La librera y el hereje

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 41 de 45

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La librera y el hereje

Capítulo XL

 

… Jesucristo avivará para él un fuego de leña y así su cuerpo exudará sangre y su alma irá derecha al fuego del infierno.

SIR TOMÁS MORO sobre la ejecución en la hoguera de John Frith

 

Para cuando Kate recorrió las dos millas y media hasta Westminster, los ministros ya salían del Parlamento. Abordó a uno de ellos cuando se apresuraba a parar uno de los pequeños transbordadores que surcaban el Támesis a última hora de la tarde.

—Disculpad, caballero, ¿dónde podría encontrar al señor Tomás Moro?

El hombre se rio, y algo en el tono de esa risa indujo a Kate a pensar que no era amigo de sir Tomás.

—Aquí no, eso desde luego. A estas horas ya habrá vuelto a casa. Si es que hoy ha venido. Pasa la mayor parte del tiempo enclaustrado en su gabinete de Chelsea.

—¿Chelsea? Eso está río arriba, ¿no?

—A unas tres millas de aquí, poco más o menos.

Kate no podía recorrer esa distancia a pie antes de anochecer. Su decepción debió de traslucirse en su semblante.

—Yo voy a Richmond. Mi barquero os dejará allí. Lógicamente, tendréis que regresar sola, y habrá oscurecido. Quizá deberíais plantearos esperar a mañana.

—Tengo una amiga allí en la servidumbre. —Con qué naturalidad mintió—. No volveré hasta mañana. Realmente me gustaría ir esta noche.

—Si tan segura estáis… —Y le indicó con una seña que lo siguiera.

Tras unos superficiales intentos por entablar conversación mientras el barquero remaba con esfuerzo río arriba, el parlamentario centró su atención en unos papeles que llevaba en una cartera, dejando a Kate pensar en lo que iba a decir exactamente a Tomás Moro. Iba a ser difícil para ella ponerse a merced de un hombre a quien odiaba tanto, y de pronto cayó en la cuenta de que ni siquiera sabía qué aspecto tenía. ¿Cómo podía odiar a alguien a quien no había visto jamás? Al fin y al cabo era solo un hombre. Tal vez pudiera despertar en él la compasión que, según afirmaba su hija con tanta convicción, poseía.

Cuando el barquero se detuvo junto al pequeño malecón de madera, las lámparas estaban ya encendidas en la gran casa de ladrillo en lo alto de una amplia pendiente de hierba.

—Gracias, amable caballero. —Kate desplegó su sonrisa más valerosa.

—¿Estáis segura de que vuestra amiga estará aquí? Una mujer sola… esto está muy lejos.

—Es el ama de llaves de sir Tomás. Me espera. Pero gracias por vuestra preocupación y por el viaje en barca.

Antes de que él pudiera cambiar de idea, ella bajó de la barca y, recogiéndose la falda para no manchársela en el barro de la orilla, corrió pendiente arriba. Cuando había recorrido media cuesta, casi le flaqueó el valor. Podía regresar junto al río, llamar a la barca… aquel hombre parecía buena persona. Posiblemente le proporcionaría cobijo para esa noche.

Tomás Moro es el hombre que torturó a tu hermano y arruinó tu medio de vida, el hombre que ha perseguido a tu marido como un sabueso del infierno y lo ha encerrado en espera de una muerte atroz. Te ha quitado todo lo que tienes. ¿Qué más puede hacerte?

Ascendió hasta la ancha terraza y llamó a la puerta.

 

Sir Tomás sirvió a su visitante una copa de buen vino francés. Era un derroche que rara vez se permitía de un tiempo a esta parte. Pero al menos tenía algo que celebrar. El obispo Stokesley cogió la copa que se le ofrecía y tomó un sorbo sin valorar el vino tanto como habría querido Tomás. Ese hombre era un cernícalo. Incluso Wolsey, aquel hijo de carnicero, habría sabido apreciar tan buen caldo.

—No se ha producido ningún avance, ¿pues? —preguntó sir Tomás.

—No. Me ha visitado el obispo Gardiner. En respuesta a la petición de su antiguo profesor, Frith ha recitado el salmo vigésimo tercero… en hebreo, una y otra vez, con la mirada perdida. La locura se ha adueñado de su mente.

Tomás nunca había dominado el hebreo. ¿Para qué molestarse? Pero admiraba a regañadientes un intelecto así.

