio de Hampton, el sello de canciller… y no quería ni pensar en qué más podía perder. ¿Y por qué? Por una mujer, y ni siquiera una mujer hermosa según los parámetros de la corte. Era como si ella hubiese embrujado al rey, que no hablaba de otra cosa más que de su deseo de contraer matrimonio con ella. Estaba dispuesto a arriesgarse a la ira del papa e incluso al fuego eterno por lo que pudiera encontrar entre sus piernas. La palabra «brujería» había corrido entre los partidarios de la reina. Pero Wolsey sospechaba que las artes oscuras de Bolena, fueran cuales fuesen, tenían más que ver con las dotes de Eva que con el diablo.
Sus espías le dijeron que ese día ella había estado en el laberinto con el rey. Incluso era posible que esa noche se sentara con él a la mesa del rey. Enrique la exhibía abiertamente mientras su vieja reina lloraba y pedía a su sobrino Carlos, el emperador del Sacro Imperio Romano, que impidiera que su marido la desplazara. De momento estaban en tablas, pero era solo cuestión de tiempo. Wolsey lo veía en la expresión de lascivia que asomaba a los ojos de Enrique siempre que miraba a Ana y en la seguridad que se reflejaba en los ojos oscuros de ella. Si Ana aguantaba lo suficiente, sería reina. Y Enrique habría desafiado a un papa. Thomas Wolsey no tenía cabida en semejante corte. Pero no le apetecía volver a York. En otro tiempo pensaba que a esas alturas estaría ya en Roma, sentado en el trono papal, pero ese sueño se había truncado.
La luz oblicua que entraba por las ventanas le indicó que ya casi era la hora. Los criados ya venían a colocar los tableros. Esa podía muy bien ser su última cena en aquel magnífico salón. El rey ya estaba decorando las paredes. Pronto le pedirían a Wolsey que entregara su sello de canciller. Al día siguiente partiría rumbo a casa, rezando para que sus enemigos no fueran tras sus pasos. Que los chacales se pelearan por el gran sello. Thomas Cromwell o Tomás Moro. Eso a Wolsey le importaba tanto como un cubo herrumbroso lleno de mierda de burro. Aunque compadecía al hombre que luciera la gran cadena. Para Wolsey no había sido más que una carga desde que Enrique decidió arrinconar a su reina española.
—¿Dónde ponemos el escudo de armas del rey, su eminencia?
Wolsey se quedó inmóvil por un largo momento, contemplando su propio emblema en el otro extremo del salón. Símbolos sagrados pintados sobre un fondo rojo bajo el capelo: la cruz y las llaves del reino descansando sobre el lema: Dominus mihi adjutor.
—El Señor es quien me ayuda —murmuró, meditando sobre la ironía.
—¿Su eminencia?
—Ponlo allí —dijo con aspereza, señalando su propio emblema—. Embala ese y envíalo a York. Y utiliza las telas de oro para los tableros —ordenó—. Para que el rey tenga un buen concepto de nosotros.
Abandonó el salón para una última visita a las cocinas y la bodega. Elegiría el vino personalmente.
Tomás Moro entró en las cocinas de Hampton Court con un cometido. Arrugó la nariz ante la terrible agresión a sus sentidos. Aquello apestaba a chimeneas humeantes, grasa quemada y a la sangre de animales recién sacrificados. Cielo santo, solo el ruido bastaba para desquiciar a un hombre: golpes de sartenes, vocerío. Sintió un escozor en la nariz a causa del olor acre a humo. Tosió. Aquello era como entrar en el infierno. Pero a través de la neblina azul suspendida sobre la cocina más amplia, donde un carnicero ensartaba un ciervo muerto en un espetón, avistó a su presa y se abrió paso a empujones entre los trabajadores agobiados y sudorosos —algunos con librea, algunos con andrajos— que trajinaban en el laberinto de recocinas. Unos cuantos lo reconocieron y se separaron ante él como las aguas del mar Rojo ante Moisés.
