La librera y el hereje
Capítulo XXXII
Es de estatura media, tez morena, cuello largo, boca ancha, pecho no muy erguido, y en realidad no tiene nada más que el voraz apetito del rey, y los ojos, que son negros y hermosos… Vive como una reina y el rey la acompaña a misa y a todas partes.
Descripción de Ana Bolena escrita por el embajador de Venecia
(1532)
— s un noble sacrificio el que haces, Kate —dijo Tyndale en el puerto, mientras E
observaban alejarse el barco.
John se despedía de ella con la mano desde la cubierta, y ella le devolvía el saludo con desesperación, procurando reprimir el deseo de llamarlo a gritos para pedirle que volviera. No. Era un error. Todo era un error. Ella lo necesitaba. Su hijo lo necesitaba. No debería haber accedido a dejarlo ir.
—No se habría ido si tú te hubieses opuesto. Estoy seguro. Eres la alegría de su vida. Procura no desanimarte. Él no correrá riesgos innecesarios y regresará antes de que el niño nazca.
Él era la única alegría de mi vida, y ahora se ha ido, pensó ella mientras observaba alejarse el barco hasta que por fin dejó de ver la figura de John y sus gestos de despedida, deseando poseer la certidumbre de Tyndale, deseando poder ver, como Endor, el futuro en el agua. Fijó la mirada en el líquido verdoso y turbio del puerto, pero lo único que vio entre los desechos flotantes fue el reflejo ondulado de una mujer de pie al lado de un anciano. Por un momento se sobresaltó, incapaz de reconocer las siluetas reflejadas.
—Ojalá John poseyera vuestra habilidad para disfrazarse —comentó ella, advirtiendo el bulto en los hombros de Tyndale, el cansancio general en la postura, el mechón gris empolvado en el pelo—. Seguro que podríais presentaros ante la puerta de Tomás Moro y él no os reconocería. —Esperaba que sus palabras no delataran el rencor que sentía en el fondo de su corazón.
—No me reconocería. Nunca me ha visto.
—¿Por qué os odia tanto, pues?
—Tú ya conoces la respuesta a eso. —Le sonrió con amabilidad—. Formó parte de tus argumentos contra el viaje de John. Por todo aquello en lo que creemos, por nuestra propia existencia, por la manera en que ponemos en tela de juicio la sabiduría transmitida por la Iglesia, transmitida por hombres poderosos y no por Dios. Solo hay una revelación de Dios, y no es un hombre sentado en un trono en Roma, sino un libro de Escrituras antiguas interpretado por cada hombre tal como el Espíritu de Dios le da a entender. Esta creencia es anatema para Tomás Moro y para todos aquellos que defienden los «sepulcros blanqueados» en los que se ha convertido la Iglesia de Roma. No pueden permitir que exista tal creencia, ni aquellos que la predicamos… —Se interrumpió con un suspiro y, rodeándola con el brazo, añadió—: Ahora lo que necesitas oír de mí es que cuando decidimos que alguien debía emprender este viaje, yo me ofrecí a ir. Fue John quien insistió en que debía ser él.
Kate no se sintió mejor al oírlo.
—Mejor será que volvamos —propuso ella—. Vos a vuestro trabajo y yo a… mis preocupaciones.
—John me ha hablado de tu grupo de estudio de la Biblia —dijo él—. Opino que eso que haces es una labor maravillosa. Lo entiendo. Pero no está exento de peligro.
—No os preocupéis por eso —respondió ella, sintiendo las palabras secas como la lana en su boca—. Lo he dejado. Por la seguridad de mi hijo. Ahora ya no he de pensar solo en mí.
Él le dio una palmada en el hombro en un gesto de consuelo. Ella no se sintió consolada.
Sintió aún menos consuelo esa noche cuando ordenó el escritorio de John y encontró entre las hojas de Discusión sobre el purgatorio los papeles cuidadosamente falsificados que lo identificaban como mercader de la Hansa. Rogó con fervor que descubriera su ausencia antes de que le exigieran enseñarlos.
Hasta aquí, todo bien, pensó John Frith cuando desembarcó sin percances en la costa de Essex y detuvo a un pequeño paquebote para que lo llevara a Reading. Su primera misión era visitar al prior de la abadía de Reading, que a lo largo de los años había actuado como canal de financiación e información, cosas ambas que el contingente de Amberes necesitaba ahora desesperadamente. Los traductores habían vendido sus abrigos de invierno al impresor de la última edición, contando con que ese viaje les permitiría reabastecerse tanto de fondos como de ropa.