—Una buena cabeza desperdiciada. Pero debería haber puesto esa buena cabeza al servicio de su Iglesia. No tiene sentido esperar. ¿Cómo va a arrepentirse un loco? —Tomó un sorbo de vino y lo saboreó. Gozar del favor del rey comportaba muchas ventajas, algunas de las cuales ya echaba de menos—. Supongo que no hemos sonsacado más información sobre Tyndale.

—No importa —dijo Stokesley—. Henry Phillips lo ha encontrado en Amberes como sospechábamos. Refugiado en una casa de la Hansa para mercaderes ingleses. Phillips ha recibido instrucciones de granjearse su confianza y sacarlo de allí. Es un bribón, pero sería capaz de engatusar al mismísimo demonio si con eso se embolsara una moneda de plata. —Stokesley cerró los ojos y sus finos labios se tensaron en una sonrisa de calavera—. Solo es cuestión de tiempo. Paciencia.

Pero a Tomás se le estaba acabando la paciencia. Y no se podía confiar en Phillips para una misión tan importante. Ese había sido el inconveniente de esta persecución: los viles malhechores con que Tomás tenía que tratar. Pero era difícil encontrar un hombre de honor apto para ser buen espía. Stephen Vaughan era prueba de ello.

Un alboroto en el vestíbulo interrumpió sus pensamientos. Al cabo de un minuto, Barnabas llamó a la puerta de su gabinete.

—Hay aquí una joven, sir Tomás. Exige veros.

—Échala. No, espera. Mándala a la cocina. La cocinera puede darle antes algo de comer. Debe de ser una mendiga o alguien que viene a suplicar por un asunto jurídico. —A continuación se volvió de nuevo hacia Stokesley—. Ya no viene tanta de esa gente ahora que no soy uno de los favoritos de la corte. No lo echo en falta.

Stokesley aguardó a que Barnabas cerrara la puerta.

—La ejecución de Frith está prevista para mañana. En Smithfield. ¿Estaréis presente?

—Creo que no. Mi asistencia concede demasiada importancia al hecho. Os sugiero que tampoco vos vayáis. Nos conviene que la gente lo vea como un delincuente común, no como un mártir. Ya hay cierto malestar entre la población. Se han producido catorce suicidios en Londres en los últimos quince días y se habla de otros malos augurios, como cometas en el cielo y una cruz azul por encima de la luna, que asustan a los campesinos.

Stokesley expresó su conformidad con un gesto de asentimiento.

—Holt también ha aportado pruebas contra un aprendiz. Los quemaremos a los dos juntos. Hay que dar a la gente algo real a lo que temer, como la mancha de la herejía y el castigo justo de la Iglesia. —Apuró la copa como si fuera una triste cerveza y se levantó para marcharse.

Sir Tomás frunció el entrecejo.

—Podéis pasar la noche aquí. Alice os proporcionará una cama. No estoy tan empobrecido como para no poder ofrecer hospitalidad a mi obispo.

—La noche es cálida y la luna llena alumbra el río. Mañana tengo asuntos pendientes muy temprano, pero os lo agradezco. Os mantendré informado de los avances de Phillips respecto a Tyndale. La Iglesia os está agradecida por vuestra ayuda.

—Soy yo quien agradece la oportunidad de prestar mis servicios —contestó Tomás, y acompañó al visitante hasta la puerta—. Me proporciona gran satisfacción.

Por primera vez desde hacía semanas fue a cenar con su familia con un ánimo atípicamente festivo. Ya avanzada la cena, se produjo el alboroto.

 

—No, no pienso marcharme de aquí. Exijo ver…

Las puertas del gran salón de Chelsea se abrieron de pronto, y cuando Margaret Roper alzó la vista desde su asiento junto a la mesa, vio a una mujer, apenas sujeta por Barnabas, irrumpir en la estancia. Forcejeaba como un animal salvaje, desesperada por zafarse.

A lady Alice se le cayó la cuchara en el plato ruidosamente.

—¡Que la santa Virgen nos proteja! —exclamó—. Es una loca.

El criado, pese a su complexión musculosa, a duras penas podía contener a la mujer, y tenía la voz entrecortada por el esfuerzo.

—Disculpad, sir Tomás. Ya le he dicho que no deseabais verla.

La mujer llevaba el pelo suelto y le caía por la espalda en una maraña; tenía la falda salpicada de barro y en los ojos, muy abiertos, un brillo de miedo o cólera. Recorrió el comedor con la mirada hasta clavarla en el padre de Margaret, paralizado en la cabecera de la mesa. Su mano, sujetando la tapa de una fuente de peltre, permanecía suspendida sobre el asado.