Hampton Court no era el lugar preferido de sir Tomás Moro, ni la cocina ni los suntuosos aposentos de los pisos superiores. Si bien era cierto que a Tomás le gustaba estar rodeado de objetos agradables —cuadros, libros, una mesa bien surtida—, veía en el exceso una aparente falta de orden que lo inquietaba, y la sobreabundancia de riqueza era el sello característico de la corte. El palacio entero, desde los magníficos jardines hasta la recargada capilla, exhalaba los ponzoñosos hedores de la intriga y la angustia. Al entrar en aquel caos donde se preparaban comidas dos veces al día para las hordas de aduladores que cruzaban sus puertas, se le tensaron los nervios tanto como las cuerdas de un arpa. Anhelaba estar de regreso en Chelsea, en su biblioteca después de una comida sencilla con su familia, pero el rey lo había emplazado esa noche en Hampton Court y por consiguiente había decidido dar un buen uso a la velada.
Localizó al hombre que había ido a ver, que en ese momento manipulaba un leño tan grande como el tronco de un árbol. Tomás rebuscó en la memoria el nombre de aquel que lo había llevado una o dos veces en barca desde Hampton hasta Chelsea.
Albert… Alfred… no, era una letra más avanzada del alfabeto… James… Paul…
Peter…
—Robert —llamó, y se apresuró a avanzar en dirección al trabajador.
El criado arrojó el leño a las gigantescas fauces de la chimenea que se extendía de pared a pared al fondo de la cocina y se dirigió con un brazado de leña pequeña hacia los hornos dispuestos en la pared contraria. Alzó la vista al oír su nombre, deteniéndose lo justo para enjugarse el sudor de la frente con el brazo.
—¡Sir Tomás! Me sorprende veros aquí. Aquí abajo, quiero decir.
—Y yo de verte a ti. Como no estabas en el muelle, he preguntado y me han dicho que mirara en las cocinas. ¿Te han trasladado de puesto permanentemente?
—Cuando el rey viene a cenar, nos obligan a todos a prestar servicio, so pena de perder la licencia de barquero. Pero en cuanto acabe aquí volveré al muelle, por si necesitáis un barquero que os lleve a casa esta noche.
—Me alegro, Robert. Te cuentas entre los barqueros más rápidos del río. Pero no es esa la razón por la que he venido a buscarte. ¿Podemos hablar en privado en algún sitio?
Robert lanzó un vistazo a los hornos.
—No será más de un minuto, te lo prometo.
—La antecocina seguramente estará vacía.
—Ve tú delante, yo te seguiré —ordenó Tomás, siguiéndolo hasta una pequeña habitación donde dos pavos reales, asados y revestidos nuevamente con su vistoso plumaje, aguardaban en una repisa a que los fueran a buscar para llevarlos a la mesa del rey. Bandejas con tartas en forma de corona, guarnecidas con polvo de oro auténtico, esperaban también a que las sirvieran. Sin duda, una de dichas tartas sería colocada ante él en la cena. Esperaba que el rey no mirara cuando él retirara el oro con el tenedor. Los metales preciosos eran para llevarlos como adorno, no para comérselos.
El hombre, incómodo, empezó a moverse.
—Iré al grano para que puedas volver enseguida a tu trabajo. La última vez que remaste para mí, me hablaste de un tal Harry Phillips, y me dijiste que trabajabas en casa de su padre. «Un tarambana», creo que lo llamaste, un hombre que haría cualquier cosa si el precio fuera el adecuado. ¿Sabes dónde puedo encontrar a ese hombre?
El criado parecía atónito, aunque Tomás sabía que no se atrevería a preguntar directamente por qué él, en su posición y reputación, buscaba a alguien así.
—Tengo pendiente un trabajo de limpieza en Chelsea. La clase de trabajo que solo aceptaría un hombre desesperado por dinero. Excede un poco las posibilidades de mis criados. Si no recuerdo mal, ese tal Harry era un hombre culto con ciertos vicios lamentables pero caros. Esa clase de individuo suele estar desesperado.
Robert se enjugó de nuevo con el brazo. Las gotas de sudor resplandecían entre el vello de su antebrazo. Desde las amplias habitaciones de detrás de la antecocina, en medio del estrépito de sartenes, les llegó una voz:
—¿Dónde está Robert? Necesitamos más leña para los hornos del pan.
—Vuelve al trabajo. No queremos que el pan del cardenal quede a medio cocer.
—No, desde luego. —Robert sonrió.