Dios mediante, podría darse un baño en la abadía y afeitarse, pensó mientras se enjugaba el sudor de la frente y se rascaba la barba greñuda. Se la había dejado crecer intencionadamente a modo de disfraz para eludir a los espías y los vigilantes del Canal que salpicaban la costa. Acaso el prior le dijera que ahora el viento era tan propicio en Inglaterra que el disfraz resultaba ya innecesario.
Cuando se acercaba a Reading, se acordó de la primera vez que había visto a Kate. Fue en una casa de labranza, una de esas de las tantas que había en los pueblos ingleses, donde se leía la Palabra de Dios y sus habitantes lo arriesgaban todo por dar apoyo al movimiento reformista. Aquel también era un día caluroso, pero ella vestía una gruesa capa de hombre y calzón. Aun así, aun creyendo que era un hombre y estando él enfermo a causa de los suplicios padecidos en el sótano del pescado, se acordaba de que la encontró extrañamente atractiva.
Más tarde se habían reído de eso, después de contarle ella, abochornada, que su hermano había abjurado y estaba decidida a ocupar su lugar en el contrabando de libros. Él había bromeado al respecto, diciendo que entonces se había preguntado si ella era como tantos monjes, que buscaban alianzas prohibidas para aliviar su apetito sexual. Aunque en realidad no lo había pensado; estaba demasiado débil para preocuparse por esas cosas, y además conocía bien su propia manera de ser. Había bromeado solo para disipar la vergüenza que ella sentía por la retractación de su hermano.
Tenía la ferviente esperanza de no abochornarla nunca de ese modo. Pero ¿cómo sabía un hombre si tenía lo que hay que tener para soportar la tortura y conservar el honor, y más si debía pensar en su esposa e hijo? Esa era la decisión a la que se había enfrentado su hermano, pobre hombre. John de pronto sintió una afinidad especial con él. Si sus viajes lo llevaban cerca de Gloucestershire, pasaría a visitarlo para ver cómo le iba.
Para cuando llegó a Reading, las sombras de la tarde se extendían por casi todo el río. Observó ociosamente mientras el paquebote se acercaba al muelle para dejarlo desembarcar, donde varios hombres discutían.
—Yo que vos me mantendría alejado de esa panda —recomendó el barquero.
—Seguiré vuestro consejo, mi buen remero —respondió John, abriéndose paso entre los toneles apilados en el centro de la embarcación. Metió la mano en la pequeña bolsa atada a su cinturón y entregó al hombre su última moneda.
—No soy la clase de hombre que se embolsa el último ochavo de una persona — declaró el barquero, viendo la bolsa vacía—. Necesitaréis eso para la cena, imagino.
—Cenaré en la abadía. Tengo amigos allí —contestó él, colocando la moneda en la palma áspera del barquero.
Los rufianes del muelle habían dejado de discutir y empezaban a cruzar golpes.
—Alguien debería avisar al alguacil del pueblo.
—Creo que ya lo han hecho —dijo John, señalando con la cabeza a los dos hombres que se acercaban a los matones con los espadines desenvainados.
Para cuando John atravesó el malecón, los borrachos estaban ya engrilletados, con los brazos inmovilizados a la espalda. Muy posiblemente pasarían la noche encerrados en el sótano del juez de paz, pensó, por alteración del orden en estado de ebriedad, sin más repercusiones a la mañana siguiente que una severa jaqueca y varias esposas coléricas.
—¡Eh! ¡Vos! ¡Alto ahí!
John miró alrededor para ver a quién se dirigían. Estaba solo él en el muelle. El barquero ya se había alejado. Quizá debía hacerse el sordo, seguir adelante. Probablemente lo querían como testigo.
—¡Alto en nombre de la ley!
Suspirando, John se detuvo, dejó su pequeña maleta y se volvió a mirarlos. Uno de los patanes borrachos sonreía con cara de estúpido. Mal de muchos, consuelo de tontos, pensó John.
—¿Deseáis hablar conmigo? Yo, como vos, también acabo de llegar. Os aseguro que no sé nada de este asunto.
—Parecéis forastero. No recuerdo haberos visto en este condado.
—Soy amigo de la abadía.
—Pues perdonadme que os lo diga, pero no tenéis aspecto de amigo de la abadía. Por lo regular, los amigos del prior visten con más elegancia.
—He hecho un largo viaje. Soy mercader. Un mercader de la Hansa adscrita al Steelyard de Londres.