—Por favor… sir Tomás… Debo hablar con sir Tomás. —Y de pronto logró zafarse, con un ruido de tela rota al desprendérsele parte de la manga, y corrió a postrarse a los pies del padre de Margaret. Él se apartó de la mujer, todavía con la tapa de peltre en la mano, como si pudiera protegerlo de algún contagio letal por el contacto con la intrusa.

Las hermanas de Meg chillaron, y el marido de esta corrió en ayuda de Barnabas. A Meg le sonó vagamente la mujer acurrucada a los pies de su padre, aferrada a la pata de la mesa mientras los hombres intentaban alejarla. Ella agitó la cabeza y el cabello que le tapaba el rostro cayó hacia atrás.

Esa tez blanca y tersa, esa frente ancha con la tenue línea azul palpitando bajo la piel…

—Alto. Yo conozco a esta mujer —intervino Margaret—. No es una loca. Dejadla hablar. Se llama Gough. Su hermano era el impresor de Paternoster Row del que os hablé. ¿Os acordáis, padre? Han pasado unos años. Vos lo pusisteis en libertad cuando estaba en la cárcel. Ella se llama…

—Kate, milord. Me llamo Kate…

Los hombres la soltaron pero se quedaron a su lado. William Roper la ayudó a levantarse. Ella se arregló el pelo y se irguió, realizando un visible esfuerzo por recuperar la compostura. Acto seguido, hizo una parca y digna reverencia, como la que una dama de alto rango dirigiría a un igual.

—La señora Roper está en lo cierto, milord. Conocí a vuestra hija cuando mi hermano estaba en la cárcel. Pero no me llamo Gough. Me llamo Frith, Kate Frith, señora de John Frith, y he… venido aquí… para suplicar a milord por la vida de mi esposo.

Un murmullo recorrió la mesa cuando algunos reconocieron el nombre.

—¿No es aquel traductor que…? Es un estudioso, creo, exiliado por herejía…

Sir Tomás dejó la tapa de peltre y, con un ademán, obligó a callar a su familia. Sonrió entonces como si acabara de hacer un magnífico descubrimiento, como si esa interrupción de la cena fuese una especie de regalo. Meg respiró aliviada. Ahora por fin esa mujer comprobaría que su padre no era el monstruo por quien ella lo tomaba desde la primera vez que se vieron.

—Señora Frith, tenéis mi compasión —dijo sir Tomás.

—Gracias, milord, pero no es vuestra compasión lo que vengo a buscar, sino vuestra intercesión.

Sir Tomás dejó escapar un profundo suspiro. La vela más cercana a él parpadeó a causa del aliento exhalado.

—En ese caso habéis venido al lugar equivocado, me temo. La Iglesia ya ha condenado a vuestro marido. —Mientras lo explicaba, miró con expresión de disculpa a los reunidos en torno a la mesa pero no a la mujer—. No tengo jurisdicción en este asunto.

—No entiendo de jurisdicciones legales, señor, pero si vos lo decís, así será, porque sois un hombre con fama de honorable. —Ella se interrumpió y dio la impresión de que sopesaba las palabras como si fueran oro.

Meg vio el contraste entre la discreta actitud suplicante y la criatura orgullosa que había conocido en la pequeña imprenta.

—Pero vuestra hija me habló de vuestra caridad y compasión y me aseguró que sois un hombre con grandes influencias. Toda Inglaterra sabe de vuestra importancia. —Entonces miró a Margaret, como si rogara su intervención—. Estoy aquí para pedir una pequeña porción de esa compasión de la que habló vuestra hija, pediros que empleéis vuestra influencia con el obispo.

La sonrisa con que respondió su padre fue para Margaret como un cubo de agua fría. ¿Él siempre había sido tan… frío?

—Mi hija, como la mayoría de las hijas afectuosas, supongo, tiene un sentido exagerado de la importancia de su padre. Seguro que vos hablaríais bien de vuestro padre, señora Frith, pese a que, según he oído, murió en la cárcel.

La mujer dio un visible respingo, pero permaneció en silencio mientras él continuaba.

—No puedo hacer nada por vos ni por vuestro esposo, y para seros sincero, no lo haría aunque pudiera. John Frith es un hereje que ha hecho mucho daño a la Santa Iglesia. Como cristiano, no puedo por menos que celebrar su quema. Su muerte servirá de advertencia a otros.