—Estaré en el muelle después del banquete. Si consigues que llegue a casa a tiempo para que pueda desayunar con mi señora, te compensaré la pérdida de sueño. Ya volveremos a hablar de ese Harry Phillips, y de si es o no adecuado para el trabajo. No es nada importante.
—¡Roberrrt!
—Ya voy —prorrumpió el criado en dirección a la voz desconocida, y luego dijo a sir Tomás—: Allí estaré, milord, si consigo escaparme.
—Se lo comentaré al cardenal en la cena. Pediré que ponga a mi disposición a mi barquero preferido.
Pero Tomás no tuvo que esperar hasta la cena. Cuando salía de las cocinas, pasó por el descansillo desde el que descendían unos peldaños hasta la sala donde se hallaban los toneles de vino, dispuestos como crisálidas gordas y redondas en ordenadas hileras. Entre los toneles vio la sobrepelliz y el capelo de color púrpura de Wolsey: inclinado, observaba mientras el bodeguero mayor abría un agujero en un tonel, introducía un cucharón y se disponía a servir vino en una copa. Al oír el suave susurro del calzado de Tomás, Wolsey alzó la vista.
—Tomás —dijo, haciéndole señas—, ven a probar esto. A ver si te parece digno de la mesa del rey.
El bodeguero agitó el vino tinto en la copa para que desprendiera su intensa fragancia. Tomás tomó un sorbo. Era un vino afrutado, con mucho cuerpo, y se apreciaba un ligero resabio del roble en el que se había criado, como una mujer recién levantada de la cama que aún conservara la fragancia de sus sueños en la piel.
—Es un vino excelente, su eminencia, un buen borgoña.
—Tienes buen olfato, Tomás. —La parca sonrisa de Wolsey puso de manifiesto su satisfacción por el hecho de que Tomás aprobase el vino—. Eso es lo que proporciona a un hombre su alta cuna. La capacidad para valorar las cosas buenas.
Siempre será el hijo de un carnicero, pensó Tomás. No del todo seguro de su propio gusto. Siempre eligiendo la azucena dorada en lugar de la magnífica flor de la naturaleza. Eso explicaba en gran medida los excesos del palacio de Hampton.
—Este vino fue un regalo del duque de Borgoña en su última visita —prosiguió Wolsey. A continuación bajó la voz y musitó como si hablara consigo mismo—. Hombres poderosos han deambulado por las salas de este gran palacio. —Y entonces pareció recordar que no estaba solo—. Pero nunca antes había encontrado a uno en mis cocinas. ¿Qué te trae a esta región subterránea cuando todos los demás pasean por los jardines? ¿Algún plan secreto?
—Os habréis enterado, supongo, de que uno de los estudiantes de Oxford se ha fugado. Es probable que ya esté de camino al continente —respondió Tomás.
—Sí. —El cardenal, todavía preocupado por el vino, volvió a olfatearlo y devolvió la copa al bodeguero—. Este servirá —dijo, y le indicó que ya podía irse—. Sácalo una hora antes de servirlo para que respire. El decantador con piedras preciosas incrustadas para la mesa del rey; el de plata para los caballeros.
—¿Y para los demás? —preguntó el bodeguero.
—Elige tú. —El cardenal lo despachó—. Ahora déjanos solos un momento.
Despidiéndose de sir Tomás con una inclinación de cabeza, el bodeguero abandonó la sala.
—Lástima no haber puesto al joven Frith bajo vigilancia. Según he oído, es amigo de William Tyndale. Así podrías haber descubierto el paradero de tu hombre rápidamente, maese Moro. Podrías haberlo seguido como un sabueso sigue a un zorro.
—¿Mi hombre? Su eminencia, creía que vos más que nadie…
—Sí, sí, claro. Pero pocos persiguen la herejía con la misma pasión que tú, cosa un tanto extraña teniendo en cuenta que no eres clérigo, sino un… abogado.
Tomás interpretó la palabra «simple» en la pausa del cardenal.
—Por eso precisamente —contestó Tomás, percibiendo la aspereza en su propia voz, sin importarle si Wolsey la percibía también o no—. Frith y Tyndale y los de su calaña quebrantan la ley. La ley del propio rey. Yo me limito a cumplir con mi obligación.