Eso no pareció impresionar a sus interrogadores.
—Mirad, tengo documentos para demostrarlo. —Señaló la maleta a sus pies—. ¿Si me lo permitís?
El alguacil asintió y John metió la mano en la pequeña bolsa y buscó entre la ropa sucia —solo había llevado lo esencial para viajar ligero de equipaje—, incluso miró entre las páginas de su Homero. Nada. Sacudió el libro de los poemas de Homero, pero lo único que cayó fue una de las cintas para el pelo de Kate con la que marcaba la página.
De pronto se acordó.
Había guardado las credenciales falsificadas en su Discusión sobre el purgatorio, pensando que podría trabajar en el texto, pero decidiendo por fin prudentemente que si lo registraban sería una prueba condenatoria. Se había dejado las credenciales junto con el libro. El patán risueño recobró el habla.
—Si ese es amigo del abad, yo soy el guardián de una ramera gorda —dijo, arrastrando las palabras.
—Eres guardián de una ramera gorda —respondió otro de los rufianes con una sonrisa burlona—. Yo he poseído a tu mujer.
—Hijo de puta, te cortaré la verga y se la daré de comer a los cuervos delante de tus narices, te…
—Tú cierra esa inmunda boca antes de que te la cierre yo para siempre —atajó el alguacil, recalcando sus palabras con una ligera estocada. Luego señaló a John con la cabeza—. Llevémonos también a este. El juez de paz ya va a sulfurarse bastante cuando interrumpamos su cena. Ya puestos, añadamos a un vagabundo para aumentar el número de mandatos judiciales.
—Si fuerais a preguntar a la abadía… —dijo John, ya realmente alarmado.
—¿Tengo yo aspecto de recadero? —gruñó el alguacil—. Contádselo al juez de paz.
—Eso, tú cuéntaselo al juez de paz —se mofó el más borracho de los maleantes.
John esperaba que el juez fuera más razonable que el alguacil. Eso no auguraba un buen comienzo en su viaje, pensó mientras repechaba la cuesta con ruidos en el estómago y sin un penique en el bolsillo.
—No, creo que debería ser carmesí. Definitivamente carmesí, si he de ser una mujer perdida —dijo Ana Bolena a la sirvienta de confianza que la había acompañado a Windsor. La anciana la había servido desde la infancia. Ana había dejado a lady Margaret y la boba de Jane Seymour en Hampton Court. Esa noche no quería a ninguna de las dos cerca.
Devolvió las mangas verdes a la criada, junto con la enagua de satén verde.
—Mangas de terciopelo carmesí para hacer juego con la falda de terciopelo. Y una enagua de seda carmesí, con un cinturón de cordón trenzado de oro y carmesí, creo.
Acudiré a él en distintos tonos de rojo, pensó, para calentarle más la sangre.
—Y la toca negra en forma de corazón, tachonada de rubíes. Y un único rubí en la garganta.
—Una elección muy sensata. El rey no podrá resistirse a vos, milady. El carmesí dará realce a vuestros ojos. ¿Os arreglo el pelo?
La sonrisa de la anciana era de complicidad, y reconfortó el corazón de Ana en esa noche que habría de ser la más importante de su vida. Porque esa noche iba a ser nombrada par del reino, marqués de Pembroke, con las correspondientes tierras y derechos, sin depender de los antecedentes mercantiles no muy meritorios de su padre o sus parientes, los Howard. Empleando la forma masculina del título, «marqués», Enrique le concedía un honor jamás otorgado a una mujer por derecho propio. Eso solo podía significar una cosa: dándole el título, la convertía en digna aspirante a ser su reina. El rey por fin había tomado una decisión.
Y Ana también había tomado la suya. Con el poder que el Parlamento había conferido al rey, con Cranmer ahora en la función de arzobispo de Canterbury y Cromwell de su lado, todo estaba en orden.
O casi.
Si Enrique deseaba algo más de lo que la deseaba a ella, era un heredero. Necesitaba estar embarazada de su hijo para Navidad.
—No, me dejaré el pelo suelto esta última vez, para recordarle que soy aún una doncella. —Al menos en rigor, pensó. Su virginidad seguía intacta, aunque sin duda la habría perdido con Percy si Wolsey no los hubiese interrumpido en el gabinete de la reina—. Prepara un baño con aceites aromáticos de Francia. Hay un frasco azul en mi aseo. Es el preferido del rey.