Meg volvió la cara. No podía mirar a su padre, no podía soportar el odio que veía en su rostro. Tampoco miró a Kate. Fijó la vista en el trozo de carne en su plato, entre los jugos medio cuajados, y deseó no haber vivido para presenciar ese día. Meg alzó los ojos para cruzar una mirada con su marido y supo que ese momento marcaba el final de todas sus ilusiones de la infancia. Se hizo un silencio absoluto en el comedor, interrumpido por el chirrido de la silla de sir Tomás cuando se levantó.

—Pero para demostraros que no carezco del todo de esa compasión que me atribuyó mi hija, os ofreceré cobijo —ofreció el gran hombre—. No os dejaremos marchar en plena noche. Muchos lobos rondan por el bosque.

La mujer pareció aumentar de estatura visiblemente. Echó atrás la cabeza y lanzó una mirada de inquina al hombre a quien acababa de suplicar misericordia. Margaret vio un atisbo de aquella Kate Gough que había conocido en Paternoster Row.

—Me arriesgaré con los lobos, milord —respondió en voz baja—. Pues ellos, que son solo bestias salvajes, llevan en sí tanto de Cristo como vos. Ellos solo matan para sobrevivir. Vos matáis por el placer que os proporciona.

Margaret contuvo la respiración, deseando que la mujer callara.

Pero Kate no calló.

—Pese a toda vuestra erudición, sabéis menos de Cristo que el labriego más pobre que lleva la Biblia en inglés de Tyndale en su bolsillo.

¿Acaso no era ella consciente de que estaba totalmente en manos de él? ¿O es que no le importaba? Era un disparate decir algo así a un hombre a quien uno consideraba desprovisto de toda compasión. El olor de la carne asada en el plato, mezclado con el miedo y la tensión del ambiente, le provocó náuseas a Meg. Pero cuando alzó la vista para mirar a su padre, la sorprendió ver que él no parecía furioso. Daba la impresión de que, por alguna razón, las palabras de Kate lo habían complacido.

—¡Tyndale! Habláis del traductor como si lo conocierais. Si se lo entregarais a los obispos, quizá yo pudiera utilizar mi limitada influencia para que vuestro esposo no sufra en las llamas… demasiado tiempo.

En ese punto, mirándolo con incredulidad, la mujer escupió al suelo ante sus pies.

—No lo entregaré ni aunque me queméis —dijo con voz sibilante—. Mi marido no morirá por nada, y cuando vos cerréis los ojos esta noche, sir Tomás Moro, espero que el hecho de saber que habéis perseguido a muchos hombres buenos y justos hasta la muerte os abrase el corazón como las llamas blancas y candentes en las que ellos murieron.

Meg oyó a lady Alice, junto a ella, ahogar una exclamación. Miró entonces a Kate y vio, brillando detrás de las lágrimas, una valentía que envidió y algo próximo a la lástima. Kate le sonrió; era una sonrisa marcada por la resignación y el hastío.

—Señora Roper, ruego a Dios que nunca conozcáis el dolor que han conocido otras esposas e hijas —dijo—. Mi Biblia en inglés me enseña a perdonar. Pediré a Dios fuerzas para perdonar a vuestro padre.

—Llévala a la garita del portero —ordenó sir Tomás con un tono tan cortante como la hoja de una espada.

—Por favor, padre. Está alterada. Debéis entenderlo. Una mujer desesperada es capaz de decir cualquier cosa. No hagáis caso. Dejadla venir con William y conmigo. La vigilaremos esta noche y mañana la llevaremos a su casa.

Él la miró con severidad al contestar:

—Pasará la noche en la garita del portero. Si por la mañana sigue en su estado de obstinación, Barnabas la trasladará a Londres.

Cuando Barnabas se llevó a la mujer, el padre de Meg levantó la tapa de la bandeja y sacó un trozo de carne para trincharla.

—No pongas esa cara de angustia, hija. Ha sido un trastorno sin consecuencias para ti. Y ahora acércame tu plato si quieres más.

 

Kate pasó la noche encerrada en la garita del portero, sin que nadie la molestara, pese a que, viendo las argollas de la pared, la atormentaban imágenes espectrales. ¿Cuántas almas torturadas habían gemido contra esa pared? Vio a su hermano allí, aherrojado, la cabeza caída sobre el pecho. Vio a su marido allí, su hermosa sonrisa, la sonrisa más encantadora que había visto, retorciéndose de dolor. Se vio allí a sí misma.