—Sí, sí, claro, Tomás. —Agitó los ensortijados dedos con displicencia—. Es muy sensato por tu parte cumplir bien con tu deber. Es la manera de ascender. Y pronto habrá dos cargos libres. Uno es el de Maestro de Retrete: una función importante. Porque ese hombre controla el acceso al rey en sus momentos más íntimos. Pero por alguna razón no te veo como el hombre adecuado para limpiarle el culo al rey. —Se rio—. ¿Qué te trae por mis cocinas?
Si bien Wolsey era famoso por su temperamento explosivo, esa noche estaba de un talante extraño. Tomás decidió que debía hablar con cuidado.
—Buscaba a uno de los barqueros que tenéis a vuestro servicio, con la idea de que me llevara a casa.
—¿Has bajado aquí en busca de un barquero?
—En el muelle me han dicho que estaría aquí. Es un remero excepcionalmente rápido. Le prometí a lady Alice que estaría en casa para el desayuno.
—¿Cómo se llama ese barquero?
—Robert, excelencia.
—Ah, ese. Tiene los hombros de un buey. Y es muy parlanchín.
—Eso ayuda a pasar el rato en el viaje de vuelta —dijo Tomás con cautela.
—¿Habláis de algún tema en concreto?
La voz de Wolsey traslucía cierto recelo. Su paranoia había ido a más tras su incapacidad para proporcionarle el divorcio al rey. Tomás decidió hablar a las claras.
—Me mencionó a un tal Phillips, un hombre tan desesperado que sería capaz de realizar un trabajo poco corriente. Se me ha ocurrido que necesitamos a un hombre en el continente que busque a Tyndale. Conviene saber dónde están nuestros enemigos en todo momento.
El cardenal apretó los labios y miró a Tomás con los ojos entornados. Luego esbozó una sonrisa de complicidad.
—Una observación astuta.
Tomás asintió para llenar el silencio. Wolsey se apoyó en uno de los toneles.
—Estoy cansado, consejero. Empiezo a sentirme viejo. Ya nos veremos esta noche en el banquete. —Atravesó la sala, dejando a Tomás en medio de los tapones de vino. Al llegar al umbral, se volvió—. El otro cargo del que te he hablado… — dijo en voz tan baja que Tomás tuvo que aguzar el oído—. Creo que me ha llegado el momento de retirarme a York. La cancillería pronto quedará vacante. Cuentas con el favor del rey. Dice que eres un hombre íntegro —masculló—. Aunque, ahora que lo pienso, puede que tampoco seas adecuado para el cargo porque también en este anda por medio el enorme culo peludo del rey. —Se rio e hizo una pausa para mayor efecto —. Tienes que limpiárselo o besárselo. Por alguna razón, no te veo haciendo ni lo uno ni lo otro. Eso parece más bien el punto fuerte de tu rival.
—¿Mi rival, eminencia?
—Maese Cromwell. Seguro que has sentido su aliento caliente y ambicioso en la nuca. Es tan implacable como tú, pero quizá tenga menos principios. Será interesante ver a quién prefiere el rey: al fervoroso cazador de herejes o al reformista luterano al acecho entre la maleza.
Tomás se sorprendió ante la franqueza del cardenal, aunque no por su anuncio. Toda la corte sabía que Wolsey estaba en apuros porque había sido incapaz de obtener un divorcio, pero esos comentarios suyos podían considerarse traición. Tomás deseó no haberlos oído. ¡Y Thomas Cromwell, por favor! Casi se habría echado a reír solo de pensar que aquel parásito y cazador de fortunas de mirada aquilina pudiera ascender en la corte más allá de ayudante de Wolsey. Su ambición saltaba a la vista, pero él era torpe en sus maquinaciones. Tampoco era una novedad el hecho de que en privado simpatizara con la Reforma. El cardenal debía de haber soportado a esa víbora en su seno por el lazo común que los unía. El hecho de que el hijo de un carnicero se complaciera en la promoción del hijo de un cervecero dándole prioridad sobre el hijo de sir John Moro no debería sorprender a nadie.
Debía protestar formalmente por las indiscretas palabras del cardenal. A saber quién podía estar escuchando detrás de la puerta.
—Su eminencia…
Wolsey le indicó que callara con un gesto.
—A propósito, consejero, esta noche asistirá al banquete la ramera del rey. Tendrás tu primera oportunidad para ejercitar el beso en el culo.