La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 29 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XXVIII

 

El corazón sincero de una esposa [es el] don más preciado que tiene un hombre en este mundo.

WILLIAM TYNDALE acerca del séptimo mandamiento

 

Thomas Cromwell salió de la cámara privada del rey más compungido que al entrar. La reunión con Enrique y el agente que había llevado la petición del monarca había tomado un giro imprevisto.

Cromwell no se había alegrado precisamente cuando Enrique le pidió el nombre de alguien de lealtad y silencio incuestionables, alguien con el oído siempre atento y capacidad para sonsacar información, alguien a quien encomendarle con plena confianza que fuera al continente y reuniera opiniones favorables acerca de su «gran asunto» a fin de presentárselas al papa. Eso solo podía significar una cosa: si el rey buscaba aún testimonios influyentes, la ruptura con Roma no era tan inminente como Cromwell esperaba.

Enseguida acudió a su mente el nombre de sir Thomas Elyot. No podía decirse que fuera del todo digno de confianza, pero era un noble conocido suyo que necesitaba empleo, y Thomas Cromwell conocía el valor de conceder favores a parlamentarios en difícil situación económica. El rey pareció bastante complacido con la elección, e indicó a Elyot que informara a maese Cromwell de todos los gastos en que pudiera incurrir durante su misión. Eso gustó a Cromwell. Estaba bien que los pagos recayeran en él; dejaría a ese hombre aún más en deuda con él y lo mantendría informado.

Pensando que ahí se acababa el asunto, Cromwell saludó con una inclinación, y se disponía a marcharse cuando Enrique lo detuvo con un gesto.

—Quizá te preguntes, maese Cromwell, por qué después de nuestras recientes conversaciones, contigo y con el arzobispo Cranmer, solicitamos aún testimonios a este respecto. No es así. Como tú aconsejaste, hemos optado por otra vía.

—Pero vuestra majestad ha dicho… ah, ya veo. Es una treta. Muy astuto por parte de vuestra majestad.

Por un momento se había preocupado. La Bolena le importaba menos que el nudillo de un santo, pero librarse de la reina católica sin duda favorecería la causa de la Reforma. Y deshacerse de Roma favorecería el Tesoro, con toda esa riqueza, todas esas tierras, y ese oro y esa plata propiedades de la Iglesia, encerrados en los monasterios y las catedrales de Inglaterra.

—Imaginad que la Corona controlara eso, vuestra majestad —había aducido Cromwell—, y que ni el rey ni su reino, ni sus arzobispos, ni sus obispos, ni siquiera los párrocos más humildes estuvieran sometidos ya más a la tiranía de Roma.

Era una acción de una audacia que cortaba la respiración.

Ni siquiera Felipe el Hermoso de Francia se había atrevido a ir tan lejos al enfrentarse al papa Urbano, poniendo en su lugar como cabeza de la Iglesia en Francia a un cardenal francés. Cromwell había desaconsejado a Enrique repetir ese precedente histórico argumentando los desastrosos resultados. La cristiandad había acabado teniendo dos papas durante un tiempo: uno en Roma y otro en Aviñón, y después un tercero para imponerse a los otros dos.

—Una cabeza suprema —había aconsejado al rey—, tanto de lo temporal como de lo sagrado. Así el rey se concedería él mismo el divorcio. —Esa era la semilla que Cromwell había plantado en la cabeza de Enrique, la misma semilla que Cranmer había regado, y ahora estaba a punto de germinar pese a los fanáticos esfuerzos del canciller Moro por aferrarse al antiguo orden.

—Tienes razón, maese Cromwell. Reunir testimonios no es más que una farsa — dijo el rey, examinándose tranquilamente las manos, reacomodándose el sello real como si el asunto careciera de importancia—. La verdadera misión de maese Elyot es buscar a William Tyndale y John Frith. Le comunicaréis esta misión en secreto.

Cromwell guardó silencio por un momento mientras intentaba desentrañar el significado de aquello. Había pensado que el objetivo de la treta era solo conseguir que los prelados romanos bajaran la guardia, para cogerlos por sorpresa cuando el Parlamento declarase a Enrique VIII, rey de Inglaterra, jefe supremo de la Santa Iglesia de Dios en Inglaterra.