El criado que la había sujetado le llevó pan y leche, pero, pese a que le dolía el estómago por el hambre, no pudo ingerirlos. Había sido una estupidez ir allí, una estupidez pensar que podía salvar a un hombre que no quería salvarse, una estupidez pensar que podía arrancar compasión a una piedra. No durmió, sino que osciló entre una ira brutal contra un Dios que no protegía a sus siervos del peligro —de la cólera de hombres viles, de esa furia como una lluvia oscura cayendo desde un cielo lleno de humo— y las plegarias desesperadas a ese mismo Dios para que aligerara el sufrimiento de John si no era posible salvarlo.

Por la mañana, el gran hombre en persona le llevó un tazón de gachas humeantes. Ella volvió la cara, incapaz de soportar el olor. Él se encogió de hombros y dejó el tazón.

—Ahora que habéis tenido tiempo para reflexionar sobre el inevitable destino de vuestro esposo, he pensado que quizá hayáis recapacitado. Os recuerdo que si accedéis a cooperar e inducís a maese Tyndale a salir de la Casa Inglesa para ponerlo en manos de las autoridades correspondientes, utilizaré mi influencia para que vuestro marido no padezca una muerte lenta y agónica. El hombre que lo ate a la estaca lo estrangulará. Enseguida perderá el conocimiento. Todo habrá terminado en uno o dos minutos.

Las náuseas que venían amenazándola la desbordaron. Cuando se dobló y expulsó el contenido del estómago en el suelo de piedra, él retrocedió. Demasiado tarde. Pequeñas gotas de vómito alcanzaron el dobladillo de su delicado manto de lino. A ella aún le quedaron fuerzas suficientes para reírse.

—Tomaré eso como respuesta —gruñó él con un visaje de odio y repugnancia: el rostro del auténtico hombre detrás de la máscara. Kate se preguntó si Margaret Roper había visto alguna vez esa mueca.

—Llevad a esta criatura a Newgate —ordenó—. Que se pudra allí, hasta que el diablo venga a llevársela al infierno, donde podrá reunirse con su marido hereje.

Tom Lasser se marchó de Croydon muy insatisfecho. No, el arzobispo había hecho todo lo posible. Había dado al hombre una oportunidad de escapar y él la había rechazado. Y no, no sabía dónde lo retenían, ni cuándo estaba prevista la ejecución. Una vez declarado culpable Frith, los soldados del rey llevarían a cabo la sentencia.

Ecclesia non novit sanguinem: la Iglesia no derrama sangre.

El alguacil de la Torre tampoco conocía los detalles de la ejecución. Sir Humphrey, en el Steelyard, no sabía más sobre el paradero de Frith que el capitán. «¿Habéis estado en la Torre de los lolardos?», había preguntado con arrugas de preocupación en la frente. Pero Tom ya había pasado por allí.

No podía presentarse ante Kate sin una pizca de esperanza que ofrecerle. Cuando abandonaba el Steelyard para visitar las otras prisiones, vio la espiral de humo en la orilla del río, desde el muelle donde estaba atracado El canto de la sirena.

Para cuando el capitán llegó, ardían las velas y el palo mayor. Sus hombres —que Dios bendijera sus negros corazones— seguían a bordo, corriendo de aquí para allá, acarreando cubos, intentando apagar las llamas a golpe de manta.

—¡Fuego! —gritaba a los trabajadores del muelle junto a los que pasaba—. Entregaré una corona a todo aquel que luche por salvar mi barco.

Los más desesperados entre ellos, un buen número, cogieron cubos, baldes, cazos, cualquier cosa que pudieran acarrear, y subieron a bordo como buenamente pudieron.

—¿Cómo ha empezado? —preguntó a voz en cuello al segundo de a bordo mientras, hombro con hombro, echaban un cubo tras otro de agua de mar a las llamas que lamían ya la cubierta.

—Casi todos dormíamos cuando ha empezado. Según el vigía, ha sido una flecha encendida.

Cuando anocheció, Tom y su tripulación se desplomaron en la cubierta entre las ascuas del palo mayor caído. El barco se mantenía a flote, pero por muy poco. Las velas habían desaparecido, el casco estaba chamuscado en algunas partes, e incluso el nombre había quedado cubierto por el hollín y las cenizas. Pero seguía siendo un barco. Su barco. Y podía repararse.

En su agotamiento, se acordó de Kate Frith y de que esperaba noticias. Pero no tenía buenas noticias que darle. Las malas noticias podían esperar hasta la mañana siguiente. Si Dios quería, estaría ya dormida en su cama encima de la tienda.

Despertó a eso de la medianoche, por las sacudidas de Endor, inclinada sobre él. Angustiada, gruñía, intentando decirle algo, y finalmente le entregó la nota de Kate. Él se quitó las telarañas del cerebro y se levantó de un salto.