Al cabo de dos horas, después de bañarse y vestirse, Ana estaba ante el espejo de entrepaño con una sonrisa de satisfacción. Era una elección atrevida. El vestido carmesí desde luego daba realce a sus ojos, y el pelo emitía un resplandor oscuro, en contraste con el vibrante terciopelo de las mangas. Tal vez no fuera una belleza rubia conforme a los cánones de la corte, pero al practicar la mirada sutil y la sonrisa coqueta, incluso haciendo señas a la figura del espejo como las que dirigiría más tarde al rey para llevarlo a su cama, experimentó una sensación de poder.
—Estoy lista —anunció—. Llama al lacayo para que lleve este mensaje al rey — dijo, procurando no desarreglarse la falda al sentarse ante su escritorio.
El mensaje no decía más que «Vuestra majestad, espero vuestro placer», y llevaba la firma: «Humildemente, Ana».
Cuando el rey apareció en persona ante la puerta de su cámara para acompañarla a la sala de audiencias, la expresión en su rostro confirmó a Ana el acierto de su elección. Pero cuando él se inclinó para besarla en lo alto de sus «pequeñas doncellas», como llamaba afectuosamente a sus pechos, ella protestó con delicadeza.
—Ya habrá tiempo para eso, vuestra majestad. Primero debemos atender los asuntos de la velada.
Él le cogió la mano con el brazo extendido y la contempló como si pudiera satisfacer su lujuria con la mirada.
—Milady, sin duda eres una bruja, y has hechizado a un rey.
La risa de ella reverberó en el pasillo mientras caminaba a su lado hacia la sala de audiencias donde sería anunciada por primera vez como marqués de Pembroke. Se preguntó si alguno de sus enemigos estaría presente para ser testigo de tan singular honor.
Más tarde, esa misma noche, cuando Ana llevó al rey a su alcoba, flotaba en el ambiente un aroma limpio y dulce. La ventana estaba abierta para dejar entrar el aire cálido de la noche. El único sonido eran los susurros de una conversación entre la brisa y los grandes robles bajo la ventana. El resplandor de las velas iluminaba la habitación. Se habían esparcido pétalos de rosa entre las esterillas y en el cubrecama.
Enrique sonrió al verlo.
Ana empezó a desvestirse, quitándose la toca y agitando la cabeza para que el brillo de las velas realzara mejor sus trenzas.
—¿Quieres que llame a tu criada? —preguntó él.
—No será necesario, mi señor. Estoy segura de que puedo confiar en que vuestra majestad me proporcione la ayuda necesaria.
Se despojó de las mangas y luego, desatándose la falda, salió de ella. Cogiéndole la mano a Enrique, se la guio hacia el corpiño. Él movió expertamente los dedos entre las lazadas hasta que ella no lució más prenda que la camisola corta de diáfana seda. Esta vez, cuando él le besó el pecho, ella no protestó. Notó en la piel la lengua húmeda y caliente de él. Cruzó su mente un fugaz recuerdo de Percy, pero se apresuró a apartarlo, considerando que rayaba en traición pensar en otro hombre mientras hacía el amor con el rey.
—¿Quieres que llame a mi ayuda de cámara? —preguntó él, quitándose el sombrero. Tenía la voz ronca de deseo.
—No es necesario, mi señor. Yo os desvestiré.
Ana levantó con cuidado la cadena de oro que colgaba de su cuello.
Con mucha menos ceremonia, él se despojó del jubón de brocado.
—No hay prisas, mi señor —dijo ella, ahora con voz susurrante y grave. Le desató el calzón y luego le desprendió la bragueta, dejando que los dedos se demoraran juguetonamente.
—Vuestra majestad es muy… majestuoso —espoleó ella.
Cuando Enrique ya solo llevaba los calzoncillos y las jarreteras, ella se quitó la camisola por encima de la cabeza y se plantó ante él sin nada más que el cabello desmelenado y el collar con el rubí. Tuvo un momento de inquietud. Él nunca la había visto desnuda. De hecho, ningún hombre la había visto desnuda, ni siquiera Percy. Tenía los pechos demasiado pequeños, temía, pese a que él a menudo se había quejado de los de la reina.
—¿Está satisfecho vuestra majestad? —preguntó en voz muy baja.
De pronto pareció reinar en la cámara un silencio absoluto. Incluso los robles al otro lado de la ventana interrumpieron su parloteo con el viento.
Pero ella no necesitaba palabras para saber que su majestad estaba satisfecho.