—No lo entiendo, vuestra majestad. Perdonadme, pero creía que eso ya se había hecho; Stephen Vaughan los encontró y regresó con su respuesta.

Cromwell recordaría después la expresión en el rostro de Enrique y volvería a verla muchas veces en los siguientes años. Fue un destello de ira, rápido y desconcertante en su aparición, como un rayo quebrado al caer en tierra un día despejado de verano. Igual de peligroso y fugaz.

—Los encontró y los perdió. —Sacudió la mano como si espantase un mosquito —. La misión de Vaughan era otra. Maese Tyndale y maese Frith desdeñaron la gracia del rey. Si vuelves a localizarlos, debes ayudar a sir Elyot a traerlos. Seguro que siguen ocultos en algún lugar de los Países Bajos, aunque posiblemente a estas alturas hayan buscado otro escondite. —Y añadió—: Emplea cualquier medio que sea necesario.

—Si se me permite preguntarlo, vuestra majestad…

—Para ser juzgados por herejía, naturalmente.

—Naturalmente —contestó Cromwell.

Pero la verdad era que no lo entendía. Estaba convencido de que el rey, por influencia de Ana Bolena, les había otorgado su favor. Era por influencia de ella que él les había ofrecido su gracia y su favor de buen comienzo. Si ahora Enrique había cambiado de idea por la ofensa a su vanidad, ¿por qué no confiaba en el espía enviado por Tomás Moro y el obispo Stokesley? Henry Phillips era un calavera redomado. Si había alguien capaz de inducirlos mediante engaños a abandonar la protección de la Casa de los Mercaderes Ingleses, era él… a menos que el rey ya no confiara en el canciller Moro.

—Vuestra majestad, el canciller Moro ya tiene a un agente trabajando en esto, como sin duda sabéis.

—El canciller Moro está en otras.

¿Por qué no avivar las llamas del desfavor de Moro?, pensó Cromwell, y dijo:

—¿En otras? ¿Al margen de los asuntos del rey?

—Es posible que las intenciones del canciller Moro, pese a ser laico, estén más próximas a los intereses del papa Clemente que a los del rey. ¿Está clara la misión, pues?

—Muy clara. Encontrar a Tyndale y a Frith y traerlos de regreso empleando cualquier medio que sea necesario. —Intuyendo que la reunión tocaba a su fin, Cromwell inclinó la cabeza—. ¿Eso es todo, vuestra majestad?

—Eso es todo, maese Cromwell.

Mientras salía de la cámara privada seguido de Elyot, Thomas pensó que el favor del rey era tan voluble como su estado de ánimo. Le convenía recordarlo.

 

Una araña había tejido su ancha tela entre dos arbustos del patio de la Casa Inglesa. John Frith reflexionó acerca de la simetría vaporosa de la tela, la fuerza del filamento casi invisible que la anclaba al arbusto más cercano al banco en el que estaba sentado con William Tyndale. Los rayos del sol cruzaban oblicuamente la tela, dorando los nervios de seda del vaporoso edificio. Era un objeto de gran hermosura, no muy distinto del intrincado esplendor del rosetón de una gran catedral, pensó John. Un objeto de gran hermosura, pero en el centro de esa intrincada hermosura una araña vestida de negro devoraba a placer una luciérnaga que se agitaba desesperadamente. John habría liberado al desdichado insecto, pero ya era demasiado tarde. La cabeza de la luciérnaga estaba siendo digerida lentamente por la araña.

Era una metáfora aleccionadora de aquello para lo que acababa de ofrecerse.

—Me gustaría esperar a que regrese mi esposa —dijo a William Tyndale—. Ha ido a Lovaina a visitar a Catherine Massys.

Tyndale se miró las manos manchadas de tinta; se presionó los dedos entrelazados y le crujieron los nudillos.

—Lo comprendo —contestó—. Ya sabes, John, que no estás obligado a ir. Podemos esperar; podemos encontrar otra manera. Confiaba en recibir alguna señal de Stephen Vaughan en cuanto a la opinión de su majestad al recibir mi carta. Puede que esté dispuesto a dejarse convencer y autorice la distribución legal de la Biblia. Pero eres un fugitivo, igual que yo. El riesgo sería considerable para cualquiera de los dos.

—Si Tomás Moro me atrapa, la causa no sufrirá como sufriría si te detiene a ti — confirmó John. Y luego, aligerando el tono para tranquilizar a su amigo, añadió—: Además, yo no soy nadie. Seguro que se han olvidado de mí. Y ten en cuenta esto, amigo mío —dio una palmada a Tyndale en el hombro—, quizá escribas mejor que yo y traduzcas más deprisa, pero yo hablo mejor que tú.

Tyndale se echó a reír.

—No niego la verdad de eso. —Pero la risa pronto se apagó y, muy serio, dijo—: Primero tendrías que acceder al rey. Concedió un salvoconducto a Robert Barnes cuando este le mandó una atenta carta solicitando que se le permitiera regresar para ocuparse de sus asuntos. Un salvoconducto sin condiciones. —También él observaba a la araña cebada en su presa. Añadió—: Pero Robert Barnes nunca ha incurrido en la ira de Tomás Moro.

—Tomás Moro solo conoce mi nombre, no mi cara. Si nos cruzáramos por la calle, no sabría quién soy. Conozco a Robert Barnes. Es un buen hombre. Puedo ir camuflado, quizá como criado suyo. Así el salvoconducto me incluiría también a mí.

—Si vas como criado de alguien, mejor será que mantengas la boca cerrada. — Tyndale se permitió una parca sonrisa—. Los criados, cuando maldicen, no sueltan alusiones clásicas.

Pero John no respondió a la amable broma de Tyndale.

—¿Cuándo parte Barnes? —preguntó, y en ese momento se decidió.

—Esta tarde. Dentro de unas cinco horas sale un cargamento de la Hansa con destino al Steelyard de Londres. Me enorgullece decir que transportará algo más que tejidos flamencos. Barnes me dijo que se proponía viajar en ese barco. Podrías estar en Londres esta noche. Si todo va bien, podrías estar de vuelta antes de que regrese tu mujer. Si es que decides ir.

—Aunque no pueda acceder al rey, puedo inspeccionar el terreno. Seguro que puedo llegar a Cromwell. Recibimos informes muy contradictorios. Algunos dicen que Moro está perdiendo influencia, que la Bolena tiene influencia sobre el rey. Podría ser que argumentos persuasivos nos granjearan la voluntad de Enrique. Al menos debería estar abierto a la idea. ¿Por qué, si no, nos habría ofrecido el perdón y un lugar en la corte?

—Llévate al capellán Rogers —sugirió Tyndale.

John negó con la cabeza.

—Dos correríamos más peligro que uno. Iré yo solo. Pero explica por favor lo del salvoconducto a mi mujer para que entienda por qué me he marchado sin decírselo. Dile que regresaré en cuanto pueda y que me gustaría que ella se refugiara en la Casa Inglesa hasta mi vuelta.

—No temas, John. La mantendremos a salvo. Tú cuídate. Kate es demasiado joven para quedarse viuda.

 

Kate escuchaba la respiración rítmica de Catherine Massys y anhelaba los suaves ronquidos de John. Era su última noche en Lovaina y añoraba no solo la comodidad de su cama sino el consuelo de los brazos de su esposo. Pero se alegraba de haber ido; le había complacido especialmente conocer a las amigas de Catherine. Era un grupo de mujeres valerosas.

Como tenían que actuar con mayor reserva que en Amberes —que era un centro comercial más grande e importante, y más tolerante, menos pendiente de tales actividades—, una chispa de excitación animaba el estudio de la Biblia de las mujeres de Lovaina. No se permitía la presencia de niños, por temor a que contaran algo fuera de allí. En su mayor parte las mujeres eran mayores, excepto dos: una que era soltera, y otra que, como Kate, no tenía hijos. Acogieron a Kate en su hermandad con sonrisas y abrazos. Kate pronto vio que para esas mujeres la fe era una cuestión de vida o muerte. Se maravilló de su audacia… y su temeridad. Incluso Catherine se estremeció cuando Berta, la mayor de ellas, después de leer la lección de la Biblia, despotricó contra los charlatanes de sotana negra de Roma. ¿No se le ocurrió en ningún momento a Berta pensar que la desconocida en quien confiaban podía ser una espía al servicio de la Iglesia?

Pero Kate sospechaba que todas sabían que aquello no era un juego tonto de niñas. Mientras Kate ayudaba a Catherine a disponer los cojines en círculo en el suelo de su habitación —«una habitación superior», la llamaba Charlotte, la bonita fräulein rubia—, las mujeres hablaban de las tretas que usaban con sus maridos. Una de las asiduas, una tal Dora, no se había presentado. Su marido había descubierto las reuniones y le había puesto un ojo morado, amenazándola con algo peor. Tardaría un tiempo en volver. «Pero conozco a Dora. Encontrará la manera», había dicho Catherine muy seria. Cómo debían de parecerse a los primeros cristianos, pensó Kate, antes de que la poderosa jerarquía eclesiástica ocultase el mensaje simple y puro predicado por un carpintero galileo itinerante bajo un lenguaje indescifrable, piedra labrada y oro laminado.

Ahora, recordando a la mujer a quien el marido había pegado, Kate permaneció en vela en la silenciosa oscuridad de esa misma habitación superior y pronunció en susurros una breve plegaria de agradecimiento por el tierno marido que en cierta ocasión había prometido en broma «no pegarle». Para Dora y muchas mujeres como ella eso no era una broma. Aun así, incluso el marido de Kate, que compartía las mismas creencias que ella y arriesgaba su vida para demostrarlo, no aprobaba las reuniones de mujeres y hubiera preferido que ella se quedara en la Casa Inglesa afilándole las plumas de escribir y llevándole sidra.

¿Era un pecado que Kate quisiera más? ¿Un pecado que quisiera participar de manera directa en la causa? Los sacerdotes sostenían —incluso algunos reformistas— que las mujeres cargaban con la maldición de Eva, y por consiguiente el suyo era un papel menor. ¿Era un pecado de orgullo lo que la inducía a desear asumir los riesgos que asumían, cambiar lo poco que pudieran cambiar? ¿Un pecado de orgullo pensar siquiera que poseía el valor para ello? Ese mismo pecado —si era un pecado— la había llevado al río vestida de hombre para realizar el trabajo de un hombre, y Dios había recompensado esa acción uniéndola a John. Y de pronto la asaltó otro pensamiento que penetró en ella como unas tenazas candentes en carne tierna.

¿Podía ser que su orgullo de mujer fuera el pecado por el que su hijo murió en su vientre?

¿Fue aquello castigo de Dios? Recompensas por las buenas obras, castigos por las malas acciones: eso enseñaban los sacerdotes. Pero tú eso no lo crees, Kate Frith. Un Dios compasivo y misericordioso no castigaría a tu hijo inocente por tus pecados, ni siquiera un Dios justiciero lo haría. Y luego otro pensamiento se abrió paso en su cabeza. Pero tal vez Dios no considerara apta para la maternidad a una mujer tan obstinada.

No —¿lo dijo en voz alta? Catherine masculló en sueños y se dio la vuelta—. Kate rechazó esa idea de plano. Los luteranos creían en la gracia y rechazaban la imagen de Dios como un mayoral cruel con un látigo en una mano y una bolsa de monedas en la otra, y Kate coincidía con ellos.

¿Por qué, pues, la mantenían insomne esos pensamientos en conflicto? Quizá porque era demasiado tonta para entenderlo todo, quizá porque era mujer; no, si era tonta, no era por ser mujer. Había estado leyendo los textos del Antiguo Testamento traducidos al inglés en los que John y Tyndale habían trabajado con tanto esfuerzo. Allí aparecían mujeres: mujeres fuertes, como Judit y Débora y Esther. Y en el Nuevo Testamento estaban Dorcas y Febe y Lidia de Filipos, a quienes el apóstol Pablo dirigió su carta: «Doy gracias a mi Dios por cada recuerdo de vosotras…». Mujeres valientes que también se reunían para estudiar y rezar corriendo un gran riesgo personal.

Una cosa era indudable. Ella no tenía que engañar a John como esas mujeres de Lovaina a sus maridos. No estaba bien engañarlo. Le contaría toda la verdad: que el grupo era más numeroso en cada reunión y que su determinación era tan firme y tan seria como la de él y los demás que habían sido encerrados con él en aquel sótano de Oxford. John no se lo prohibiría. De eso estaba segura.

Se durmió imaginándolo dormido solo y se preguntó si estaría en vela, echándola de menos.